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Viernes, noviembre 24, 2017
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REFLEXIONES EN TORNO A UN ESPACIO SINGULAR UNIVERSITARIO: EL GRUPO SEMINARIO. (SEGUNDA PARTE) 

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REFLEXIONES EN TORNO A UN ESPACIO SINGULAR: EL GRUPO SEMINARIO. (SEGUNDA PARTE)

Introducción.

En la primera parte de este trabajo me centré en si el espacio formativo denominado en algunos ámbitos como “seminario”, podía ser considerado grupo o no, y en cualquier caso cuáles podrían ser las condiciones necesarias y suficientes como para que pudiésemos considerarlo como tal. Y lo definía como aquel espacio “formativo en el que un grupo reducido de estudiantes o profesionales profundizan sobre aspectos concretos de su labor profesional, intercambiando con el que coordina dicho espacio, experiencias profesionales, personales, aderezadas por los aspectos teóricos que, básicamente aporta el coordinador y que son los que dan apellido al seminario”. En este sentido aquilataría más la definición definiéndolo como aquel espacio formativo en un contexto institucional en el que un grupo de entre unos ocho y una veintena de estudiantes o profesionales procedentes de diversos departamentos, estamentos, o instituciones profundizan sobre aspectos concretos de su labor profesional, intercambiando con el que coordina dicho espacio, experiencias profesionales y personales aderezadas por los aspectos teóricos que el coordinador aporta y que son los que dan apellido al seminario. De esta manera incluyo de forma específica aquellos espacios a los que asisten un número no excesivamente reducido de personas, pero tampoco demasiado numeroso, y que tienen lugar en instituciones de toda índole.

Igualmente debo precisar la idea de formativo. Cuando a ella me refiero, incluyo aquellos espacios en los que se da una de las siguientes circunstancias: la reflexión sobre la tarea que se realiza en el centro, reflexión que puede venir acompañada de aspectos teórico técnicos que acrecienten la capacitación de los pertenecientes al seminario; el desarrollo de programas teórico-técnicos aplicados a la tarea que realizan los implicados en el seminario y que les puede resultar útil para mejorar su capacidad profesional; espacios que sirven de articulación de aspectos técnicos de la tarea que es realizada por profesionales implicados en el seminario bajo la conducción de un profesional ajeno a la institución; espacios que sirven para ahondar en la articulación de los aspectos profesionales y personales con la inclusión de elementos que sirvan para fortalecer los procesos secundarios. Creo que estas precisiones sirven para aquilatar más la idea formativa implícita en los espacios de seminario.

A partir de ahí, expuse lo que considero las funciones necesarias y suficientes para que un grupo sea considerado como tal y que, cuando no se cumplen, tenemos asegurada la presencia de ingredientes que van a hacer fracasar el grupo. Y dejé para esta ocasión la consideración del grupo como elemento inserto dentro de un contexto, que es otro grupo, y cómo este hecho condiciona la dinámica del mismo. Esto es lo que voy a abordar en el presente trabajo.

Grupo, ¿en qué contexto?.

Decíamos en otro lugar (Sunyer 1998) que las relaciones que se establecen en el seno de un grupo interfieren en la comprensión del objeto de estudio en tanto que los afectos que ahí emergen introducen una serie de elementos inhibidores en algunos casos y potenciadores en otros, de los aspectos parciales de dicho objeto de estudio. Ahora bien, esto que es una constatación que nace de la observación de lo que sucede en las relaciones que el sujeto establece en el grupo también tiene un movimiento inverso: las características del objeto de estudio influyen en las dinámicas y en las relaciones que se dan entre los miembros del mismo. Esto lo podemos ver en varios escenarios. Por ejemplo, cuando un grupo de profesionales abordan el tema de “lo persecutorio”, este mismo grupo acaba trabajando sobre estos aspectos dentro de su propia dinámica grupal. También lo podemos ver en la clínica: los equipos que trabajan con poblaciones específicas acaban reproduciendo en su dinámica las características de dicha población. Ello nos permite pensar en la existencia de una corriente que introyecta y proyecta aspectos que provienen del exterior o del interior del grupo, señalando la porosidad de lo que denomino membrana psíquica grupal y que, de su grado de permeabilidad, dependerá el nivel de salud del mismo grupo. Es decir, grupos con membranas excesivamente porosas tenderán a reproducir dinámicas excesivamente identificadas con el entorno (en este caso actuarían en términos de una identificación proyectiva que puede llegar a ser masiva) y en su polo opuesto, es decir, grupos muy impermeables, funcionarían bajo registros autísticos respecto el entorno.

Ello nos indica que los grupos, al igual que las personas que los constituyen, no actúan ajenos a los contextos en los que se ubican ni ajenos a las características de los objetos con los que trabajan. Dicho de otra forma, los grupos no se dan en el vacío ni en la no-relación. Al contrario, se dan en un marco social, político, económico, ideológico que determinan, a su vez, las características internas de los grupos que en dicho marco se dan; pero también se ven condicionados por las características de los objetos con los que trabajan. En este sentido la experiencia nos indica que si se organiza en el contexto hospitalario o en el productivo o en el formativo, dicho grupo poseerá una atmósfera y unos aspectos afectivos diferentes. Y no sólo por la idiosincrasia de las personas que lo configurarán, sino por las características del entorno, del contexto y las de los objetos con las que trabajan.

Por ejemplo. Imaginemos un seminario o espacio de reflexión sobre el hecho de enfermar y permanecer en un hospital, o sobre las vivencias que se tienen a raíz de la enfermedad y que pudiera estar formado por pacientes. Estos aportarán una serie de vivencias cargadas de elementos suficientemente teñidos de afectos como para impregnar su dinámica. Estas derivan fundamentalmente no sólo de cómo es cada cual, sino de las características de las dolencias que les acompañan, de cómo las sufren, de qué les supone a escala personal y familiar; vivencias que pueden compartir al ser puestos en situación grupal. Dicho compartir introduce aspectos personales que, como bien señala Yalom , son factores terapéuticos que per se, facilitan un sobrellevar mejor la dolencia que tienen y, en consecuencia, favorece la mejoría de los mismos integrantes del grupo . Y al tiempo nos puede permitir, a los profesionales, el abordarlas en tanto fenómenos que también son grupales y van más allá de él. Desde este ámbito, lo que se intenta facilitar es la elaboración de problemáticas que van más allá de la propia dolencia individual y que atañen al enfermar, a las formas de este enfermar, a la atención que se recibe y a un largo número de aspectos que, al abordarlos desde una óptica grupal, permiten mejorar la comprensión de la dolencia personal, la del sufrimiento colectivo y las de la propia enfermedad; y poner palabras a todo ello. Estamos mencionando al “objeto de estudio”. En efecto, al reproducirse en el grupo las características de esa enfermedad, de esa dolencia, lo que se reproducen también son las relaciones que establece el ser humano con ella, y nos posibilita una mayor comprensión de la misma y de las reacciones emocionales que ella genera.

Si cambiamos de contexto y nos trasladamos al productivo, un seminario sobre cualesquiera de los temas que se quieran abordar presentará también la presión derivada de personas atentas a la necesidad de obtener o producir una serie de bienes. Es decir, a las características del objeto de trabajo (objeto de estudio), se le añaden aquellas que satisfacen o deben satisfacer, en mayor o menor medida, las lógicas demandas narcisistas y de satisfacción personal en relación con el propio trabajo. Este aspecto, más allá de sus ingredientes individuales, contiene los elementos grupales que se organizan como formas de poder, formas de influir en el proceso del otro, maniobras entre los componentes de un grupo para obtener ventajas personales de esa participación grupal. Estos aspectos, que podemos considerarlos como paralelos a lo que en la clínica puede representar la dolencia del paciente, introducen una variable en las relaciones que complica y hace complejas las dinámicas laborales. Estos aspectos son mucho más evidentes en cuanto mayor es la responsabilidad y la autonomía del trabajador, y aporta a la dinámica de los seminarios formativos un elemento de competitividad importante; lo que puede llegar a paralizar la percepción de las características personales de quien trabaja en estos contextos . Es decir, a los efectos derivados del “objeto de estudio” se le añaden los inherentes a las características personales de los componentes del grupo, y aquellos otros que, anclados con los aspectos narcisistas, introducen nuevos elementos a la comprensión del y de conflicto con el propio grupo .

Si pasamos a un centro educativo, éste presenta las características intermedias entre lo asistencial (propia del contexto hospitalario) en lo que atañe a la atención personal y a las relaciones afectivas que se dan en este tipo de contextos (aparece el objeto de estudio y las características personales de los miembros de un grupo clase, por ejemplo); y el productivo, ya que de un lado debe satisfacer las expectativas de los profesionales de la enseñanza en lo que atañe al rendimiento académico y que en buena medida también están teñidas de los aspectos narcisistas, y las de los que delegan (o deben delegar) aspectos de su función paterna en lo que atañe a lo educativo y que colorea la relación con los alumnos. Se introduce, pues un tercer factor de marcado cariz persecutorio, que deriva de un grupo externo al grupo institución, con lo que la complejidad aumenta .

Por ejemplo, los que tenemos una cierta experiencia personal en “escuelas de padres”, sabemos cuán difícil es crear un espacio en el que se consideren ambos aspectos, evitando la tendencia a caer en una especie de tecnicismo teórico por parte de quien imparte el curso o seminario, con el consiguiente abandonarse a una posición pasivo dependiente por parte de los padres que esperan de quien conduce el encuentro soluciones más o menos mágicas a los problemas de la relación con los hijos (con lo que parecerían querer recrear la situación de ser tratados como alumnos), o acabar constituyendo unos espacios en los que la problemática particular de unos padres parece querer inundar el propio grupo e imposibilitar la capacidad de pensar sobre la educación y las relaciones interpersonales que se dan en este contexto (con lo que parecen querer ser tratados como pacientes).

Pero es que además, los profesionales de la educación y en especial la secundaria, se encuentran también inmersos en una dinámica en la que los aspectos persecutorios se ven acentuados ya que, más allá de la comprensible presión de los padres, aparece la de los poderes públicos que atendiendo a aspectos electorales ( y en ocasiones electoralistas) no se articulan en torno a una mejoría en la comprensión y la colaboración sino que tienden a señalarlos como los culpables de problemáticas que poco o nada tiene que ver con ellos: la fácil dejación parcial de las funciones paternas por parte de las familias y de los organismos públicos deja a los profesionales de la educación en una zona absolutamente desprovista de recursos para ejercer su función. El grupo grande escolar se ve inundado de problemáticas sociales que le sorprenden y superan y, creyéndose en el deber de solventarlos, en lugar de restablecer el pensamiento grupal, las actúan.

En esta situación los centros Universitarios tienen, como factor añadido, la duda razonable de si su función es meramente instructiva o es también educativa . Este aspecto se agudiza más en aquellos estudios en los que la formación técnica pasa inevitablemente por una formación personal, entrando en juego aspectos relacionales, afectivos e incluso íntimos cuya mejor articulación o mayor coherencia interna constituyen la base de una buena preparación técnica. En este tipo de estudios podemos incluir los de Medicina, Enfermería, Psicología, Pedagogía y aquellas otras carreras en las que lo técnico se articula con y sobre lo personal. En este orden de cosas, por ejemplo, trabajos como los de Guimón, J, González,C, e Illá, L (1977) , Sanjuán, J, Munárriz, M, Gonzalez, C (1987) y otros apuntan a esta necesidad.

Ello nos obliga a pensar que en el contexto institucional se encuentran por un lado, las características personales de los componentes del grupo, sea este el de los profesionales de un centro, sea los alumnos del mismo; por otro, las que provienen de la propia contaminación del objeto de trabajo o estudio, a las que se añaden los aspectos que nacen de las relaciones interpersonales y de los intereses narcisistas de los miembros de un grupo o institución; de otro lado la existencia de unas presiones derivadas de la propia dinámica institucional que, como grupo grande que es genera una serie de fenómenos que atrapan, condicionan, paralizan muchas de las características de las personas que componen la institución y que, a causa de estos fenómenos que tienen que ver con la dimensión de la institución, interfieren en la tarea y en las características de sus miembros; además, y finalmente, la existencia de unas presiones derivadas del contexto en el que se trabaja que bajo la forma de aspectos culturales, políticos y económicos del sistema en el que está vinculada la institución, acaban condicionando la dinámica del centro y por lo tanto de sus grupos. De esta suerte, el centro Hospitalario debe atender básicamente, por poner un ejemplo, a la demanda social de sanar, el productivo el de producir y el educativo el de educar e impartir formación; pero estos objetivos se ven condicionados por una serie de factores que van desde lo individual hasta lo colectivo en sus diversas constelaciones: grupos, subgrupos, departamentos, claustros, secciones, etc. Estos factores forman una variedad de demandas que articulan equilibrios imposibles. Estas demandas encarnadas por la Institución y que derivan de sus múltiples componentes, más aquellas que provienen del contexto social que mediante el fenómeno de la transposición (Pat de Maré, 1975) se introducen en la propia institución y en los grupos que la configuran, aportan una complejidad importante en la dinámica de los grupos que contiene la Institución y que en ocasiones podemos escuchar en los sujetos que las componen.

O sea que en una Institución, todo grupo queda afectado por una serie de influencias provenientes de las comunicaciones conscientes e inconscientes con los sucesivos grupos de personas con los que se relaciona y que lo articulan con la institución y con el contexto social en el que se inserta.

La institución, grupo grande.

Existe un cierto acuerdo en considerar la Institución como un grupo, un grupo grande. Y en cierta medida lo es pero no tanto por la consideración al gran número de personas que lo conforman sino porque parece que se dan las cinco condiciones (convocante, presencial, higienizante, verbalizadora y teorizante) si bien, el grado de desarrollo de las funciones correspondientes puede ser muy variable. Ahora bien pudiendo ser considerado como grupo grande suele ser más fácil considerarlo como un grupo grande formado por grupos; esto es, un grupo de grupos. Ello tiene una parte de cierta: toda institución está formada por grupos de diversa composición y variado estatus jerárquico que permite generar la idea de que es un grupo de grupos, y como tal provoca una serie de efectos sobre el individuo al tiempo que organiza un entramado psíquico particular que atrapa a los miembros que lo conforman. En este sentido, la aportación de la teoría sistémica nos parece muy sugerente en tanto que propone pensar los diversos subsistemas que se articulan en un sistema en equilibrio inestable. Pero esta visión, siendo cierta, en ocasiones se interpreta de forma rígida por lo que no deja de ser también la expresión de la tendencia que tenemos a fragmentar, es decir, a utilizar este recurso psíquico defensivo frente a la complejidad de ver la Institución como un grupo total dinámico. En este sentido, y más allá de que sea o represente “un objeto que, al ser siempre parcialmente impensable, es de difícil acceso” (Pinel,1998: 61), consideraremos la Institución como un grupo grande y, al mismo tiempo, como una multiplicidad de grupos entrelazados y en permanente estructuración y entrelazamiento dinámico formados pòr personas que establecen entre sí diversos niveles y grados de fluidez en la comunicación, tanto consciente como inconsciente; y no un grupo de grupos en la lectura estructurante y por lo tanto atomizante que se constituye frente a la dificultad de comprender la naturaleza múltiple de la misma y que eliminan el elemento central: las personas que los constituyen. Y consideraremos este punto importante puesto que la persona ocupa, en nuestra concepción, el punto central, el punto nodal de una red consciente e inconsciente de comunicaciones. Y desde esta perspectiva podremos considerar al mismo tiempo, su condición nodal( es decir, su condición de persona con una historia, una biografía de relaciones con personas que conforman sus grupos de pertenencia y relación, y que han contribuido a la formación de un mundo interno que constituye la matriz de relaciones internalizadas de objetos y que condicionan sus relaciones con el mundo real e imaginario); sus diferentes constelaciones que son los grupos a los que cada persona pertenece en el contexto en el que se encuentra (los contextos institucionales y sociales), y, también, el contexto institucional formado por la globalidad de nodos que constituyen las personas que formamos la Institución.

A partir de ahí podemos concebir la institución desde diversos ángulos. A un nivel global podemos observar cómo ese grupo total elabora una serie de pensamientos, ideas, que constituyen lo que Anzieu denomina “imaginario grupal”. Así Anzieu (1978) propone, entre otras ideas sugerentes la de considerarla como el lugar de fomento de imágenes que permite dar a los integrantes la impresión de coparticipar de algo compartido. Estas imágenes se articulan, en ocasiones, como metáforas que actúan como “ideas fuerza (…) y que expresa(n) la transformación de las imágenes que dirigen el juego de fuerzas subyacentes” (1978:144) Algunas de las metáforas que se articulan pueden ser las de “el grupo como organismo viviente”, “el grupo como máquina”, de tal suerte que mientras que la primera nos permite buscar una comparación con algo conocido y a través de las ideas antropomórficas, se permite instalar la creencia de un “orden social según la modalidad de los arquetipos platónicos y facilite a los hombres el someterse a ellos” (1978: 146), la segunda, de fuerte influencia cibernética, tiende “a ver el grupo como una estructura en equilibrio, con un sistema de funciones independientes, juzgándose como más importante la interdependencia funcional que la de los individuos” (1978: 148) Estos tipos de imágenes son habituales en muchas instituciones. Por ejemplo, en el ámbito político, la idea de “la casa común” no deja de ser una imagen de las mismas características que propone Anzieu. Igualmente podemos ver esas ideas en la propaganda de empresas, o instituciones. Por buscar otros ejemplos idea como “somos una gran familia” o de “hacienda somos todos”, pretenden hacer nacer en los pertenecientes a aquel grupo la sensación de que hay una idea que los engloba y que justifica su esfuerzo; por ejemplo en la idea de hacienda se pretende que los ciudadanos nos demos cuenta de esa participación en un grupo (la sociedad, hacienda) y por lo tanto de nuestra corresponsabilidad para con el grupo social.

Desde la perspectiva de la segunda tópica Freudiana, planteé (Sunyer, 1997) un esquema sencillo a partir de la experiencia en el Hospital de día del Hospital de Basurto . Ahí propuse que pensásemos el grupo de pacientes como el representante de los aspectos del ello; la institución y su aparato administrativo, el elemento superyoico, en tanto representante social; y el equipo asistencial de aquellos pacientes (en el contexto de la Unidad del H. de Día del que era el coordinador), la instancia del yo. Y señalaba las tensiones que el equipo debía elaborar a diario para poder realizar su tarea asistencial estableciendo un equilibrio entre las demandas de los pacientes y las de la institución. Si este esquema lo tuviese que adaptar a otros contextos, por ejemplo, los educativos, podríamos atribuir la instancia superyoica a la propia Institución educativa (en tanto que entramado de aspectos administrativos y de poderes y jerarquías que lo sostienen y que son representantes de lo social); la instancia del ello se depositaría en el grupo o grupos de alumnos en tanto que en ellos parece ubicarse bien los aspectos derivados de los elementos más básicos de búsqueda de satisfacción más o menos inmediata de los aspectos libidinosos; y al equipo de profesores le atribuiría la representación de los aspectos yoicos en tanto mediadores (en esta visión un tanto sistémica del aparato psíquico, como diría García Badaracco) entre los aspectos derivados de las necesidades de los alumnos y las limitaciones y exigencias que previenen de la institución y la sociedad.

Desde la óptica de los aspectos proyectados, Nitsum (1999) , nos propone la idea del espejo organizativo que nos sugiere que los procesos que se dan en los diversos grupos y subgrupos de una organización se reproducen, a través de la propiedad física de la luz de su reflexión, en todos los niveles de la propia organización. Con ello tenemos un instrumento de análisis importante para la comprensión de los fenómenos que se pueden dar en la dinámica de los espacios de seminario y similares. A título de ejemplo, los fenómenos, las dinámicas y las tensiones que vive la secretaría de un curso de formación, por ejemplo, pueden ser entendidas como reflejo de otras que provienen del grupo de profesores, que a su vez, reproducen las del conjunto de alumnos; pero estos niveles también reproducen y reflejan las de otros niveles superiores, el jerárquico, por ejemplo, así como otras que derivan de las posibles competitividades dentro de los cursos similares que se den en un determinado marco social. Esta visión, si bien presenta un aspecto muy estructural y estructurado de las instituciones, tiene la ventaja de no inculpar a un determinado nivel, o incluso a un individuo concreto, las problemáticas que aparecen en la globalidad de la estructura, siendo vistas éstas como la reproducción en niveles diversos de problemáticas menores que se amplifican por el propio fenómeno de lupa, típico de los grupos grandes.

Esta idea de la Institución como grupo de grupos nos parece muy interesante por cuanto recoge la complejidad de las dinámicas que se dan en ella; y si recuperamos la idea del espejo organizativo podemos comprender un poco más cómo las dinámicas que se dan en un equipo determinado acaban repercutiendo en los diversos niveles de una institución.

Ejemplo: En una empresa de productos de decoración del hogar, los tres socios accionistas eran también empleados del propio negocio, si bien la titularidad de las acciones, por razones fiscales, la tenían sus mujeres. El crecimiento de la empresa había llevado a una lenta pero constante modificación de los puestos de responsabilidad de los tres socios /accionistas. La inclusión de los hijos de uno de los socios, el mayoritario, en la propia empresa empezó a producir y a generar sospechas y desconfianzas en los otros dos socios. Dichas desconfianzas les llevaba a un funcionamiento que les obligaba a estar al tanto con lo que el otro realiza y más concretamente lo que hacen los hijos del compañero. Esta dinámica se fue complicando cuando uno de los hijos, al acabar sus estudios de empresariales, empieza a tomar más protagonismos en el negocio, viéndose apartados los otros dos socios; cuyos sueldos, como trabajadores de la empresa, estaban en manos del socio mayoritario. Estas dificultades comenzaron a trascender más allá de las reuniones de la Dirección afectando al trabajo de los trabajadores de la empresa quines se iban distribuyendo por grupos en función de cual de los socios les caía mejor o peor. Las presiones del mercado, además, comenzaron a hacer mella en la empresa y comenzaron a emerger sospechas de la creación de una empresa paralela en el mismo polígono por parte del socio mayoritario. La situación en la que me encontré al llegar era de total disrupción entre grupos de trabajadores que era paralela a la del cuerpo directivo; al que había que añadir las presiones de las mujeres respectivas.

En el ejemplo del campo productivo, las tensiones que aparecen entre los tres socios / accionistas de esa empresa, se reproducían y traducían de forma sistemática en desacuerdos entre los trabajadores que sólo pueden ser entendidos desde la dinámica que se da entre los miembros del primer grupo; y al tiempo alimenta la propia dinámica del equipo directivo. Y también las divergencias entre las mujeres, propietarias reales de la empresa.

Ahora bien, siendo ciertas y aceptables las diversas visiones que parten de la hipótesis de la institución como grupo de grupos, se nos puede olvidar otro aspecto. En efecto, decía que este grupo de grupos no puede ser entendido como algo rígido, estático, sino que en realidad alude a la existencia de entramados que derivan de los grupos organizados de forma oficial o de manera espontánea, estableciendo una cierta visión horizontal en la que varios grupos establecen un determinado equilibrio. En este orden de cosas Kaës, R (1998) aporta la noción de vínculo instituido que es “el determinado por efecto de una doble conjunción: la (…) del deseo de sus sujetos de inscribir su vínculo en una duración y en una cierta estabilidad; y (…) la de las formas sociales que de diversas maneras (jurídica, religiosa, cultural, económica), reconocen y sostienen la institución de este vínculo” (1998: 13) Con esta aportación Kaës enriquece la idea de horizontabilidad que señalaba anteriormente ya que ubica “lo institucional” en el espacio de la vinculación en tanto que ésta es intersubjetiva ya que “el campo teórico que se constituye viene organizado por la investigación de las estructuras, formaciones y procesos psíquicos que se constituyen en los puntos de anudamiento de las formaciones del inconsciente entre el sujeto singular y los conjuntos intersubjetivos” (1998: 19) Esta “realidad psíquica se encuentra en la interferencia con las dimensiones (social, económica, jurídica, política) que acabo de evocar” (1998: 31) Esta visión de la institución no me parece muy alejada de la que se plantea desde la posición grupoanalítica, sobre todo si pensamos que ya el propio Foulkes concibe la idea de matriz grupal y la de red como realidades que transcienden la vida psíquica del individuo insertándolo en una red de relaciones que lo moldean y son moldeadas a su vez por el individuo. Estos aspectos de la matriz de relaciones debe alcanzar el valor de institucionalización en el sentido de la legitimación de los componentes a considerarse y ser considerados miembros de la propia institución.

En cualquier caso nos encontramos ante visiones complementarias del hecho institucional, unas que lo pueden pensar como un grupo grande, sin más, en tanto que otras lo articulan como grupo de grupos; esta segunda opción, aparentemente más compleja que la primera posiblemente haya que comprenderla no tanto como la propuesta esquemática que señalaba en mi trabajo del 1997, cuanto una formación dinámica en la que los juegos intergrupales e interindividuales organizan constelaciones cambiantes de agrupamientos pertenecientes a órdenes o dimensiones diversas en calificación (afectivas, sociales, políticas, administrativas, económicas y familiares), en número de miembros (desde los emparejamientos y tríos, a grupos pequeños y medianos), y en ocasiones hasta en su duración, y que constituye una realidad psíquica que combina lo individual con lo colectivo o lo que Pinel señala como “instancia de articulación de formaciones psíquicas” (1998: 59)

El espacio multifamiliar.

En la propuesta de definición de la Institución no he incluido, hasta el momento, la noción de familia como una de las calificaciones de las dimensiones que operan en lo institucional. Pero si lo consideramos desde una óptica de grupo grande, detectamos la presencia de elementos que informan de aspectos que guardan mucha relación con la idea familiar o multifamiliar, para ser más exactos. En efecto, en una institución aparecen representados no sólo los individuos sino aspectos de jerarquía que aluden a lo generacional, a los procesos humanos que provienen no tanto de las edades de los sujetos sino de los distintos tiempos de vinculación de estas personas con la Institución. Por ejemplo, la existencia de bultos, novatos, veteranos, abuelos en la institución militar, es algo que está muy en la memoria de los que hemos pasado por esta experiencia; pero de la misma forma, dichas clasificaciones, con sus variaciones, aparecen los colegios mayores, residencias de estudiantes, etc. Ello habla de la presencia de un componente que, más allá de recordar los diversos grados de veteranía en un lugar, alude, también, a otro tipo de lazos que marcan las relaciones entre las personas en una institución.

La idea de lo familiar, debería decir multifamiliar, proviene de la propuesta de García Badaracco y que aparecer en su texto sobre “Psicoanálisis multifamiliar” En efecto, dicho autor llega a la conceptualización del grupo multifamiliar como propuesta de intervención a partir de las experiencias clínicas que le acaban informando de la existencia de interdependencias con poder patógeno entre el paciente asignado y los progenitores .

Siguiendo esta idea se pueden reconocer fácilmente la existencia de relaciones que, sin llegar a la constitución de un grupo, sí constituyen lo que podrían llamarse interdependencias entre miembros de un colectivo en tanto que estos miembros coparticipan de afinidades, de planteamientos ideológicos, políticos, profesionales que, y como consecuencia de ello, permiten u obligan a establecer unas interdependencias de fidelidad tácita. Se podría decir que existe la fantasía de “familia de pertenencia extraoficial”, es decir, la presencia de unas líneas de relación que atraviesan los diversos grupos que configuran la Institución y que ejercen una presión sobre las personas que, a modo de fidelidades familiares, pueden paralizar el funcionamiento de los grupos, en cuyo caso podríamos hablar de fidelidades patogénicas. En la mayoría de las instituciones, y un ejemplo podrían ser las educativas, aparecen lo que podríamos llamar grupos familiares formados por aquellos miembros sujetos a determinadas disciplinas de afiliación o, como dirían Boszormenyi-Nagy, I y Spark, G.M. (1983) sujetos a lealtades ocultas, invisibles entre los miembros que condicionan las dinámicas intergrupales.

Ejemplo:
En una experiencia formativa los miembros que participaban en diversos subgrupos de tipo seminario presentaban serias dificultades en el momento de establecer las prioridades de participación, los ejemplos clínicos a traer, y las situaciones institucionales para ser analizadas. Este aspecto llevó a los miembros de uno de dichos grupos a reflexionar sobre qué aspectos condicionaba el establecimiento de tales prioridades y la reflexión les llevó a considerar la existencia de relaciones personales entre diversos estamentos y entidades que, bajo la idea de traición más que la de desconfianza hacia los miembros del propio grupo o temor de tipo persecutorio, impedía la participación espontánea. Esta idea de traición dio pié a considerar la existencia de fidelidades a personas o grupos a las que muchos de sus miembros se sentían vinculados; en unos casos por su filiación sindical y en otros por la profesional o incluso la política así como la pertenencia a una de las varias redes de asistencia que convergían en aquel contexto formativo.

La idea de “lealtad invisible” que con tanta claridad nos exponen Boszormenyi-Nagy y Spark, supone un cierto compromiso tácito, entre los miembros de un grupo. La pertenencia de un miembro a un grupo conlleva, en cierta medida, la interiorización de determinadas normas así como la defensa de determinados intereses compartidos por los miembros del grupo a los que uno se siente afiliado . Dicha interiorización no deja de tener un aspecto superyoico en tanto que dichas normas e intereses compartidos provienen del cuerpo grupal y por ende, del social, y que se interiorizan y se adquieren como modelos bajo los que uno actúa e interactúa; pero también bajo los que se estructura el mundo interno de representaciones mentales que constituyen la trama mental referencial mediante la que tratamos de comprendernos en el contexto en el que nos encontramos. Dicha trama mental referencial, pues, contiene derivados del grupo y de los grupos a los que hemos estado y estamos adscritos y que constituyen los diversos núcleos superyoicos de nuestra identidad. Dichos núcleos provienen, en definitiva, del contexto social y nos estructuran con él a través, también, “de alineaciones ( en el sentido que le da Wynne, citado por Boszormenyi-Nagi y Spark, 1983:55), escisiones, alianzas y formaciones de subgrupos” (1983:55) Ello configura unas líneas invisibles de lealtad que añaden una complejidad mayor a la lectura y comprensión de las relaciones de los miembros de un grupo-institución, y que constituye un entramado invisible que, a modo de “grupo de lealtades” resultan sólo tácitas, no explícitas a los grupos que existen en el contexto de una institución, y que opera también como fuerzas de poder tanto paralizantes como potenciadoras de las dinámicas internas. Añadir que, a estas fidelidades también hay que considerar aquellas cuyos lazos vinculan a los miembros con grupos ajenos a las instituciones (lazos políticos, sindicales, profesionales, formativos, corporativos) y que tiñen a esas lealtades de un matiz extrainstitucional, coadyuvando a la articulación de la institución con el grupo social en la que existe.

El seminario, espacio mediano y mediador.

Situados en este punto, nos encontramos con que en una Institución coexisten diversos grupos. Unos son de tamaño reducido en los que los aspectos más íntimos y personales afloran con mayor o menor facilidad: estos grupos, en unos casos quedan circunscritos al plano de amistad, es decir, en el sentido de aquellos en los que lo que prima es la comunicación de los elementos más personales que pueden o no tener que ver con la tarea; en otros no tienen la amistad entre sus miembros como elemento diferenciador, pero su tamaño reducido hace factible la presencia de aspectos íntimos entre sus miembros que, en ocasiones para evitar dicha aparición, articulan una dispersión o fragmentación en el seno del grupo legitimada por la tarea que sirve como razón lógica que evita la aparición de los aspectos más afectivos e íntimos; y en otros casos, son grupos claramente establecidos como es el caso de los grupos de psicoterapia y similares: a estos grupos los podríamos considerar de tamaño pequeño no sólo por contener un número relativamente reducido de personas (no superior a los 10 o 12) sino porque los aspectos personales e incluso íntimos, están presentes en la relación. Por otro lado existen grupos de tamaño grande, es decir, de más de veinte o veinticinco miembros, bien en forma de asamblea, de plenarios, de juntas de gobierno, claustros, etc., más allá de que el propio grupo institución es un grupo grande: en estos grupos los aspectos personales quedan excluidos y se atienden elementos más formales, administrativos o sociales del grupo. Finalmente, podemos ver que, en ocasiones, se organizan otras agrupaciones de tamaño intermedio en las que se combinan tanto los aspectos personales como los institucionales o sociales y que los podemos considerar como grupos de tamaño mediano. La pluri-procedencia de sus miembros, el tamaño y el carácter formativo posibilitan un curioso equilibrio entre lo profesional y personal, entre lo público y lo privado: estos grupos son los que en este trabajo reciben el nombre de Seminario.

Hemos señalado, pues que el seminario es aquel “espacio formativo en un contexto institucional en el que un grupo de entre unos quince y una veintena de estudiantes o profesionales procedentes de diversos departamentos, estamentos, o instituciones profundizan sobre aspectos concretos de su labor profesional, intercambiando con el que coordina dicho espacio, experiencias profesionales y personales aderezadas por los aspectos teóricos que el coordinador aporta y que son los que dan apellido al seminario.” Es decir, es un espacio en el que lo personal se entrelaza con lo profesional, no siendo exclusivo ni un aspecto ni el otro. Si esto es así, este espacio es el puente entre aquellos grupos que pudieran ser más íntimos y aquellos que pudieran ser más públicos ( en el sentido de menos personales); en cuyo caso, será el lugar en el que sus integrantes puedan armonizar los elementos de su práctica profesional con los de su experiencia personal. Es decir, el seminario, desde esta perspectiva, se convierte en un grupo en el que, por mor de su diseño específico para una tarea, por la pluri-procedencia, la combinación entre lo íntimo y lo público, posibilita la expresión de las problemáticas no sólo de sus integrantes como individuos, sino en tanto miembros de un grupo en el contexto de una institución con la puesta en evidencia de las tensiones derivadas del contexto grupal grande como representante de lo social y que encarna y reproduce sus conflictos y temáticas; de las tensiones entre grupos en tanto la pluri-procedencia aporta elementos de la pluri-pertenencia; de las fidelidades familiares en las que están insertos todos sus miembros y que expresan las fidelidades que paralizan o potencian el grupo; y de las características individuales de cada miembro inclusive el conductor.

Con esto tenemos varios elementos que nos pueden ayudar a la comprensión del espacio de seminario. Estos nos indican la complejidad de cualquier análisis ya que a los aspectos propios derivados de la dinámica interna del grupo seminario entendido como grupo de personas que interactúan en torno a un objeto de estudio, hay que añadir los que derivarían del fenómeno de la transposición y que ya recogiera Pat de Maré y que tienen gran conexión con los aspectos sociales, políticos, religiosos, éticos e incluso jurídicos; el efecto espejo (Nitsum) por el que el grupo seminario participaría de la idea de ser lugar de reflejo de los elementos institucionales; de la concreción de imágenes provenientes de la propia institución (Anzieu) en tanto que dicho grupo , de los derivados de las interdependencias que se articulan con base a la lectura multifamiliar del contexto (García Badaracco), y aquellas que, con un cierto aire sistémico podrían ser leídas desde la segunda tópica freudiana (Sunyer).

El seminario es pues, un grupo inserto en una matriz de relaciones con características multifamiliares que reproduce aspectos que emergen también de otros niveles de la organización grupal grande (la institución), así como de la sociedad en la que nos encontramos. Ahora bien estos aspectos que pueden ser referidos a espacios con la denominación de Seminario y que considero presentan las vertientes que he tratado de ir exponiendo, se complican en cuanto en una Institución aparecen varios seminarios a la vez; es decir, cuando son varios los grupos de tamaño mediano que se convocan en similares o idénticas funciones, iguales espacios horarios, articulados con la misma tarea, que convocan o implican a personas pertenecientes a los mismos departamentos, secciones, cursos, o grupos de una Institución. Y digo que se complica porque a los elementos que aparecen de por sí en estos espacios hay que añadirles los que derivan del subgrupo de convocadores que articulan o coordinan dichos grupos medianos. Dicha complejidad aumenta en tanto que los convocadores pueden ser personas vinculadas también con la Institución con responsabilidades similares o diversas, es decir, vinculados a grupos y a redes de lealtades de diversa consideración.

Por ejemplo, en Sunyer (1998) indico cómo en el contexto del grupo grande de una clase, aparecen fenómenos que tienen que ver con las relaciones con el profesor y profesores. Y señalo:

Estos elementos parecen potenciarse entre sí y afectan no sólo a las relaciones entre los alumnos y su profesor sino que, desplazándose sobre otros espacios tratan de abrir brechas en el cuerpo docente de la misma forma que los hijos tratan de saber el grado de unión o distanciamiento que los padres tienen, o la presión que los pacientes de un hospital ejercen para descubrir las inevitables brechas que existen entre los miembros de los equipos terapéuticos. En el mismo sentido muchas de las dificultades que los profesores pueden tener entre sí como miembros integrantes de un grupo y, o, como miembros vinculados a una institución, pueden deslizarse hacia los grupos de alumnos que se ven, en circunstancias como ésta, sometidos a presiones cuyo origen es desconocido.(1998: 440)

En este sentido los alumnos de un centro educativo (un instituto, por ejemplo) se adscriben por medio de los profesores a familias determinadas que tienen entre sí determinadas fidelidades y compromisos concretos que inevitablemente afloran en la dinámica que se da en los grupos de alumnos que cada una de ellas organiza. Adscripciones que pueden tener, en unos casos, carácter político, en otros, de tipo académico, social, religioso o étnico. Ello configura toda una matriz de relaciones que obliga a considerar alguna de las funciones que ejerce el grupo de convocadores que, adscritos a la Institución, comparten subgrupos de profesionales adscritos a secciones, departamentos o unidades diversas. En este sentido creo poder recuperar la idea subscrita por mí (Sunyer, 1997) que atribuía un papel particular al grupo de profesionales que compartían la tarea de atender a un grupo numeroso de pacientes.
El grupo de convocadores como agente articulador.

La conceptualización de la Institución como estructura dinámica grupal multifamiliar conlleva considerar el papel que ejercen las personas que asumen el papel de convocadores de los diversos espacios grupales como puede ser el caso del grupo seminario. Haciendo un paralelismo con el planteamiento que realicé en mi trabajo de 1997, el grupo de profesionales que asumen la responsabilidad de atender directamente al grupo de trabajadores asumen también una serie de funciones que podríamos considerar son las de continente de los afectos que nacen del o de los grupos a su cargo. Estas ansiedades tienen características muy primitivas en tanto que derivan del propio grupo grande en el que nacen. Si atendemos a lo que la experiencia y muchos autores dicen, el grupo grande (léase también Institución) despierta ansiedades que aluden a cierta pérdida de la identidad personal (Anzieu, 1978: 99) con la sensación, en muchas ocasiones de ser un poco “el patito feo” de la estructura (Turquet (1975) ; se alteran las consideraciones temporoespaciales de forma que cualquier variación en este terreno del marco de trabajo, introduce niveles de confusión, desorientación importantes; aparece la confusión en las relaciones interpersonales a través de varias vías de penetración (Sunyer 2001) de tal suerte que ni los mensajes que se establecen son claramente recogidos, ni las relaciones que se establecen entre los miembros de la institución transcurren por la senda de la comprensión del otro; los límites quedan en ocasiones muy alterados apareciendo una pluralidad de mensajes contradictorios, o que traspasan los límites del lugar en donde aparecieron como elementos que sirven de ataque o devaluación de la propia experiencia laboral o lectiva; las posiciones maniqueas se instalan en el grupo como consecuencia de las ansiedades que se despiertan lo que lleva a una necesidad de posicionamientos casi antitéticos que paralizan la capacidad de pensar; la dificultad en el manejo de las pulsiones agresivas y creativas aumenta y las cosas que suceden adoptan una dimensión que excede las capacidades de elaboración y contenedoras de sus componentes. Ello exige una labor particular del conductor o conductores de estos espacios en aras restablecer la capacidad de pensar ya que su pérdida tiene poder paralizante. En efecto, todo grupo grande activa poderosamente mecanismos primitivos que, en términos psicológicos, se corresponden a posiciones psicóticas y tienen en la identificación proyectiva, la negación, la disociación las única vías de paliar el sufrimiento psíquico que se genera. Estas situaciones son relativamente abordables en la medida en que el conductor o conductores de tal grupo puedan ir manteniendo su capacidad de pensar y de rescatar los elementos que pueden paralizar el propio proceso creativo del grupo. En ocasiones esta situación se torna más compleja cuando los miembros del grupo de profesionales se hace responsable de forma alterna de la conducción de grupos grandes (asambleas, reuniones, departamentos, claustros) en los que los aspectos de la Institución se hacen más patentes.

Un ejemplo de todo esto lo podemos ver en un trabajo interesantísimo que aparece en el texto de Anzieu (1978) y que se puede leer en el capítulo cuarto “el trabajo psicoanalítico en los grupos amplios”. En dicho trabajo aborda el tema de los grupos alternados en los que se combina el grupo plenario (grupo grande) con los espacios seminario (grupos pequeños). Tras hablar de aspectos varios aparece el apartado “la interpretación en el grupo amplio pasa por el análisis inter-transferencial en el seno del grupo de monitores”, en el que se recoge, así como en otros apartas del mismo trabajo la necesidad de articular las proyecciones depositadas en los que denomina “monitores” y que guardan cierta equivalencia con la idea de los coordinadores de grupo a que me refiero.

En efecto, cuando un grupo de profesionales se hace cargo de forma variable de un grupo grande de personas, todos y cada uno de ellos se ve sometido a una multiplicidad de proyecciones provenientes de los integrantes del grupo y a transferencias tanto individuales como colectivas que le inducen a actuar en líneas, ocasionalmente divergentes en relación las de otros compañeros de dicho grupo. A los aspectos sociales, políticos, culturales de la Institución se le añaden los derivados de los diversos grupos de departamentos, secciones, unidades, así como los personales de cada miembro del colectivo. La capacidad de un grupo grande en escindir, en separar aspectos transferenciales y depositar en uno y en otro de los conductores objetos parciales aparentemente contradictorios entre sí, provoca que cada uno de estos conductores actúe, contratransferencia mediante, elementos parciales depositados en él. Muchos de los aspectos señalados en Sunyer (2000) acaban potenciando fisuras en la estructura del grupo de convocadores en tanto contenedor de las ansiedades derivadas del grupo grande. Es decir, cada uno de los encargados de ese grupo, queda cargado de un potencial de elementos transferenciales que le pueden inducir a actuar de forma contratransferencial; o al menos, de forma divergente con la forma con la que otros compañeros actúan. Ello que ya fue señalado por Anzieu (1978) en el contexto de espacios formativos puede encontrarse también en el ámbito terapéutico de la Comunidad Terapéutica de J. García Badaracco (1990). En efecto, García Badaracco hablando desde la experiencia de una comunidad terapéutica, dice que para preservar el proceso, “pacientes y el equipo realizan en gran medida, experiencias terapéuticas compartidas que permiten conservar la continuidad del proceso como memoria grupal (además de la memoria individual) y que van desarrollando, a través de la historicidad, la comunidad terapéutica como continente” (1990: 47) Esta función contenedora sólo es posible en la medida en que los profesionales que tienen a su cargo al grupo de pacientes puedan restablecer la función pensante.
Pero si bien los aspectos escindidores que provienen de las proyecciones y de la transferencia se depositan de forma particular en todos y cada uno de los profesionales que atienden a un colectivo generando tensiones y movimientos centrífugos, éstos aumentan más cuando el grupo se fragmenta en subgrupos. En efecto, los elementos transferenciales individuales y colectivos que aparecen en todo grupo grande sobre el conductor, sobre los miembros individualmente tomados, el grupo, los subgrupos y diversas constelaciones de personas que se forman en este contexto y sobre la propia institución, incrementan su poder patogénico en tanto este grupo se fragmenta. Dicha fragmentación, técnica y administrativamente establecida para posibilitar que grupos de profesionales profundicen, de forma paralela, los aspectos técnicos de su profesión, acentúa las diferencias potenciando la escisión de los conductores e inoculando un factor patogénico; factor que queda acentuado por el propio aval administrativo. Dicho poder patogénico deriva, en parte, de las claramente diferentes calidades transferenciales que se establecen entre estos grupos menores y los conductores de dichos grupos, de los elementos proyectados sobre ellos, de las identificaciones que tienen lugar desde los grupos de profesionales y desde la propia institución. Dichos conductores actúan contratransferencialmente estos aspectos escindidos depositados en ellos, de tal suerte que la fragmentación del equipo de conductores puede acabar en una ruptura o fragmentación del mismo.

Propuestas de restablecimiento de la función pensante.

Kaës R (1998) plantea varias alternativas como “sistemas de corrección”. En concreto alude a cuatro: la burocracia, el humanismo, la democracia y el altruismo. No es este lugar para extendernos en esta interesante aportación con la que estoy en buena parte de acuerdo y cuyos resultados puedo comprobar a través de las diversas experiencias docentes en las que estoy implicado, pero sí puedo confirmar que la presencia de una estructura claramente diseñada y explicada a los profesionales que participan de la experiencia formativa, el establecimiento de una relación que trata de rescatar las personas que participan de una experiencia profesional, la horizontabilidad y un cierto grado de entrega, son elementos que han contribuido en la mejoría de los resultados de las experiencias lectivas que conozco.

Pero sigo pensando que estas medidas deben complementarse con otras. Soy de la opinión que ante estas situaciones el equipo de profesionales que atienden a estos subgrupos deben constituirse en grupo. Es decir, el equipo de conductores debe constituirse como grupo de forma que pueda articular los elementos que provienen de los diversos grupos constitutivos del grupo grande. Esta articulación conlleva la capacidad de elaboración de todos aquellos aspectos depositados en los conductores, elaboración que conlleva la capacidad de pensar y repensar sobre la propia experiencia formativa. Dicho en terminología de Bion (1987) la elaboración consistiría en el proceso por el que los elementos  pasan a ser  de tal suerte que los aspectos primitivos de la experiencia de seminario y de la experiencia laboral, puedan ser reintegrados en el proceso evolutivo y formativo de las personas que lo constituyen.

Ello conlleva el que el grupo de convocadores se articule como tal. De forma que pueda asumir las funciones yoicas que le son propias en el contexto de su trabajo a caballo de las presiones legítimas derivadas de la Institución y del grupo de profesionales que atienden. Ello supone que las condiciones necesarias y suficientes para la constitución de un grupo deben constituirse en funciones: las funciones convocante, presencial, verbalizadora, la higienizadora y, sobre todo, el referente teórico, deben articular necesariamente dicho grupo y restablecer la función ayudante (terapéutica) del grupo y, en concreto, del grupo seminario. De esta suerte, al poder establecer un espacio en el que se elaboran las tensiones derivadas de los diversos grupos que constituyen la Institución, introducimos un sistema de “corrección” que aminora la aparición de elementos paranogénicos (Kernberg, O. 1998 , 1999 ), y por lo tanto, todos los integrantes del grupo institución pueden beneficiarse.

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