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Miércoles, agosto 23, 2017
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Las caracteristicas del entrevistador 

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Mi cuaderno de Bitácora del 26 de octubre de 2010
Sunyer, J.M. · 26/10/2010
Fuente: Sunyer
La sesión de hoy generó una disputa entre dos elementos que me parece están presentes entre nosotros: el modelo ideal y el real.

Características de un entrevistador.

Tenía en mente una sesión en la que pudiésemos permitirnos un cierto desahogo. Por lo general, leyendo a los autores que hablan de las características de un profesional uno acaba teniendo la impresión de que son dibujos de escaparate. Poco dados a describir al profesional real que aparece en la consulta y que es el que ves cuando vas a donde él. Por esta razón planteé el realizar unas cuantas entrevistas en las que el profesional no fuera el correcto, sino el más incorrecto posible. Y esto es lo que hicisteis. Profesionales políticamente incorrectos. Tres profesionales que despistaron e incluso irritaron a los pacientes por ser incorrectos, cosa que no esperaban. Así que, de entrada, felicitar a unos y a otros.

Después, en el tiempo de charla entre nosotros, se dio una dinámica curiosa. Posiblemente en parte porque estaba un tanto provocador. O eso me lo parecía a mí. Pero quizás había otras razones que se me escapan a mi comprensión. No sé si es porque en estos momentos era un profesor no correcto, o porque mi propuesta de ser incorrectos os incomodaba. No lo sé.

Os decía que en ocasiones me surge la duda de si el paciente que os imagináis es una persona con problemáticas “de salón”, es decir, con dificultades importantes pero en cualquier caso encajables en un marco concreto de maneras de pensar. No es esta mi experiencia y posiblemente por eso trato de transmitiros otros aspectos de la realidad cotidiana. Y de la misma guisa me parece que es la imagen que se os transmite del profesional. Ello me hace pensar en algo que me dijo uno de vosotros hace unas semanas en relación a mi tendencia a dar una imagen un tanto negra del trabajo de psicólogo. Posiblemente tenga razón. Pero también es verdad que a lo largo de los años de trabajo sigo manteniendo la ilusión por lo que hago sin que ello sea óbice para no ver una realidad que supera cualquiera de los dibujos que se pintan.

En el texto que leemos se insiste en que nosotros somos nuestra mejor técnica. Lo indica Corey en su texto de 2001, por ejemplo. Y lo repite Rogers cuando señala que crear una relación que, de mi parte, se caracterice por una autenticidad y transparencia y en la cual pueda vivir mis verdaderos sentimientos; una cálida aceptación y valoración de la otra persona como individuo diferente, y una sensible capacidad de ver a mi cliente y su mundo tal como lo ve (Sunyer, 2005:171). Claro que cuando pienso en esa “autenticidad y transparencia en la que pueda vivir mis verdaderos sentimientos” comienzo a hacerme un lío. Y así varias de sus afirmaciones a través de las que tengo la impresión de que la imagen que se da de cómo debiéramos ser se aleja bastante de la que conozco.

Ya al final de la sesión de hoy emergió una tensión importante en torno a las impresiones que me genera un paciente y que condicionan mi lectura. Aparecían como dos posiciones. Una en la que se apuntaba (eso creí entender) que siempre hay una foto que nos hacemos del paciente y que condiciona el encuentro, y otra que subrayaba la importancia de no hacernos tal imagen previa. Y me pareció que en estas dos posiciones se resumía bastante esto que estoy subrayando: la psicología real, la que aparece en la realidad de nuestra vida, y la ideal, la que proviene de lo que dicen los libros.

Si tomamos el encuentro entre nosotros como un espacio en el que van emergiendo aspectos de nuestra discusión interna en relación a la psicología, me parece ver en este final del grupo lo que posiblemente aparece en muchos de los alumnos: una dualidad, dos fotos de la realidad del psicólogo. Por un lado la que nos acerca o nos propone lo que debe ser el ideal del profesional y hasta del paciente, y por otro la que nos insinúa que la realidad va por otro lado. Esa tensión entre las dos polaridades es la que creo que se vivió al final de la sesión de grupo grande. La cuestión es cómo resolverla.

Propongo que nos vayamos a la consideración de los procesos de maduración de la psique. Sabéis que a partir de los seis meses todo bebé entra en una fase depresiva correspondiente a los procesos de maduración mental que le llevan a constatar que la realidad tiene elementos que a la vez son agradables y desagradables. Ese darse cuenta de que la madre, por poner a quien es el referente más importante para él, al tiempo que le da alimento y por lo tanto cuida y le atiende, es alguien que también le frustra, no es nada agradable para él. Y por esta razón ese período que se inicia en torno a los seis meses dura un tiempo que es el que necesita para poder digerir este contraste. El que aparece entre el mundo deseado y el mundo real. Pues bien, partiendo de esta idea parece que estamos en un momento en el que debemos digerir estos dos aspectos que se dan al mismo tiempo; y se dan también en el grupo.

Cuando entra alguien en la consulta, en tu despacho, toda la información que os cruzáis a partir de cómo vamos vestidos, cómo nos movemos, cómo olemos, cómo es nuestra voz, cómo…, toda esta información configura una imagen del uno en el otro que va a condicionar (no puede ser de otra forma) las relaciones que se inician en aquel momento. Puedo pensar, quiero pensar, que cada uno trata de relativizar esta información para que no esté excesivamente presente. Pero el hecho real es que está. Con una dificultad añadida: no es fácil decir que como me cae mal lo derivo, porque esta posibilidad (que también podría tener el paciente y pedir otro profesional porque le caemos mal) no es tan real. Posiblemente en la “privada” tengamos el recurso de irnos a otro profesional; y aunque en la pública también existe no es tan fácil ni frecuente el utilizarla. Eso por parte del paciente pero, ¿es posible con tanta ligereza decir que como ese paciente no me cae bien lo derivo? Si lo pongo en el contexto universitario no me parece posible que pueda decir que como este alumno no me cae bien, que lo lleve otro profesor; quizás es más fácil desde el alumno.

Los profesionales, por muy profesionales que seamos, no somos ajenos a nuestra forma de ser. Los hay que podemos ser más simpáticos pero los hay también antipáticos. Los hay que son hoscos, que no están para perder el tiempo con un paciente, que se impacientan ante determinadas actitudes, que atienden su móvil o miran en la pantalla de su ordenador al tiempo que conversan con el paciente. Es más, lo que representasteis no está nada alejado de la realidad; por más que a alguno os resultara forzado (cosa entendible) y a muchos os pareciera una pérdida de tiempo. Hay profesionales quemados por la asistencia que no están por la labor y, dado que tienen que seguir comiendo, siguen en su puesto de trabajo. Y eso, más allá de los aspectos éticos de cada cual, es legítimo. Y siendo cierto que un paciente puede irse de la consulta porque no se siente atendido, la realidad es otra. Y lo es porque quien acude está en un estado regresivo lo suficientemente importante como para que tal decisión ni pase por la cabeza. Y si lo hiciera, posiblemente pensaríamos que hay elementos persecutorios en él y que si se fue, fue por eso.

Evidentemente la claridad, la aceptación, la tolerancia y toda estas otras actitudes que son absolutamente correctas y necesarias pasan por ser claros con nosotros mismos, aceptarnos tal como somos, tolerar nuestros diversos pensamientos e iniciar un proceso que nos permita entender hasta qué punto los valores que tenemos entran en colisión o no con los de los demás. Eso nos pone sobre la mesa gran cantidad de temas que están en el orden del día y que posiblemente nadie quiera pensar (aunque sí discutir). Temas como lo religioso, los valores morales, lo que se activa y mueve en torno al aborto, a los movimientos feministas o machistas, a esa cacareada (y creo que falsa) aceptación del de otra cultura, los elementos de la homosexualidad, las parejas de un mismo género, la adopción de niños por parte de esas parejas o de mujeres u hombres que son solteros… estos temas están sobre la mesa. Y ante ellos, podemos mostrarnos políticamente correctos; o no. Depende de nosotros.

UN saludo.

Dr. Sunyer (26 de octubre del 2010)

El planteamiento es muy sencillo. La clase es un espacio en el que estamos muchas personas, como 50 o más.Uno puede considerarla desde diversas posiciones, pero personalmente prefiero pensar que estoy con un grupo. No ante un grupo sino en él. Este conjunto de personas que lo constituimos establecemos inevitablemente una serie de interdependencias, vinculantes muchas de ellas, que determinan no sólo la atmósfera grupal sino la manera de relacionarnos y los sentimientos que se derivan de todo ello. Cierto es que dado que trabajamos unos textos determinados, hay muchos elementos que se activan a través de la lectura de los mismos. Y la experiencia me indica que esos mismos elementos se activan también en las relaciones que establecemos en el grupo. Estos escritos son las reflexiones que desde mi puesto de conductor de ese grupo van aflorando en mi mente y que sirven, eso espero, de reflexión y de trabajo complementarios a la asignatura.

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