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Miércoles, diciembre 12, 2018
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Grupoanálisis en la prisión

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Editorial
Tiempos difíciles. La situación política y social en este grupo grande llamado España (y específicamente en Cataluña), no deja de preocupar. Supone la amenaza de disgregación y ruptura de lo que para muchos —Vamik Volkan entre ellos— consideramos que es un grupo grande. Y que como tal contiene un reservorio de experiencias, símbolos, historias, vivencias y recuerdos compartibles, etc., que constituyen el trasfondo cultural común a todos los que formamos parte del mismo. Y en base a ello, se edifica una estructura que, a modo de carpa gigante, nos incluye, cobija y protege a todos.

Este grupo grande como tal no es un objeto ni algo impuesto; sino el resultado de las múltiples interdependencias que organizamos quienes lo constituimos. Que no forman subgrupos cerrados, sino personas cuyos lazos vinculantes alternan diversas configuraciones dinámicas. Que existen porque hay experiencias compartidas más particularmente por unas que por otras; pero que enriquecen la totalidad de quienes están bajo esta carpa. La cual se evidencia sólo cuando, por las circunstancias que sean, se señala a un enemigo —fenómeno natural o producto de los humanos— que amenaza su estabilidad y existencia. Y esto es nuestro país, España: un conjunto de ciudadanos iguales en derechos y obligaciones independientemente de dónde vivimos, nacimos o muramos.

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Visto desde esta perspectiva, ¿qué nos ha podido pasar para que tras el período de esfuerzo y trabajo colectivo que se inició en 1976-77 nos veamos transitando por esta situación anómala en los países de nuestro entorno democrático? ¿Qué puede haber en nuestro reservorio colectivo que periódicamente cuestione todos nuestros éxitos y progresos, que los hay? Ronda un espíritu hipercrítico —con dosis destructivas— que no nos permite estar satisfechos y orgullosos de nuestros avances y desarrollos; como sí sucede en los países de nuestro entorno. ¿Será que hay un superyó colectivo vinculado a un ideal inalcanzable y siempre frustrante de lo que debe ser un grupo grande? ¿Será eso lo que alimente la crítica interna, la devaluación de todo lo que hacemos por exitoso y rico que sea? Llama mucho la atención el cuestionamiento de la validez de nuestra democracia —con todas las imperfecciones de todo lo que hacemos los humanos— comparándola con un ideal que, por definición, nunca se alcanza. No hay democracia perfecta y por lo tanto, la nuestra es perfectible. Lo mismo sucede en la valoración de muchos de nuestros desarrollos —los de la psicoterapia grupal, por ejemplo—, cuando lo que se hace en otros países no es más (incluso menos) de lo que hacemos aquí.

Pensamientos de tipo regresivo que nos llevan a considerar que quienes constituyen un subgrupo son más que los que constituyen los otros. Esa cosa que nace de profundos sentimientos de envidia y rivalidad que, en ocasiones, se transforman en odio. Y esto, astuta, mezquina y taimadamente activado por algunos de nuestros representantes políticos, quienes aglutinan (idealización mediante) los lazos de identificación en torno al líder; como muy bien nos
recordara Freud.

Retomando a Volkan de nuevo, tendríamos que pensar que todo esto proviene de tiempos viejos, de años de dictadura y de una guerra civil —es decir, entre nosotros— previa; que prosiguió con casi cuarenta años duros y tensos; ¡incluso hay quien lo remonta más atrás aún! Ahora hay quienes reactivan ofensas pasadas, mitificadas, alterando la lectura de hechos sucedidos hace cientos de años, edificando mitos inexistentes que sirven para enfrentarnos y, lo que es peor, instruyendo a los más jóvenes y utilizando el dinero de todos para ese fin. ¿Vamos a seguir con los errores de nuestros antepasados, repitiéndolos? ¿Y los nuestros? Quizás uno de nuestros mayores errores haya sido considerar que la Democracia se daba por el mero hecho de proclamarla. Sí, nos pusimos de acuerdo en el redactado de una Constitución y su aprobación posterior, 1978; pero no bastaba con eso. Todos hemos sido cómplices —en el silencio, el oportunismo y la dejación— de unos dirigentes que han pensado más en sus propios bolsillos y en ocupar las butacas del poder que en el grupo grande formado por todos. Nuestra pasividad y sometimiento herederos de años de dictadura nos distanció de algo básico: la exigencia de responsabilidades y asumir las propias.

Hemos hecho dejación de exigir que tanto los responsables públicos como el conjunto de ciudadanos, esto es, nosotros mismos, alcancemos el reconocimiento de ser demócratas; que no deja de ser una constante coconstrucción. De trabajar en la construcción una sociedad de hombres libres e iguales y no delimitar zonas de privilegios diferenciados. De permitir y tolerar que cada uno fuese libre a su manera sin caer en la cuenta de que todos formamos parte de ese proyecto llamado España; palabra no pronunciada ni por la izquierda ni por la derecha. Unos por complejo, otros por culpa.

En nuestra actitud pasota, hemos tolerado —por miedo— la instalación de un pensamiento tan relativista que cualquier cosa que sucedía podía tener una justificación y, por ende, no era criticable. Parece que solo somos capaces de ponernos las pilas ante situaciones de extrema gravedad como los atentados de ETA, el primer golpe de Estado que sufrimos encabezado por Tejero, el atentado de Atocha, y ahora el golpe de Estado a cámara lenta en Cataluña —que todavía no ha acabado; es más se perpetúa— y que ha conseguido dividirnos y fragmentarnos. ¡Cuánto daño se ha hecho! ¿Precisamos de un algo externo contra lo que luchar para ver lo que nos une?

En un articulo publicado por esta revista, Malcom Pines hablaba del peligro que encierran los «ismos». Ciertamente, la mayor parte de los «ismos» suponen una exaltación narcisista de algún aspecto de nuestra realidad social. El engrosamiento de un aspecto del Yo colectivo. Manuel Castells explica perfectamente cómo se modela la mente de las personas mediante el uso de las redes sociales. En su demostración se sostiene en los avances de Damasio sobre las modificaciones neuronales y las consecuencias que tiene en los cambios en el comportamiento humano. La neurobiología actual describe el carácter modelable de nuestro cerebro, bien por acción de la psicoterapia o por la del uso de los medios de comunicación social. En nuestro caso, el uso perverso de cantidades ingentes de dinero desde hace algo más de cuarenta años que ha sido destinado, céntimo a céntimo, en la construcción de una grieta social de cuyas dimensiones ahora sólo atisbamos algo; grieta que ha conllevado un adoctrinamiento silente, lento, aparentemente benévolo de varias generaciones de personas. Y junto a ello, la fractura de un grupo grande —no solo en Cataluña— en la que nos colocamos unos y otros a cada lado de la línea trazada con nocturnidad y
alevosía; o nos colocan.

Se han roto familias, amistades, proyectos. El daño está hecho y sigue. Porque más allá de los esfuerzos —acertados o no— por reconducir la situación política, la fragmentación requiere más de una generación para subsanarla levemente; atenta y dispuesta a ser reactivada en cuanto aparezcan personas dispuestas a utilizar los sistemas descritos por Vamik Volkan: búsqueda de la herida de un pasado remoto para poderla idealizar y utilizar; designación de un enemigo causante de todos los males; utilización del lenguaje, la cultura y el folklore, y los medios de comunicación para reorientar las mentes de los ciudadanos; y mitificar lugares geográficos con los que poder justificar la necesidad de revertir la situación y «ser libres».

Sorprende (quizás no) que los propios interesados en recomponer lo roto no sean realmente conscientes de la tarea ingente que supone todo proceso de reconciliación entre grupos humanos. Hay una visión ingenua, o perversamente interesada, en creer que eso se arregla en un abrir y cerrar de ojos. La negación del daño es el mayor peligro que no acecha. No somos conscientes que los daños sociales se transmiten de generación en generación; y que se tardan muchas en reparar lo que con tanta alegría se rompió.

Y en esta tesitura aparece este número de esta revista. Ha costado mucho concluirlo. Más de lo esperado. Hacía tiempo que tenía ganas de dedicar un esfuerzo en el tema que abordamos: Grupoanálisis y la prisión. Saber que quien ha llevado el peso importante de la misma comenzó a trabajar en este campo, me acabó de animar. Francesca Spanò es una buena amiga a la que conocí hace muchísimos años. Un encuentro casual cuando estaba ya casi a punto de regresar a su país, Italia. Desde entonces su esfuerzo por arraigar, por trabajar, por seguir formándose ha sido ingente. Y en eso ha tenido mucho mérito. Así
que le sugerí este número. Y ahí su resultado.

Es cierto que desde una perspectiva los muros de la prisión hablan del fracaso del grupo grande social. De la enorme dificultad de dar cabida en su seno a quienes por las razones que sean, rompe con las normas con las que nos sostenemos. En unos casos la confusión que pueden presentar quizás requiera de grados de contención muy rotundos. En otros casos, las importantes dificultades para reconducir sus impulsos destructivos o sus elevados niveles de desarraigo les conducen a chocar frontalmente con sus conciudadanos. O problemas heredados de sus familias que no han encontrado otras formas de vehicularse sino mediante la transgresión de la ley. Pero en cualquier caso, no deja de ser una experiencia en la que la fractura de la identidad precisa de una nueva —pasajeramente nueva— como fórmula de supervivencia. Y en la que emergen nuevas formas de relacionarse en las que la agresividad, el sometimiento al otro —no solo a la estructura sino al compañero— determinarán las formas de relacionarse una vez concluido el período de encarcelamiento.

Encontraréis en él unos pocos trabajos —no hemos sido capaces de encontrar más colaboradores— y, sobre todo, el esfuerzo de varios profesionales que han abierto un nuevo camino a explorar: la aplicación del grupoanálisis como forma de ayuda a personas que están en prisión. No hay tantos trabajos publicados sobre ello desde nuestra perspectiva grupal. Por esto, los que podréis leer tienen un mérito especial: ser pioneros en este esfuerzo.

Disfrutad del número como lo disfruté al leer los primeros borradores.

Índice
  • PETER WILSON. … 9

    Derribando muros.
    El grupoanálisis en prisión.

  • GRISELDA VILAPLANA BILBAO, XAVIER CELA BERTRÁN. … 27

    Radio Chiringuito.
    Pedagogía y salud mental con jóvenes en situación de encierro.

  • MARIBEL SÁNCHEZ NAVEROS. … 39

    Escuchando el silencio.

  • ORIOL TORRENTS, RAÚL JIMÉNEZ. … 49

    Aspectos beneficiosos de la aplicación de un Grupo Multifamiliar en prisión.

  • FRANCESCA SPANÒ. … 61

    Elementos antigrupales de un grupo psicoterapéutico en institución penitenciaria.

  • ALESSANDRA STRINGI. … 73

    Traumas infantiles, drogodependencia y regulación afectiva en un grupo analítico en ámbito penitenciario.

  • JOSÉ MIGUEL SUNYER. … 93

    Terminología de psicoterapia de grupo: Interdependencia.

  • JOSÉ MIGUEL SUNYER. … 89

    Libros que ayudan a pensar: Nick Barwick; Martin Weegmann. (2018). Group Therapy. A Group-Analytic Approach. London. Routledge.

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