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Lunes, agosto 21, 2017
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Frustración y enfado 

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De cómo los profesionales también nos enfadamos
Sunyer, J.M. · 08/01/2010
Fuente: Cuadernos de Bitácora
Un 13 de Octubre día de San Eduardo, nos pusimos a reflexionar sobre cosas que ocurren en la relación; sobre todo a raíz de un enfado. Y me acordé de un texto de Winnicott que siempre me ha llamado mucho la atención. Eso nos permite pensar sobre determinados sentimientos que nos asustan, pese a tenerlos.

Frustración y enfado: partes integrantes del trabajo de los cabreólogos.

Enfado. Esta es la primera idea que me viene y que aflora de mis dedos. ¿Y eso?, me pregunto. ¿Los psicólogos nos enfadamos? La verdad es que cuando siento estas cosas no puedo dejar de pensar en Winnicott. Tiene un trabajo de 1947, o sea hace sesenta y dos años en el que afirma al hablar de algo de la relación con los pacientes. “Por mucho que quiera a sus pacientes, el psiquiatra no puede evitar odiarlos y temerlos, y cuanto mejor sepa esto, menor será la incidencia del odio y el temor en su conducta respecto de los pacientes” (1999:264). Os recomiendo la lectura de este trabajo ya que cuando alguien bastante más capacitado que yo señala estas cosas me permite pensarlas de otra forma.

Podríamos pensar que los profesionales no tenemos o no debemos tener estas cosas. Pero creo que eso no sólo es mentiros sino que supone una negación flagrante de la realidad. Negarla no nos permite asumirla y, por lo tanto, no nos ayuda a realizar nuestra tarea de forma constructiva. Y es que los sentimientos de amor y de odio están siempre presentes en nuestras relaciones con cualquier persona. Cierto que suele predominar uno, pero eso no significa que el otro esté presente. Amor y odio forman un tándem que no podemos separar; es más, posiblemente no debamos separarlos. Y como está en todas las relaciones deberé pensar que también está en esta, en la que tenemos entre nosotros, en la que tengo con vosotros y vosotros conmigo.

Cuando hablábamos del tema (ya sabéis que no me gusta dejar las cosas en el retortero) uno de vosotros dijo algo así como “uno debe ver qué cosas pone en la relación para que pase eso”. Frase evidentemente acertada y que me ayudó a pensar en mis propios enfados, en los previos al encuentro con vosotros. Muy posiblemente haya un aspecto que no nazca en la clase sino que provenga de otros ambientes. O sea que posiblemente en mi enfado se junten otros enfados. Cierto que cuando usamos las palabras a veces suenan como muy intensas, como repletas de algo que posiblemente no se ajuste exactamente a las palabras que utilizamos. Podríamos hablar de cabreos, de enfados, de rabias, de odios… o de molestias, o frustraciones, decepciones, desencantos…

Durante estos días estuve pensando en lo que os iba a proponer. Justamente había pensado que una posibilidad era la de establecer una conversación para que, y a través de ella, pudiésemos (pudieseis) ver cómo a través de una charla “de café” uno puede ir obteniendo una gran cantidad de información. Sabía que el capítulo de hoy era denso, duro. Y pretendía ofreceros algo para poder pensar sobre ello. Y ciertamente me sentí mal. No sólo por mí sino por quienes se habían animado a ser voluntarios en el juego. Cierto que muchos de vosotros tratabais de prestar atención. Otros lo interpretasteis como si estuviera pasando el rato charlando con tres voluntarios… sin más. A pesar de los esfuerzos por obtener la atención no parecía que lo que habíamos comenzado a hacer interesara a muchos. Intentaba seguir la conversación con la esperanza de que aquellos que no veían que estábamos trabajando, se dieran cuenta. Al final opté por no presionar más a quienes voluntariamente se habían prestado a trabajar, y di por concluido el esfuerzo.

Podríamos pensar que me frustré. Que mis expectativas se vieron frustradas y eso me dolió. Que posiblemente debiera habar anunciado más claramente el ejercicio. Que debiera haber recabado más claramente la atención a lo que iba a pasar. Pero creí que ya estaba claro que aquí venimos a trabajar. Por mucha charla de café que pueda parecer. Considerándolo desde este punto de vista nos ubicamos en la primera de las opciones teóricas que habíamos visto el día pasado. Se considera que el problema está situado en la cabeza, en la psique del paciente. En este caso, yo. Y ante esta situación los profesionales debemos intervenir de forma que el paciente, o sea el profesor, modifique sus pautas de conducta, o replantee los elementos cognitivos que le llevaron a pensar lo que pensó (algunas de las cosas que he dicho en el párrafo anterior o al inicio de este) para que la próxima vez no se frustre, o para que desarrolle nuevas habilidades. Si lo llevamos un poco más allá, seguramente esa frustración, ese enfado que expresó se debiera a un desplazamiento de otros enfados (los que puedo haber traído de otros ambientes) o que (o y que) se correspondan a frustraciones más elementales derivadas de algún conflicto similar al tenido hoy. En este caso si el paciente, o sea yo, pudiera ir deslindando la situación creada en el aquí y ahora de aquellas otras creadas allá y entonces, la consecuencia es que mi frustración no sería tal y mi enfado sería menor.

Si nos pusiéramos en el segundo de los tres modelos, el enfado posiblemente tenía que ver con que algo de la dinámica que se dio guardaría relación con las dinámicas de ese profesor en esos otros ambientes… ¿Y si nos ponemos en la tercera?

Cuando pudimos hablar un poco de lo que había pasado, cuando nos pusimos a pensar en lo que había pasado, ¿qué apareció? Por un lado la idea o la fantasía de que se trataba de justificar o de señalar quien era el causante del desencuentro. Afortunadamente no seguimos por ahí ya que no nos llevaba a ningún lugar. Y lo que hicimos fue comenzar a rescatar frases que habíais podido escuchar y que habían aparecido en la conversación que el profesor tuvo con los tres voluntarios. Frases como: “parece una charla de café”, “estamos en nuestro primer año de psicología”, “qué se viene a hacer aquí”, “es mucho contraste entre el cole y la universidad”, “estamos desubicados”, “nos estamos ubicando tras el puente”… y os propuse que buscaseis paralelismos con nuestra experiencia lectiva. Y a través de esta búsqueda de paralelismos, encontrasteis unos cuantos. Eso, ¿qué os dice? Os toca a vosotros seguir por ahí.

Por otro lado, ¿qué hicimos? De entrada poner el enfado, parte del enfado, sobre el tapete. Somos cabreólogos, os dije. O sea, técnicos en cabreos. Y a partir de poner el enfado sobre la mesa, comenzar a hablar y sacarle jugo a la situación creada. Siempre, siempre, en toda situación humana y en especial en las psicoterapéuticas, hay elementos suficientes como para enriquecer momentos que parecen ser nefastos. Y muy posiblemente mi enfado sea parte de vuestro enfado por el descoloque al que os someto. Ahí están las frases para pensar sobre ellas.

Un saludo.

Dr. Sunyer

El planteamiento es muy sencillo. La clase es un espacio en el que estamos muchas personas, como 50 o más.Uno puede considerarla desde diversas posiciones, pero personalmente prefiero pensar que estoy con un grupo. No ante un grupo sino en él. Este conjunto de personas que lo constituimos establecemos inevitablemente una serie de interdependencias, vinculantes muchas de ellas, que determinan no sólo la atmósfera grupal sino la manera de relacionarnos y los sentimientos que se derivan de todo ello. Cierto es que dado que trabajamos unos textos determinados, hay muchos elementos que se activan a través de la lectura de los mismos. Y la experiencia me indica que esos mismos elementos se activan también en las relaciones que establecemos en el grupo. Estos escritos son las reflexiones que desde mi puesto de conductor de ese grupo van aflorando en mi mente y que sirven, eso espero, de reflexión y de trabajo complementarios a la asignatura.

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