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Viernes, agosto 18, 2017
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Identidad, (Identity) 

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Mi cuaderno de Bitácora del 8 de Septiembre de 2010
Sunyer, J.M. · 08/09/2010
Fuente: Sunyer
En la primera sesión ya comienzan a aparecer signos que hablan de la dificultad que tenemos los humanos cuando sospechamos que nuestra identidad anda en peligro.

Identidad. (Identity).

Hoy fue nuestra primera sesión un poco más formal, un poco más en línea con lo que vamos a ir haciendo durante estos días. Cuando llegué la primera impresión que tuve fue la de una cierta desorientación. Lo que me la generó fue veros sentados al uso habitual de la facultad: respetando las sillas alineadas y situadas en frente de la silla y mesa del profesor. Esto mismo ya da mucho que pensar. Por ejemplo, cómo tenemos una tendencia a mantener las cosas tal como son, o cómo nos pueden descolocar los cambios, o sencillamente, cómo se espera que sea quien representa un poco la autoridad la que decida qué es lo que hay que hacer. En parte eso es lo lógico, lo esperable. Incluso podríamos decir que es lo correcto, lo que habitualmente se espera del alumnado. Sigamos.

Entonces me dirigí a la pizarra y dibujé un rectángulo que es la forma que tiene el aula y comenté que podríamos modificar la posición de las sillas moviendo la del profesor hacia la pared y construyendo seis grupos distribuidos por el aula. Lo dibujé pensando que podría facilitar la comprensión de lo que estaba diciendo. Esto facilitó que se comenzaran a construir esos grupos pero, inmediatamente me hizo observar otra cosa. La mayoría tenía una tendencia a mover las sillas adyacentes para construir ese grupo sin importarle que alrededor hubiera un montón de sillas que, incluso visualmente, generaban una sensación de caos importante. Esta observación (todo esto son observaciones, claro) me llevó a ir recolocando cada agrupación de sillas, a despejar el espacio ubicando las que sobraban al fondo del aula, y a promover la ocupación de todo el espacio del aula y no refugiarnos en un rincón.

La observación de este hecho sigue al anterior, claro, y me hace pensar en la dificultad que parece haber no sólo en ocupar el espacio sino en hacerlo de forma que todos podamos estar cómodos. Pero ahora tengo un problema: si sigo pensando y escribiendo lo que pienso, ¿no fomentaré un aspecto persecutorio en quienes me leen? Evidentemente no es mi deseo. Pero me voy a atrever. Si traslado este hecho a un autobús me doy cuenta de que la mayoría de los pasajeros subimos y nos quedamos en los primeros lugares cerca de la puerta de entrada, colapsándolo e impidiendo o dificultando que los que van entrando se coloquen en zonas más anchas. ¿No lo habéis observado? Es más, cuando subo al autobús, soy de los que va dirigiéndose a esos espacios no ocupados porque al final acabo estando ancho mientras que el resto de los pasajeros se amontonan en una zona del vehículo. Y como soy psicólogo pienso en qué hay en el comportamiento humano que nos lleva a actuar así. En Barcelona hay una parada de los Ferrocatas, la de Provenza, que a determinadas horas tienen que poner a unos empleados con micrófono para indicar a los que van entrando que se distribuyan por todo el andén. Esto, que es señal de avance cultural es, al mismo tiempo, un indicativo de un retroceso importante: parece que cada uno dice “a mí qué, ya se espabilará el otro”. Y lo podemos pensar como un problema de comportamiento o como la expresión de otra cosa. Sigo.

En el aula nos pusimos a trabajar e iba paseándome por todos los grupos para ayudar a pensar en cosas que aparecían o podían estar en el trabajo sobre la atmósfera que nace de las encuestas de ayer. Y luego nos pusimos en círculo para poder hablar entre todos. Y ahí aparecieron muchas cosas interesantísimas todas. Pero lo más importante es que muchos de vosotros os pusisteis a colaborar venciendo el normal rubor que supone hablar ante cincuenta que te escuchan y (en algunos casos) parece que te estudian como si “ese que habla” es raro.

Y también hablé, claro. Y pusimos los objetos en el suelo y… seguí hablando. Y fueron apareciendo ideas. ¿Cómo podíamos diferenciar de aquellos objetos el principal de los no tan principales? Mirad, llevo muchos años en este oficio y si algo he aprendido es que todos los humanos somos igualitos. Podemos llevar un objeto valioso u otro, tratar de que nos vean más que a los demás, tratar de no confundirnos y para ello ponernos atributos para que nos vean diferentes. Esto es normal y legítimo. Pero como somos psicólogos… igual tendíamos que preguntarnos por qué. Qué hay tras estas cosas. ¿Será un problema de identidad? ¿Será que cuando estamos juntas varias personas, hay ocasiones en las que uno tiene la sensación de pérdida de identidad? Sé, y supongo que vosotros también, que la identidad no se pierde. Somos lo que somos. También sé que la identidad no se mantiene idéntica sino que evoluciona con el tiempo (afortunadamente). Pero también sé que en ocasiones uno siente que esa identidad está en peligro y entonces se refugia en cosas que le calmen ese sentimiento. Fijaros cómo hay un auge de los movimientos nacionalistas: esto es expresión de una fantasía compartida por muchos de pérdida de identidad. Pero es una fantasía porque la identidad no se puede perder. Uno siempre es quien es, sabiendo que eso no es estático sino dinámico.

Cuando los pacientes acuden al profesional, hay un aspecto de su identidad que es precisamente esa: ser paciente. Pero lo mismo le ocurre al profesional: es el profesional (médico, psicólogo…). En parte eso nos ayuda porque estructura algo. El problema es cuando eso que es una protección de ayuda acaba convirtiéndose en el eje, en la identidad única de uno.

Sé que soy el profesor, vuestro profesor. Y que estoy aquí con la responsabilidad de enseñaros algo. Y vosotros sois mis alumnos y que estáis aquí con la esperanza de que os enseñe algo. Bien. Pero, ¿habéis pensado que también sois mis profesores y yo vuestro alumno? Si no estáis para enseñarme algo, mejor lo dejamos estar. Si un paciente no os enseña nada, si no aprendemos de sus propias experiencias vitales, si no están ahí para echarnos un cable (aunque ellos no se den cuenta de ello), mejor dejamos la profesión y nos dedicamos a otra cosa. Y es que es precisamente en este continuo intercambio de información, de vivencias, de sentimientos, afectos, datos,…, como vamos construyéndonos mutuamente. Es ésta la forma cómo se construye y reconstruye permanentemente nuestra identidad.

Entiendo que esta asignatura, este espacio lectivo, puede suponer un cierto cuestionamiento de algunos aspectos de nuestra identidad. Y eso genera unos grados de ansiedad más o menos tolerables y que tendremos que ir manejando lo mejor que podamos. De hecho, algo de la identidad se pone en cuestionamiento cuando uno sale de la posición pasiva de estudiante y se coloca en una más activa. O cuando uno deja sus saberes para poder compartir con los de los demás. Pues bien, este juego de identidades es el que se desarrolla en toda intervención psicológica.

Hasta el próximo día

Dr. Sunyer (8 de septiembre del 2010, día de la Virgen de Nuria)

El planteamiento es muy sencillo. La clase es un espacio en el que estamos muchas personas, como 50 o más.Uno puede considerarla desde diversas posiciones, pero personalmente prefiero pensar que estoy con un grupo. No ante un grupo sino en él. Este conjunto de personas que lo constituimos establecemos inevitablemente una serie de interdependencias, vinculantes muchas de ellas, que determinan no sólo la atmósfera grupal sino la manera de relacionarnos y los sentimientos que se derivan de todo ello. Cierto es que dado que trabajamos unos textos determinados, hay muchos elementos que se activan a través de la lectura de los mismos. Y la experiencia me indica que esos mismos elementos se activan también en las relaciones que establecemos en el grupo. Estos escritos son las reflexiones que desde mi puesto de conductor de ese grupo van aflorando en mi mente y que sirven, eso espero, de reflexión y de trabajo complementarios a la asignatura.

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