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Jueves, noviembre 23, 2017
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Individuo 

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Terminología de psicoterapia de grupo

Individuo

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La muestra más elemental, autónoma e indivisible del tejido social que constituye la humanidad se denomina individuo, a través del que se multi- plica y pervive la especie. Éste existe por y para el tejido social del que de- riva, estableciéndose una corriente interactiva por la que el uno y el otro se modifican constantemente para conseguir tanto la propia supervivencia como la colectiva, a la que se debe.

Término que lingüísticamente está vinculado con el concepto griego ατομος, (atomós) y que hace referencia a la unidad elemental, aquella que no puede ser dividida. Consultando a Corominas, J., (1973, 1982) nos remite a la palabra dividir, que es un derivado negativo del latín individŭus. Es un término del que en nuestro idioma hay constancia escrita a partir de 1423. Indica que no se puede dividir, partir, separar. Según el Diccionario de la lengua española, individuo proviene del latín individŭus y significa 1. adj. Individual; 2. adj. Que no puede ser dividido; 4. m. Cada ser organi- zado, sea animal o vegetal, respecto de la especie a que pertenece; 6. m. coloq. Persona, con abstracción de las demás.

La disputa de las relaciones entre la parte y el todo es uno de los temas filosóficos que nuestra cultura occidental no ha podido superar todavía y que se remonta a Porfirio (que hablaba de la cuestión más atómica), a Só- crates, a Cicerón o a Séneca, entre otros. Junto a esta disputa, está la rela- tiva a la individuación, término introducido por Jung y relativo al proceso mediante el que uno se particulariza. De hecho, el Diccionario de la lengua española vincula las palabras individuar y particularizar con el término in- dividualizar. En cualquier caso, lo que parece evidente es que nos resulta di- fícil una concepción que no establezca un linde entre la parte, el individuo, y el todo, el grupo social.

Más allá de las corrientes que desde la filosofía, y hasta desde la lógica, definen el concepto individuo, lo que parece ser cierto es que desde que se inicia la psicología a finales del siglo XIX el centro de atención busca el lugar de origen y explicación de su forma de ser y expresarse en el indivi- duo, bien sea mediante sus aprendizajes y conductas, bien vía sus procesos cognitivos y emocionales. Este interés por el individuo, que el propio Foul- kes vincula con el Renacimiento en un tono algo crítico, quizá hay que con- siderarlo como un estadio evolutivo de nuestra civilización que, en un momento dado, da importancia a lo particular sobre lo general, pudiendo entender, posteriormente, que los procesos de individualización solo pueden realizarse a partir de lo grupal. En esta misma corriente del pensamiento que surge en el Renacimiento se instaló, como no podía ser de otra forma, el psicoanálisis y es desde él y desde lo que representó la formación psico- analítica para Foulkes que su visión del individuo es la de que es el centro de atención y estudio: «Para Foulkes, el individuo, a través de su activa par- ticipación en el grupo, siempre permanece siendo el foco central, siendo el grado de liberación óptima y de integración de lo individual, lo que es el úl- timo objetivo de la terapia» (Foulkes, 1990, citado por Brownbridge, 2003:31). De hecho nunca renegó de su identidad freudiana en tanto que psicoanalista (E. Foulkes, 2004:490).

Una articulación entre lo individual y lo grupal ya la hizo el propio Freud en su trabajo de 1921. En él señala que «en la vida anímica individual aparece integrado siempre, efectivamente, “el otro”, como modelo, objeto, auxiliar o adversario, y de este modo, la psicología individual es al mismo tiempo y desde un principio psicología social, en un sentido amplio, pero plenamente justificado» (Freud, S. 1974:2563). Y añade: «Las relaciones del individuo con sus padres y hermanos, con la persona objeto de su amor y con su médico, esto es, todas aquellas que hasta ahora han sido objeto de la investigación, pueden aspirar a ser consideradas como fenómenos socia- les, situándose en oposición a ciertos otros procesos, denominados por nos- otros narcisistas, en los que la satisfacción de los instintos elude la influencia de otras personas o prescinde de estas en absoluto» (Ibídem). En estas lí- neas aparecen, al menos, dos ideas: una, la integración del otro en el indi- viduo que le lleva a considerar la psicología individual idéntica a la psicología social. La otra es que las relaciones del individuo con las perso- nas que le rodean pueden ser consideradas como fenómenos sociales que Freud distingue de los fenómenos narcisistas. Es decir, que, en cierta me- dida, no habría diferenciación entre el individuo y el grupo, aunque esa idea queda eliminada al señalar que «la psicología individual tiene que ser por lo menos tan antigua como la colectiva, pues desde un principio debió haber dos psicologías» (ibídem: 2597), es decir, dos psicologías, dos objetos de es- tudio diferentes.

Esta visión de Freud es la que alienta parte del pensamiento de Foulkes que, como psicoanalista que fue, conlleva que en la base de su pensamiento se hallen ideas y planteamientos provenientes del propio Freud y que será lo que llevará a F. Dalal (1998) a calificar esta faceta como de «ortodoxa». En efecto, en sus escritos podemos percibir con claridad un posicionamiento más cercano a Freud que a Klein, aunque cuando explica los diversos nive- les de análisis grupal incluye el de las relaciones objetales como uno de ellos (Foulkes, 1957).

Pero Foulkes también obtuvo la impronta que Goldstein ejerció sobre él señalando que «este autor [Foulkes] aprendió a apreciar el enfoque ho- lístico del organismo humano y todas las consecuencias de esto de su maes- tro K. Goldstein, y a través de sus estudios con Adhémar Gelb se convenció de la sentencia de que el todo es anterior y más elemental que sus partes» (Foulkes, 2007:21). Esto es posiblemente lo que le permite poner el acento en lo grupal como algo más relevante que lo individual, señalando incluso que «para nosotros lo intrapsíquico no expresa, como para G. Bach, lo “in- tradérmico”, y no observamos los procesos dinámicos en el grupo desde fuera, sino desde dentro, como dinámica intrapsíquica en acción» (2007:22). Es decir, para el iniciador del grupoanálisis, las relaciones que se dan entre las personas en el seno de lo grupal son relaciones dinámicas intrapsíquicas, pero no en el sentido de «aspectos intradérmicos» en acción, sino como una compleja interacción entre psiques o lo que él indica como «unión endop- síquica». Esto plantea la cuestión de lo que podríamos denominar mem- brana psíquica que, en función de su permeabilidad, posibilita que al haber un organismo individual que está al mismo tiempo sumergido en la red de relaciones y comunicaciones con el resto de individuos, por lo que se hace difícilmente diferenciable lo interno de lo externo, al mismo tiempo que no excluye la presencia de ambos espacios.

Seguramente, si tomamos la definición que da Freud (1921) de la no- ción de identificación como «la manifestación más temprana de un enlace afectivo a otra persona» (1921:2582), podremos considerar esta y las otras manifestaciones denominadas bajo el título genérico de «mecanismos de defensa» (A. Freud, 1982) como las formas relacionales que nos permiten comprender que no estamos hablando tanto de fenómenos intrapsíquicos cuanto de fenómenos endopsíquicos y que, en realidad, son mecanismos de comunicación y de relación, es decir, de las vías que permiten acercarnos a una comprensión grupoanalítica de la patología.

En efecto, Foulkes señala que es en las dificultades que aparecen en esta «unión endopsíquica», que vienen expresadas por las dificultades en la comunicación, donde surge la patología: «La enfermedad mental tiene en su propia raíz una alteración de integración en la comunidad: una alteración de comunicación» (2007:25), si bien esta alteración expresaría o representa- ría, de hecho, la personificación en esa persona de una alteración del equi- librio en el campo de interacciones del grupo o grupos en los que esa persona forma parte. Ello confirma, de nuevo, la concepción del individuo como parte inseparable de lo grupal o social. Esta visión que desde la psi- cología sistémica da pie a la idea de chivo expiatorio es, desde la visión gru- poanalítica, la expresión de la alteración en la comunicación entendida como la interacción entre los sistemas endopsíquicos.

Para Foulkes «lo que sigue necesitando explicación no es la existencia de grupos, sino la existencia de individuos [...]. Parece que los individuos reaccionan en el grupo como si éste fuese su matriz, de la cual emergen solo lentamente, como una tentativa, y bajo condiciones especiales [...]. La con- vicción básica es que el grupo es una unidad más fundamental que el indi- viduo» (Foulkes, S. H.; Anthony, J., 1964:203-4), de lo que podemos pensar que hay una indisolubilidad entre la idea de individuo y la de grupo, aspecto este que es difícil de captar.

Lamentablemente no encontramos en el trabajo de Foulkes muchas más aportaciones que nos permitan comprender un poco más esa forma de con- cebir al individuo que, en cierto modo, parecen presagiar el desarrollo de la psicología relacional; aunque algunas pistas sí podemos encontrar. Así, en la introducción general de su trabajo de 1948 [2005], recuerda que «la vida es un todo complejo. Solo de un modo artificial puede ser separada en par- tes, analizada. Este aislamiento se hace preciso cuando queremos determi- nar qué conjunto particular de fuerzas contribuye al fenómeno total o [...] cómo el todo se ve afectado por la ausencia de una cualquiera de sus partes o por su funcionamiento alterado» (2005:67). Con esta idea lo que hace es justificar que el trabajo con el organismo aislado solo queda justificado en casos particulares si bien, dado que ese organismo funciona como un todo en su conjunto, lo mejor es abordarlo dentro de su complejidad. Y en cierto modo justifica que el trabajo con el individuo (considerando este trabajo desde el punto de vista psicoanalítico) es un método acorde en tanto que depende de la introspección y de la experimentación, aunque reconociendo que el propio psicoanálisis «ha permitido que la naturaleza social del hom- bre se represente en su estructura más íntima» (2005:76), en alusión a los elementos superyoicos.

Para Foulkes, «cada individuo –en sí una abstracción, artificial aunque plausible– está básica y centralmente determinado, inevitablemente, por el mudo en el que vive, por la comunidad, por el grupo del cual forma parte. El progreso en todas las ciencias durante las últimas décadas ha conducido a la misma conclusión independiente y a la vez coordinada: que las viejas yuxtaposiciones de un mundo interior y exterior, constitución y entorno, in- dividuo y sociedad, fantasía y realidad, cuerpo y mente son insostenibles» (2005:77). Esta afirmación nos coloca en una posición compleja ya que no deja de ser difícil para quienes hemos tenido el convencimiento de la dua- lidad aceptar una visión tan radicalmente opuesta o nos hemos formado desde la posición que prima al individuo sobre lo social y grupal (Brown- bridge, G, 2003). Porque siendo cierto que no podemos concebir un círculo o su radio sin la circunferencia que lo enmarca o lo define ¿cómo podemos entender al individuo sin la realidad grupal, social de la que está hecho? La disposición de nuestra forma de pensar por la que tendemos a convertir en objetos reales y con existencia independiente a aquellos conceptos o as- pectos parciales de la realidad que siempre tienen una existencia relativa a la de los demás, dificulta una comprensión más dinámica de las cosas, as- pecto al que Elias denominó proceso de reducción (Dalal, F. 2012).

Esta visión en la que lo individual queda inserto en lo grupal y vice- versa aparece en algún otro lugar. En su texto de 1957 (2007) reconoce que «la idea que el individuo humano tiene de sí mismo y de su grupo, así como de la relación entre ambos, está también sometida a un permanente cambio. En tiempos recientes, desde el final del Renacimiento, y en una comunidad que hace hincapié en la propiedad individual y la competencia, ha surgido una configuración que ha creado la idea de la persona individual como su existiera aislada. Este individuo debe enfrentarse luego a la comunidad y al mundo como si fueran algo externo a él [...]. Sin embargo, una de las ob- servaciones más categóricas que pueden hacerse es que el individuo está precondicionado hasta su parte más íntima por la comunidad, incluso antes de nacer, y que el grupo que lo educa deja en él una impronta vital. Esto afecta incluso a su herencia genética, y más aún a su psicología, en tanto que ésta se desarrolla en la interacción entre él, objetos y personas» (Foulkes, 2007:24-5). Así pues, desde estos planteamientos, cabe pensar que indivi- duo y grupo, individuo y sociedad, en realidad son dos aspectos de una misma cosa, posiblemente de lo que llama organismo, en el que lo priorita- rio no sería tanto el desarrollo y la supervivencia del aspecto individual cuanto del grupal: «lo único que importa es la supervivencia del grupo, de la comunidad» (2007:25).

Brownbridge (2003), apoyándose en la insistencia de Foulkes para re- alizar el necesario cambio de forma de pensar que permita una compren- sión del individuo sin la separación que se realiza de lo social, nos recuerda que para Foulkes hay una penetrabilidad total de lo social en lo individual más allá, incluso, de la penetración que el grupo familiar tiene sobre su hijo, recogiendo palabras del propio Foulkes por las que «incluso los padres y madres son arquetipos, siendo el padre y la madre concretos sus represen- tantes. La cultura y los valores de la comunidad son transferidos irreme- diablemente en el niño a través de sus padres, de la misma forma que vienen determinados por una nación particular, una clase social, la religión y la re- gión en la que se habita. Son elementos transmitidos verbal y no verbal- mente, de forma instintiva y emocional a lo largo de las veinticuatro horas del día» (Foulkes, 1966:155. Citado por G. Brownbridge, 2003:30). Esa idea del individuo inmerso en lo social hasta el punto de no ser muy facti- ble la diferenciación entre lo individual y lo grupal no deja de ser para Brownbridge un nuevo paradigma que va más allá del traslado de las ideas psicoanalíticas a lo grupal y que incluye las aportaciones de Elias, Matte- Blanco y M. Mead, entre otros autores.

Ahora bien, entre los diversos autores que ahondan en la conceptuali- zación grupoanalítica no es fácil encontrar unanimidad conceptual, toda vez que prima mucho el pensamiento psicoanalítico en sus diversas variantes. Eso hace que, como señalan D. Brown y L. Zinkin (2000:232-52) refirién- dose a un conjunto de aportaciones recogidas en su texto, «en algunos mo- mentos hubo acuerdos entre los autores y en otros importantes desavenencias. Éstas no guardaban relación con el valor de las ideas de cada uno en su propio contexto sino hasta dónde estas ideas podían considerarse compatibles dentro del modelo grupoanalítico sin violar alguno de sus prin- cipios básicos» (:232). Y estos modelos (psicoanalítico, teoría general de los sistemas, ciencias sociales, etc.) aportan, lógicamente, unas conceptua- lizaciones del individuo que difieren sustancialmente la una de la otra. En unos casos prima más la autonomía e independencia del individuo mientras que en otras el acento se coloca en lo relacional, en el espacio intersubjetivo y finalmente en el puramente grupal.

Es en este sentido que Hakeem, A. (2008) propone un recorrido con- ceptual de la visión del individuo que se inicia en la primera tópica de Freud (1900) y sigue por la segunda, la de 1923, en la que el yo media entre las exi- gencias instintivas y las restricciones de la sociedad, siendo el superyó quien representaría parte de estas restricciones. En un paso siguiente, este autor nos introduce en la obra de M. Klein, quien, desde su perspectiva, ve el des- arrollo del yo como «un proceso de continuas introyecciones y proyecciones de objetos, esto es, figuras del medio externo más que progresos a par- tir de determinados estadios» (2008:42-3). Esto le lleva a considerar una vi- sión de Klein más interactiva que intrapsíquica. Siguiendo con el recorrido, introduce las aportaciones de Fairbain, D., Guntrip, H., y Winnicott, D., quienes ampliarían la visión kleiniana, comenzando a apuntar una disolu- ción entre lo que sería la realidad interna y la externa del individuo. En este punto y en otro trabajo, Behr, H. (2008) recuerda que aquí habría que incluir a autores como H. S. Sullivan y E. Erikson, quienes junto a otros han con- tribuido al desarrollo de la psicología relacional. También consideramos que debería incluirse la figura de Pichón Rivière como la que introduce el ele- mento social en la visión psicoanalítica.

Muy posiblemente habría que seguir incorporando a otros autores (Fo- nagy, Kohut, Stolorow, etc.), pero lo que parece evidente es que sigue en alza la complejidad de poder visualizar la realidad interna y externa como una misma esencia, de la misma forma que podemos entender el círculo, la circunferencia y su radio como aspectos entre los que existe una continui- dad sin poder aislar el uno del otro. Es por esto por lo que debemos seguir realizando esfuerzos para poder no solo disponer de una visión diferente del individuo, sino para desarrollar una comprensión psicopatológica y psi- codinámica allende de la individualidad en la que estamos centrados.

Y es seguramente en este punto en donde debemos considerar las sig- nificativas aportaciones de Elias (2010) que, más allá del interés por la so- ciología, se mostró siempre muy cercano y crítico con el psicoanálisis. Posiblemente, su concepción abierta del ser humano se complemente con la de las interdependencias. Y es desde ahí desde donde podemos considerar al individuo como un fragmento de lo social en constante interrelación e in- terdependencia con los demás, generándose diversas configuraciones intra- y extraindividuales y colectivas sin solución de continuidad que permitan su aislamiento. Estas interdependencias marcadas o determinadas por el monto de poder que todos los elementos y sus configuraciones ejercen entre sí pue- den ser entendidas como la expresión relacional −y, por lo tanto, social− de los instintos libidinales; o viceversa. En consecuencia, ese individuo, en re- alidad, se podría visualizar más como una configuración de elementos di- námicamente interrelacionados entre sí y vinculados al mismo tiempo con los que constituyen a los otros individuos, estableciéndose entre ellos cons- tantes interrelaciones e interdependencias cuyo resultado sería la matriz en la que estamos todos inmersos. Esa configuración cambiante, dinámica, es la que metafóricamente se denomina grupo interno, si bien y en realidad es la representación mental de las interdependencias que establece con los demás seres y el mundo que le rodea.

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