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Lunes, noviembre 20, 2017
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Una sesión caliente 

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De cómo el grupo también es una buena representación de la mente
Sunyer, J.M. · 05/02/2010
Fuente: Cuadernos de Bitácora
Este texto de los inicios del curso 2001-2001 aparece un grupo en el que se dan fenómenos similares a los que podemos ver en la mente humana. La comprensión de algunos de estos fenómenos como de otros que provienen de la interacción con los alumnos me llevó a este escrito.

Sesión caliente.

Tras andar de un grupo a otro, me reuní con Uds., dispuesto a compartir ideas cuyo origen podían ser los textos leídos. No tenía una idea preconcebida. En realidad cuando estoy en una sesión de trabajo, psicoterapéutica o lectiva, nunca la tengo y me suelo guiar por la intuición y lo que percibo del otro. Así que con la misma predisposición me puse entre Uds. E incluso, inicié un poco la sesión trayendo los textos como eje de debate ya que no desearía que el grupo grande, de entrada, iniciase andaduras alejadas del texto como consecuencia de mi propio relajo. Y así empezamos a hablar.

Poco a poco iba sintiendo cosas muy dispares. El ruido de fuera junto a algunos comentarios que se hacen entre compañeros a modo de pequeño comité distorsionaba lo que algunas personas decían. Esto me plantea problemas en mi mente ya que trataba de entender el fenómeno. Pienso sobre qué debe significar eso y me cuesta atribuirle un significado concreto. Entonces opto a que la sesión de hoy siga su propio proceso.

Al poco sentí que la tendencia del grupo era dirigirse a mí y acabar ocupando casi de forma natural una posición de referente fundamental. Como si lo que podían decirse entre Uds., careciese de importancia. No lo creo así; pero es lo que percibía. Como si hubiese una necesidad de ubicarme en un lugar preeminente. Cuando siento estas cosas me pregunto qué es lo que puede estar sucediendo. Y también si me resulta cómoda o no esta postura. Pienso que si el grupo me ubica ahí puede ser, en parte, por la propia necesidad de tener un referente claro. Y pensé, y también lo pienso en estos momentos, que las personas necesitamos muchas veces de referentes claros. Tanto el niño en su desarrollo como el adulto que acude a un profesional buscan un referente. Ahora bien, no sé lo que eso significa exactamente. Porque no desearía pensar que Uds. no consideran a sus compañeros como referentes válidos a pesar de las las aportaciones que realizan.

También pienso en el tema de la autoridad. Parece que en ocasiones buscamos una autoridad, pero ésta no tanto como la que manda cuando la que “tiene más experiencia” y ordena el territorio. Esto no siempre es fácil. No puedo negar que tengo más experiencia que Uds., al menos en el terreno profesional y creo que en el de la vida. Pero en muchas ocasiones, cuando estoy ante un paciente, estos temas, el de la autoridad y el de referente se me hacen complicados y complejos. También aparecía un tema traído por Uds., interesantísimo: lo profesional como artilugio defensivo ante lo que supone el contacto con los pacientes. Ahora bien, esto hay que pensarlo despacio.

Todos necesitamos ropa de abrigo. Y la usamos cuando hace frío, para protegernos de él. Y de esta forma, podemos estar bien, a pesar del frío que hace. El abrigo, aquí es una protección útil. Pero si este abrigo lo seguimos usando cuando hace calor, entonces, aquella protección se convierte en un elemento en contra. Y si lo siguiese usando, más allá del daño que puede ocasionarle, nos deberíamos preguntar del por qué usa el abrigo en verano. Y posiblemente veríamos que tiene que protegerse de algo. Pues bien. Siguiendo este ejemplo, los profesionales utilizamos artilugios que nos sirven para “protegernos” de lo que el paciente nos transmite y, de esta forma, poderlos entender mejor. Por ejemplo, si un paciente me explica que “es tímido”, me pondré a pensar que “qué quiere decir con este calificativo, cómo este elemento está interfiriendo en su vida”, y, todo ello, dentro de mi paradigma del Psicoanálisis y Grupoanálisis. Pero si mi formación me sirve para no conectar con él, entonces mi formación y especialización se convierte en una defensa ante el contacto con el paciente.

El planteamiento teórico es toda una filosofía del trabajo que, con el tiempo, se va convirtiendo en algo consustancial con la forma de vivir y pensar. No es sólo un aspecto de la técnica. Es un planteamiento, una forma de entender la vida, las relaciones humanas y lo que sucede en este mundo en el que estamos. En realidad es la forma como empleo la técnica. Pero esta filosofía en tanto que nos sirve para entendernos mejor y ser felices, perfecto; pero si esto nos sirve para lo contrario, entonces nos encontramos con la utilización negativa de los presupuestos teóricos, y la de los recursos técnicos. Y así es difícil poder ayudar a nadie.

Seguía la sesión y de pronto me encontré con la dificultad de transmitir una idea. Como si esta idea fuese muy compleja. Buqué en mi bagaje personal y se me ocurrió representar aquella figura. No voy a entrar en la dificultad de participar que tenemos en el grupo. La puedo entender, quizás la puedo comprender, posiblemente la pueda aceptar, pero lo que me cuesta más es compartir los pensamientos sin una participación ya que la telepatía no se me da. Pero dejando de lado este tema me encuentro con la necesidad de hacerles visible algo de lo que estaba tratando de decir. Y la verdad es que esta situación no es nueva. Muchas veces me encuentro con la necesidad de explicarle a alguien algo y ante la dificultad que encuentro en esta transmisión si utilizo sólo los recursos verbales, opto por otras vías. Cierto que alguien podría decirme que “rompo” con mi posicionamiento teórico. No lo creo, pero puede ser entendido así. Es decir, me podría preguntar sobre el por qué de tal necesidad, de la necesidad de representar. Pero siento que en muchas ocasiones la forma de “bocadito de salud mental” que propone García Badaracco, es precisamente esta: conseguir que el otro visualice una situación e incluso que la pueda representar para que dicha idea sea más fácilmente digerida por él.

En el grupo también se planteó algo en relación a cómo nos las arreglamos con nuestros aspectos personales desde el momento en el que penetramos en el mundo del paciente. Evidentemente es un tema complejo. Porque no dejo de pensar lo que pienso, pero puedo tratar de entender, comprender, aceptar; aunque posiblemente en algunos casos, no podamos compartir. Más tarde salieron otros comentarios. Todos ellos muy importantes e interesantes. Sentí que quizás la representación que realicé pudo haber tenido un efecto catalizador y dinamizador de lo que estamos haciendo. Así que presté mucha atención a lo que se decía. Y en un momento determinado alguien rompió una lanza para introducir un tema totalmente novedoso en esta casa: el tema de los prejuicios profesionales. Al que añadí el del odio en el trabajo profesional. Pero lo más sorprendente no era la introducción de este tema, que me parece magnífico, sino lo que sucedió después: el grupo, de pronto, se fragmente en pequeños grupos de discusión. ¿Qué pudo haber sucedido?

Más allá de lo que podamos ir pensando percibí que convertíamos el grupo no tanto en un espacio para pensar sino para polemizar y ver quién tenía la razón. Y luego me pregunté: si en vez de un grupo fuese la mente de una persona, o la mente de un grupo familiar, ¿cómo podemos entender eso que ha sucedido? Por lo que voy viendo, tenemos dos planos de análisis. Uno que correspondería al plano periodístico, es decir, al relato de lo que sucede con algunas pequeñas acotaciones. Pero por debajo de este plano aparece otro: el de los significados que de forma latente subyacen al mismo. Así que ahora les propongo que pasemos a este segundo plano, y consideremos el grupo como si fuese la metáfora de la mente de una persona. Es decir, no como un conjunto de personas sino como si fuese una trama mental. Si así fuese, ¿qué sucedió?

En toda sesión de trabajo, sea ésta de Orientación o tratamiento existen los dos niveles que les he señalado. Y si presto atención al segundo, debo pensar más allá de lo que se dice; pero a partir de lo que se dice. Parece que cuando alguien introduce una idea que, de alguna forma, irrumpe en la corriente establecida, se genera un movimiento importante en el seno del grupo. En aquellos momentos estábamos hablando de la influencia del profesional sobre el paciente y tratábamos de pensar sobre cómo podía hacerse esta influencia. ¿Qué sucede cuando una idea “no prevista” e introduce en el seno del pensamiento de alguien? Parece que provoca una cierta conmoción. Es decir, el resto del sistema (si lo pensamos desde lo sistémico) ve que el “equilibrio” que había alcanzado ha quedado roto. Algo ha aparecido, algo se ha introducido que provoca un malestar en el seno de la persona que recibe el impacto.

Esto nos lleva a pensar sobre el efecto de la intervención profesional. Porque si bien todos queremos ser orientados, queremos ser “sanados”, lo que no está tan claro es que aceptemos que para ello vamos a tener que renegociar el equilibrio interno de nuestras ideas y convicciones. Tanto el paciente como el profesional. Romper con el encanto que supone creer en los cuentos de hadas, conlleva movimientos internos importantes en todos nosotros. El impacto que cualquier paciente (sea persona o institución) produce en nosotros es tal que nos lleva a la reconsideración absoluta de todas nuestras consideraciones mentales, culturales, etc., etc. Y viceversa, el impacto que nuestra intervención genera en quien acude a nuestra consulta, es del mismo orden. La pregunta que les formulaba no hace muchos días sobre si el psicólogo era adaptador o era provocador de cambios, sigue en el aire. Y esto desde cualquier orientación, siempre cuando nos a tomemos en serio. ¿O acaso desde una intervención conductual en la que debemos introducir elementos que permitan la modificación de determinadas conductas, no provocamos cambios importantes en el sistema personal, familiar e incluso laboral? Piensen el alguien, por ejemplo, que acude con un tema fóbico y que ha ido organizando en su alrededor una vida familiar y profesional acorde con dicha fobia. Su modificación altera el equilibrio que se había conseguido anteriormente; independiente de si este equilibrio era sano o no.

Si volvemos al grupo, los rumores que aparecen en el grupo son equiparables a los que aparecen en nuestras mentes. Cuando pensamos, no pensamos solamente ideas únicas. Sino que cada idea, cada pensamiento va unido a un montón de otros pensamientos y sentimientos que los arropan, los acompañan; pero hemos sido capaces de discriminar, de elegir cuál de ellos es el principal y los pensamientos colaterales quedan en un segundo plano. Esto no lo puede hacer todo el mundo. Los pacientes psicóticos, por ejemplo, cuando perciben un pensamiento tan florido como el que muchas veces presentan, se asustan y angustian porque no pueden seleccionar aquella idea principal: todas hacen igual ruido. Pues al grupo igual. En ocasiones puede costar seguir la idea principal por las ideas colaterales que van conformando el pensamiento de todos. La capacidad que tengamos para prestar atención a una línea de asociaciones y evitar los ruidos laterales beneficiará los resultados globales.

Entiendo que mi propuesta de trabajo no les sea cómoda. Supone para todos, incluido un servidor, una modificación importante de nuestras formas de pensar y de actuar. Y esto conlleva un cierto grado de desorganización personal, con “ruidos” internos que son expresión del agrado o desagrado correspondiente. Y muchos de estos “ruidos” son los elementos agresivos que se dan en toda relación profesional. Y así, perjuicios y malestares toman carta de naturaleza en las relaciones profesionales en el marco de la Orientación Psicológica. Y en el de cualquier intervención psicoterapéutica. Salir de la “inocencia” que dibuja un terapeuta infinitamente acogedor, comprensivo y tolerante nos lleva a una realidad, la humana, por la que los profesionales también tenemos nuestros “tics” personales, y que se hacen presentes en cualquier intervención profesional. Sin embargo, el que aparezcan tales tics no es malo. Lo que sí sería perjudicial es el no tenerlos en cuenta. El no considerarlos y ver hasta qué punto están actuando a favor o en contra del paciente.

Creo que de nuestra capacidad en convertir estas fuerzas destructivas en fuerzas creativas reside el núcleo de nuestros éxitos profesionales.

Para el próximo día tenemos un artículo interesantísimo. O a mí me lo parece. Se trata de un conjunto de dicotomías en torno la idea de salud.

Creo que nos dará juego.

El planteamiento es muy sencillo. La clase es un espacio en el que estamos muchas personas, como 50 o más.Uno puede considerarla desde diversas posiciones, pero personalmente prefiero pensar que estoy con un grupo. No ante un grupo sino en él. Este conjunto de personas que lo constituimos establecemos inevitablemente una serie de interdependencias, vinculantes muchas de ellas, que determinan no sólo la atmósfera grupal sino la manera de relacionarnos y los sentimientos que se derivan de todo ello. Cierto es que dado que trabajamos unos textos determinados, hay muchos elementos que se activan a través de la lectura de los mismos. Y la experiencia me indica que esos mismos elementos se activan también en las relaciones que establecemos en el grupo. Estos escritos son las reflexiones que desde mi puesto de conductor de ese grupo van aflorando en mi mente y que sirven, eso espero, de reflexión y de trabajo complementarios a la asignatura.

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