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Martes, noviembre 21, 2017
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2. Grupo y tipos de grupo 

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Resumen: En este escrito hablo sobre el concepto de grupo, establezco una diferenciación entre la idea de terapia y la de psicoterapia, y abordo los tipos de grupo que solemos organizar. Para finalizar abordo un aspecto que guarda más relación con el inconsciente grupal y de cómo estos elementos acaban apareciendo en toda relación

Palabras clave: Grupo, terapia, psicoterapia.

Qué es un grupo.

Parece que todo curso sobre grupos que se precie de serlo exige iniciarlo con la definición de lo que es un grupo. Pero hablar de ello, definirlo, no suele ser fácil ya que todos tenemos una idea de lo que es y esto no facilita la tarea ya que es concepto previo dificulta la incorporación de otras formas de verlo. Hay que hacer un esfuerzo por acomodar la nueva información a la que ya teníamos, y eso no se hace sin más.

Todo el mundo sabe lo que es un grupo. Me imagino que si no todos, la mayoría de vosotros sí trabajáis con varios pacientes a la vez. A esto se le suele llamar trabajar en grupo. Es decir, el hecho de estar junto a varias personas y trabajar conjuntamente con ellas parece presuponer que ya estamos ante un grupo. Independientemente de si los agrupamos o hacemos otra cosa con ellos. Los diversos entendidos en el tema grupal suelen diferenciarlos o clasificarlos de diversas maneras: según el tamaño (pequeños, medianos, grandes…), según el grado de estructuración (clanes, pandillas, masas…), según los vínculos que unen a esas personas (grupos familiares, grupos de trabajo…) o incluso según la finalidad (de tiempo libre, de terapia, de psicoterapia…). Es decir, realizan clasificaciones que en cierto modo ayudan a pensar en el grupo ante el que nos encontramos. Y esto facilita también que se cosifique, que se materialice de tal forma que pensarlo de otra manera se nos haría más difícil: por ejemplo, ¿podríamos pensar que en realidad el grupo no existe, que es una abstracción, que no es una cosa que exista per se?

Un inciso. Hace poco me he enterado de que éramos un montón de personas, como veinticinco. ¿Cómo os concibo, como grupo? Creo que muchos de vosotros trabajáis juntos, ¿eso significa que ya sois grupo? ¿O sois varios grupos? Si fueseis grupo para mí parece que ello significa que previamente os he otorgado tal categoría, ¿verdad? ¿En base a qué, a que trabajáis juntos? Y si hubiera quien no trabajara con la mayoría de vosotros pero accediera al curso, ¿os consideraría grupo? ¿Se consideraría miembro del grupo o no? Ciertamente no puedo considerarme miembro de ese supuesto grupo aunque posiblemente me apeteciera formar parte de él, ¿por qué no me siento miembro del grupo? ¿Y si no lo fueseis, si sólo fueseis personas que trabajan juntas y nada más? Y los pacientes de la sala de espera, ¿son grupo? Y los de una unidad de internamiento, ¿lo son? Y sus profesionales, ¿lo son también o no? Los profesionales y los pacientes, ¿son un grupo? Fijaros que son muchas las preguntas que me hago y que seguro son pocas en relación a las que os podéis hacer vosotros. ¡Ah! ¿Y esto que escribo, lo escribo para el grupo o para cada uno de vosotros? ¡Buf!, lo que hacen los nervios y la vergüenza antes de empezar a trabajar…

Volvamos a la idea de lo que es un grupo. En su concepto, hay algo que llama la atención. Si nos fijamos en la etimología del término nos damos cuenta de algo que pocos subrayan: la palabra grupo no aparece en nuestra cultura hasta comienzos del XVI. En realidad no comienza a tomar cuerpo hasta finales del XV en Italia. Los artistas buscan una palabra que defina o que diferencie en una pintura, por ejemplo, la composición de varias personas que constituyen una unidad visual del resto del cuadro. Para ello toman del alemán un término, krups, que es como una hinchazón, una masa más o menos redondeada de grasa. Esa palabra se convierte en grupo (o groppo, según) y es a partir de ese momento cuando comienza a expandirse por las lenguas románicas. Podríamos preguntarnos por qué no es hasta ese momento que el término no está en el vocabulario, ¿verdad? Porque hay un hecho que puede ser casi indiscutible: desde que el humano es humano ha vivido en grupo, o grupos. La hipótesis que se baraja es que es precisamente a partir del Renacimiento cuando cobra fuerza la idea de individualidad y ese hecho facilita que se considere el grupo como algo diferente al individuo. Es decir, que el concepto aparece casi en oposición a otro, al de individuo. Como si individuo y grupo fuesen dos entidades distintas.

Pero ¿qué entendemos por grupo? Claro que entonces tendríamos que pensar que qué entendemos por individuo. La palabra grupo nace en Italia, de la mano de los artistas del Renacimiento que la aplican para diferenciar un conjunto de objetos que forman más o menos una unidad del resto de la obra. Esto significa que la idea de grupo proviene de la percepción de una unidad relativa entre los que lo constituyen. Y si mirásemos los diccionarios tanto de la lengua como los etimológicos veríamos que nos remiten a esta idea, la de la unidad perceptiva que alude a una unidad relativa. Y relativa porque depende mucho del grado de vinculación que presentan esas unidades que lo constituyen. Podríamos seguir ampliando este tema que está algo más desarrollado en mi texto (Sunyer, 2008).

Ahora me encuentro ante un pequeño problema. Ese texto, el del 2008, ya no se ajusta mucho a lo que hoy, 2011, pienso sobre el tema. Varias razones son las que me van llevando a modificar lo que dije (por no indicar lo que había dicho bastantes años antes). Posiblemente una que está muy presente es que me he ido desligando poco a poco de los ambientes en los que me iba cocinando, lo que me ha permitido o ha provocado que en estos momentos la idea que tengo de lo grupal sea diferente. Anteriormente consideraba que en efecto, un grupo era un conjunto de personas que se unían o permanecían unidas en pro de un determinado proyecto, de una razón que las llevaba a estar juntas, o que simplemente habían sido convocadas por alguien para desarrollar una tarea determinada. Y esto, hoy por hoy, lo sigo considerando cierto. De hecho, cuando cualquiera de vosotros decide organizar un grupo lo que hace es convocar a una serie de personas con una finalidad concreta: ayudarles. Lo que quizás no está tan claro es que lo que hacemos al hacer eso sea constituir un subgrupo que es un extracto del grupo social al que todos pertenecemos. Es decir, extraemos del grupo social a una serie de personas para que durante un tiempo determinado realicen una tarea mediante la que esperamos y deseamos que obtengan la ayuda anhelada. Pero las extraemos momentáneamente porque siguen estando vinculadas a otras personas: siguen formando parte de ese tejido social al que pertenecen.

Volvamos a nuestro caso. Los convocados al seminario (yo también estoy convocado) procedemos de nuestro entorno, no sólo laboral sino familiar, social, deportivo, político, económico, religioso… y no por venir aquí dejamos de pertenecer ahí. Y hemos sido convocados por alguien, Sara, con una propuesta determinada, una finalidad formativa que es la razón por la que estamos. Pero este hecho no quita que los vínculos que tengamos con los demás desaparezcan; aunque es probable que puedan modificarse. Evidentemente no es la intención del seminario modificar vínculos, pero podría darse el caso de que lo que se vaya tejiendo entre nosotros haga que algo de estos vínculos se modifique. Por ejemplo, tengo entendido que algunos o muchos de vosotros trabajáis juntos, formando otro grupo. Y es posible que haya algunos cambios a partir de algunas cosas que vayan apareciendo. Es decir, el hecho de pertenecer a un grupo abre la posibilidad de cambios que pueden afectar a las relaciones que establecemos en alguno de esos grupos. Eso se debe a los vínculos que se establecen. El individuo es muy pequeño frente al poder que tienen los vínculos que hemos establecido con las personas que nos rodean. Eso nos lleva a considerar que el individuo (indivisus) forma parte de una realidad de la que no puede desligarse: la realidad grupal, social de la que es una parte indisociable.

Busquemos una metáfora. ¿El agua del mar está constituida por una infinidad gotas de agua? ¿O la gota sólo existe cuando se le extrae del mar al que pertenece? ¿Todas las gotas del mar son o serían iguales? ¿Están todas a la misma temperatura? ¿O la temperatura, la salinidad, la velocidad de movimiento depende del lugar en el que se encuentre y de circunstancias ajenas a la propia gota pero que le influyen de manera que no puede dejar de ser lo que ese contexto le determina? Ya sé que me vais a decir que una gota es tal en tanto que la tensión de la membrana que une determinada cantidad de agua, no se rompe. Pero no hablo desde la física.

Si considerásemos que el individuo es la porción social viva más elemental capaz de realizar el círculo vital (nace, crece, se desarrolla y muere), entonces comenzamos a ver el grupo desde otra perspectiva. Y al individuo. Porque los individuos establecemos entre nosotros y de forma inexorable unos vínculos que determinan unas interdependencias (interdependencias vinculantes) mediante las que nos constituimos como tales y al tiempo, posibilitamos que se constituyan los demás. El resultado de estas interdependencias vinculantes que nos constituyen como individuos es lo que denomino grupo. O sea, grupo es el resultado de las interdependencias vinculantes que se establecen entre una serie de personas que se reúnen para cualquier tipo de finalidad. Pueden ser dos, tres o miles de personas. El individuo como tal sólo puede considerarse como tal cuando lo consideramos separado de estos vínculos que le constituyen como tal individuo. El individuo en realidad es la parte social viva más elemental. Su existencia no puede concebirse de forma aislada del grupo del que forma parte, de la sociedad de la que es miembro.

Grupo de terapia

Definido lo que para mí es un grupo, podríamos pensar que habrá diversos objetivos para los que un grupo se constituye y, estos objetivos acaban determinando algunos aspectos que definen los vínculos que se establecen entre las personas. En realidad ese objetivo u objetivos los acaba definiendo uno de los miembros del grupo acorde con los deseos o las necesidades de las otras personas, o porque tras reunirse han acordado la consecución de determinado objetivo común. Pero incluso en este último caso, esa reunión previa para acordar lo que va a ser común requiere que una persona asuma la responsabilidad de la convocatoria; no sea que unos por otros la casa quede por barrer. El convocante del grupo es quien asume la responsabilidad del grupo en tanto que no delega tal responsabilidad en el conductor del mismo. Convocante y conductor no necesariamente son las mismas personas si bien es recomendable que sea el mismo.

En nuestro caso hay que pensar que si no hubiera aparecido Sara, no nos hubiéramos encontrado, ella es pues la convocadora o convocante. Pero lo que ha hecho es más que una simple convocatoria. Ha trazado una idea, la ha ido cociendo, cocinando, y como consecuencia de este esfuerzo una serie de personas nos hemos congregado aquí para desarrollar este curso. Digo congregado porque de momento no puedo decir que hayamos hecho nada más. Aquí la partícula “con” parece indicar que algo se pone en común con el otro, nos congregamos significa algo diferente a nos agregamos, integramos y alguna otra palabra similar. Y nos hemos congregado personas procedentes de diversos lugares del contexto social más allá de tener algunos elementos en común como el de pertenecer al mismo gremio asistencial. Es decir, Sara ha convocado a una serie de personas que cada una forma parte de un fragmento de la piel social a la que pertenecemos todos. Pero ese congregarnos no nos desvincula del resto de los vínculos que tenemos con las personas con las que ya estamos vinculadas.

Y nos congrega en torno a un objetivo, este seminario. Pero podría habernos convocado con algún otro motivo, claro está. Si el motivo por el que convocamos a alguien es realizar una terapia podremos decir que el grupo es un grupo de terapia. Y aquí viene otra pregunta complicada: ¿qué es terapia? Porque el término proviene del griego therapós, que significa acompañamiento, estar al servicio de…, prestar ayuda. Hay muchas formas de hacer terapia. En la película “El discurso del Rey”, recientemente galardonada con varios Oscars, podemos ver una excelente definición de lo que es terapia. ¿Por qué?

El logopeda protagonista de la película (en realidad aparecen dos logopedas) desarrolla una relación, establece un vínculo con el paciente que le va a permitir una progresiva mejora en la capacidad de hablar. ¿Cómo? Mediante el vínculo. A través de la relación que se establece, se van estableciendo unas interdependencias entre ambos dos que los vinculan, los unen, los atrapan en una dinámica grupal que es la que va posibilitando la mejoría del que ya comienza a ser rey de Inglaterra. Cosa que no hace el otro logopeda quien se ciñe al cumplimiento de un recurso técnico (bueno, para ser precisos, también éste establece un vínculo, pero es un vínculo que es rechazado por el rey y su mujer).

Siguiendo este ejemplo, un grupo de terapia es el resultado del establecimiento de unas relaciones entre los miembros que lo componen mediante las que se ayudan a adquirir determinadas habilidades, obtener el necesario respaldo mutuo que refuerce los progresos adquiridos, aprender a partir de la experiencia de los demás, posibilitar la liberación de cargas emocionales que paralizan los aprendizajes, y tener la posibilidad de concebir una relación emocional reparadora. Ello se consigue a partir de la capacidad convocante de quien será el responsable del grupo y al que podemos llamar conductor. Estos son algunos de los denominados “factores terapéuticos” descritos por varios autores, entre ellos Yalom.

Ahora bien varias son las formas que tenemos para entender o para enfocar esos objetivos. Y esa forma condicionará el tipo de vínculos que se establezcan en el seno del grupo.

Una forma es considerar que reúno a una serie de personas para realizar un trabajo individual con ellas en el seno del propio grupo. Eso dependerá del tipo de personas con las que voy a trabajar, de lo que quiero hacer y de cómo me siento ante varias personas a la vez. Es decir, y trayéndolo al propio seminario, si lo que quisiera es desarrollar determinadas habilidades vuestras como conductores de grupo, y considerara que esas habilidades las tengo que trabajar uno a uno, el tipo de grupo que voy a hacer lo podríamos denominar de “terapia en grupo”. Esto es lo que hizo Pratt cuando a principios del siglo pasado inicia lo que posteriormente podrán de nominarse grupos psicoeducativos.
Otra forma de trabajar parte de otra idea. Me interesa potenciar las capacidades de una serie de personas para trabajar conjuntamente en pro de un determinado objetivo. Imaginemos que considero necesario que todos nosotros seáis capaces de desarrollar una determinada actividad, un proyecto grupal en la unidad. Entonces mi preocupación no es tanto si individualmente cada uno es capaz o no de desarrollar determinadas habilidades o de adquirir un conocimiento sino que quiero que sea el conjunto de todos el que desarrolle el proyecto. Este tipo de intervención lo podríamos denominar terapia de grupo.
Pudiera darse el caso que considere que los desarrollos individuales son tan importantes como los desarrollos del grupo y el de los diversos subgrupos que se forman aleatoriamente en un mismo grupo; pero que también que yo mismo formo parte de ese grupo y por lo tanto que estamos todos en el mismo barco y que debemos aprender cosas de eso que llamamos grupo. Y que todos aprendemos de todos sabiendo que cada quien aprende lo que va pudiendo aprender a partir de sus propias circunstancias. Y que estas circunstancias individuales no se diferencian mucho de las grupales, las institucionales, las sociales… En este caso lo podríamos denominar terapia grupoanalítica.

En estos tres tipos de posibilidades de trabajo terapéutico los profesionales intervenimos para que sea individual o colectivamente se vayan adquiriendo una serie de habilidades, conductas, actitudes, formas de ir entendiendo las cosas que les posibilite estar mejor en el contexto en el que los pacientes estén. La diferencia entre los dos primeros abordajes y el tercero está en la posición en la que se coloca el profesional respecto a los pacientes. En unos casos se mantiene diferenciado de ellos, mientras que en el tercero esa diferenciación disminuye y, en ocasiones, desaparece.

Y los denomino terapéuticos porque el objetivo fundamental es el acompañar y cuidar a otras personas aportándoles los recursos necesarios para que puedan ser más felices dentro de las posibilidades reales en las que se encuentran. Este objetivo es fundamental y básico en todos nuestros planes de asistencia, hasta el punto que sería impensable desarollar una actividad asistencial sin el elemento terapéutico.

Grupos de psicoterapia.

Abordar este tema es delicado, muy delicado. Y precisa introducir en la ecuación un elemento controvertido cual es el del poder. Fue N. Elias quien nos abrió la posibilidad de entender que todo hombre ejerce un determinado monto de poder sobre todo otro hombre. Aquí el poder es equiparable a la fuerza de gravedad en la física. Todo cuerpo ejerce una fuerza de atracción sobre cualquier otro cuerpo cuya intensidad depende de sus masas y la distancia entre esos cuerpos. Y en las relaciones humanas todas, el elemento de poder está omnipresente.

También en el curso que estamos desarrollando. Por ejemplo, el que suscribe tiene la condición de “conductor del grupo” en tanto que los que asistís me lo dais. Y vosotros sois alumnos de este curso, o participantes del mismo, porque hay un conductor que imparte dicho curso. Esto es un aspecto de los fenómenos de poder. Pero hay más niveles que no voy a ir enumerando para no hacer farragoso este escrito. Pues bien, estos niveles de poder también se manifiestan a través del lenguaje. Por ejemplo, hay padres que prefieren que sus hijos no les llamen papá y mamá porque consideran que eso es un carácter anacrónico (con lo que se camufla el poder) y mejor les llaman por sus nombres de pila. O el uso del Ud., o del tu. O indicar el Dr., frente a un apellido o no. Y así una infinidad de cosas entre las que están la de terapia y psicoterapia.

Una anécdota personal. Recuerdo que años ha, cuando no tenía ni el grado de licenciatura en mi bolsillo, trabajaba en el Hospital de terapeuta ocupacional. Me parecía bien esa forma de indicar mi trabajo y, en principio no suponía nada negativo para mí. Pasó el tiempo y comencé a meterme en el mundo de la “psi”, a entrar en procesos formativos más intensos al tiempo que avanzaba en mis estudios de psicología. En un momento determinado comencé a percibir que eso de ser terapeuta ocupacional “era ser menos”, era como ser de segunda regional. Y en las ínfulas que a uno le dan de vez en cuando consideré que debía ser reconocido como Psicoterapeuta. Afortunadamente me topé con quien me tenía que topar (y a quien le estoy y estaré siempre muy agradecido) y me dejó, meridianamente claro que era terapeuta ocupacional. Evidentemente por dentro me bullían los intestinos; y con el tiempo comprendí que ese era mi papel, y que era absolutamente necesario y que, gracias a él podía aprender y hacer cosas que posiblemente con otra posición nunca hubiera adquirido.

¿Qué es lo que se jugaba en ello? Estar por encima o por debajo de alguien. Como si el nombre fuese el que me colocaba en una posición o en otra cuando en realidad eso no funciona así. Pero ahí estaba como sigue estando a nivel social y profesional. Estos niveles, que son niveles de responsabilidad, de trabajo, de asistencia, también se mezclan con los diversos niveles de poder que uno considera que están colocados en el nombre, en la palabra, y no en la persona. Aceptar que cada uno ocupa un lugar respecto al otro permite comenzar a preocuparse por otros aspectos posiblemente más relevantes que el de la posición relativa. Y esto es lo que pasa en la mayoría de los debates entre terapia y psicoterapia. Parece que en el colectivo social, en el pensamiento social (al menos en el nuestro) está la consideración de que lo “psico” es más que lo otro, lo “no psico”. Y esto distorsiona el pensar sobre este punto.

La palabra psicoterapia es relativamente reciente y se acuñó para aquellas intervenciones profesionales dirigidas a personas con una patología mental. Para mí la diferenciación no se situaría tanto aquí cuanto en la consideración de esa misma patología. Creo que en tanto que considero que la psicopatología es la consecuencia de un conflicto psíquico, entonces la intervención dirigida hacia este conflicto psíquico es a lo que llamo psicoterapia. Y ¿a qué llamo conflicto psíquico?

Para mí la comprensión del conflicto psíquico va ligada a la comprensión de la vida psíquica que se comienza a articular con Freud y que se ha ido desarrollando posteriormente en el último siglo. El conflicto es el resultado de la lucha por adquirir niveles de desarrollo yoico que hagan compatible la satisfacción de aquellas necesidades propias del individuo en el seno del grupo del que soy miembro, desarrollando la capacidad para mantener niveles de angustia y tensión operativos que le permitan seguir manteniendo la capacidad de sentir, expresarse y de pensar en su propio devenir. Esa lucha debe lidiar con la disponibilidad del resto de las personas de ese grupo para tolerar esos niveles de desarrollo que precisa y desea, manteniendo los niveles de angustia y tensión en tanto que los desarrollos individuales alteran los equilibrios dinámicos de estas personas, y manteniendo también las capacidades de sentir, de expresarse, y de poder pensar y entender lo que va sucediendo en un proceso de continua comunicación.

Desde esta perspectiva, la clasificación que hacía se mantiene igual sólo que cambia el objetivo. En este caso, el objetivo es el análisis del conflicto psíquico con miras a que ese análisis propicie cambios significativos en las personas que constituyen el grupo, cambios en el propio grupo, y cambios también en el conductor. De esta forma tendríamos que,

Psicoanálisis en grupo es aquella intervención psicoanalítica dirigida a los conflictos que presentan las personas que constituyen el grupo, propiciando el análisis de cada individuo en el seno del grupo en el que se encuentra. Dicho análisis es realizado por un profesional.
Psicoanálisis del grupo es aquella intervención dirigida al análisis de los conflictos que se dan en el seno del grupo entendiendo que estos conflictos provienen de las relaciones reales o fantaseadas que se dan entre sus miembros. Dicho análisis es realizado por un profesional
Grupoanálisis o Psicoterapia de grupo grupoanalítica es aquella intervención en la que se analizan los conflictos del individuo en el seno del grupo y por los miembros del propio grupo incluyéndose en él el propio conductor.

Evidentemente podemos realizar muchas otras clasificaciones, pero me interesa subrayar esta ya que me va a permitir ir explicándoos cosas a partir de lo que fuimos hablando hoy.

Tras nuestro primer encuentro

La calidad acogida me ayuda a pensar en muchas cosas como por ejemplo en los pacientes. Si fuese un paciente y me sintiera así de acogido sería una primera garantía frente al temor de si vosotros, los profesionales, me aceptareis o no “mis particularidades”. Porque como paciente que padezco determinadas dolencias preciso saber si el galeno va a ser capaz de entenderme y, lo que es más importante, aceptarme. ¿Os imagináis que ante una supuración escandalosa veo que el personal que me atiende siente y expresa con la forma de comportarse que les da asco eso que también a mí me da asco y encima me asusta lo inimaginable? Eso que a nivel más orgánico se entiende parece que no es tan fácilmente entendible en el terreno psíquico. Lo psíquico asusta y no acabo de entender muy bien por qué. Supongo que lo que asusta se corresponde más a “eso desconocido” a lo que llamamos psique ya que, “eso” corresponde a lo que no conocemos de eso llamado humano. Somos unos seres que nos encontramos más cómodos con lo tangible que con lo que no lo es. Si lo “enfermo” es un riñón, su materialidad nos facilita verlo de manera totalmente diferente a si lo “enfermo” es el sujeto.

Esto me hace pensar en cosas como la relación asistencial. En muchos ámbitos en los que me muevo o movido, he observado lo que para mí es una dificultad en el establecimiento de la relación asistencial. Dificultad que parece obligar al profesional a establecer una distancia “no contaminante” con el paciente. Aspectos como no dar la mano o darla de forma distante, no hablar de nada que salga del estricto campo asistencial, no dar pistas al paciente que le permitan saber algo de nosotros, silencios hieráticos que pretenden colocarle al otro en posición de sumisión, y un largo etcétera son racionalizados en pro de la buena marcha del proceso terapéutico. No dudo de que es preciso determinar un marco de trabajo, pero en muchas ocasiones tengo la impresión de que está más al servicio de preservarnos que de preservarle. En muchas ocasiones estas actitudes y posicionamientos tienen un tono fobógeno que creo ocultan otro aspecto no sé si más complejo: los aspectos del poder. La relación con el otro, si la pensamos un poco, no es nada fácil sea ese otro un paciente o un compañero. No somos robots lo que significa que todos los días presentamos una variabilidad en nuestro equilibrio personal que en ocasiones nos puede llevar a confundirnos. Cuanto más miedo tengo de confundirme con el otro, más normativas, más rigideces pongo en la relación. Y en ocasiones es verdad que, ante la posibilidad de confusión del paciente, del otro, debemos colocarnos en nuestro sitio para que se posicione en el suyo. Y cuanto más confusión busca el otro (pensemos en muchos pacientes con adicciones), más claridad debe haber en lo normativo. Pero eso no es una cuestión de regla general aplicable a todos los casos.

Un grupo de psicoterapia (y posiblemente también de terapia, pero ahí tengo algunas dudas) no tiene tema. Entiendo que en ocasiones se busque un tema, pero eso habla de otra cosa: de la angustia al vacío de no saber qué decir (como cuando uno está ante la hoja en blanco). Un grupo de psicoterapia no tiene tema por lo que todo tema es del grupo de psicoterapia. Incluso el no tener tema. O el tenerlo. Pero que parezca que no haya tema no significa que no se comuniquen las personas que lo constituyen. Es imposible no comunicar por lo que todo lo que aparece ahí es comunicación. Incluso los ruidos de estómago.

En la conversación más o menos libre que mantuvimos en el primer espacio dije “Leganés”, dándome cuenta de inmediato que no estaba en “Leganés” sino en Fuenlabrada. Pero este lapsus totalmente ingenuo y del que no puedo entender su origen ya que desconozco totalmente la historia, vuestra historia, luego pude ver que no era tan ingenuo, que aludía, sin yo saberlo, a todo un complicado tema vinculado con vuestra historia. ¿Y como aparece ese lapsus? Sólo puedo pensar en conexiones inconscientes en las que no me voy a meter. Al menos por ahora.

Para ir calentando el ambiente (vengo de fuera, no os conozco, y no quería empezar con algo frío, distante, “racionalizador e intelectualizado”) os propuse lo de la pizarra. Eso facilitó nuestro encuentro. Os fuisteis presentando y a partir de ahí comenzaron a salir muchos temas. Los temas fluyen porque estábamos construyendo una atmósfera que propiciaba eso: que circulara el pensamiento; con la menor censura posible.

Selene, ¿vengo de la luna?, fue una de las palabras clave que dieron mucho juego. Y desde ella fueron saliendo aspectos de la identidad, de las amenazas ante la ruptura de fronteras que activan pensamientos persecutorios, las diferencias, la vivencia de pertenencia al grupo, los esfuerzos por integrarse en él, lo psicológico ante lo no psicológico, aspectos del poder en las relaciones… un sinfín de datos que iban desgranándose en la conversación. Y muchos más que, lógicamente, no dispongo de información suficiente como para darles entidad de reales; pero una cosa sí tengo clara: todo lo que aparece en el contexto de la sesión tiene que ver con los que estamos en ella. Pero no tanto desde la vertiente individual sino desde la colectiva. Eso de lo que hablamos siempre tiene que ver con nosotros. Con nuestra relación.

Tras una pausa llega “Sara”, esa paciente que presenta un trastorno determinado y, a partir de lo que fuimos hablando, se iba perfilando un panorama muy complejo que el grupo en el que se encontraba iba tratando de elaborar. Fundamentalmente había algo que en su historia asustó tanto a los padres que al no poder digerir lo que le había pasado, acaba concretándose en una dialéctica de rechazo y soy rechazada. Ese mioma embarazoso, les debió embarazar hasta el extremo de no poder aceptarla y de ahí la gran vivencia de rechazo. Ese grito de “soy diferente” y la idea de que tengo algo que me hace diferente, nos presenta una realidad muy de todos: la vivencia de ser o no aceptado por “esas características diferentes”. Ahora bien, sabiendo que todos somos diferentes, ¿por qué esas diferencias son utilizadas para diferenciarnos? Eso también sucede a nivel social, ¿verdad? ¿Cuál es el miedo?

Planteaba la que presentó el grupo que en una sesión posterior se trataba de localizar las “Saras” que hay en cada uno de los miembros del grupo. En realidad todos tenemos una Sara. El tema es ¿por qué utilizamos esa “Sara”, para diferenciarnos de los otros, cuando la que tenemos es la nuestra y no la del otro? Es decir, siempre somos diferentes al otro. Igual lo que asusta no es la diferencia sino la similitud. Igual lo que le asusta a Sara y a cualquiera de nosotros no es el hecho de ser diferentes del otro (por esto estamos permanentemente señalándola diferencia) sino que lo que asusta es la similitud, el otro como reflejo idéntico a mí, o lo que veo de idéntico en el otro. Eso sucede con los nacionalismos, entre los grupos humanos. Y es que esa similitud activa profundas fantasías de unión con el otro que nos confunden. Nos con-funden, nos funden en el otro. Ello activa fantasías de pérdida de la identidad, de dejar de ser yo mismo. Y esto es terrorífico.

En el proceso evolutivo no hay más tus tus que separarse del otro. Ese separarse del otro no es un hecho que se da en un momento dado de la vida y ya está, sino que es un esfuerzo en el que empleamos toda nuestra existencia. Pero no hay separación posible si no aceptamos las similitudes. No puedo separarme de mi padre si no puedo reconocer en mí cosas idénticas a él. Es como si algo de nuestro sino nos colocara en el transitar entre dos experiencias a cuál más angustiante: la de quedarnos adheridos al otro cual amebas perdiendo nuestra propia identidad, o en el polo opuesto, manteniéndonos como crustáceos en una lucha autística de mantenerla a toda costa. Y cada hecho, cada suceso de nuestra vida tanto individualmente concebida como de forma social, nos encara con este aspecto dramático: ¿en qué punto intermedio me podré colocar? En el caso de este grupo y con su Sara correspondiente, sólo hablando de nuestras similitudes, es decir, aceptando nuestras similitudes podremos encontrar nuestras diferencias. Porque estas diferencias dejan de ser elementos separadores, elementos al servicio de la agresión al otro ya que, por otro lado, somos iguales.

Seguramente el proceso evolutivo nos lleva a poder aceptar que nuestra igualdad no es una amenaza, que eso que me iguala al otro no es una amenaza sino la posibilidad de estar con el otro sin confundirme con él: yo y mi espejo seguimos siendo entidades diferentes, si temo lo contrario, debo romper el espejo.

Gracias

Sunyer

*Estos textos son propiedad del autor y recojen las elaboraciones que hemos ido realizando a lo largo del seminario.

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