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Domingo, agosto 20, 2017
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4. Espejo organizativo 

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Resumen: En este texto abordo un poco la idea de espejo organizativo de Morris Nitsun. En esta ocasión tomo como referencia la historia clínica que nos trae uno de los miembros del grupo.

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Palabras clave: Espejo organizativo, ansiedades, grupo, estructuras administrativas.

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Morris Nitsun propuso sobre el año 1998 la idea de “espejo organizativo” por el que describía cómo se reproducen los aspectos relacionales de los pacientes en todos los niveles que engloba la atención psiquiátrica. Si lo trasladamos a nuestra sesión de reflexión de tarea clínica sería: el silencio que aparece en el grupo multifamiliar y que de forma tan gráfica pudimos representar en la pizarra se reproduce, como vimos, en el equipo tratante. Pero esto que el equipo tratante sufre se transmite al siguiente nivel, el equipo asistencial. Y lo que en este equipo asistencial se activa o queda activado por ese hecho afecta al siguiente nivel… y así sucesivamente. Cierto que cuando Nitsun lo transmite lo hace concibiendo los diversos niveles como si fuesen capas de una cebolla de manera que cada capa, si bien es adyacente a otras dos, en realidad cada capa cuece sus cosas en sí misma. Y es verdad que a nivel pedagógico esta forma de exponerlo es muy clara. Sin embargo, y aunque en aquel momento me pareció una forma fantástica para comprender ese aspecto de la realidad asistencial, en estos momentos en los que concibo más los grupos como estructuras abiertas, la forma de entender la propuesta de Nitsun toma matices diferentes.

Si partimos de la idea de que estamos permanentemente en grupo entonces tendremos que pensar que todo lo que nos acontece dentro del marco asistencial sucede en todos los terrenos, en todos los cortes que realicemos de este contexto: atañe a personas en concreto, a equipos, a grupos, a estructuras administrativas, políticas… Y digo esto porque estuvimos mucho rato para llegar al punto álgido de la historia. S., nos quería poner al corriente de todo lo que había acontecido antes del fatal desenlace, y en ese desmenuzar la historia previa, nos ponía nerviosos.

Comenzó trayendo a alguien que pegaba a alguien. Es decir, algo de la agresión entre madre e hija (o viceversa) que, más allá de las consecuencias dramáticas que tuvo, eran intentos desesperados por conseguir una distancia emocional diferente a la que tenían entre sí. Una distancia que posibilitará el desarrollo de ambas. En un caso parece que se buscaba el “apegarse” o no despegarse mientras que en el otro se buscaba lo contrario. El drama desesperado de alguien aquejado por una serie de dolencias que la llevaban a requerir que la Asistencia Sanitaria la mirase desde todas las perspectivas posibles se topa con que mirándola no la ven. Y en este intento por convencer a todo el mundo de que se sentía fatal porque, muy posiblemente, nadie la había visto (y consecuentemente no podía mirar a nadie, ni a su propia hija), casi prepara una escena en la que acaba viéndose un cuerpo interior totalmente podrido, muerto, cuyos dolores bien habían podido quedar anestesiados por la intensísima medicación que tomaba (opiáceos por en medio), dentro del cual hasta se encontraron colillas. De todo esto varias personas son testigos impotentes y el dolor, la angustia, el conjunto de sentimientos que nos despierta la constatación del nivel de desespero es tan grande que enmudecemos. Y ante lo que la impotencia que sentimos es total y absoluta. Y la sensación de fracaso acecha en la esquina de nuestra Unidad.

Pero este “fracaso” puntual, concreto, también lo es del sistema sanitario y del conjunto de profesionales que han ido interviniendo. Lo que genera numerosas posiciones y reacciones. En unos casos se puede hablar de la fatalidad de una persona que reunía en sí misma una gran cantidad de cuadros nosológicos. Es decir, podemos señalar que sufría una enfermedad polifacética en la que el llamado trastorno mental era uno más de los muchos trastornos que presentaba; como si no se entrelazara todo en una unidad. Y comprendo esta posición. De entrada, si un hijo mío hubiera tenido problemas de aprendizaje, pongamos por caso, lo primero que haría es culpabilizarle, señalar que él no hace lo posible por estudiar, por fijarse en lo que dicen en clase, por no preguntar… Posiblemente, si la bronca, la insistencia, etc. (fruto de mi desesperación y el gran susto que ello me genera) no hicieran mella, pensaría en acudir a un especialista que seguro que, al verme tenso, preocupado, nervioso e impotente, me diría que no era tanto culpa del hijo sino que tenía o bien un déficit de atención, o quizás una dislexia, o incluso un pequeño déficit cognitivo que no le permitía aprender como los demás. Y es posible que fuese así y que una u otra cosa fuera lo que le provocaba tal dificultad. Si ese déficit de atención cursara con una mayor inquietud psicomotora podrían decirme que, además, era un hipercinético y que precisaba de medicación para calmarle. Y si, además de hipercinético, los modos a través de los que expresase su malestar no se ajustaban a las normas del colegio, pues me recetaría algo señalándome que posiblemente o se miraría posible daño cerebral que justificara tal alteración o que la medicación la debería tomar siempre… Es decir, con la fragmentación del cuadro clínico lo que conseguimos es calibrar cuán alterado está un aspecto de esa persona. Y es absolutamente innegable que eso sea así.

En otros casos hubieran dicho que todo lo que le pasa es psicológico, o psiquiátrico. En este posicionamiento, se le remite a un servicio para que le diagnostiquen de algo. Y ubicándonos en el cuadro de la persona que decidió quitarse de en medio, es posible que su sintomatología sea encuadrable en un trastorno límite de la personalidad, un trastorno borderline, un trastorno mental grave con riesgo de suicidio. Y ello es cierto. Como lo es que tampoco el psiquiatra (y menos el psicólogo) tienen la llave de la solución de los problemas de esta persona. Porque aceptando que la medicación la puede calmar, el dolor que tiene no es solamente encuadrable en un diagnóstico. Pero para colmo, el estilo relacional (por llamar de alguna forma a la manera cómo se relacionaría) debía ser lo suficientemente complejo como para poder pensar con ella respecto a lo que le sucedía ya que ese pensar con el otro conlleva bastante más carga de la que podemos asumir a diario. La escena de ella puesta en pie en medio del grupo señalando que no se encontraba bien y que se “marchaba” ¿no era un grito que no podíamos oír? Posiblemente estemos de acuerdo con que no era la mejor manera de hacerlo, y que en sus formas hubiera algo exhibicionista, sí, y que con esta actuación nos colocó al grupo y a los profesionales que lo conducían, en una situación muy difícil y complicada. Pero igual esa actitud es la que mostraba en todos los servicios por los que pasó.

Y no es que S., por sus cosas personales se guardara de comentar lo que sucedió, no. S., es este aspecto que por un lado desea proteger a sus compañeros dándose tiempo para poder pensar y entender lo que pasó ya que el impacto del suceso es suficientemente dañino como para poder activar las neuronas pensantes, y por otro la valoración de la confianza que existe para poder sostener ese secreto. Y ese secreto mantenido con esfuerzo seguramente se corresponde a otro secreto que no pudo ser verbalizado por la paciente: no encontraba el espacio de confianza suficiente como para poder entregarse a una relación asistencial. Y que trasladaba a todos los profesionales con los que trabajó, hasta que le encontraron su interior deshecho y ya no se podía hacer nada. Y eso nos deja, también, ante nuestra rabia e impotencia.

De esta forma, el espejo organizativo nos recuerda cómo la patología de nuestros pacientes en realidad lo que hace es reflejar muchas de nuestras carencias, nuestras incapacidades, nuestras limitaciones. La limitación que va desde su profesional de referencia, a la de todos los equipos y personas que han tenido contacto directo o indirecto con el caso. Y la limitación de un sistema sanitario que, condicionado por los aspectos económicos y profesionales, no puede arbitrar una forma de escucha para alguien que su grito es tan potente que nos ensordece: como el bebé que llora y llora y llora y no lo podemos o no sabemos cómo calmar. Y desde el llanto insistente, va marcando territorio y determinando el comportamiento de quienes estamos a su alrededor. Ese espejo organizativo nos muestra la imagen de nuestra propia impotencia, y también la de la dura lucha por tratar de escuchar entre el sonido de los síntomas. De este caso a la Puerta del Sol sólo hay sólo un paso.

Ahora queda el grupo que debería poder seguir hablando de la rabia, de la impotencia, de la limitación que sentimos los humanos al tener a nuestro alrededor personas a las que no podemos o sabemos escuchar. Y no lo podemos hacer porque tampoco sabemos escuchar esta parte de nuestro grito que habla de ese fragmento de cada uno que no siente que es escuchado por el otro.

Y queda la hija que tendrá que recibir ayuda para poder digerir el hecho de forma que no se le convierta en otra zona silenciada. Y aceptando el hecho de que su madre se fue, entenderlo no sólo como un acto agresivo que agrede, sino como un acto amoroso de alguien totalmente desesperado y que acumulaba en su vida numerosas cargas que no podía compartir; o no osaba hacerlo. Y al rescatar lo amoroso, al poder perdonar el daño que le causó, poder seguir su vida de forma creativa para sí y para los que la rodeen.

Y con esto acabo. Sólo queda aclarar un pequeño matiz. ¿En qué posición de las tres de Bion creéis que nos hemos colocado? Porque habiendo como hay elementos que hablan del ataque-fuga (el suicidio de esta persona), ¿no os parece que nos colocábamos más en una zona de emparejamiento? De hecho, la posibilidad de que vuelva está al caer. Decididas las fechas sólo queda articular el ensamblaje administrativo. Y eso apunta a zona de “emparejamiento”.

Un fuerte abrazo

José Miguel Sunyer

*Estos textos son propiedad del autor y recojen las elaboraciones que hemos ido realizando a lo largo del seminario.

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