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Miércoles, agosto 23, 2017
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12. La función imitativa 

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Resumen. En este texto me centro en el tema de las neuronas espejo y que a partir de su descubrimiento parece como que ya tenemos base científica para decir que cuando alguien empatiza con una persona es gracias a que existen unas neuronas que ayudan y colaboran en que eso sea así.

Palabras clave: neuronas espejo, empatía, aprendizaje, relación

Todos nosotros sabemos que nuestro cerebro está formado por numerosísimas neuronas, neuronas de todo tipo y condición que forman como una trama de conexiones múltiples y que no dejan de ser la base biológica de todas las operaciones mentales y físicas de nuestra entidad humana. Hace relativamente poco tiempo, en 1996, se descubrió un tipo especial de neuronas en los monos, un tipo de neuronas premotoras que se activan tanto cuando se ejecuta una acción como cuando se observa la que realiza cualquier otro.

El descubrimiento de esas neuronas es algo que puede haber sorprendido a más de uno. Y realmente tiene mucho de sorpresa o quizás más de satisfacción. Al fin podemos confirmar que aquello de que somos como “monos de imitación” tiene una base científica. Por fin unos científicos constatan algo que todos sabíamos. Lo que aportan estas investigaciones es concluir que todos tenemos en el cerebro unas neuronas que se activan de la misma forma en dos situaciones aparentemente muy diferentes: cuando ejecutamos un movimiento, cuando activamos uno o varios músculos de nuestro cuerpo, y cuando vemos un conjunto de movimientos en el otro, es decir al ver lo que hace otra persona. Es decir, no son unas neuronas simplemente “perceptivas” ya que éstas también se activan ante cualquier percepción sino que son unas neuronas motoras, premotoras exactamente. Y en este punto creo que radica la importancia de la localización en varias zonas del cerebro de ese tipo de neuronas. Neuronas que en realidad son neuronas premotoras, es decir, neuronas que anteceden al movimiento que se va a realizar. Las neuronas premotoras desarrollan el plan de movimiento y determinan la intencionalidad del mismo; y, por lo que se ha descubierto, tienen la capacidad de captar la intencionalidad del otro. Son, en consecuencia, unas neuronas que establecen un contacto con las de los demás al observar, ver, detectar la intencionalidad del movimiento y el movimiento realizado.

Ahora bien, ¿por qué tanto revuelo? Ya Freud quien siempre subrayó la importancia de la corporalidad, la importancia del propio cuerpo y que de él provenían las energías básicas para cualquiera de nuestras acciones, avanzó el mecanismo mental por el que el Yo se hace a partir de las identificaciones con el otro. Y que en la interacción entre el bebé y sus padres se van tejiendo las bases constitutivas del individuo. Y el mismo iniciador del psicoanálisis y otros tras él, fueron describiendo los mecanismos mediante los que el llamado mundo mental del individuo se va formando, deformando, adaptando o no a los requerimientos del entorno, de los demás. Entonces, si desde hace ya unos cien años andamos con esos avances en el conocimiento de la psique del individuo, ¿por qué tanto revuelo? Creo que proviene de dos lados. Uno es el que se congratula al constatar que aquello que decía Freud viene corroborado por lo que dicen los científicos. El otro es el que basándose en la “ciencia” reafirma el carácter biológico del ser humano y que todas sus actividades psicológicas tienen una sustentación corporal.

El primero, el que nos alegremos o que se alegren muchos de que lo que decía Freud viene corroborado por lo que dicen otros científicos no deja de ser curioso. ¿Nos sentiríamos felices los que aceptamos la teoría de la gravedad si unos científicos constatan realmente que las razones por las que caen los objetos es porque realmente existe tal fuerza? ¿O si tras siglos y siglos de saber que tras el coito realmente se realiza una función biológica por el que meses después nace una criatura? Creo que no. Creo que diríamos que eso era evidente. Entonces… ¿qué hay en lo psicológico que precisamos de tanta concreción científica? Posiblemente porque todo lo que guarda relación con lo psicológico, con lo que resulta de las relaciones afectivas entre las personas, con lo que proviene de lo que sucede entre una persona y otra, asusta mucho. Asusta fundamentalmente por las consecuencias y las responsabilidades que se derivan.

Pongamos por caso que tras el nacimiento de mi hijo me desequilibro, o se desequilibra la familia. En esta situación es lógico pensar que ese hijo es el “causante” del desequilibrio pero al mismo tiempo ese pensamiento genera terror, ¿cómo hacemos para compaginar que le quiero y al tiempo pienso que es el causante del malestar? Si algo nos desliga una cosa de la otra entonces el pensamiento desaparece y el conjunto de “culpas” se relaja. Así nos resulta más fácil pensar que lo que le pasa a alguien es que “tiene una enfermedad” que considerar que parte del desajuste familiar reside en ese acontecimiento, y en cómo este hecho ha modificado la estructura. Entonces si viene un científico que nos demuestra la existencia de un sustrato biológico que se activa en la relación podemos comenzar con “evidencia científica” aquello que informaban otras evidencias de la vida cotidiana.

El segundo punto también me parece significativo. Considerar que el hombre es un ser biológico que se rige por una serie de mecanismos y estructuras comunes entendibles, y que en esta realidad tan tangible aparece otra no menos tangible que la primera, que nos vincula entre nosotros es algo que puede hasta emocionar. La importancia de la relación ya no reside en un pensamiento más o menos filosófico, en una posición conceptual que prima lo social sobre lo individual y que está o puede estar de moda, sino que se ancla en actividades cerebrales compartidas, da a la esencia humana un carácter altamente significativo: somos grupo antes que individuos.

¿Qué nos dice la teoría neuronal de las neuronas espejo? Que cuando el bebé (y el adulto) está en relación con el mundo, esa relación queda desde un primer inicio corporeizada en él. Esto que ya sospechábamos desde hace bastantes años cuando decíamos que cuando el bebé toma un objeto, lo chupa, lo mueve, lo golpea, lo tira, lo mira… cuando hace todo eso en realidad no solo esta experimentando con él sino que lo está haciendo suyo. Lo está grabando en su propio cuerpo, en su propia experiencia vital. Dicho de forma menos romántica: la experiencia táctil y muscular, junto a las provenientes de otras fuentes perceptivas instalan una representación de ese objeto en el sujeto. Y eso porque fundamentalmente es el cuerpo, es esa realidad corporal, la que interviene en los procesos psíquicos mediante los que nos relacionamos con el mundo.

Dice otra cosa la teoría de las neuronas espejo. Dado que esas neuronas se activan cuando realizo una acción, un movimiento, y también se activan cuando la persona con la que nos relacionamos realiza cualquier movimiento, podemos establecer que gracias a ellas nos hacemos a través de los demás. El bebé interpreta la acción de su madre en el sentido de captar su intencionalidad al tiempo que esa intencionalidad queda grabada en su propio cuerpo mediante los movimientos y las acciones que percibe de ella. ¿Cómo capta la madre que su hijo tiene sueño o frío? Porque los movimientos que realiza el bebé se corresponden a los que ella puede reconocer como “tengo frío o sueño”. Y viceversa.

Varias son las funciones de esas neuronas. Por ejemplo, están implicadas en la imitación de movimientos simples. Cosas tan sencillas como abrir o cerrar la boca. ¿Acaso los que habéis dado de comer a un niño pequeño no abrís la boca para que él también la abra? Eso es gracias a que nuestras neuronas que entienden de abrir la boca le comunican a sus neuronas el movimiento a realizar. Otra cosa es que quiera. También intervienen en el aprendizaje por imitación de habilidades complejas. ¿Cómo podríamos aprender sino es a partir de la observación y cuando en esta observación hay una elaboración de lo que hace el otro que nos dice cómo hay que hacerlo? ¿Acaso los padres, los cuidadores, cuando jugamos con un niño pequeño no realizamos las mismas cosas que él realiza para reafirmar (y al tiempo jugar con él) su propia actividad motora?

Lo mismo sucede en la percepción de habilidades comunicativas. Cuando la madre juega con su bebé y le habla, le transmite emociones mediante sonidos, movimientos, gestos, muecas… cuando hace todo esto le está ofertando una variedad enorme de habilidades comunicativas que el bebé capta. Y cuando las reproduce nos ponemos felices, y él también. Los bebés toman de sus padres el tono de voz, los giros y modulaciones sonoras de nuestras expresiones, adquieren (imitación mediante) el bagaje comunicativo con el que establecemos nuestra relación con él.

Estas neuronas están activas en la detección de las intenciones de la acción del otro. Porque como todo nuestro ser es una compleja central de emisión de intenciones que se camuflan tras nuestros sonidos, gestos y muecas, el bebé las capta. Anticipa lo que va a suceder cuando percibe una determinada secuencia de gestos, sonidos, micromovimientos faciales que le informan de algo. Y con esta información puede prever en cierto modo algo de lo que sucede. Lo prevé y lo aprende.

Están implicadas también en el procesamiento de las acciones relacionadas con palabras o frases, lo que las vincula con el lenguaje. Esto que no solo se aprecia en la infancia sino cuando aprendemos un idioma es la base sobre la que aprendemos a hablar y a comunicarnos. Finalmente, están involucradas en la capacidad para compartir emociones y sensaciones con los demás, y para la expresión del dolor. Como veis esos minúsculos componentes del sistema cerebral juegan un papel fundamental en nuestras relaciones con el entorno y, consecuentemente, en el del desarrollo y la socialización.

Y… ¿a qué viene este comentario? En nuestro espacio familiar también están presentes tales neuronas. Pero sobre todo las consecuencias de su existencia. En la función del profesional, en la vuestra, la capacidad y la sensibilidad que tenga para entender qué es lo que le sucede a esos padres que vienen desesperados, desorientados, perdidos, con baja valoración de sí mismos radicará el éxito de la empresa. Pero eso exige de nosotros un capacidad y una sensibilidad a prueba de situaciones complejas que nos obligan a abandonar o dejar de lado fundamentalmente los elementos racionales, las ideologías que inevitablemente nos rodean y los artificios con los que tratamos de establecer una distancia emocional con el otro. En efecto, si cuando estamos con los padres podemos estar atentos a lo que transmiten más allá de las palabras con las que llenan el espacio quizás podamos ayudarles de otra forma. Eso representa dos trabajos paralelos: por un lado captar lo que nos transmiten, tratar de descubrir las intenciones que se ocultan en sus demandas, sus comentarios, sus silencios. Y cuando señalo intención no me refiero a un interés avieso, oculto y hasta malévolo que pudiera andar ahí quedo, sino lo que realmente debe haber tras lo que expresan o callan. ¿qué habrá tras la necesidad de una persona de hablar de las maravillas de su hijo o de lo que supone para ella la pérdida de un bebé?

Por otro lado… ¿qué supone eso para nosotros? ¿Qué mecanismos se nos activan, qué emociones y reacciones se nos activan al ver, al observar, al relacionarnos con esos padres? Porque al detectar eso en nosotros podemos comenzar a ponernos en la piel del otro. Y ello con la tranquilidad de que eso que detectamos es posible porque esas vivencias ya las hemos vivido o ya las podemos captar y asociar a otras que nos son conocidas. Y es que, por ejemplo, al captar las emociones que suponen la pérdida de un bebé bien podemos conectarlas con las que hemos tenido ante la pérdida o pérdidas de seres queridos. Porque las emociones de las que hablamos son las que tenemos todos los humanos desde nuestro primer momento de existir.

Junto a ello otro aspecto no menos relevante: al captar todo esto y estar nosotros con esos padres y sus hijos, podemos transmitir un tipo de relación que sirva para que ellos también aprendan, interioricen (ellos también tienen neuronas espejo) ese proceder, esa forma de relacionarnos con su hijo o con otro compañero del grupo de padres.

 

Dr. Sunyer (25 de junio de 2012)

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