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Domingo, agosto 20, 2017
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La comunicación no verbal 

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Mi cuaderno de Bitácora del 1 de diciembre 2010
Sunyer, J.M. · 01/12/2010
Fuente: Sunyer
Hoy fue puro juego, y este juego dio mucho juego.

La comunicación no verbal.

De entrada hay que decir gracias a Silvia y Joan, Arantxa y Llibert, Gloria y Mª José, Lurdes y Bárbara, Estefenía y Eduard, Leire y Ana, Marta y Jéssica, María y Esther, Marcos y Marta, Carla y Francesc, Alba y Oriol, las once parejas que se animaron a colaborar. Sin ellas hoy no hubiera sido posible la clase.

Y vimos varias cosas. En primer lugar que la comunicación verbal, siendo importante, no es la que necesariamente nos da información real sobre la relación que se establece entre el paciente y el profesional. Porque el propio hablar conlleva el mentir, falsear. Y con frecuencia engañamos, mentimos, falseamos por nuestros propios intereses mediante el uso de la palabra. Mientras que es más difícil engañar con la otra comunicación ya que al estar menos codificada y tener “menos” entrenamiento en su utilización, lo que se comunica está más cerca de la relación persona a persona. Y como afortunadamente tenemos los dos registros, el verbal y el no verbal, lo que hacemos de forma inmediata es recibir ambas cosas y valorar, inconscientemente, es verdad, la armonía o disonancia que hay entre ambos mensajes. Y cuando no coinciden se nos dispara alguna alarma.

Otra cosa era la importancia del cruce de miradas. Mirar a alguien es suministrarle una información superior a la que se transmite sin ella. Por esto hay quien no le gusta mirar o ser mirado ya que a través de los ojos (¿sabíais que en árabe la palabra ojo es la misma que fuente?) mana información de lo que esa persona tiene en su interior. Por los ojos entramos en el alma. La mirada es pues, una vía muy importante para conocer si aquello que se nos dice coincide con lo que percibimos de lo que el otro siente. Claro que podemos rodearlo de ruido, de muchas palabras y gestos, pero si miramos al otro, si a través de nuestro mirar tratamos de captar lo que el otro realmente indica veremos muchas cosas. Es a través de la mirada que sabemos que alguien miente, o que alguien falsea las cosas.

Otra cosa es la cantidad de elementos que se transmiten y que poco tienen que ver con lo real. Lo que sucede es que eso que se transmite es de una categoría más de complicidad, de transmisión de sutilezas afectivas que de planteamientos lógicos. Es un lenguaje fino en el que cada uno iba coordinándose a través de sonidos, gestos, ruidos… en un baile de difícil transcripción. Por esto a aquellas personas que se aferraban más al registro racional les era más difícil que a las que se permitían perderse en lenguaje intuitivo, de complicidad con el otro… y por esto también había tanto miedo en los espectadores.

Y ¿qué le pasaba al resto del grupo? Es imposible señalar lo que le pasaba a cada uno, pero en conjunto se veían cosas muy dispares. Por un lado era fácil ver a quienes siempre se aferran al lenguaje lógico y racional ya que eso les coloca en una inferioridad de condiciones respecto a aquellos otros que gustan del juego y del baile intuitivo con el paciente o con el compañero. Me (nos) comentaba ayer una persona en el contexto del Seminario la gran dificultad que veía en nuestro contexto al compararlo con otros en los que la relación pasaba menos por lo racional y más por lo vivencial o afectivo. Y esto no es más que subrayar un aspecto de la realidad universitaria: se pone el acento en lo teórico, en lo escrito, en lo supuestamente demostrado científicamente y se deja de lado toda una faceta importantísima en la formación de los profesionales de la salud: la afectiva, la intuitiva, la espontánea, la sencillamente interpersonal.

Por otro lado percibía el miedo. Casi pánico a que el profesor señalara a alguien para incorporarse a la rueda lúdica. Como si salir y jugar en público fuese un exponerse de tal manera que se perdieran aspectos fundamentales de su identidad; cuando es justo lo contrario: salir supone la oportunidad de reencontrarse, de poder sentirse cómodo con uno mismo siendo reconocido por los demás a partir de esa naturalidad. Y se veía claramente porque veía que era mirado como quien mira pero no está para ser mirado, como quien te mira desde el vacío, o los que se sumergían en sus anotaciones escribiendo ¡Dios sabe qué!, cuando apenas había nada que escribir. Este sumergirse para no ser visto e invitado a salir.

Pero también se veía el esfuerzo de muchos para vencer ese miedo, animarse a salir tal cual se es sabiendo que de la experiencia nada malo va a resultar. Y en este esfuerzo un detalle de oro: la complicidad entre varios, incluido el profesor, para gastar una broma de la que salieron muy bien paradas dos de nuestras compañeras.

Un saludo.

Dr. Sunyer (1 de diciembre de 2010)

El planteamiento es muy sencillo. La clase es un espacio en el que estamos muchas personas, como 50 o más.Uno puede considerarla desde diversas posiciones, pero personalmente prefiero pensar que estoy con un grupo. No ante un grupo sino en él. Este conjunto de personas que lo constituimos establecemos inevitablemente una serie de interdependencias, vinculantes muchas de ellas, que determinan no sólo la atmósfera grupal sino la manera de relacionarnos y los sentimientos que se derivan de todo ello. Cierto es que dado que trabajamos unos textos determinados, hay muchos elementos que se activan a través de la lectura de los mismos. Y la experiencia me indica que esos mismos elementos se activan también en las relaciones que establecemos en el grupo. Estos escritos son las reflexiones que desde mi puesto de conductor de ese grupo van aflorando en mi mente y que sirven, eso espero, de reflexión y de trabajo complementarios a la asignatura.

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