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Martes, noviembre 21, 2017
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6. Fenómenos que aparecen en el transcurso de un grupo 

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Resumen. En este escrito aparece un popurrí de fenómenos que emergen de la situación grupal. De esta forma nos paseamos por la confusión, el inconsciente social, el espejo organizativo, la formación del conductor, la imagen especular, la comunicación y la confianza, todos ellos fenómenos que provienen del propio grupo. 

Palabras claves: confusión, inconsciente social, espejo organizativo, formación, expectativas, imagen especular, confianza, pensamientos grupales.

Confusión

El día fue más tranquilo. Posiblemente parte del susto de los primeros días se haya relajado y la confusión que reinaba ha comenzado a menguar. La confusión, este estado en el que las cosas andan revueltas, muy revueltas, y en el que es difícil saber qué es qué en cada momento, parece que va remitiendo. Comenzamos a saber más nuestros nombres y echamos en falta a personas que estuvieron el primer día. Y, en lógica correspondencia, somos más conscientes de que estamos los que estamos. Es más, comienzan a haber pequeños lazos que permiten pensar que aquel estado inicial al que podríamos bien calificar de agrupación de personas, ahora puede comenzar a llamarse grupo.

Confusión es un término que parece estar relacionado (habría que consultar con el diccionario etimológico) con la idea de fusión en común. Es un estado psíquico (también social) en el que parece que los elementos rectores o los que ordenan una situación han desaparecido o no se perciben. Aparece con más frecuencia de la que nos imaginamos y, los inicios de un desarrollo grupal suelen estar plagados de eso. A menos que estructuremos mucho el grupo, establezcamos unas pautas muy claras, digamos de qué se debe hablar…, si no aparecen estos elementos que parecen enmarcar la experiencia, el individuo se confunde. No tiene por qué ser preocupante si el conductor sabe de qué va el tema y si no se confunde él.

Pensad en los dos extremos de un movimiento pendular que es en el que normalmente nos movemos los humanos: por un lado la fusión y en el otro extremo, el aislamiento. Pues bien, la confusión suele corresponder a ese primer tiempo en el que no sabemos qué hacer, cómo se llama el compañero, ni de qué hablaremos o qué nos preguntarán. Este momento es duro y la confusión no siempre se lleva bien. ¿La alternativa? Tratar a los adultos como a niños, como si estuviésemos en el colegio y diseñar la actividad de forma que no haya libertad. Pero es que en un grupo debemos aprender a funcionar con libertad; y más en las experiencias como las que estamos teniendo.

Recordad aquella fantástica situación familiar que describió una compañera y en el que había una silla que representaba a los elementos administrativos, el caos administrativo. Así el grupo se inició igual. Los componentes organizativos, administrativos estaban muy presentes. ¿Qué es lo que había incidido? Fundamentalmente, el hecho de cambiar la fecha del próximo encuentro por razones político-económicas. Esto nos recuerda dos cosas: cómo lo social siempre está presente, y cómo las alteraciones en la estructura acaban generando confusión en las personas. Y como cualquier grupo que se constituye participa de los elementos del contexto social en el que se desarrolla, cuando en ese contexto hay alteraciones que inciden en el funcionamiento habitual, la confusión entra.

Un autor, Pat de Maré, bautizó como transposición esa penetración de lo social en el grupo, condicionándolo. Y como todo grupo está constituido por una selección de personas que están en la matriz social, lo que sucede en esa matriz queda incorporado a la dinámica del grupo. Es impensable, por ejemplo, que si hay una huelga ese hecho no condicione la dinámica de los trabajadores de un lugar (y si encima el lugar de trabajo está articulado con la política o la administración, más). Por esto, atribuir ese malestar, ese estado de confusión a las personas del grupo sería un error: viven y padecen lo que sucede en la calle. Y eso es transportable a cualquier otro lugar: a la escuela, la familia. Las tensiones sociales penetran en la vida de los individuos afectando a las dinámicas de los grupos que constituyen estas personas.

También aparecía otro elemento importante a tener en cuenta: las diferentes “capas” o “estructuras” con las que un grupo o una situación se encuentra envuelto. Volvió a aparecer en aquella situación familiar para nosotros en la que los diferentes profesionales que intervenían en la complejidad del caso que se presentó, tironeaban cada uno de ellos en direcciones diversas provocando una cierta locura en las personas objeto de intervención. Y esto no sólo porque no había un punto de referencia fijo y estable en torno al que pudiera girar todo y poder pensar sobre lo que ahí sucedía, sino porque estos profesionales reflejaban una situación social en la que no se veían como grupo sino como individuos aislados. Así lo que lo que hacía uno, el otro lo deshacía. Esto me lleva a pensar en otro elemento: el espejo organizativo.

El espejo organizativo

Nitsun, en 1996 publicó un par de trabajos sobre lo que el bautizo como “espejo organizativo”. La idea es simple. Todas las personas cuando nos relacionamos con los demás reflejamos aspectos del otro: es decir, somos un poco espejos de él. En las organizaciones, los diversos grupos que las constituyen forman como “capas” que están en relación unas con otras. Por ejemplo, el grupo de personas que están en “personal” forman una capa diferente de las que son “bedeles”, o “profesores” o “administrativos”. Cada uno de estos grupos también refleja aspectos de los otros grupos. Esto hace que las problemáticas que emergen en uno de estos sectores acabe siendo reflejado en el funcionamiento de los demás. Y en la medida que hay una jerarquización de estos subgrupos, se da una transmisión de menos a más y viceversa, de las problemáticas que afectan a los grupos extremos.

Además, entre los grupos se dan tensiones que guardan relación con las evoluciones, las antigüedades, los derechos y las diferencias salariales de sus miembros. Eso hace más compleja la realidad de cualquier organización, incluso una académica o lectiva como esta. Esto se veía de forma clara cuando aparece una información respecto al “segundo nivel”.

En efecto, a raíz de la satisfacción de muchos de los alumnos comienza a barajarse la posibilidad de construir un segundo nivel formativo para aquellos que quieran un poco más de información sobre esto, lo que sugiere que podría haber un primero y un segundo. Pero además, como en caso de darse antes debe ser aprobado por el organismo correspondiente, por las personas que lo constituyen, aparece una idea persecutoria ¿cómo conciben este segundo nivel los responsables administrativos que constituyen esta capa que nos debe protege y contener? ¿Esa forma de entenderlo, va a repercutir en el funcionamiento de algunos aspectos del grupo en el que estamos? Por ejemplo, la sola idea de tener que correr para apuntarse y que no entren personas que no han participado en la creación de este primer nivel, añade un nivel de tensión que no tendría por qué estar. Creo que esta situación se puede trasladar fácilmente a otros escenarios más conocidos por vosotros.

El Inconsciente social

El inconsciente, sea el social como el individual o el grupal no es una cosa concreta, delimitada y del que sabemos su contenido. No, precisamente por eso es inconsciente que significa que no está en nuestra consciencia. Es decir, que ahí anda pero que no tenemos ni idea que está hasta que comenzamos a descubrirlo y ver su incidencia. Estas cosas como lo del funcionamiento en espejo, son elementos que en tanto que no son conocidos forman parte del inconsciente. Es decir, todo lo que no conocemos pero que afectan el funcionamiento del grupo son los elementos que constituyen esto que llamamos Inconsciente. Es decir, el inconsciente grupal es todo aquello que está pero que al no pasar por la corriente de comunicación entre todos nosotros es como si no estuviese. Pero al estar, afecta. Y cuando podemos mencionarlas, cuando estamos en disposición de ponerles nombre, comienzan a dejar de ser inconscientes, claro. Y de momento ya sabemos dos de sus componentes: el de la importancia de las estructuras (sobre todo en contextos grandes) para evitar la confusión de sus miembros, y la del funcionamiento especular.

Y es que siguiendo la terminología de Freud podemos decir que todo grupo dispone de dos componentes psíquicos: el consciente que sería el real, el que vemos cada momento, el que podemos valorar, medir, modificar a nuestro antojo, y el inconsciente. Por lo general en lo que todos nos fijamos es en eso, en lo real, lo consciente. Sobre él confeccionamos encuestas, cuestionarios, tablas que miden todo lo que queramos medir. Lo que sucede es que si sólo miramos eso es como si cuando vemos un iceberg, como sólo vemos la parte que sobresale del agua, pues pensamos que ahí acaba todo. Pues de la misma forma que en el iceberg lo que sobresale es la 3/11 parte (creo recordar) de su masa total, los elementos inconscientes representan la mayor parte de todo el conjunto de elementos de la vida psíquica. Y tienen la propiedad (como en el caso del iceberg) de tener más influencia sobre lo real que al revés.

¿Y qué hay ahí? Miles de cosas que van apareciendo poco a poco. Algunas de las que vamos conociendo son aspectos de lo institucional que afectan al funcionamiento de las personas que estamos aquí. Otras, con los afectos que se mueven, las complicidades, las lealtades, los tabúes, los… Otros tienen que ver, por ejemplo, con los miedos que nos embargan. ¿Pero cuáles son y qué hacer con ellos? La cuestión es cómo se abordan estas cosas para poderlas desvelar y, en la medida de lo posible, controlar.

La formación del conductor

El conductor de todo grupo es un punto de referencia sobre el que llueven una serie de proyecciones, idealizaciones, etc., solo por el hecho de ser ese conductor (o líder). No es que las busque, le llueven. Aunque en algunos casos buscan su potenciación (caso de sectas y determinados grupos políticos), lo normal es que el conductor se ponga al servicio del grupo. Pero ello conlleva un ejercicio: el tener la conciencia de qué es lo que se le deposita y diferenciarlo de lo que él desea y puede hacer. O no hacer. Eso exige formación personal de forma que esté en sobreaviso de lo que puede suceder y no caiga en una confusión creyendo que sus propios deseos son los del grupo. Y muchas son las cosas que se activan, por ejemplo, los miedos.

Los miedos como muchas otras cosas no son elementos meramente cognitivos. Son aspectos afectivos que atrapan más allá de lo que podemos conocer. Vayamos a unos cuantos de ellos que saco de mi propia experiencia como conductor en este grupo y así nadie puede sentirse aludido: ¿cómo digo las cosas de forma que sea entendido? ¿Cómo sé que lo que me entendéis va a ser bien recibido? ¿Cómo llevo aquellas cosas que no sé cómo son entendidas por vosotros? ¿Qué hacer ante algunas miradas que parecen indicar una cierta desaprobación de lo que dije o del cómo lo dije? ¿Cómo encaja mi manera de ser y de actuar “poco de aquí”? ¿Cómo encajaré las posibles desaprobaciones de mi tarea docente? Y creo que podría seguir bastante más. Pero como no creo ser muy extraterrestre, pienso que muchas de estas preguntas también os las hacéis. Esto me permite pensar en otra cosa, ¿hasta qué punto lo que todos decimos tiene algo de “portavoz” de lo que otros piensan o sienten? El fenómeno especular vuelve a estar entre nosotros.

Todas estas cosas y otras muchas más, al no formar parte de la corriente oficial del pensamiento del grupo, es decir, al no haber sido suficientemente explicitadas (algunas sí, claro), forman parte de eso que llamaremos inconsciente grupal. Es decir, todas aquellas ideas que están en nuestra mente, todas aquellas conversaciones, comentarios, opiniones… que aparecen en los pasillos y que no forman parte de la corriente del pensamiento del grupo, constituyen parte del inconsciente grupal. Pero también hay más cosas, por ejemplo, fantasías. ¿Acaso no lo era aquella idea de “vaca lechera” que se nos ocurrió el primer día? O la metáfora del “hachazo”, es decir, el de la interrupción súbita de una relación. Y como ésta muchas otras más que tienen que ver o con el funcionamiento del grupo como totalidad o con el de algunas personas respecto a otras, o…

Y qué hacemos con aquellos pensamientos de tonalidad paranoide por los que “pienso que tú piensas…” o aquellos otros que apuntan a “no quiero que sepas lo que pienso por si las moscas”, o “me da miedo decir nada porque lo que yo pienso no tiene valor” o “a quién le importa lo que yo piense”, o… Algunos de estos pueden habitar las zonas de silencio. O la misma fantasía de “vamos a estar en silencio, ¡qué horror!”. Es decir, estas cosas que no podemos todavía poner en circulación por aquello de la vergüenza, por el qué dirán, por el…, todas estas cosas también habitan el territorio de lo inconsciente. Y en realidad se corresponden a muchos miedos innombrados que están presentes en todos los espacios en los que nos encontramos y en los que trabajamos.

O las razones por las que alguien se ausenta o deja de venir…

Como veis, el miedo es algo que está presente y más cuanto mayor es el tamaño del grupo con el que trabajamos. A mayor tamaño, mayor confusión, más miedos sobre el tapete, más ansiedad… Y ante ello sólo hay una receta: formación.

Comunicación y confianza

Pero tenemos una herramienta maravillosa y al tiempo que da miedo: el lenguaje. Los humanos somos animales que nos comunicamos permanentemente. ¡Vamos!, que no hay no comunicación. Es imposible. Y para ello utilizamos diversas vías, procedimientos muy variados para informar al otro de algo que nos pasa, o que percibimos, o pensamos o sentimos. Usamos el lenguaje verbal y el no verbal, claro. Pero en el no verbal hay que incluir absolutamente todo. En efecto, los sonidos, gestos, movimientos, silencios, etc., son mensajes que lanzamos a los demás, como lo son también un bostezo, un llegar tarde, un sentarme aquí y no ahí. Es decir, desde que somos concebidos estamos formando parte de una matriz de significados culturalmente predeterminados (pero al tiempo determinados por las personas que hemos constituido la sociedad y la cultura a la que estamos vinculados desde hace siglos). Todo tiene un significado; o varios. Por lo que todo puede ser interpretado según los códigos de cada uno y en función del contexto relacional en el que nos encontramos. O sea que tan imposible es no comunicar como no significar. Y por lo tanto es imposible no interpretar.

En efecto, todos interpretamos todo lo que hacen los demás e incluso lo que hacemos nosotros mismos. Interpretar significa, aquí, dar un significado según los esquemas que cada uno tiene de las cosas. Y es precisamente porque cada uno de nosotros interpretamos de forma diferente las cosas y las vivencias, que hay malos entendidos. Cada uno interpretamos las cosas según estos parámetros personales que provienen de nuestras experiencias a lo largo de los años de nuestra vida. Y de esto también tenemos miedo. Miedo de la interpretación del otro. ¡Pero si es imposible no interpretar! Ya, pero hay quien cree que si no dice nada, si permanece callado, no va a ser interpretado; visión un tanto ingenua ya que el otro interpretará como le dé la gana ese silencio. Y por esta razón es preciso ir construyendo márgenes de confianza. Sólo a partir de la confianza en el otro (y la del otro en mi) podré ir tolerando esa otra interpretación que el otro realiza de lo que digo, hago, callo… Y es por esta razón que es importante que los profesionales de la atención al otro estemos más preparados para poder interpretar lo que el otro emite tratando de acercarnos a una mayor objetividad del mensaje del otro: es decir, para que esté algo menos contaminado de mis propias interpretaciones. Y, sobre todo, para poder ir tolerando (esto está en el sueldo, reflejo de mi responsabilidad) las variadas interpretaciones que va a hacer el otro respecto a mi o al resto de los miembros del grupo.

Estas interpretaciones están teñidas por la historia personal de cada uno. Pero también por los tintes que nuestra profesión, nuestra preparación profesional, nos ha ido aportando. Y por el contexto en el que trabajamos. Lo que genera otro problema. Mi interpretación de los hechos como psicólogo es diferente de la de un asistente social, un trabajador social, un médico o un enfermero. Y es diferente también en función del género que tengo. Y del lugar del que procedo, y de la cultura familiar en la que fui construido, y… de las similitudes que encuentre con el paciente. Y estas cosas, más allá de ser la consecuencia lógica de eso que llamamos “deformación profesional” en ocasiones se utilizan como elementos que nos ponen a unos en contra de los otros. O dicho de otra manera: el uso de las diferencias para diferenciarnos. Y este elemento, por ejemplo, también está en la zona del Inconsciente grupal. Y esto se veía, por ejemplo, en el aumento de la temperatura grupal cuando apareció el etiquetaje: etiquetaje como forma defensiva de ver al otro. Nos etiquetamos, erróneamente, por lugares de procedencia, por maneras de vestir, por formas de hablar, por ideas y pensamientos que expresamos en confianza o relajo… Y en ese etiquetar va parte de nuestro malestar.

Una paciente me decía, “no puedo dejar de trabajar. Me paso el día haciendo cosas y no me permito ni tomarme un café porque pienso que estoy perdiendo el tiempo”. Hablando del tema comenta que su padre la valoraba por ser la “más trabajadora de sus hijos”, lo que parece jugó un papel importante en su desarrollo: tenía que mantener la etiqueta que le había puesto su padre. Eso es duro. Pero hay muchas etiquetas. Y socialmente ponemos más de las que debemos.

En un momento, alguien hizo mención de los esquemas que provienen de las fábricas familiares en las que hemos sido constituidos. Creo que ese esquema está formado por el conjunto de elementos del otro con los que nos hemos identificado y mediante los que hemos sido constituidos y que proceden de la filogenia: de generación en generación transmitimos aspectos parciales tanto normogénicos (saludables) como patogénicos (que pueden generar “enfermedad”). Esto nos lleva a considerar no sólo eso tan cacareado que se llama el determinismo psíquico, es decir, el grado de determinación por el que el individuo queda condicionado o atrapado por pertenecer a toda una cadena de elementos que se transmiten (y con sus significados), sino a entender que eso que nos pasa no es tanto “culpa” nuestra cuanto que es algo que proviene del entorno familiar que de forma involuntaria ha ido transmitiendo. Es decir, que eso de la culpa habrá que irlo considerando y restringiéndolo posiblemente más a la responsabilidad de nuestros actos que a la culpa por haberlos hecho. Si pensamos en la responsabilidad entramos en otro campo de relaciones interpersonales.

Imagen en espejo

Seguimos con el lenguaje. Os habréis fijado que cuando hice relación a los miedos que podía tener, dejé algunas palabras en bastardilla. Pero no fue por casualidad. Ya me conocéis y sabéis que por casualidad no suelo hacer o decir las cosas. Recordad algunas de las que puse, ¿a qué aluden? “ser bien entendido”, “ser bien recibido” “miradas de desaprobación” “Mi manera de ser”, “desaprobar”. Si recordamos, en el inicio del grupo se comentó algo en relación a la importancia de la figura materna en la constitución del bebé. La imagen que la madre devuelve al hijo tras todas y cada una de sus actuaciones es muy importante. Y en el transcurso de la conversación apareció el símil de si nos sentíamos bebés en el seno del grupo (fijaros qué palabra más bonita, consultad diccionario) y luego alguien habló de la figura del conductor como imagen paterna, materna… Esas palabras que señalaba tienen significado. Y desde la posición teórica desde y en la que me he formado, todo esto tiene un significado, cuanto menos, relacional. Y todo lo relacional tiene que ver con nuestras figuras parentales. Todo, absolutamente todo. Si leemos estos miedos desde este ángulo, ¿no os parece que la conversación del bebé, las figuras maternas y paternas, y el grupo tienen una lógica? El miedo o el temor a no ser bien entendido alude al temor a no ser entendido fundamentalmente por la madre y, posteriormente la pareja de padres. Fijaros que todas esas palabras describen el temor de alguien que actualiza, experiencia grupal mediante, temores que están en conexión directa con temores muy lejanos. Muy primarios.

Pero es que todos nos constituimos a partir de la imagen que el otro nos devuelve. Y cuando un miembro del grupo dice algo y percibe que no es aceptado, o ve caras de distanciamiento, lo que se reproduce en él son esas mismas vivencias en relación a sus padres. Y eso es muy duro. Porque si bien tenemos que ser capaces de vivir de forma más autónoma y por lo tanto menos dependiente de la valoración que hace el otro de nuestros sentimientos, ideas, proyectos y demás, no es menos cierto que esa valoración tiene un peso importantísimo en el desarrollo de ese Yo que precisa del otro para constituirse de forma autónoma. Y no es tanto que el otro me tenga que aplaudir constantemente (lo cual indicaría una debilidad importante en mi Yo), cuanto que preciso del reconocimiento de mi individualidad, de mis formas de hacer y proceder. Y ese reconocimiento viene, primero, de los padres y posteriormente del grupo familiar y de los grupos a través de los que me he ido constituyendo. El espejo debe poder reflejarme de forma que pueda ser reconocido a través de él.

Dicho de otra forma, el grupo, la relación que cada uno establece con el conjunto de personas que constituyen el grupo, actualiza temores muy arcaicos que a todos nos atenazan. El poder pensar eso nos da una nueva clave como profesionales de lo grupal: cuando estamos en un grupo, activamos un escenario que va a favorecer la emergencia de temores muy importantes y de los que no tenemos ni idea; pero que nos asustan lo suficiente como para ser reacios a meternos en él. Es decir, cuando nos encontramos con resistencias a participar, a vincularse, a comprometerse, a…, eso no es porque “el otro no quiere”, sino porque percibe (sin darse cuenta, claro) la activación de temores y fantasías a ellos asociadas suficientemente potentes como para evitar la participación en el grupo. Conocerlos supone un paso más para comprender qué le pasa al paciente cuando le proponemos trabajar en un grupo. Y representa una razón como para poder ir paso a paso amortiguando temores que por sus raíces son poderosos, y en muchos casos, han resultado traumáticos.

Muchas gracias

Dr. Sunyer

Los comentarios se refieren a las sesiones que he realizado con los profesionales que han acudido al curso que organizó la Diputación de Barcelona.

 

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