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Domingo, agosto 20, 2017
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Reflexiones tras dos experiencias multifamiliares: la función convocante. 

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Master-en-Psicoterapia

Introducción

Quiero agradecer antes de nada unas breves palabras de una compañera cuyo nombre prefiero omitir. ¿Ya no escribes en tu cuaderno de bitácora? Es una lástima, porque te seguía. Debe ser que al no dar las clases… La verdad es que me han hecho pensar mucho y le agradezco a esta compañera su comentario. Y lo tomo como un deseo y también como vitaminas que me alientan a seguir. Reconozco que los últimos años han sido duros, y en especial los últimos meses e incluso días. Y aquí, sin saberlo ella, esta persona me ha puesto las pilas. Espero poderlas mantener mucho más tiempo.

Las experiencias multifamiliares

Se enmarcaron en el contexto de un curso que se organiza en Barcelona y también en Madrid. Acudí a una sesión que se realizaba en cada una de las dos ciudades. Y salí lleno de ideas y pensamientos que quiero compartir con quien o quienes me leen. Ahí voy.

Posiblemente deba iniciar este escrito aceptando que no tengo por qué tener razón; ni pretendo tenerla. A lo largo de mis años de práctica clínica y académica he ido aprendiendo que a lo sumo que puedo aspirar es a compartir aquello a lo que he llegado entender. Y esa comprensión o este entendimiento provienen de las experiencias que he tenido y de lo que muchos, muchos autores me han ido enseñando. La mayoría de ellos, por no decir todos, provienen del pensamiento psicoanalítico que, como es lógico pensar, no es el único existente; gracias a Dios. Pero que es también el mío y que dejarlo porque no está de moda sería como renunciar a lo que ha ido constituyendo mi formación como grupoanalista que bebe, como bien sabéis, del psicoanálisis, de la sociología y de la psicología.

Partiendo de esta línea de pensamiento acepto en primer lugar que existen más cosas que las que mi entendimiento es capaz de abarcar y, por supuesto, existen bastantes más que no son conscientes de las que lo son. Mi capacidad para comprender lo consciente es limitada; pero mucho más aquella que está relacionada con lo inconsciente, es decir, con lo que no ha llegado al nivel de ser consciente. Junto a ello entiendo y acepto que no todo lo que tiene el ser humano es creativo. Las fuerzas libidinales que en cierta forma nos guían e impulsan a generar vida y a crear se alternan o encuentran con otras de carácter tanático, destructivo que emergen o van en paralelo con las primeras. Estas dos cosas que acepto a partir de la experiencia no solo se visualizan en la individualidad del ser humano sino que también se captan y palpan en su dimensión social, grupal; que es inseparable de la primera.

Evidentemente hay más cosas que configuran mi pensamiento profesional (¿se podría hablar de un pensamiento profesional distinto del personal? Tengo mis dudas, pero de momento, dejémoslo así); pero básteme subrayar estas dos dado que son sobre las que se edifican o estructuran las demás. Podría añadir que la primera idea es coincidente con la primera tópica Freudiana, en tanto que la segunda se corresponde a otro aspecto de la psicología de Freud y que atañe a los impulsos: Eros y Tánatos. Y lo señalo precisamente para volver a reafirmar lo que dije al inicio en relación a no pretender tener la razón de las cosas. Muchas, muchísimas por no decir infinitas son las posiciones desde las que los humanos entendemos el trabajo con humanos. Mi posicionamiento es una de estas y que en cierto modo creo que puede catalogarse de grupoanalítico.

En mi texto del 2008(i) publicado por Alianza editorial señalo que a mi entender hay una serie de funciones que enmarcan el trabajo psicoterapéutico; y, en cierto modo también, el terapéutico. Posiblemente una de las razones que me llevan a pensar en ello es que este, el hacer psicoterapia, es un trabajo: una actividad profesional dirigida a una serie de fines que, más allá de los de tipo humanista que tiene toda profesión de ayuda, persigue obtener unos beneficios que pasan, entre otras cosas, por el poder ganarnos la vida. Pues bien, cuando realizo mi trabajo (cosa algo diferente a lo que sucede cuando estoy en terrenos más vitales y afectivos) considero que éste viene enmarcado por una serie de funciones vitales para su buen desarrollo.

En esta profesión que es la de conducir grupos con miras terapéuticas o psicoterapéuticas, vamos aprendiendo a través de la práctica (como la mayoría de las profesiones) cómo llevar a cabo las funciones de conductor de forma que los miembros del grupo puedan tener una experiencia acompañante y contenedora (caso de los grupos terapéuticos), y hasta una experiencia que permita modificaciones en la estructura psíquica (en el caso de los grupos de enfoque psicoterapéutico). Una de esas cosas que hemos ido aprendiendo es que el profesional debe poder habilitar un espacio mental en el que tenga cabida el grupo que va a conducir. Esto no es original nuestro, claro. De hecho, cualquier profesional que se precie se ocupa previamente, se preocupa, de lo que va a atender: sea un abogado (va preparando la documentación o se interesa por la legislación que existe ante un caso), sea un piloto de coches (sabe del circuito, sabe de su máquina, sabe de sus contrincantes). Ese espacio mental asegura (hasta donde se puede) que los miembros del grupo, en el caso del que hablo, sientan que son reconocidos y conocidos por el conductor. Perciban que ese profesional los tiene en mente y que entienda y atienda su situación personal a partir de esas cosas que ha ido pensando antes de cada encuentro.

No es muy diferente a la función materna. Cuando una madre (en realidad cuando unos padres, pero la madre es básica y fundamental) espera un hijo experimenta una serie de cambios hormonales y psíquicos que la predisponen a que ese ser de apenas unas horas o días tenga un lugar en su seno. En el seno orgánico y en el seno mental. Y a medida que va progresando el embarazo ese ser ocupa un lugar que es el que posibilitará que cuando nazca, el lugar físico, la cuna, el moisés, sea la extensión física del lugar que ocupa en la mente de la madre; y en muchas ocasiones, en la del padre. Y ese lugar se manifiesta cuando le acuna, cuando lo toma en brazos, cuando lo mira y cuando lo sonríe, cuando lo cambia y lo viste. En todas estas ocasiones, hay (debiera haber) un espacio mental para que el hijo se viva extensión de una madre. Extensión que progresivamente va a ser sustituida por un lazo afectivo de alto valor que será el que le posibilitará su emancipación y autonomía.

En el texto menciono cuatro funciones básicas: la función convocante, la higiénica, la verbalizadora y la teorizante. Las denomino función siguiendo la idea de Bion quien en un texto de 1987(ii) denomina así al conjunto de procesos mentales mediante los que se alcanza un determinado fin. Siguiendo esta idea, la función convocante es aquella que se da en los conductores del grupo y que determina, entre otras cosas, quien es la persona convocada a la experiencia grupal, en qué momento cree adecuada su incorporación (dependerá de su estado y del momento del grupo), posibilitará que el grupo esté en condiciones de que esa persona se introduzca para asegurarse, es lo menos, un mínimo grado de aceptación, etc. Es decir, y aún siendo legítimo considerar a un grupo abierto totalmente, posiblemente el conocimiento previo de quien entra pueda garantizarnos, hasta donde se pueda, que tal persona va a ser medianamente aceptada; que los miembros del grupo sientan que las ansiedades que se activan ante un nuevo miembro se canalicen en su favor y no en su contra; y hasta disponer de una silla para la persona que se incorpore.

Entiendo que recordar esa función es complicado; y lo es porque depende bastante del marco desde el que trabajamos. Es verdad que existen experiencias (por ejemplo, los grupos de acogida de primeras visitas hospitalarias) en los que no hay una función convocante específica y los pacientes acuden sin más. Igualmente los grupos de tipo asambleario que se organizan en algunos hospitales de día o incluso los grupos abiertos como el presente, tienen cabida en el marco general del trabajo grupal. Sin embargo mantengo mis reservas respecto a la excesiva apertura de la función convocante y que se basan fundamentalmente en dos ideas: la que las personas que acuden por lo general presentan dosis importantes de padecimiento (de ahí viene la palabra paciente) y que ya es bastante esa dosis para que se vean ante la tesitura de tener que contener el sufrimiento de otros que en ocasiones puede ser también muy importante. En segundo lugar porque la responsabilidad del profesional es la que es, tanto a nivel asistencial como legal. En este sentido, la responsabilidad conductora conlleva la de mantener los niveles de ansiedad en cotas soportables para que las personas que constituyen el grupo puedan activar o reactivar sus capacidades de pensamiento contenedor (propio de la función verbalizante).

Son varias los objetivos que aspira alcanzar esa función convocante. El primero es disponer de un espacio real, físico, capaz de reunir con una mínima comodidad a las personas que convocamos. Si la convocatoria se realiza adecuadamente todo convocado sabrá dónde es el encuentro, a qué hora se realiza y qué tiempo va a durar. Esto que es importante lo es bastante más si consideramos el estado psicológico en el que se encuentra cualquier persona convocada, estado que se añadirá al ya propio de esa persona. Cuanto más claros y definidos estén estos puntos menos tensión añadiremos a la que le resulta propia a cada paciente.

Un segundo objetivo es que todo quien participa en el grupo sepa que es esperado por el convocador y que tiene un lugar en el grupo donde sentarse; y que quienes ya están sepan que van a encontrarse con alguna o algunas personas nuevas a las que hay que ayudar a incluirse. Ese aspecto se materializa en una silla y en espacio físico para ella. Pero como bien podemos pensar la cuestión no se detiene en lo concreto, en lo real de la silla; antes bien, eso en realidad alude a otros aspectos de la realidad simbólica y, consecuentemente, con aspectos de nuestro inconsciente.

Un tercer objetivo es que quien se incorpora se sepa reconocido a través de su nombre. Es cierto que un bebé cuando nace no sabe que lo tiene (no lo sabe porque ni su propio aparato neuronal está en condiciones madurativas como para saberlo); pero tiene un nombre. Y por lo general (siempre hay excepciones) los padres nos referimos a él antes de nacer. Los padres, abuelos, tíos si los hubiere y otros miembros de la familia ya se han preocupado por saber si tal bebé va a llamarse Juan, Javier, Álvaro o Marta o… En el caso de los adultos ese nombre lo sabemos y nos gusta constatar que cuando nos incorporamos al grupo, nuestro nombre ya estaba ahí. Pero esta realidad alude a otra, simbólica ella, que indica que ya estaba en el registro mental del conductor.

Un cuarto objetivo guarda relación con las razones que acompañan a la decisión de ir a un grupo. Dado que en nuestro caso no estamos hablando de grupos de tiempo libre sino de grupos en los que está presente la idea terapéutica o psicoterapéutica, bueno es que el conductor sepa algo de ese sufrimiento. Precisamente porque está ahí. De esta forma el propio conductor estará más atento a las características del padecimiento que van ineludiblemente vinculadas a las de los sistemas de comunicación con los demás. Es decir, no vinculadas tanto a la información que pueda dar un paciente sino a cómo se comunica con los demás. De esta forma, si mis sistemas comunicativos siguen pautas obsesivas o caracteriales, el conductor buscará la forma para que esos sistemas puedan encajar en el conjunto de formas de comunicación de ese grupo. Y si, además, lo que comunico contiene elementos ansiógenos muy elevados, el conductor estará al tanto de la ansiedad que puedan despertar los elementos ansiógenos del paciente.

Además, si el conductor o conductores saben de las personas convocadas y las conocen previamente, ese lazo que surge del conocimiento previo es un seguro para quien se incorpora al grupo y para los que le acogen. Seguro que guarda relación precisamente con el vínculo a través del que establecemos interdependencias estables y que garantizan una mayor estabilidad, valga la redundancia, en el trabajo grupal. Esto alude a la relación que se establece entre cada miembro y la figura del conductor (o conductores) que proporciona niveles de seguridad mínimas suficientes para el trabajo a desarrollar posteriormente.

Y todo ello porque el profesional sabe que cuando mayor es el número de personas que conforma el grupo mayor es el nivel de confusión que se crea. Si el conductor sabe algunas cosas de las personas que constituyen el grupo, buscará la manera de contener esa confusión y facilitar los procesos mentales que mantienen el grupo en condiciones de trabajo óptimo.

Esa función convocante de la que he hablado anteriormente busca en último término poder disponer de los niveles de seguridad psicológica que posibiliten poder pensar juntos en torno a las dificultades que podamos tener. Esas que sin lugar a dudas provienen de serios conflictos o alteraciones más o menos graves en los procesos comunicativos, se van a actualizar en la propia relación grupal. Y será el propio grupo, bajo la atenta mirada y acompañamiento del conductor o conductores, quien tratará de ir restableciendo patrones comunicativos más acordes con la vida compartida, con la vida grupal.

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(i) Sunyer, J.M. (2008). Psicoterapia de grupo grupoanalítica. La coconstrucción de un conductor de grupos.

Madrid: Biblioteca Nueva

(ii) Bion, W.R: (1987). Aprendiendo de la experiencia. Barcelona: Paidós

Dr. Sunyer

Madrid- Barcelona 2014

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