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Martes, noviembre 21, 2017
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3. Vínculos, formas de interdependencia 

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Resumen. Las interdependencias no son otra cosa que los vínculos con los que establecemos esa unión con los demás a través de los que nos hacemos y vamos conformando a los demás. Hay dos significativos: la idealización y la identificación proyectiva. Esto es lo que se aborda en este escrito.

Palabras clave: Idealización, Identificación, proyección, identificación proyectiva, interdependencia vinculante, grupo, espacio mental.

Introducción

Me venía la imagen de los “tíos de américa”. En las familias ocurre que en ocasiones hay un familiar que no vive en el entorno habitual del resto. Vive en otra ciudad, país, y acude ocasionalmente a ver a los suyos. A veces coincide con las navidades o con alguna celebración que hace que pueda ver a todos los suyos en una sola visita. Como en ocasiones (posiblemente esto tenga que ver con los indianos que fuero a hacer las Américas a finales del siglo XIX) se les llamaba los “tíos de América”, posiblemente esa idea es la que se me hizo congruente con nuestra situación de ayer viernes. De hecho tuve la sensación de que hacía mucho tiempo (casi dos meses) que no os veía y me pareció que teníamos que recurrir al calendario para fijar exactamente cuánto tiempo hacía que no nos veíamos. Y ahí estábamos los dos, mi compañera y yo junto a todos vosotros. Y observamos y percibimos muchas cosas y desde una cierta distancia: la que le daba al tío de América la posibilidad de ver cosas desde la distancia emocional en la que se encontraba. Evidentemente, muchas de estas cosas no las voy a poner aquí dado que puede haber lectores que, ajenos a la experiencia, puedan sacar conclusiones que no corresponden con la realidad. O sea que iré directamente a lo que me aconseja lo que percibí.

Antes de ir al grano me gustaría detenerme en un aspecto global de la experiencia lectiva. ¿Veríais algún paralelismo entre las temáticas que aparecieron en el primer encuentro y las que surgieron en el espacio posterior? Lo digo porque veo muchos puntos en común y creo que da pistas sobre otros aspectos que guardan relación con la propia experiencia lectiva. De hecho no sería más que constatar dos fenómenos que se dan en lo grupal, el transferencial y el del espejo organizativo. Pero dado que son temas algo complejos, prefiero comenzar con algo más concreto.

Me pareció que destacasteis el agrupamiento que estáis consiguiendo, lo que es bastante gratificante, claro. Por lo que comenzaré a partir de este punto para desarrollar algo más allá de él. Otro día escribiré sobre la pregunta anterior.

¿Qué nos agrupa a las personas?

Para contestar a esta pregunta tengo dos alternativas: la que prima el valor del individuo sobre el grupo considerando que es la suma de individuos el que lo constituyen, o el que considera que no hay diferencia entre individuo y grupo y por lo tanto ya estamos agrupados de entrada; aunque no se perciba claramente.

Desde la formación y experiencia debo acudir a Freud que fue el que marca el inicio de una forma de pensar que rompió totalmente con lo que se consideraba hasta aquel entonces. El trabajo más nombrado por los que nos dedicamos a lo grupal que supone el reconocimiento de la entidad psicológica de lo grupal, es el que aparece en 1921 y que se titula Psicología de las masas y análisis del yo. En él, al inicio del mismo, señala que toda psicología individual es psicología social en tanto que el otro está integrado en uno. A partir de esta afirmación general se centra en varias aportaciones que tratan de explicar los fenómenos grupales para centrarse en la que el propone. Su propuesta da pie a lo que luego será el desarrollo de alguno de los aspectos del yo como es el de la idealización.

Posiblemente lo que nos resulte más interesante es que Freud considera que las personas que constituyen un grupo lo pueden constituir precisamente por la idealización del líder. Es decir, considera que es una forma de establecer una interdependencia con alguien. Vamos a volvernos a meter en este arenal.

Vínculos, formas de interdependencia

En el escrito anterior ya introduje esta idea. Muchos son los vínculos con los que permanecemos unidos a los demás. Esa unión depende de muchos factores, pero fundamentalmente de la intensidad de aquellos que permiten una cercanía no invasiva con los demás; es decir, que posibiliten que la unión con el otro deje espacio para poder sentirse autónomo sin caer ni en una fusión con el otro ni en alejamiento autístico con él. Hay dos que quiero abordar: la idealización y la identificación proyectiva.

La idealización

La idealización es un mecanismo de defensa, es decir, es una operación mental, psicológica, mediante la que se atribuyen determinadas características a una persona dada; aunque esta idealización puede darse también sobre personas, objetos, situaciones… Cuando idealizamos a alguien o algo lo que hacemos es considerar que esta persona, cosa o situación posee una serie de características que nos parecen fantásticas. O lo contrario, claro (aunque en este caso parece que la palabra idealización no se ajuste demasiado). Al hecho de considerar que esa personas posee eso, en realidad lo que estamos haciendo es que es una consideración nuestra, no necesariamente de él, es la que le atribuye todo eso. Puede tenerlas, claro; pero no necesariamente. Desde la posición de Freud que es fácilmente entendible y hasta aceptable, se indica que lo que hacemos es que aquellas cosas que nos parecen maravillosas que una persona las posea se las atribuimos a esa persona. Por ejemplo, puedo considerar que X es listo, simpático, agradable…; o considerar que tiene habilidades y cualidades que, si estoy próximo a él, pueden beneficiarme de alguna manera. Esto a los humanos nos sucede en muchísimas ocasiones: ante cantantes, o ante profesionales de la comunicación, artistas, políticos, deportistas… que independientemente de su valor real quedan ante nuestros ojos como impregnados de una aurea especial. Eso no nos permite verlos como tales, verlos de forma objetiva. Ejemplos tenemos a diario: artistas que consiguen que determinadas televisiones ganen suculentas cotas de pantalla, personajes de determinados clubs deportivos que utilizan su posición idealizada para obtener beneficios económicos, políticos…

Siguiendo al padre del Psicoanálisis, el proceso de otorgar a alguien determinados valores nos lleva a establecer con él un ligamen, un lazo que nos sirve para mantenernos juntos. Ese lazo psicológico proviene de lo que cada uno “coloca” en el otro. Es como si mediante el proceso psicológico de la identificación se potenciara un enganche entre quien admira y el admirado. Y eso explica muchos de los fenómenos sociales que vemos habitualmente. Por ejemplo en momentos de un desastre natural o de una guerra. En estas circunstancias si aparece alguien que capitaliza esa idealización, lo que conseguirá es que todos sus seguidores serán capaces de hacer cualquier cosa que esa persona decida. Para bien o para mal. Puedo enarbolar una bandera, un trofeo, un objeto y hacer que ese objeto quede señalado como lo que nos une. Y a partir de ahí…

El sujeto idealizado también juega su parte. Cualquiera de las figuras mencionadas precisa y busca, como todo ser humano, un cierto grado de reconocimiento, de admiración. Por esto el cantante busca cantar de manera que “guste a sus fans”, o el deportista trate de contentar a sus seguidores, o el profesor a sus alumnos, el político a sus seguidores… Esta sería la cara de la moneda que Freud no recoge: cómo la persona idealizada también busca cierto grado de idealización. Y en cierta manera, si lo vemos desde una perspectiva más relacional, cuando una persona trata de ser amable, servicial, simpático, y un largo etcétera de cosas, todas ellas buscan seducir al posible “idealizador” para que lo idealice. Cuando el idealizado es una persona podemos hablar de reciprocidad; no así cuando es un objeto, una idea (una ideología), un plan, un programa… aunque esto hace que algunas personas lo acaben considerando propio.

Todas estas situaciones tienen una ventaja: velar, tapar, negar las dificultades que tenemos los “admiradores” entre nosotros. Al hacerlo, quedamos “hermanados” en torno a ese líder al tiempo que evitamos que aparezcan las lógicas tensiones que dimanan de las relaciones entre iguales. Por esto cuando en los grupos humanos desaparece la figura que lidera al grupo, cuando sucumbe el líder al descubrirse que “no es oro todo lo que reluce”, el grupo entra en desbandada, se fragmenta, comienzan a aparecer las disensiones y… o reaparece otro líder o el grupo se desintegra.

Y por la misma razón, cuando la persona idealizada queda desidealizada, aquellos que le idealizaron entran en picado en una situación depresiva, rabiosa contra él. E incluso le podrían llegar a destruir: todo lo que sea preciso para paliar el malestar que uno siente al ver que ha depositado cosas en alguien que no ha respondido a las expectativas propias de la idealización. Se vio por ejemplo en Yugoslavia. A no ser… a no ser que la persona o el grupo en este caso, entre en un proceso de elaboración, de digestión e integración de lo que supuso todo ese juego idealizador en el que entró. Y en este esfuerzo digestivo entra algo que, como fácilmente podéis deducir, está en el origen de todos nuestros procesos de idealización: las figuras paternas.

Pero antes de entrar en este otro capítulo pasemos a contemplar la otra alternativa explicativa que se basa en la conceptualización que se inicia con Foulkes y que va siendo enriquecida por muchos que tras él van tratando de aportar algo de lo que entienden desde esa otra visión. La de la no diferenciación individuo-grupo.

El punto de vista desde el que me ubico ahora parte de la visión psicoanalítica (lo que significa que considero adecuadas las propuestas de Freud) pero realiza un giro importante en el momento de considerar, por ejemplo, esto que estamos viendo. Si la propuesta de Freud, como vimos, indicaba que la idealización es un proceso que parte del sujeto y se dirige hacia el otro (perspectiva absolutamente entendible desde esta posición), la que propongo indica que esos procesos de idealización no parten de un punto y se dirigen a otro sino que se dan como parte constitutiva del grupo social, del grupo humano. Es decir, no considera que las cosas provienen tanto de nuestra individualidad, nuestra naturaleza, cuando del contexto en el que nacemos y nos desarrollamos. Eso significa que la idealización está presente en el seno del grupo social y lo que le sucede al individuo no es más que lo que proviene de ese mismo grupo.

En efecto, la idealización está en los registros de nuestra esencia grupal, social, y desde el mismo momento de nacer estamos sujetos a esta influencia. Por ejemplo, la madre al ver a su bebé recién nacido detecta en él cualidades y características que hacen de él un fantástico bebé. Es decir, el bebé queda impregnado de la propia idealización del grupo familiar en el que nace. Y no sólo la madre, el padre, los abuelos, los tíos… todo el grupo aplaude, se regocija, bendice y atribuye un montón de características a ese bebé por lo que se ve imbuido a poseerlas. Pero no sólo en el marco del nacimiento sino que todos sus avances, todos sus progresos reciben el parabién de todos los que lo rodean. Y así seguirá siendo si no toda la vida, buena parte de la misma. O sea que el grupo tiene ya la marca de atribuir antes de que se produzcan o se desarrollen, una serie muy amplia de atributos que se corresponden a la imagen ideal del bebé y posteriormente del niño. La idea de “tener abuela” alude a eso. Al idealizarlo, al atribuirle características y dones que sólo las hadas buenas pueden hacer, el bebé y posteriormente el niño, el adolescente…, navega en aguas en las que la idealización está constantemente presente. Acordaros del cuento de la bella durmiente: todas las hadas le ponen atributos fantásticos hasta que llega la mala y…

Ello nos hace pensar que los grupos, las personas que los constituimos, tanto en nuestros comportamientos individualizados como los de tinte más social tenemos la tendencia a idealizar a personas y a nuestros proyectos, cosas, objetos, situaciones. Eso quizás obedezca a que si no existe este proceso no se van a poder dar las condiciones necesarias para proseguir el proceso de desarrollo de la propia sociedad. De hecho cuando uno crea un proyecto u organiza una simple excursión desea y espera que sea un éxito ya que de lo contrario no lo organizaría.

Al navegar por estas aguas el individuo introduce dentro de sus sistemas de comunicación una tendencia natural a hipervalorar, a idealizar a personas o a las situaciones que pueden aportarle algún tipo de beneficio, o de satisfacción. Y siendo cierto, como sucedió en los ejemplos de los que estuvimos hablando, que cuanto más joven es uno más tendencia tiene a idealizar a personas o situaciones, también lo es que a medida que pasan los años (y por lo tanto se incrementan los niveles de frustración) uno suele ser algo más ¿receloso? y frena los impulsos que le llevarían a idealizar o a ilusionarse con personas o situaciones nuevas. El grupo también aporta dosis de recelo que ayudan a no entregarse a ciegas a propuestas que pueden sonar a fantásticas pero que la realidad suele frustrar.

Dentro de los procesos de idealización cabría poner las expectativas que tenemos ante algo. Evidentemente todos esperamos que aquello que vamos a hacer sea beneficioso, exitoso… que nos suministre aquellas cosas que nos van a ir como anillo al dedo a nuestras necesidades. Estas son expectativas lógicas y legítimas ya que sin ellas nada haríamos. La cuestión es que no siempre las expectativas se cumplen y ante ello, como cuando desidealizamos a alguien, emergen sentimientos negativos que pueden tener mucha intensidad. Y en ello también están las figuras parentales.

¿Dónde quedan las figuras paternas en eso?

Las figuras paternas, o sea la de la madre y la del padre, juegan un papel fundamental en el proceso de la idealización. De hecho ambos dos son los pilares sobre los que se determina la matriz de relaciones en la que se desarrollan los hijos.

La madre, persona fundamental en todo este proceso (bastante más que el padre en los primeros dos años de desarrollo), va a poder instaurar los grados de ilusión, de enamoramiento, de expectativa, de idealización en los que el hijo va a ir creciendo (y constituyéndose) desde el primer segundo de su existencia. En la relación que se establece con el hijo, la madre deposita las expectativas, las ilusiones, y en definitiva, establece una conexión con ese hijo idealizado (madre enamorada de su hijo) ya que para ella, éste es un proyecto (en ocasiones su primer proyecto personal) en el que pone todo lo que ella posee. ¿De dónde procede eso?

En la matriz en la que se crió ya habían ilusiones, expectativas e idealizaciones. Ella también fue un proyecto para su madre, proyecto que a partir de las circunstancias que fueron marcando las relaciones madre-hija construyeron en ella eso que podemos llamar “ideal del hijo” e “hijo ideal”. El primero lo constituía todo aquello que para la madre representaba ese nuevo ser, lo que ella representaba para su madre. Desde el nombre que le puso a todas las pautas, ilusiones, deseos que le fue transmitiendo, todo ello constituyó como un cuadro general de referencia que obedecía, fundamentalmente, a lo que ese hijo representaba para ella. No sólo como expectativa, sino como ese ideal de hijo que voy a construir y que será diferente a otros hijos. Evidentemente las circunstancias que fueron marcando esas relaciones determinaron una realidad que, a buen seguro, no posibilitaron que aquel ideal de hijo, hija en este caso, fuese lo que se tenía previsto y por lo tanto frustraran y quebraran aquellas idealizaciones de la futura abuela. En consecuencia la hija que ahora es madre de un bebé, vuelve a replantearse la idealización de ese su bebé, enmarcándolo en las coordenadas de referencia familiar. O las antitéticas, por lo que en definitiva es lo mismo.

Por otro lado, el hijo se inscribe también en unos registros en los que “algo arregla de la vida de los padres”, es decir, el hijo tiene una impronta que viene determinada por la expectativa de que ese hijo va a poder tener esa categoría de “hijo ideal”: aquel que satisface plenamente a la madre (recordemos que estamos hablando de ella). Como cualquiera puede deducir, aunque siempre podemos tener un hijo que se ajuste un poco más a ese “hijo ideal”, la realidad nos muestra que entre ese “ideal” y el hijo real hay un gran trecho. Fundamentalmente porque el hijo no es una propiedad, al menos en nuestra cultura, de nadie. Y al no serlo, la trayectoria que va a seguir, aún condicionada en algo por esos aspectos de los que estoy hablando, va a ser la propia, la que la vida, su propia vida, le permita. Eso conlleva un enfrentamiento entre madre e hijo (en realidad es extensivo a padre e hijo), de cuyo resultado ambos saldrán más o menos heridos. Menos en cuanto los padres y el hijo sean más capaces de entender esa libertad de funcionamiento autónomo. Y eso se va determinando también desde los primeros momentos del desarrollo.

Resituándonos en la madre actual, la forma cómo haya podido resolver los conflictos que provienen de no ajustarse al ideal de hija y al de hija ideal que su propia madre deseaba, va a determinar cómo ese nuevo ser va a ir haciendo suyo y organizando toda esa información que proviene de la madre.

El padre, desde otro ángulo totalmente diferente, también determina todo eso y pasa por procesos similares. Fundamentalmente a partir del reconocimiento del vínculo especial que la madre va a tener con el hijo. Su papel como figura que debe atender la seguridad en la que debe desarrollarse la relación materno filial, es clave. Y en esta seguridad no está sólo la económica, sino y fundamentalmente la afectiva. La madre debe poder tener la seguridad de que el desplazamiento inevitable (y necesario) de la atención del marido a favor de la atención hacia el hijo no va a representar una amenaza para el bebé. Y el padre debe ser capaz de tolerar este desplazamiento, reafirmando la relación materno-filial, y ayudando a su mujer a que las expectativas, las ilusiones, las idealizaciones que deposita en el hijo, no van a paralizar excesivamente su desarrollo autónomo. Y tampoco las suyas lo van a hacer.

Es a partir de la relación entre madre e hijo, padre e hijo, madre, padre e hijo, como se van a ir tejiendo las bases sobre las que ese hijo dibujará las idealizaciones en otras figuras. Figuras que, inevitablemente, serán las que activen en el aquí y ahora de la relación las que en aquel entonces y lugar se tejieron con esas figuras de identificación básica.

¿Y qué pasa cuando se frustra?

Cuando las expectativas (es decir, la idealización que se pone en proyectos, sean éstos de relación, de aprendizaje, de diversión) se frustran, lo que emerge es mucha rabia, mucho malestar, mucha queja. La queja va dirigida contra la persona que habíamos supuesto sería la que posibilitaría que tomasen cuerpo aquellas idealizaciones, expectativas o ilusiones. Y la persona que recibe el ataque de la rabia puede sufrir las consecuencias al constatar que ha defraudado por unas expectativas a las que pudo contribuir que se construyeran o, sencillamente, por unas expectativas de las que nunca participó. En el primer movimiento parece lógico que pueda entonar un mea culpa, y que tras ese asumir las responsabilidades reconsidere, desde una posición más depresiva, las vías por las que facilita la creación de estas expectativas; y las personas que pusieron en ella tanta presión pueden comenzar a considerar cuánto valor añadido pusieron en ello. En el segundo movimiento el depositario de la expectativa sólo puede seguir estando ahí puesto que nada (en la medida de su conciencia) alentó tales expectativas; y a las personas que le idealizaron sólo les queda considerar si esa rabia en realidad va dirigida hacia personas que también frustraron sus idealizaciones y considerar, al tiempo, qué parte de valor añadido colocan en todo ello.

Como hemos visto la idealización es un mecanismo para paliar la ansiedad que nos activa la relación con alguien representativo y que puede aliviarnos o tranquilizar determinados temores que se me ofrecen ante mí. Es un lazo que, como es fácil comprender, atenaza muchas relaciones. En particular las que se establecen en el seno familiar. Pero si trasladamos esta noción a los espacios profesionales en los que desarrolláis vuestra tarea asistencial, las expectativas que los padres colocan en la idea de la paternidad, maternidad, van emparejadas con las idealizaciones que colocan en el hijo. Y las que colocan en la relación materno-filial, paterno-filial, y de la propia pareja (por no añadir y complicar el cuadro las que provienen del contexto familiar en el que están insertas).

Pero como es lógico pensar no es el único lazo existente. Junto a él, y de forma inseparable y al unísono, se han ido estableciendo otros lazos mediante los que me siento unido al otro. Quizás, por ser uno de los que apareció en la sesión del viernes, el que más guerra suele dar es el de la identificación proyectiva.

B) Identificación proyectiva

La palabrita tiene sus perendengues. Está compuesta por dos ideas, la identificación y la proyección, por lo que ese mecanismo coparticipa al unísono de otros dos: la identificación y la proyección. Iré por partes.

Identificación

La identificación es un proceso mental, psíquico, ya algo maduro (se suele comenzar a establecer a partir del tercer mes) y es el resultado de otros anteriores que no voy a narrar aquí. Podríamos simplificar diciendo que la identificación conlleva que cosas, aspectos, matices del otro y de su relación conmigo (y posteriormente con los demás) quedan grabados en mí de forma que me asemejo un poco al otro a partir del momento en que me hago igual a él en esto. Esto que queda grabado es como un conjunto de esquemas relacionales, de pequeñas estructuras de relación mediante las que cada uno se hace semejante en algún detalle (o muchos detalles) a la persona que posee estos detalles y que “te gustan”. Eso significa que independientemente del valor mora o ético que tenga ese detalle, a ti te gusta.

¿Y por qué lo tenemos? Bueno, ¡y gracias a Dios que lo tenemos! Imaginemos que no lo tuviéramos… ¿cómo aprenderíamos del otro? Si aprendemos del otro es porque esas cosas del otro nos gustan y las hacemos “nuestras”. Eso nos sucede no solo por ser humanos, sino por ser animales. ¡Perdón!, pero es que somos animales… racionales; pero esta es una pequeña pero enorme diferencia. Entonces, si los patitos que salen de su cascarón y el primer animal que les da de comer y les cuida es una persona… le van a seguir a todas partes. Lo “adoptan” como modelo de referencia. Ellos no saben que, por ejemplo, ese señor que se llama Konrad Z. Lorenz es un etólogo que recibirá el año 1973 el premio Nobel. Y como no lo sabían ni tampoco que era un humano y no un pato se quedaron con que era el primer ser que establece con ellos un contacto y les cuida. Por consiguiente, tienen que seguirle. Pues eso es lo que hacemos los humanos aunque de forma más refinada, claro.

Y ¿por qué es un mecanismo psíquico? Porque no es físico, de entrada. Es un mecanismo mediante el que paliamos una ansiedad tremenda: la ansiedad del vacío de no poseer ningún tipo de referencia de uno mismo y percibir que ese otro posee cosas que preciso para sobrevivir (psíquicamente). Así me igualo al otro. Podríamos decir que es un mecanismo que anula una cierta diferencia con el otro. Me asemeja a él. Por ejemplo, dentro de los procesos de enamoramiento, la actividad de identificación mutua está en auge: me hago lo más parecido a la persona amada porque posee esas características que a mí me entusiasman. Y esas características pueden ser formas de hablar, tonos de voz, expresiones, gestos… detrás de lo que se esconde todo un potencial se significados que para el enamorado son vitales en aquel momento.

Pero pensad en los procesos migratorios. Cuando uno llega a una tierra que no es en la que se crió y desarrollo, y ahí llega por circunstancias de todo tipo, por ejemplo, supervivencia, lo que hace es asimilar todo lo que puede de aquella nueva tierra. E incluso llega a hacerse más “auténtico” (entendido por ello, aquel conjunto de características que le hacen sentirse más igual a los que le rodean) que los propios del lugar. Esos procesos (utilizados de forma perversa por los políticos de turno) son absolutamente normales y buscan, fundamentalmente, la supervivencia (física primero y psíquica después). Y es a través de esas similitudes que se establecen estos otros lazos con el otro, estas uniones. Y a través de ellas, los vínculos de interdependencia.

Proyección

La proyección es otro proceso mental mediante el que atribuyo al otro aquellas cosas, aquellas características, pensamientos, acciones, sentimientos…, que no puedo aceptar tenerlas yo. Por ejemplo, si no puedo considerar que soy una persona avariciosa, esa avaricia la veré con una facilidad asombrosa en el otro. Evidentemente el otro puede poseer algo de esa característica ya que, por definición todos los seres humanos somos igualitos y poseemos todas las características habidas y por haber. Pero el problema no está en que lo tenga sino que se lo atribuyo excluyéndome de ser poseedor de tal atributo. Es un mecanismo absolutamente extendido y, como el resto de los mecanismos, adquirido a través de las relaciones que he ido desarrollando en mi propio grupo familiar. Y si mediante el mecanismo de la identificación me asemejaba al otro, con éste me diferencio. Se suele ver con facilidad cuando dos personas no pueden hablar entre sí ya que pinponean la una con la otra de forma constante. Los parlamentos y cámaras de diputados son un buen ejemplo; como lo son muchos “debates” que se pueden ver en la televisión. Cada uno escupe al otro lo que quiere, con lo que en vez de diálogo lo que hay es una especie de contienda a ver quien tiene más razón que el otro…

La proyección es uno de los mecanismos más arcaicos en el desarrollo del sujeto humano. Un bebé no sabe que tiene hambre. No sabe incluso, que tiene dolor; aunque lo tiene porque el hambre es muy elevada. ¿Qué sucede? Pues que llora porque eso le está haciendo sufrir (tampoco sabe que llora, simplemente lo hace). Pero al llorar consigue (sin saberlo al principio) que alguien le atienda y si es mínimamente perspicaz deduce que tiene hambre. La madre lo suele ser, y le da pecho. Y el bebé, al mamar, se calma. ¡Ah!, aprendizaje básico: algo me pasa y aparece algo que me calma. Y como esto sucede varias veces al día, uno (que va madurando porque sus estructuras neuronales se van constituyendo), deduce que eso que le calma viene de “fuera de él”. Por lo que atribuye, en un principio que lo bueno viene de ahí… pero también lo malo. ¿Por qué? Porque no hay suficiente maduración neuronal para poder diferenciar lo suyo de lo de fuera de él. Poco a poco, sí. Y ¿qué es más cómodo, considerar que lo malo viene de dentro o de fuera?. Pues ya sabéis cómo se va originando esta tendencia a atribuir a lo que me rodea la razón de mis males. ¿Y eso, no sería más fácil pensar que uno tiene eso que también le daña? Ya, pero, ¿se lo preguntáis a los políticos, por ejemplo? O a cualquiera de nosotros: nos es más fácil ponerlo, atribuirlo a lo que me rodea, a los demás, que pensar que igual es uno el que tiene esa cosa que es mala.

A ver, imaginad que estáis conduciendo y que en un cruce no visteis que el otro tenía prioridad, y seguís y de pronto… ¡choque! Y enfadados salís del coche y la primera cosa que pensáis es que el otro no ha hecho el stop. Que la culpa es del otro. E incluso, aunque os digan que era vuestra la culpa… intentaréis que sea del otro. Y es que cuesta reconocer que uno es el responsable de muchas de las cosas que le pasan.

Identificación proyectiva

Pero, ¿qué pasa cuando estos dos mecanismos se compaginan? Hay situaciones que me pueden generar una gran incomodidad pensar qué parte de mí esta puesta en ella y, en lógica consecuencia, se la atribuyo al otro que suele ser más cómodo. Pero una vez realizada la operación mental (inconsciente, por lo tanto) de proyectar en el otro eso que no puedo ver en mí, me identifico con eso que ha sido proyectado y entro en terror. Por ejemplo, ¿cómo puedo aceptar que ese que tengo delante es un auténtico estúpido? Evidentemente me va a costar mucho aceptar que también puedo tener algo de estúpido en mí mismo. Es más, no tengo nada de eso pero en cambio, ese que tengo delante sí lo es y me irrita verlo. La clave está en la irritación. Esa irritación indica precisamente que no puedo tolerar ver esa característica en el otro porque se asemeja en mí en eso.

Este mecanismo es … universal. Por eso nos acaloramos tanto en algunas discusiones, o no podemos tolerar muchas de las cosas que vemos. Y no lo podemos tolerar porque algo que hay ahí es muy nuestro y no podemos admitirlo como tal. Pensad que nada hay en el ser humano que no sea común, absolutamente común. Que todos estamos hechos de la misma pasta. El grado de aceptación de uno, de sus cosas, facilita la aceptación del otro; lo que no significa que ello represente automáticamente un aceptar todo. Hay muchas cosas que son intolerables; pero en esa intolerancia debemos poder mantener la capacidad para discernir lo que nos corresponde a nosotros de lo que es del otro. Y si uno no se pone nervioso, si no se acalora, si no se le va la sangre a la cabeza, significa que está pudiendo llevar la situación mejor. Lo que no significa un aceptación incondicional del otro.

El grupo espacio mental de elaboración de aspectos psíquicos

El grupo, como ya he insinuado, se convierte en esta matriz de relaciones que se establecen con personas que están dispuestas a ponerse a pensar entre todas en las cosas que les pasan. Eso se llama elaborar junto a los demás las cosas que nos pasan, es decir, los aspectos psíquicos de las cosas que nos pasan. Este es el espacio que deseáis crear.

PS. Próximo tema será “espejo organizativo” que espero que en quince días me de tiempo.

Dr. Sunyer

Texto sujeto a los derechos de autor. Y forman parte del material teórico.

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