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Lunes, agosto 21, 2017
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La ética de nuestras intervenciones asistenciales 

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Mi cuaderno de Bitácora del 2 de noviembre de 2010
02/11/2010
Fuente: Sunyer
Hoy, tras unos días de descanso, os sorprendi con una situación clínica en la que se rebasaban aspectos del comportamiento ético del profesional.

La ética de nuestras actuaciones.

Podemos hablar de la ética que debemos mostrar o tener como profesionales de la salud como si fuera un marco de comportamientos que no debemos sobrepasar, o podemos pensar en la ética como resultado de las complejas relaciones que se dan entre las personas y que, en este caso, tienen un marcado acento asistencial. Desde una u otra óptica se ven cosas similares pero no idénticas. Y es que no es lo mismo ver los toros desde la barrera que lo que ve el torero ante el morlaco. O el fútbol, que me es igual el ejemplo. Es decir, creo que todos suscribiríamos la idea de Corey, G., (2001) cuando señala que todos los profesionales debemos realizar esfuerzos para resolver situaciones que no tienen respuestas fáciles ni estereotipadas. Igualmente suscribiríamos lo que todos, incluso los colegios profesionales, señalan en que el principal objetivo es ayudar al otro. Hasta ahí de acuerdo.

Pero hay otro ángulo de la intervención que proviene de las complejas relaciones que se dan entre nosotros y los pacientes. Y en este campo, aún sabiendo que nuestro principal interés reside en ayudar a los demás, ese ayudar queda coloreado, teñido constantemente de eso que llamamos relaciones y que tienen la particularidad de que lo que parece de una manera no lo es tanto. Hay numerosas variables que se intercalan que, si recordamos las líneas de poder que constituyen nuestras interdependencias vinculantes, condicionan todos y cada uno de los movimientos.

El caso o la situación que os planteé no era teórica. Constituyó parte de mi ocupación a lo largo de más de dos años de encuentros semanales. Y como pudisteis apreciar, hubo una evolución de los hechos que todos ellos venían condicionados por aspectos que tenían que ver con los pacientes implicados y con el propio profesional. En realidad confirmó algo que os subrayo con frecuencia: la patología se instala en la relación asistencial, ¿recordáis? Eso significa que hay dos aspectos que debemos tener muy presentes. De un lado todos los componentes que guardan relación con la situación Transferencial. De otro la necesidad de supervisar nuestras actuaciones profesionales no sólo para aprender sino para poder pensar en la complejidad de la matriz de relaciones que se establece con los pacientes.

De entrada teníamos una persona que venía acompañada por su marido que, a modo de moscardón, asistía sin participar, vigilante, a todas y cada una de las sesiones. De entrada podríamos decir que el marido no debe estar presente ya que no se trata de una intervención de pareja ni vienen como tales para que se les atienda. Ahora bien, ¿podríamos trabajar para reconvertir la situación en algo de pareja? O mejor hubiera sido evitar tal situación y si no se acepta que la relación que se precisa establecer es sólo con la mujer, no iniciar tratamiento. ¿Qué otras variables pueden estar presentes? Una de ellas es la situación en la que el profesional trabaja: en caso de trabajar en el seno de una institución esta situación es más fácilmente resoluble que en el de hacerlo en consulta privada. Y al menos por dos motivos. El primero porque estar bajo el cobijo de una institución da posibilidades de intervención más complejas ya que cuentas con la ayuda de los compañeros y hasta de toda una estructura que respalda tus decisiones profesionales. El segundo porque al no estar implicado tu sustento, hay una mayor libertad de actuación en este sentido. Y si me apuráis hay una tercera ventaja: poder contar con la posibilidad de supervisar las intervenciones y las situaciones profesionales, esto es, poderlas pensar desde ópticas más distantes a las que uno opera habitualmente.

Pero también es cierto que desde la perspectiva de ayudar a esa persona no parece desaconsejable incluir al marido moscón en la ecuación asistencial con la idea de ayudarle a dejar de ser tan vigilante de las actuaciones de su mujer. Porque de hecho, asistir a la consulta (es decir, asistir como mirón a las relaciones que se dan entre el profesional y su mujer, lo que no deja de ser un acto hasta pornográfico) para establecer un marcaje de lo que esa persona dice o deja de decir no deja de ser un claro exponente de lo que sucede en casa: no aceptar que esa persona es adulta y por lo tanto responsable de sus actos por incorrectos que parezcan.

Ahora bien, esta decisión no está exenta de peligros. Y aunque en el caso que nos ocupa fue la vía por la que se optó y que a lo largo del tiempo que en el que se pudo trabajar, se obtuvieron beneficios importantes en cuanto a la seguridad y autoestima de aquella persona, eso no quita para que se pongan sobre el tapete cuestiones como hasta qué punto uno tiene derecho a modificar las condiciones de relación, en qué medida es ética la inclusión del marido en un tratamiento por el que no había apostado (aunque lo acepta tácitamente), y hasta donde esta práctica profesional no va a condicionar negativamente algo de la vida de esa pareja. Curiosamente recuerdo en estos momentos que esta relación se apagó tras un cambio de secretaria en la consulta, secretaria que había sido empleada del marido en un trabajo anterior y que él la reconoció como tal. Y aunque la confidencialidad de lo que podía aparecer estaba totalmente garantizada, no quedó resguardado (no podía ser de otra manera) la confidencialidad de asistir a la consulta.

Pero fijaros cómo esa modificación de los parámetros de actuación profesional que se da en los primeros momentos de forma casi natural vuelve a aparecer en otra modificación cuando esta persona se presenta con una amiga que está al borde de un ataque de nervios, instando a que su hora sea dedicada a atenderla. Este hecho que habla de una dificultad en el mantenimiento de los límites dentro de los que los profesionales nos movemos, habla también de un ningunearse a sí misma cuando decide que en vez de ella va la otra. Este hecho (no por poco frecuente deja de tener importancia), por ejemplo, nos lleva a pensar en si esta primera mujer se ubica permanentemente en un lugar no legitimado por ella y que, curiosamente, actúa poniendo en su lugar a alguien quien, de entrada, parece sentirse ninguneada por su propio marido.

Todas y otras muchas situaciones que fui explicando hablan de la importancia de los factores transferenciales que se dan en la relación asistencial. Transferenciales entendiendo no sólo los que se dan desde el paciente sino los que se dan desde el profesional. Es decir, qué elementos de la estructura relacional aportó esa mujer a partir de sus experiencias infantiles y de todo su desarrollo que la llevaron de un no tener dónde caerse muerta a una situación de opulencia económica enloquecedora, y qué otros elementos aportó el psicólogo y que hicieron de esa relación algo más especial incluso con la aceptación del moscón vigilante.

Como podéis pensar, las cuestiones éticas no son casos de laboratorio.

Dr. Sunyer (2-11-2010)

El planteamiento es muy sencillo. La clase es un espacio en el que estamos muchas personas, como 50 o más.Uno puede considerarla desde diversas posiciones, pero personalmente prefiero pensar que estoy con un grupo. No ante un grupo sino en él. Este conjunto de personas que lo constituimos establecemos inevitablemente una serie de interdependencias, vinculantes muchas de ellas, que determinan no sólo la atmósfera grupal sino la manera de relacionarnos y los sentimientos que se derivan de todo ello. Cierto es que dado que trabajamos unos textos determinados, hay muchos elementos que se activan a través de la lectura de los mismos. Y la experiencia me indica que esos mismos elementos se activan también en las relaciones que establecemos en el grupo. Estos escritos son las reflexiones que desde mi puesto de conductor de ese grupo van aflorando en mi mente y que sirven, eso espero, de reflexión y de trabajo complementarios a la asignatura.

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