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Martes, octubre 17, 2017
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Extracto para el curso Introductorio Madrid 2015 

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A modo de introducción

Extracto para el curso Introductorio Madrid 2015

Las páginas que siguen van dirigidas a todos los que se dedican a la Asistencia en Salud Mental y de forma especial a los que, además, les gustaría trabajar en grupos o con grupos, independientemente de su titulación o grado de responsabilidad. Pero también están pensadas para quienes estén interesados por lo grupal en el sentido amplio y por la psicoterapia de grupo de forma particular.

Pretende ser un discreto diálogo entre quien les escribe y quienes se animan a leerme. Diálogo complicado ya que, per se, es imposible: nunca quien escribe puede establecer realmente un intercambio de ideas entre quien lo lee y él mismo. En realidad, todo escrito es una conversación consigo mismo, por mucho que se disfrace de otra forma. Para ello debo de imaginarme al lector o lectores, ponerme en su piel y, desde la experiencia que he podido ir acumulando hasta la fecha, tratar de responder lo mejor posible a algunas de las más frecuentes preguntas que nos hacemos ante el hecho grupal; y más concretamente ante la psicoterapia de grupo en general y grupoanalítica en particular.

Sé muy bien, querido amigo, que a partir del momento en que comienza a pasear sus ojos, su mirada, por las líneas que contienen parte de mi pensamiento, éste deja ya de pertenecerme para pasar a ser de su propiedad. Y sé que lo puede leer con intereses muy variados, muy diferentes a los que tengo en el momento de sentarme ante el ordenador y teclear mis ideas. Sé que en toda lectura leemos aquello que en aquel momento podemos leer. Al menos es lo que me ha sucedido con frecuencia. En muchas ocasiones, no todas las que hubiera deseado, he releído textos de los diversos autores que me han llenado con sus aportaciones. He tenido la costumbre de subrayar aquello que en el momento de la lectura me parecía una idea fundamental, y esta práctica la he llevado a cabo siempre – también en las relecturas- o de anotar al margen alguna referencia clínica que aquel texto me refrescaba. Y de ahí mi asombro: aspectos que me habían parecido básicos en una primera lectura, no me lo parecían tanto, en las segundas o terceras; e incluso habían perdido su relevancia, y aquellas que pasé por alto por creerlas banales o no verles el qué, ahora me parecen fundamentales. ¿Qué sucedió? El texto no cambió, esto lo puedo asegurar. Aquí el único que cambió fue quien leía y subrayaba el texto: debe ser que el tiempo, las experiencias profesionales y personales que nos vienen adosadas, condicionan lo que leemos, peculiarizan la escucha de cuanto nos dice un paciente y, en consecuencia, modifican las ideas que el mismo autor había escrito. Quizás ahí está un aspecto del diálogo que uno tiene con los textos. Señala Norbert Elias que el coloquio que aparece en la lectura no es más que una interiorización de la conversación con los demás. Posiblemente en estas páginas pueda darse esa interlocución con aspectos de uno mismo.

Hay otro aspecto del diálogo que está en mí, me pertenece. Cuando trato de imaginarle no dejo de pensar en quienes he conocido a lo largo de los años de trabajo de grupo. En unos casos se trataba de profesionales interesados de forma concreta por lo grupal, que llevaban o conducían grupos de diversa orientación y objetivos, y que estaban introducidos en la lectura psicoanalítica. En otros casos, eran profesionales que, o no habían tenido una experiencia muy próxima con lo grupal o que incluso si la habían tenido, les resultó decepcionante. En este último caso, sé que la lectura de lo que puede ir apareciendo a continuación es compleja. Compleja porque la experiencia personal les puede haber puesto a la defensiva o habrá generado la suficiente precaución como para mirarla con un cierto recelo y temor o incluso pueden tener la opinión de que hay una cierta falta de criterio o de entidad científica. De hecho, ya lo anuncio en este momento, no existe una teoría de la terapia y de la psicoterapia de grupo definitivamente consensuada como modelo único y excluyente. Tantas son las aportaciones y tantas las posiciones desde las que se escribe, que uno acaba creyendo que no hay nada. Eso no es cierto, aunque sí que la heterogeneidad impera en lo grupal. En este momento recuerdo el comentario que hace Nitsun, M., (1996), cuando compara la teoría grupal con el cuento “El traje del Emperador” al que todos los adultos veían vestido cuando en realidad iba desnudo.

Se puede entender que para quienes no estén muy avezados en el tema, hablar del grupo puede resultar complejo. Incluso, cuando se le propone a alguien participar de una experiencia de este tipo, creo descubrir un cierto temor ante lo que significa la idea de participar en una psicoterapia así; sobre todo si tal concepto se convierte en algo que, en la mayoría de los centros de salud mental, pretende desarrollarse como “instrumento terapéutico”. Terapéutico en dos sentidos: uno, el de ayudar a los pacientes a desarrollar fórmulas de relación con el resto de sus semejantes que les evite la utilización de “recursos patológicos o patogénicos” para sentirse vivos en dichos contextos; y el otro, de ayudar a los profesionales a realizar su labor asistencial de manera más provechosa no sólo a efectos terapéuticos sino como fórmula para incrementar la eficiencia y eficacia de la labor asistencial. No obstante, es cierto que en muchos casos se presiona para que se trabaje en grupo sólo por razones económicas: en estos casos, los grupos suelen acabar fracasando porque estos criterios no van en la misma dirección que los terapéuticos; lo malo es que eso tiene consecuencias negativas tanto para nosotros, los profesionales, como para los pacientes.

Y para aquellos que ya saben de grupos, desearía que el volver a pensar sobre ello pudiese serviles para seguir dándole vueltas a ese “objeto de estudio” en el que a la postre estamos todos involucrados desde, incluso, antes de nacer. Desde luego es más fácil hablar de individuo porque lo vemos habitualmente como “Homo Clausus” (N. Elias), porque el grupo no es “indiviso” y por lo tanto, es difícil entenderlo como “algo real, objeto limitado por una membrana separadora”. Nos resulta mucho más cómodo pensar en las características supuestamente “objetivables” de un ser que queda delimitado por su piel y que nos da una idea de unidad, independientemente de que la posea o no y, por lo tanto, bastante más incómodo tratar de comprender a una configuración orgánica desde la perspectiva de “Homines aperti” (N. Elias). El grupo es más complejo. No deja de ser, o quizás no es otra cosa que un entramado de relaciones dinámicas entre sus integrantes, que le dan una entidad mucho más difícil de abarcar que la de un solo individuo. Pero, esas relaciones, ese entramado, existen al mismo tiempo que existe el individuo. Es decir, grupo e individuo son dos versiones de una misma realidad. El individuo no deja de ser una configuración de elementos que se constituye en relación con los de más, con las configuraciones que le rodean y su salud dependerá del equilibrio que alcance, tanto interno como externo.

En la historia de la humanidad, aquello de lo que primero se tiene conciencia es de la grupalidad, aunque no como concepto sino como realidad cotidiana. El ser humano, desde la noche de los tiempos, está, pelea y vive en grupos, organiza su supervivencia, su poderío, su desarrollo, en grupos. Grupos que son la base de su propio desarrollo, grupos que sostienen el desarrollo de sus componentes, grupos que han facilitado y posibilitado el desarrollo de la humanidad. Y no es hasta el Renacimiento, en nuestra cultura Occidental, cuando se produce un paso evolutivo (o involutivo) en la cultura social en la que se empieza a considerar al individuo como algo a valorar. No he dejado de asombrarme cuando compañeros, compañeras en este caso, mucho más viajadas que yo, me contaban sus experiencias de convivencia en poblados supuestamente más “atrasados” cultural y técnicamente. Recuerdo cómo me referían tras un viaje a Mali, que allí, el grupo es algo fundamental, básico; que es el conjunto de los habitantes de un poblado el que tiene valor cultural. El individuo ni se considera como tal, dada la importancia que tiene para la supervivencia del poblado el que todos se aúnen, buscando siempre el bien común. Muy posiblemente a nosotros nos ocurrió lo mismo; pero quizás el proceso evolutivo de la cultura occidental sea el que va favoreciendo lo que sucede en los grupos grandes cuando éstos son conducidos para facilitar el pensamiento grupal: que emerja el individuo; pero no en el sentido de valorar únicamente lo individual, sino en el de reubicarle en el verdadero lugar que posiblemente tenga, reubicarle en el grupo. Un grupo, pues, no es otra cosa que una constelación de individuos. Como lo es la sociedad. Sólo es posible entender la sociedad como una constelación de individuos, una sociedad de individuos, o quizás mejor, una sociedad de personas. Un aspecto es inseparable del otro. Ahí los políticos deberían aprender algo.

Por esta razón, nos encontramos reunidos – aunque no nos demos cuenta- en torno a este texto que pretende ser una discreta guía para adentrarnos en el complejo mundo de lo grupal, sabiendo que desde el momento en que ya no está en mi poder sino en el suyo, poco más puedo hacer para acabar de aclarar lo que no se entienda. Cierto es que a medida que se ha ido confeccionando he aprendido muchas más cosas. Pero, quizás, lo más importante para mí es que me ha ido obligando a posicionarme respecto a lo que entiendo y cómo entiendo la psicoterapia de grupo. Este texto me ha ayudado a definirme más como grupoanalista que como psicoterapeuta de grupo. Y a aclararme lo suficiente como para que los que estamos reunidos en torno al mismo, entendamos mejor lo que es la psicoterapia de grupo que, desde posicionamientos grupoanalíticos denominamos psicoterapia grupoanalítica.

Pienso en estos momentos en un grupo de profesionales, un equipo cualquiera de Salud Mental, que quiere saber de grupos. Pienso también en una psicóloga que no hace muchas fechas vino a entrevistarse con el fin de obtener el “placet” y poder incorporarse al curso de formación de psicoterapia de grupo que la Fundación OMIE organiza desde 1979 y con el reconocimiento Académico de la Universidad de Deusto, tanto en Barcelona como en Bilbao, y en su día en Ginebra y ahora también en Madrid. Pero básicamente pienso en Barcelona que es donde actualmente desarrollo mi actividad profesional. La psicóloga que obtuvo el visto bueno para la formación, Lola, la llamaremos así, me contaba que siempre ha deseado poder formarse lo suficiente como para saber de grupos, para poder trabajar en y con grupos. Ciertamente, las experiencias de cada uno de los profesionales de un equipo de Salud Mental y las de ella, son muy variadas, lo que conlleva que la visión que se tiene de ese “objeto de estudio” lo sea también. Ello me dice que deberemos comenzar por preguntas casi triviales. Mi buen amigo, compañero y enseñante, el Dr. J. Mª Ayerra, con quien he compartido y comparto muchas horas de vuelo grupal, siempre dice que si el conductor de un grupo cuida al más rezagado, cuida a todos sus miembros. O sea que tomaré a Lola como la más rezagada en estos momentos. Ella será la interlocutora que nos guiará a lo largo de todo este trayecto.

Este no es un libro para leer de cabo a rabo, como una novela. De hacerlo así, creo que el lector acabará aburrido. Es un texto para leer de forma más o menos alterna. Para leerlo a trozos. Para irse empapando de lo que me empapé tras muchos años de ir leyendo ora un texto ora otro. Muchas personas, muchas experiencias, muchas reflexiones de autores diversos han ido dejando algo de su sabiduría en este huerto grupal que forma parte de mi vida profesional. Mi deseo inicial de reducir las respuetas a un par de páginas no siempre lo he podido cumplir. En ocasiones la extensión excede, y mucho, de lo que en el plan de trabajo que me tracé había considerado adecuado. Y si me he extendido creo que ha sido porque es mucha la información que deseo compartir y que no siempre me ha resultado fácil abreviar.

No quiero acabar estas líneas sin recordar a todos cuantos han contribuido en mi formación grupal: desde profesionales alejados en el tiempo como han sido Pacho O’Donell, Luís Yllá, Fernando Arroyabe (1988+), E. García Badaracco, M. Nitsun, F. Dalal, V.Volkan, a otros mucho más cercanos en el tiempo y en el propio espacio como son el ya aludido J. Mª Ayerra, y cómo no a J. L. López Atienza, otro de mis fieles amigos en este terreno. Y junto a ellos un número importante de profesionales, entre los que quisiera mencionar a S. De Miguel, P. Duro, M. Blajakis, X. Reig, M. López, C. Arias, A. Martínez, L. Fernández, I. Hijosa. G. Kareaga, B. Sánchez, J. Sampere, M. Sallés y a muchos otros más cuya lista no podría reproducir, por haber contribuido con sus aportaciones y comentarios, a incrementar el conocimiento que tengo de la psicoterapia grupoanalítica; a los diversos Centros de Asistencia en Salud Mental, a los diversos equipos que me han dado la oportunidad de aprender a través de la supervisión de sus trabajos diversos; a muchos profesionales de Mallorca -tanto los vinculados con el mundo de la Salud Mental como los que, bajo la tutela y supervisión de la orden religiosa conocida allí como “Ses Vermeietes” trabajan en el Centro de Acogida de menores- que contribuyeron a enriquecer mi bagaje y entre los que no quiero dejar de mencionar a Antoni Fuster y a Gelu Gelabert, amigos y compañeros de esas tierras; a la Fundación Vidal y Barraquer que, a través de V. Cabré, me ha permitido desarrollar una actividad docente muy rica dentro de su programa formativo de Postgrado en Grupos; o a la Universidad Pompeu Fabra y aquí quiero mencionar a P. Notó, M. Panyella y a J.Mª Recassens que han contado conmigo en su programa de postgrado de la Formación Psicosocial.

Y dentro de los reconocimientos, no quiero dejar de mentar al Profesor J. Guimón, amigo y Patrón profesional a lo largo de los años en los que trabajé como miembro del Servicio de Psiquiatría del Hospital Civil de Bilbao, Basurto; y por supuesto, a la Fundación O.M.I.E. (Fundación Vasca para la Investigación en Salud Mental, Osasun Mentalaren Ikerketarako Ezarkundea) sin la que nada o casi nada de lo que he ido haciendo en el terreno grupal hubiera sido posible. Fue en su seno donde desarrollé buena parte de mi conocimiento en este tema, especialmente a través de las múltiples experiencias formativas que organiza con el reconocimiento universitario de la Universidad de Deusto, tras el fecundo impulso del Dr. Guimón, generador de tantos proyectos de entre todos ellos este, el grupal. Y, cómo no, a mis estudiantes universitarios de la Universidad Ramón Llull (URL), que han posibilitado que a lo largo de más de quince años seamos capaces de desarrollar una asignatura con formato grupoanalítico.

Hay otro grupo más extenso, menos palpable, pero no por ello menos importante: los pacientes. Desde mis primeras experiencias grupales con niños y un “grupo de madres” allá por los años 1980, y posteriormente en el que fue el primer Hospital de Día de España para pacientes Psiquiátricos, en el seno del Servicio de Psiquiatría del Hospital de Basurto (Prof. Guimón, en aquel entonces) hasta el día de hoy, muchos son los pacientes con los que he tratado, he trabajado y he aprendido. En unos casos, en sesiones individuales, en otros, en grupo. A todos, absolutamente a todos, quisiera agradecer lo que me han enseñado. Con mis aciertos y con mis fracasos. Desde los pacientes que abandonaban los grupos – en cuyo abandono algo tendría yo que ver -, a los que han realizado y realizan procesos de un desarrollo personal envidiable. No en vano muchas veces les digo que me tienen que dar la dirección del psicólogo al que acuden; a ver si puede hacer algo conmigo. Pero más allá de la broma, el aprendizaje al que me han sometido -y por el que me han pagado incluso- no tiene precio.

Y finalmente, mi agradecimiento al lector de este texto. En último término también es el artífice de mi aprendizaje: he podido constatar que para escribir todo esto he tenido que volver a estudiar, releer y revisar muchos textos que, si no fuera por su presencia, por la del hipotético lector, posiblemente no hubiera realizado. Y esto tiene una pega: cuando uno fija lo que va aprendiendo en un papel, comienza a percibir con más claridad el cúmulo de enseñanzas que tanta gente ha labrado en uno mismo, y la cantidad de cosas que le faltan aún por saber. A todos, muchas gracias.

P.S. Este texto forma parte de la introducción de mi libro (2008). Psicoterapia de grupo grupoanalítica. La construcción de un conductor de grupos. Madrid: Biblioteca Nueva

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