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Martes, noviembre 21, 2017
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16. El aparato de elaboración 

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Resumen. En este texto me introduzco en un terreno complicado a partir de la propia experiencia lectiva. Comienzo abordando el tema de la ansiedad y de los procesos de elaboración de la misma. En ellos la palabra es crucial ya que desde que nacemos estamos en un contexto comunicativo a través del que podemos ir poniendo palabras a las cosas que nos suceden; y por lo tanto, podemos poner en marcha eso que llamamos aparato mental. Pero cuando falla este aparato dado que no podemos elaborar lo que sucede, emergen las patologías. El grupo, la relación que se da entre las personas del grupo acaba siendo el espacio a través del que elaboramos nuestros malestares y recuperamos la salud.

Palabras claves: ansiedad, espacio mental, aparato mental, elaboración, la palabra, lenguaje, sociedad, patología, somatizaciones.

Preámbulo

 

Hoy nos encontramos con algunas novedades: aula nueva y unas cuantas sillas vacías. Algunas de esas sillas se fueron ocupando a lo largo de la primera media hora de trabajo, tardanza que podemos atribuir a la dificultad de ajustar horarios, aparcamientos, circulación… cosas todas ellas normales y a las que no hay por qué poner más significados a colación.

Nos pusimos pronto a trabajar y a los comentarios que ibais aportando, organizaba, involuntariamente, una especie de índice temático. Me parecía que así podíamos ir encauzando esa primera hora de trabajo entre todos. Con algunas de las ideas que salieron pude esbozar lo que comenté en el tercer fragmento de nuestro tiempo.

Tras la primera hora larga de nuestro tiempo de contacto, se expuso un caso que nos dio mucho qué pensar. Le dimos vueltas y más vueltas, y tuve la sensación de que pudimos sacarle punta. Y probablemente la que lo expuso, la persona que coloqué de observadora de lo que había dicho, fue la que más sacó: siempre se saca jugo cuando podemos ver las cosas desde una cierta distancia.

Ya más tarde, mientras comía, pensé en lo que quería escribiros. En esto hay un pequeño problema: dado que estos textos están en el mismo apartado que los que coloqué en un curso similar y realizado desde el mismo marco, puede ser que las temáticas que quiera abordar ya estén reflejadas en ellos. Usadlas para ampliar; por mi cuenta trataré de ir ampliando otros aspectos que quizás sean más apetitosos.

Pensé que quizás podría comenzar por la ansiedad. Creo que en lo que tenéis ahí escrito, algo digo de ella. Subrayaría que la vivencia de eso que llamamos miedo y que en el caso de los bebés está relacionado con la supervivencia del organismo, posteriormente adquiere formato de ansiedad. Eso es más habitual de lo que creemos. En realidad es la respuesta que se nos hace evidente ante algo que nos genera inseguridad. Esa sensación de no seguridad, de que algo puede pasar, puede tener una intensidad leve que no nos suponga un malestar mayor, o puede ir incrementándose hasta niveles elevados. ¿De dónde viene esa inseguridad?

Ya desde bebés detectamos momentos en los que se nos activa un cierto temor, liviano si queréis, ante variaciones cualesquiera de nuestro entorno o de nuestro propio organismo. He dicho liviano, pero no me gustaría tener esas sensaciones que vive un recién nacido que no tiene ningún punto de referencia y que, como organismo, el temor a la supervivencia está ahí. Pero esto es harina de otro costal.

Esas variaciones (imaginaros las miles de pequeñas variaciones que el organismo puede detectar) generan una reacción a la que llamamos miedo (cuando esas variaciones activan la alarma de la supervivencia), y de la generalización de ese miedo, la ansiedad. Un cambio más o menos repentino de luz, o un ruido novedoso, una voz diferente, una textura anómala, un movimiento intestinal no registrado anteriormente… todas estas y una infinidad de modificaciones activan en el organismo del individuo una reacción de miedo, temor. Cuando esos miedos y temores son muy difusos y no podemos concretarlos a algo emerge lo que llamamos ansiedad. Cuando esa ansiedad tiene matices marcadamente somáticos suele recibir el nombre de angustia. Ambas, ansiedad y angustia, siempre son la señal de alarma ante un peligro, mas imaginado que real; pero peligro a fin de cuentas.

El procesamiento de la ansiedad

¿Qué hace el organismo individual ante ello? Lo procesa, es decir, digiere aquello que ha sucedido incorporándolo dentro de lo que podríamos llamar “catálogo de situaciones que se dan en mi vida”. Pero esta catalogación no es un simple anotar, no un sencillo apunte en esa inmensa libreta de registro que es nuestra memoria, sino que junto a la anotación añadimos el “impacto afectivo” con la que hemos tomado esa nueva situación, y apuntamos también el esquema relacional que viene adjunto a la vivencia. Estos tres elementos, el impacto en sí, la tonalidad afectiva que le rodea y el elemento relacional van a tener una gran importancia a lo largo de toda nuestra vida. Estos tres elementos deben ser integrados, es decir, incorporados a la experiencia vital para que la vida pueda seguir transitando con una cierta normalidad. La incorporación significa que lo que llamamos sistema psíquico o aspecto psíquico del individuo queda constituido por todos y cada uno de los “impactos”, por todas y cada una de las experiencias vitales que inciden en la vida de esa persona.

El aparato mental

Para que eso que en este texto he venido a llamar “impacto” y que el sujeto debe elaborar, hemos ido construyendo desde los primeros momentos de desarrollo esto que llamamos aparato mental: el resultado conjunto de la actividad de los diversos centros no sólo neuronales sino de todos aquellos otros puntos ubicados en el cuerpo que acaban integrando las vivencias que vamos teniendo. Se correspondería a un complicadísimo entrelazamiento de conexiones neuronales que posibilitan el desmenuzar el impacto en pequeñas unidades que quedan registradas en estructuras vivenciales y que están al servicio de otros impactos futuros: así, ante un nuevo impacto el organismo busca la identificación y las respuestas posibles a partir de las conexiones o las estructuras vivenciales que a lo largo de nuestra vida vamos construyendo constantemente.

Esto es el aparato mental: una realidad intangible que a partir de su base real, física, que podemos medir, valorar, fotografiar…, etc., en su conjunto crea algo intangible a lo que llamamos aparato psíquico y que está como organizado a partir de esquemas vivenciales y que se corresponden a todas y cada una de las miles de experiencias relacionales de la vida de un sujeto. La expresión palpable es eso que llamamos pensamientos, emociones, sentimientos, fantasías, aspectos todos ellos que vienen determinados por la cultura en la que nos hemos desarrollado y por los derivados de las relaciones que establecemos con los que nos rodean.

Importancia de la palabra

Dado que los humanos nacemos y nos desarrollamos en contextos familiares en que, lógicamente, se habla, se expresan emociones y toda clase de vivencias, aprendemos de ellos y vamos organizando nuestras vivencias a partir de lo que el entorno familiar nos enseña. Esto posibilita que eso que llamamos aparato psíquico tiene una estructura de lenguaje y, por lo tanto, sea también comunicativa. Es decir, a lo largo del proceso civilizatorio por el que vamos dejando atrás nuestro antepasado más primate hemos ido avanzando en el sentido de dotar de significados todo lo que nos acontece. Esos significados se articulan formando una especie de malla dinámica, no estática, no rígida, que facilita que todo suceso de nuestra vida tenga cabida en la matriz de signos y significados que vamos construyendo a lo largo de nuestra existencia individual y colectiva. Pero no siempre es así.

En efecto, cuando nos sucede algo, por nimio que sea, ese algo tiene que ser articulado mediante un significado. Es decir, le ponemos palabra. Al hacerlo nos damos la posibilidad de poder hacer algo con aquello que nos ha sucedido. Por ejemplo, hoy al inicio de la sesión éramos pocos. Este hecho, banal si se quiere, deja un impacto en el momento en el que es percibido por mí (y por vosotros). Esa percepción busca inmediatamente un significado a las ausencias: no han llegado todavía, se han encontrado con problemas de tráfico, les da pereza venir, se han quedado decepcionados por la experiencia anterior, se han asustado… y así podríamos ir ampliando los significados que le puedo dar a la percepción de las sillas vacías. Al otorgarle significado nos sentimos con más capacidad para poder hacer algo con esas percepciones. Si no podemos otorgar significado nos encontramos con percepciones a las que no vemos la forma de dar salida y eso genera malestar; y de ahí una pequeña cantidad de ansiedad. Es decir, esa ansiedad proviene de no poder atribuir significado alguno a lo percibido. En cuanto podemos atribuir a ese hecho una razón o razones que expliquen por qué de estas sillas están vacías, con independencia de si la razón es correcta o no, la ansiedad comienza a reducirse. Cierto que podría atribuir razones erróneas, pero esto no es el caso ahora.

De la lista de razones que encontré para comprender el por qué estaban vacías aquellas sillas unas pueden ser “reales”; es decir, coincidir con la razón real por la que no han venido estas personas. Pero esto sólo lo puedo saber preguntándolo, cosa ésta que no siempre podemos hacer. Otras pueden no ser reales ya que contienen aspectos que provienen más desde la propia experiencia (aunque en último término todas provienen de ahí) que en el caso que tenga dudas sobre mi hacer del día pasado pueden facilitarme creer que fui un mal profesor. Si sigo por esta senda podréis comprender que mi actitud ante el grupo actual, el que tengo delante en estos momentos, comienza a modificarse. Es decir, las interpretaciones no sólo intelectuales sino sobre todo afectivas que atribuimos a los hechos de mi vida condicionan no sólo cómo uno es sino cómo se relaciona. Pero volvamos al tema inicial.

La ruptura de la capacidad de elaboración

Decía que todas y cada una de las experiencias que tenemos con lo que nos rodea (en especial con las personas que le rodean a uno) y con uno mismo quedaban registradas a través de un triplete de elementos. La elaboración de este triplete va a ir asegurando un tipo de relación y de vínculo con lo que nos rodea (en particular las personas) y con uno mismo. Lo habitual (por no decir lo normal ya que esta palabra tiene connotaciones que no siempre facilitan la comprensión) es que la experiencia afectiva determine la relación que tenemos con lo sucedido. Cuando esa experiencia nos genera una pequeña ansiedad, levemente soportable para que podamos seguir viviendo con cierta normalidad, uno de los recursos es evitar esas situaciones que resultan desagradables. Esa evitación que todos tenemos ante algunas cosas (esta comida no me gusta, o no me resulta agradable ir ahí, o…) toma cuerpo y, en la medida en que la reacción activada no suponga un problema mayor, ahí uno va con ella con tranquilidad. De hecho todos nosotros tenemos esas cosas y no por ello dejamos de ir por la vida más o menos bien. Si su importancia aumenta pueden comenzar a aparecer comportamientos que los clínicos denominamos “fóbicos”. Es decir, las fobias son una reacción puntual o más o menos extendida o incluso extendidísima, ante determinadas situaciones que nos generan un malestar insoportable. Y evidentemente dependerá de lo incapacitante de esa reacción para que precise de la ayuda de un profesional o no.

En otras circunstancias lo que hacemos ante la dificultad de integrar es desarrollar mecanismos de control de las posibles situaciones angustiantes. De esta forma en unos casos podemos decir que somos muy ordenados, que somos meticulosos, que somos escrupulosos, que… hasta comenzar a desarrollar mecanismos más complejos de control que nos lleven a lo que los clínicos llamamos cuadros obsesivos. Y que pueden ser graves, gravísimos, y que su gravedad proviene de cuánto interfiere esos cuadros en el vivir normal de cada quien.

Cuando estas defensas o formas de superar la ansiedad que nos generan las cosas del vivir no son suficientes los cuadros que comienzan a aparecer salen del terreno de lo neurótico (que es el que en principio se ubicarían las alteraciones anteriores) y nos meteríamos en terrenos más psicóticos. Estos terrenos hablan de niveles muy altos de ansiedad ante los que el sujeto desarrolla una serie de mecanismos mentales para tratar de aminorarla. Pero ello no significa que veamos a alguien sudoroso, o con taquicardias de ansiedad…, no. Dicha ansiedad puede estar ahí, medio oculta y sólo se manifiesta por estas alteraciones que a muchos sorprende y a otros asusta: alucinaciones, delirios…

Ahora bien, todas estas cosas de las que he venido hablando son formas en cierto modo sanas de adaptación del individuo ante amenazas que percibe como terribles y que no puede capear de otra forma. Y son siempre reacciones que pasan por la mentalización, es decir, por procesos de elaboración más o menos afortunados que tratan de encajar sucesos reales o imaginados de gran importancia para el individuo. Pero no siempre eso es así. Hay situaciones en las que nuestro aparato psíquico no es capaz de poner la maquinaria elaboradora en marcha.

Imaginad lo qué sucede cuando andamos con nuestro ordenador y éste, ante el agobio que le produce un exceso de presión por nuestra parte que queremos que nos haga más cosas en menos tiempo: comienza a bloquearse, las teclas no responden, tampoco nosotros que seguimos insistiendo y de pronto aparece aquello de “este programa no responde”. ¿Conocéis la situación, verdad? Pues que lo pasamos fatal porque ese ordenador se ha bloqueado. Pues bien, en ocasiones nuestro aparato mental se bloquea. Cuando el aparato mental no puede elaborar de ninguna forma los hechos que para el individuo son muy significativos, la tensión se desplaza hacia el cuerpo y aparecen los cuadros de enfermedad somática: fibromialgias, cánceres, problemas hepáticos, etc. Eso es: el cuerpo somatiza la tensión excesiva que no pudo elaborar en su momento. Que se somatice no significa que la enfermedad sea imaginaria. En absoluto. El malestar de la persona que tiene una fibromialgia, una cefalea, una alopecia, un cáncer…, ese malestar es real, tangible. Lo demuestra todo tipo de estudio. Lo mide, lo fotografía… Es real como la vida misma. Pero esa realidad no oculta la otra: la existencia de momentos críticos en la vida de esa persona que han activado procesos internos, desequilibrios enzimáticos, proteínicos…, cuya consecuencia es esa enfermedad que vemos ante nosotros.

En otro orden de cosas pero siguiendo la misma senda encontramos todos los desórdenes con los que os encontráis a diario: desmembramientos familiares, desarraigos, migraciones, pérdidas de empleo… que son realidades sociales que generan y vienen generadas por alteraciones psicológicas profundas. En muchas ocasiones las personas a las que atendéis no son las generadoras directas de la situación precaria ya que el origen está en otras personas que han ido generando esa enfermedad que ya tiene carácter colectivo. Pero en otras no es tan así.

El grupo, lugar de elaboración de ansiedades

Pues bien, ¿y ante todo eso qué hacemos? Atenderlas. Atenderlas para que puedan desarrollar recursos (que en realidad ya tienen pero no lo saben) que les permita superar la situación estresante, la situación patológica, en la que viven. Y para realizar esta atención establecéis una relación a través de la que tratáis de introducir modificaciones. ¿Cómo? Por lo general, hablando. Porque en este hablar lo que estáis intentando hacer es activar procesos de elaboración mental. Procesos que en principio se dan porque vosotros, cual baterías suplementarias, aportáis esa “energía” con la esperanza de que se pongan en marcha esos mecanismos que el otro tiene. Es decir, tratáis de activar procesos de metabolización que permitan que puedan integrar alguno de los hechos que han determinado su vida. Porque si se activa esta metabolización, los procesos vitales que les llevan a una patología social o incluso somática, puedan ser ubicados en terrenos más sanos que son los primeros de los que hablé.

Pues bien, cuando esto lo hacemos en situación grupal lo que observamos es que ese grupo se convierte en un espacio mental de elaboración de los procesos patológicos y patogénicos en los que esas personas se han instalado. Habéis convertido el espacio grupal en espacio mental de elaboración de sus situaciones personales. Esto pues es el grupo.

Dr. Sunyer

Marzo 2011

Los comentarios se refieren a las sesiones que he realizado con los profesionales que han acudido al curso que organizó la Diputación de Barcelona.

 

 

 

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