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Viernes, agosto 18, 2017
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Entrevista a José Miguel Sunyer, Doctor en Psicología, Grupoanalista 

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entrevista

Entrevista a José Miguel Sunyer, Doctor en Psicología, Grupoanalista:

“La salud mental depende, en buena medida, de la calidez y la calidad de las relaciones humanas. Las personas nos hacemos las unas a las otras”.

 

26/01/2016 Elena Lorente Guerrero
¿Por dónde empezar para presentaros a José Miguel Sunyer?

Su ámplia experiencia clínica, gestora, docente e investigadora en el ámbito de la psicología es inabarcable en pocas líneas.

Miquel, como le solemos llamar en el ámbito cercano profesional, es Doctor en Psicología por la UAB, especialista en psicología clínica y en psicoterapia grupal. Lleva muchos años dedicado a esta última, concretamente desde el ángulo grupoanalítico. Actualmente su labor se centra en el desarrollo del grupoanálisis en España, favoreciendo la creación de grupos de trabajo, seminarios y programas formativos.

Aunque desconocida para muchos, Miquel nos explica que la perspectiva grupoanalítica ayuda a la comprensión de las relaciones humanas, generalmente complejas. El grupo se enriquece con la aportación de cada miembro, y transforma las experiencias individuales en crecimiento grupal. Un planteamiento muy interesante para todas las profesiones que se basan en el trabajo en equipo. Partiendo de la premisa de que somos seres sociales, y por tanto en continua relación con los demás y con el entorno, Miquel crea respuesta a respuesta, un testimonio que es una auténtica obra de arte.

foto Sunyer· Cuénetanos Miguel, ¿Qué es la psicoterapia analítica grupal?

Hola, Elena, ante todo, agradecerte esta oportunidad. No voy a negar que me gustan estassituaciones, por lo que voy a intentar no defraudarte en demasía. Y seguramente por razones de edad, se agradecen mucho este tipo de reconocimientos. Tengo que admitir, ya de entrada, que muchas de las ideas que aparecerán se corresponden a lo que publiqué en mi texto del 2008: psicoterapia grupoanalítica de grupo. La construcción de un conductor de grupos. Madrid: Biblioteca Nueva.

Me gusta escribir y normalmente lo hago en todos mis seminarios formativos creando y recreando, a partir de la experiencia, textos destinados fundamentalmente a los alumnos de esos seminarios. Parte de este trabajo lo puedes ver en mi web: www.grupoanalisis.com.

Mira, la pregunta es acertada e interesantísima porque, posiblemente sin darte cuenta, introduces buena parte de la complejidad de esta fórmula psicoterapéutica y, desde mi punto de vista, apuntas a un tema complicado cual es el nombre que damos a las cosas. No tengo por olvidar a una secretaria que tuve durante un corto período que ante mi oferta a que usara los diccionarios que le ponía a su alcance, me dijo: No entiendo, doctor, por qué hacemos tan complicado el lenguaje. Si todos sabemos lo que es una casa, ¿para qué emplear otras como vivienda, apartamento, piso, domicilio…? Como comprenderás, Elena, mi asombro y mi desconcierto fueron enormes ya que, por mucho que todas ellas puedan hacer referencia al lugar en el que uno vive, está claro que no es lo mismo una cosa que otra. Hubo una ministro que incluso llegó a hablar de “solución habitacional”. Todo un poema.

En tu pregunta introduces tres palabras: psicoterapia, analítica y grupal. La palabra psicoterapia tiene más de doscientos años: fue introducida por Reil en 1803, o sea, hace tiempo. Si por psicoterapia consideramos que es aquella intervención profesional que va dirigida a abordar lo que comúnmente se llama “patología mental”, (que es por donde la orientaba el bueno de Reil) vamos por buen camino. Me gusta diferenciar terapia de psicoterapia. La primera abarca más, a mi modo de ver, que la segunda que es más restrictiva por cuanto que el término que proviene del griego therapós, alude al hecho de acompañar, dar apoyo, cuidar a quien lo precisa; en tanto que psicoterapia dirige esa ayuda a los aspectos psíquicos de una persona: sería como el acompañamiento a la psique del otro; y me parece que eso conlleva una cierta conceptualización de eso que llamamos psique.

La palabra analítica tiene su controversia. Si acudes a esa enciclopedia virtual que consultamos buena parte de la población y pones la palabra “psicología analítica”, te dirige, como es lógico, a los desarrollos que realizó Jung. Y si bien es verdad que hay quien con la palabra analítica hace referencia a psicoanalítica, me gusta diferenciar las cosas. Jung realizó importantísimos y particulares avances en la comprensión del ser humano, y de su separación de Freud nos hemos podido beneficiar con una forma de comprender al ser humano diferente a la visión del padre del psicoanálisis. Para mí, pues, psicología psicoanalítica no es lo mismo que psicología analítica. Como tampoco son lo mismo, psicoterapia analítica o psicoterapia psicoanalítica.

Claro, cuando ya introduces la palabra grupal ahí abres un melón complicado de comer. Porque siguiendo mis planteamientos, ¿te refieres a psicoterapia psicoanalítica grupal o a psicoterapia analítica grupal? La primera parte de la pregunta me lleva a pensar en Freud y la teoría psicoanalítica, mientras que la segunda me dirige a Jung… ¡Menudo follón! Sí, porque dentro del terreno de la psicoterapia psicoanalítica grupal deberíamos dirigirnos a autores como Wolf, Schwartz, Slavson o incluso Bion y Ezriel o Anzieu, Kaës… cuando en realidad creo que me preguntas por alguien que bautiza a su forma de trabajar como grupoanálisis. Y que es dónde me ubico en estos momentos de mi vida y desarrollo profesional.

Ciñéndome a la pregunta y centrándome en lo que para mí es el trabajo grupal con tintes psicoterapéuticos, el grupoanálisis, te diré que por psicoterapia grupoanalítica entiendo aquella intervención profesional, aquel proceso psicoterapéutico que se realiza en grupo, considerando que lo que ahí se trabaja es lo que sucede entre todos los integrantes del grupo, incluido el conductor. Como verás he introducido modificando tu pregunta, un término nuevo: grupoanalítico. Claro que ahora nos deberíamos esforzar en definir este término, ¿no?

En cualquier caso, y antes de pasar a otra pregunta, quisiera aclarar que lo que podríamos llamar terapia grupoanalítica es aplicable a una infinidad de situaciones como puede ser la supervisión de un equipo, el trabajo que se puede realizar con el personal de enfermería de cuidados paliativos, o con profesionales que no estén vinculados a la salud mental. Es decir, no deberíamos ceñirla de forma exclusiva a la patología mental, sino a desarrollar grupalmente una forma de entender lo que sucede pudiendo incluir en esta comprensión los aspectos individuales, grupales y sociales del ser humano en cualesquiera de los ámbitos en los que podemos trabajar.

· Entonces, ¿Qué es el psicoanálisis?

Mira, es una palabrita que está de moda; al menos en España. Ya sabes que aquí tenemos la tendencia a tomar palabras que nos suenan bien y que tienen un cierto glamur, una cierta modernidad. Lo que está bien y… no tan bien porque confunde. En realidad es el análisis de las personas que integran un grupo incluido su conductor y realizado por el mismo grupo. La palabrita de marras tiene dos orígenes bien dispares, siendo difícil precisar si los derechos de autor los tiene una persona u otra. Uno de los lugares de origen se sitúa en América y proviene de un psiquiatra denominado Trigant Burrow.

Poco se conoce de él (ya se encargan los poderes profesionales en apartar a quien es un tanto molesto), pero tras venirse a Europa con toda su familia para formarse en Psicoanálisis y buscar una cercanía con el propio Freud a quien conoció anteriormente en América, regresó ahí y comenzó a ejercer el psicoanálisis siendo una persona de reconocido prestigio por aquel entonces. Fue capaz de llegar a la conclusión de la importancia que tenía la relación materno filial y detectó cómo a través de esa relación, el bebé adquiere un montón de elementos (normogénicos y patogénicos) vinculados con experiencias que tuvieron los padres antes de su nacimiento. Posiblemente estimulado por muchos otros autores, puso mucho interés en profundizar en la relación que se establecía entre el paciente y el psicoanalista hasta que se encontró con un paciente muy inteligente: Clarence Shields. Este buen hombre le cuestionaba acerca de la contradicción existente entre los planteamientos conceptuales del propio Burrow y la posición física que se establecía en la relación psicoanalítica (sabéis que en psicoanálisis el paciente se coloca tumbado en un diván en tanto que el profesional se sienta fuera del alcance de la mirada del paciente, para evitar la contaminación proveniente del cruce de miradas). Esa crítica le llevó (atrevido nuestro Burrow) a cambiar la posición y a sentarse cara a cara. Y de ahí a organizar un grupo y desarrollar lo que en principio denominó grupoanálisis. Posteriormente cambió el término por el de filoanálisis para enfatizar el elemento transmisor generacional.

La otra persona a quien también corresponde la paternidad del término es S. H. Foulkes. Este psiquiatra de origen alemán, huido por el avance de las tropas de Hitler y refugiado en Inglaterra era psicoanalista y llegó a ser responsable del Instituto Psicoanalítico de Frankfort. En tierra inglesa tuvo que reconstruir su vida profesional y, posiblemente por la influencia que obtuvo de N. Elias (un sociólogo muy interesante por sus ideas respecto al ser humano y su vinculación con lo social) inició su trabajo con pacientes a los que reunía en un grupo. Lo que ahí observó fue algo que le sorprendió: que en las conversaciones normales entre estos pacientes y él mismo, aparecía una enorme cantidad de material personal y que, a través de ese material y de poderlo hablar y compartir, se observaban mejorías notables en ellos. A ese método lo denominó group analysis, es decir, grupoanálisis.

Que ¿cómo podríamos definirlo? Pues el análisis que realizan las personas que están en un grupo de lo que le sucede a cada quien incluyéndose en este análisis al propio profesional que se define como conductor del grupo. Y conductor no tanto como el conductor de un autobús o coche que dirige al grupo a un lugar, sino en el sentido de director de una orquesta: es quien trata de que cada componente extraiga lo mejor de sí mismo para conseguir que la orquesta interprete una buena melodía.

· Ya Ya situados en terreno grupoanalítico, me parece muy interesante tres aspectos: el término “proceso”, que lo que se trabaje sea más que la suma de lo que aporta cada integrante del grupo, y que el conductor no sea un mero observador sino parte activa del grupo y por tanto, vulnerable. ¿Cómo podrías aclararme esto?

Sí, en la primera pregunta introduje la idea de proceso. Un proceso ¿qué es? Podríamos definirlo como el conjunto de elementos y fases que determinan un fenómeno, ¿de acuerdo? Si hablamos de procesos psicoterapéuticos estaríamos haciendo referencia al conjunto de elementos, de fases, de cosas que van sucediendo a lo largo de un tiempo y que determinan la mejoría de uno o varios pacientes. Pero esto no es tan raro, ¿no? Porque cuando hacemos una paella o una simple tortilla de patatas, ese hacerla es un proceso: seleccionamos las patatas, las cortamos, tomamos varios huevos… eso es algo que puede se llamado proceso. Lo que sucede es que cuando hablamos de malestar físico o psíquico, cuando nos situamos en el terreno de la salud, nos olvidamos de la necesidad de los procesos y queremos que nuestra salud se instale casi de forma mágica. Como si el profesional fuese un brujo, un mago que por arte de birlibirloque nos devolviera la salud que habíamos perdido. ¿Suena raro que en pleno siglo XXI esperemos que los profesionales de la salud, personal de enfermería, médicos, psicólogos, terapeutas…, sean brujos o magos, ¿verdad? Es entendible, pero suena a raro. Y se entiende porque no nos gusta encontrarnos mal, tener un dolor cualquiera, sentirnos tristes, impotentes ante el sufrimiento personal o del otro… es cierto. Es raro o al menos no muy frecuente encontrarse con pacientes (personas que padecen) que tengan la paciencia, la esperanza y la sensatez como para coparticipar de un proceso que en muchas ocasiones es largo. Todos, todos toleramos mal la frustración de ver que todos los procesos de curación o de sanación piden su tiempo y que no hay más que eso: aceptar el proceso que ello conlleva.

Mira, Elena, podríamos pensar que el primer elemento “antigrupal” proviene de esa impaciencia, de la frustración que conlleva ver que las cosas no funcionan ni por arte de magia ni son procesos de microondas. Esa impaciencia que la vemos en todo (estamos en un momento social en el que se busca la inmediatez en todo, en internet, en la pastilla mágica, en las gotitas de no sé qué planta, en el propio móvil…) acaba siendo un elemento antigrupal. Pero hay otros. Por ejemplo, ¿a mí qué me importa lo que le suceda al otro? Y es cierto, claro. En realidad, a nadie le importa lo que le sucede al otro. Y por esto no queremos ni oír hablar de un tratamiento grupal. Mira, me viene a la mente una anécdota procedente de la India y Pakistán, creo. Le preguntan a un sabio, ¿qué es el infierno? Y les dice: mirad, imaginaros –les dice a quienes le preguntan –que estamos en un círculo y en medio del mismo se encuentra una fuente con abundante comida. Cada uno de los que están ahí sentados dispone de una cuchara con un mango enormemente largo con el que puede llegar a dicha fuente. Y estando ahí, cada uno de ellos toma la cucharada, pero… no pueden llevársela a la boca ya que la longitud del mango se lo impide. Así se desesperan ya que pudiendo comer, no se llevan bocado a su boca. Esto es el infierno. -¿Y el cielo? -le preguntan. -Pues el cielo es casi igual pero la diferencia es que cada uno da de comer al otro, de forma que todos se alimentan de la fuente común.

Pues eso mismo es el grupo: darnos de comer mutuamente para que todos, todos, salgamos beneficiados. Porque en el fondo, más allá de que el sufrimiento lo posee cada uno y cada uno debe hacerse cargo del mismo, cuando podemos salir de nuestro egoísmo y compartimos nuestras historias con los demás, nuestro dolor va desapareciendo. ¿Magia? No, humanidad. Pero algo más: los demás son como mentes auxiliares que ayudan a elaborar eso que a uno le preocupa, aportando desde otros ángulos, aspectos que a uno mismo no se le ocurren. Y por esto es importante el trabajo grupal (independientemente que le llamemos terapia o psicoterapia), ya que nos permite comprender lo que nos pasa a partir de comprender a los demás y ser comprendidos por ellos. Es a través de ese vernos a partir de cómo nos vemos en los demás, como cada uno va aumentando su conocimiento y control de sí mismo. Así de simple, así de complicado: los otros en uno.

· ¿Qué hace el conductor del grupo?

Bueno, todo esto precisa de un profesional que, desde la distancia que proviene de su propia formación y experiencia, va conduciendo a quienes forman el grupo con el fin de potenciar sus efectos terapéuticos y psicoterapéuticos. Lo que sucede es que, como su presencia también influye en la dinámica del grupo, debe ser capaz de poder ponerse a la vista de los demás y ponerse, en la medida que ello tiene sentido, a la disposición de los demás para clarificar todo aquello que proviene de su propia influencia y, disminuir, de esta forma, los elementos iatrogénicos de toda intervención grupal. Aquí, además, se introduce un término muy rico en el campo grupoanalítico: mutualidad. Todo lo que nos sucede a los humanos es producto de aspectos fallidos de la mutualidad con los demás. Bien porque uno no sabe jugar a la mutualidad, bien porque los demás no saben ser ni sentirse mutuos. La mutualidad, ese arte que conlleva entender que lo de uno afecta al otro y viceversa, esa mutualidad también incluye al propio conductor.

Recuerdo una anécdota: en uno de los muchos grupos formativos en los que he participado o que he podido coordinar, al conductor le sonaron las tripas. Debió ser estruendoso porque todos le señalaron el hecho. Él se negó, una y otra vez, a que “sus tripas habían sonado”. Ese simple hecho, dañó al grupo.

El conductor es una persona al que también se le remueven los intestinos por cosas que pasan en el grupo. Su reconocimiento supone no sólo “humanizarlo” sino facilitar que los demás miembros del grupo puedan pensar sobre qué pasa cuando al conductor se le mueven las tripas. Y suenan.

· ¿Como se organiza un grupo de psicoterapia?

Contestar a esta pregunta es fácil, porque la formulas a nivel general. Pero igual no es tan fácil porque, ya que antes hablabas de proceso, tendremos que pensar que tal organización también es un proceso. Si no lo fuera, con decirle a la secretaria del servicio de psiquiatría, o al responsable del departamento de admisión de una unidad de día o de un centro de rehabilitación que a los diez primeros los citara para un grupo, ya habría bastante. No hace falta que os diga que, si fuese así, no os arrendaría las ganancias. Gracias a Dios las cosas no son así y requieren un proceso.

Hay una idea semejante a la de proceso y es la de función. La tomo de Bion quien en un texto breve y delicioso la viene a describir como el conjunto de operaciones mentales conscientes e inconscientes dirigidas a un fin determinado. Imagina, Elena, que quieres festejar algo importante. Por ejemplo, las bodas de plata de un matrimonio, o sea, sus veinticinco años de andar juntos y comprometidos. Quiero pensar que a poco cariño que les tuvieras, buscarías una fecha en la que pudieran estar presentes, te pondrías en contacto con sus familiares y amigos, decidirías si tal celebración se va a hacer al mediodía o de noche, buscarías un restaurante o un local en el que hacer la fiesta, elegirías un menú, organizarías algo y buscarías la forma de plasmar esta efeméride mediante un regalo. Y eso requiere tiempo. Seguramente más de una noche sin dormir. Requerirá negociar tiempos, lugares, momentos… Pues bien, todos los procesos mentales que están implícitos es a lo que llamo, siguiendo a Bion, función.

Ciñéndome a la organización de un grupo, cinco son las funciones que me parecen básicas para tal fin; o dicho de forma más correcta. La función organizativa de un grupo puede descomponerse en cinco aspectos o subfunciones: la función convocante, la higiénica, la verbalizadora, la conductora y la teorizante. Y las he denominado así porque creo que nos resultará fácil comprender las complicaciones que tiene que sortear cualquier organizador de grupo que se considere tal.

· ¿Podrías explicar la primera?

La función convocante. La primera cosa que tiene que tener claro es por qué y para qué quiere hacer un grupo de psicoterapia. Es decir, tiene que tener en mente los objetivos y las razones por las que plantea tal convocatoria. Es más, este punto no solo lo debería tener claro el profesional que quiere organizarlo, sino que debería poderlo hablar y discutir con su superior jerárquico incluyendo ahí, si fuera posible, al responsable económico del lugar en el que trabaja. Y esto que parece una tontería no lo es: en la medida que tenga el sostén de la estructura se garantiza una mayor estabilidad en la vida del grupo.

Me imagino que hay tantos porqués como convocantes existen en la faz de la tierra. ¿Por qué uno organiza un grupo? Puede ser que se quiera experimentar una nueva forma de abordaje profesional, u ofrecer a los pacientes una experiencia emocional correctora suficientemente potente, o se quiera reforzar las conductas normogénicas de los integrantes del grupo, o favorecer el desarrollo de pautas de conducta que alivien determinados síntomas, o por querer ayudar a que los pacientes adquieran nuevas formas de entender lo que les pasa y el por qué les pasa, o por puro placer personal y profesional. Mira, esta retahíla de porqués, me parece interesante. Podríamos pensar en otros porqués más personales de cada uno; pero ahí no me voy a meter, claro.

Junto a los porqués hay unos para qués. Pero sobre todo hay unos pocos “para qué no” organizamos un grupo. Esos noes vienen encabezados por “no se organizan para ahorrar dinero”, “para hacer más rentable la actividad profesional”, “para atender a más personas en menos tiempo”, “para disminuir las listas de espera”, y cosas semejantes. Ahí habrá que ayudar al gestor económico a entender que la rentabilidad es fundamentalmente social, que el atender a más personas representa no solo un esfuerzo añadido, sino que supone que las consecuencias de tal atención repercuten en mayores grupos familiares pero no disminuye el tiempo de tratamiento (si acaso lo alarga), que la disminución de las listas de espera es un problema de disponer de más recursos y personal y no que éste se convierta en una máquina de hacer churros. Este es un tema muy, pero que muy delicado.

Aclarados los porqués y los para qués, tenemos la cuestión de a quien se convoca. Porque en función de a quien convocamos, de a qué tipo de pacientes ofrecemos un tratamiento grupal, el tipo de grupo deberá ser más terapéutico que psicoterapéutico o no. Y, decidido esto, hay que pasar a la convocatoria en la que deberemos poder trabajar con los convocados algunos de los porqués y para qués que han alimentado la decisión de crear ese grupo y para esta persona.

Es importante que esta parte del proceso, la función convocante, quede bien establecida y suficientemente clara ya que en sus zonas oscuras, en aquellos aspectos que no han quedado suficientemente claros anidarán los elementos antigrupales que pueden llevar al traste nuestro esfuerzo.

· Veo que es más complejo de lo que imaginaba, ¿Y las demás funciones?

La función higiénica. Esta parte del proceso constitutivo de un grupo guarda relación con las normas de funcionamiento, los horarios, el lugar en el que van a tener las sesiones, el ritmo de las mismas y su duración, la confidencialidad de lo que se habla, la restricción de los contactos fuera de las sesiones de los miembros del grupo, la normativa del uso de los móviles y de los mensajes de texto, correos electrónicos y todo el amplio espectro de las comunicaciones entre los pacientes.

Así, deberemos ser claros con la importancia en la asistencia y puntualidad (asistencia y puntualidad obligatorias, así como la duración de las sesiones –entre hora y cuarto y hora y media), la estabilidad del horario y calendario de las sesiones (día fijo, a ser posible, y siempre la misma hora), el ritmo (mejor semanal que quincenal o mensual), el compromiso de no divulgar lo que se dice en las sesiones, el recordar que no es un grupo de amistad sino de trabajo, y establecer una normativa respecto a los teléfonos y el uso de los mensajes que pueden acabar constituyendo un grupo paralelo fuera del control de lo que sucede en el grupo.

Otra es la función verbalizadora. Mira, Elena, sabes bien que a un grupo se viene a hablar. ¿y de qué se habla? En principio de todo, de todo lo que nos atañe como individuos y como grupo. De lo que nos pasa a cada uno fuera y durante las sesiones. De todo. Y esto, en principio es fácil, ¿verdad? Pero la realidad nos dice que no lo es. Porque si bien en un principio hablar de lo que “nos ha pasado o nos está pasando” es relativamente fácil, cuando ya hemos hablado de ello y sigue estando ahí el dolor, la preocupación o la ansiedad… ¿de qué hablamos? Y es justo ahí donde se inicia el proceso de tratamiento; precisamente ahí. Porque es cuando comienzan a aparecer diferencias, situaciones de tensión entre unos y otros, momentos de placer y de dolor compartido. Situaciones que requieren el desarrollo de la empatía y constatar que no siempre suele estar presente. Momentos en los que uno tiene que olvidarse de sí para ponerse en la piel del otro y entenderlo desde esa posición.

La cuarta es la función conductora. Parecerá sencillo pero la conducción requiere, fundamentalmente, mucho arte. Se trata de ayudar y hacer los posibles para que se instale un sistema de relación (muy relacionado con las características y experiencia del conductor y de ahí su nombre: patrón), un patrón relacional que sea terapéutico y psicoterapéutico. Tener la habilidad para sostener los silencios y los momentos emotivos, las tensiones y las situaciones de placer, los tiempos de evasión grupal y los de contacto con aspectos muy íntimos de todos y cada uno de los miembros del grupo. Facilitar la emergencia de consejos e incluso la incorporación de técnicas que ayuden a aliviar la tensión o a evitar la repetición de modelos de comportamiento y de pensamiento patogénicos. Y al tiempo, posibilitar la comprensión de los mecanismos psíquicos que se activan como forma de evitar o aliviar la ansiedad a costa, en muchas ocasiones, de un aumento de la patogenia en vez de caminar hacia la normogenia.

Finalmente, La función teorizante. Eso es crucial. Todo lo que sea incrementar nuestro bagaje conceptual profundizando en los diversos autores que nos ayudan a entender el funcionamiento del denominado “aparato psíquico”, poder articular conceptualmente lo que sucede en el grupo, a las personas tanto individual como colectivamente, con el conjunto de aportaciones conceptuales de los autores de referencia, es crucial si lo que queremos es hacer una tarea profesional que diste de ser solo una experiencia puntual. Esa función debe articularse con la asistencia a seminarios, espacios de supervisión, y el desarrollo de la habilidad de escribir como forma casi elemental de elaboración conceptual básica.

Me ha gustado mucho esta lección conceptual. Los lectores interesados en profundizar más al respecto podéis consultar:

- Artículos y publicaciones de JM Sunyer.

- Conferencia “El Poder, elemento presente en toda relación interpersonal”.

 


Miquel, lo que nos cuentas me hace pensar en los equipos multidisciplinares de servicios como urgencias, cuidados paliativos, cuidados intensivos donde cada vez más los profesionales están demandando formación en habilidades para cuidar la dimensión emocional de los pacientes y al mismo tiempo, estrategias para la gestión de las propias emociones
· Según tu experiencia clínica y docente en salud mental ¿Qué programa formativo básico sobre psicoterapia de grupo desde el enfoque grupoanalítico podría ayudar a médicos, enfermeras, trabajadores sociales, terapeutas ocupacionales, …?

Me divierte la idea de “estrategias de gestión de las propias emociones”. Da la sensación de que hay un sujeto que podría ser el Yo que tiene que desarrollar “estrategias de gestión de…” unas cosas llamadas emociones que deben venir de algún otro lugar, que no le
pertenecen. Para mí es conceptualmente inimaginable. Entiendo lo que se quiere decir, pero no veo como entenderlo conceptualmente.

Trasladando la idea al segundo párrafo, allá donde formulas la pregunta, parece que volvemos a encontrarnos con lo mismo: unos “profesionales” que tienen que aprender a gestionar unas “emociones” que deben estar situadas en los pacientes. Pero la realidad es otra; o más compleja. El Yo es quien siente y, paralelamente a la metáfora, los profesionales sienten aquello que a los pacientes se les activa y que, de forma inevitable, trasladan al propio profesional. Esto habla de una cosa muy simple pero al tiempo compleja de explicar: hablamos de mecanismos de defensa y, en este caso concreto, de dos. El de la identificación proyectiva y el de la identificación introyectiva. Y voy a tratar de explicarlo, aunque no sé si seré capaz de hacerlo de forma suficientemente pedagógica teniendo tan poco espacio para ello.

Primero decir que se denominan mecanismos de defensa porque son procedimientos que desarrolla el Yo para aliviar la ansiedad que siente. Pero al tiempo son mecanismos de comunicación, ¿de acuerdo?

Imagínate que voy a… Sevilla, y tomo un taxi. El taxista me da conversación (lo que suele ser agradable) y detecta por mi acento que soy catalán, por ejemplo. Y por hacer una gracia me dice, ¡ah!, Ud., es catalán, ¿verdad?, o sea del Barça, ¡un culé! La verdad es que no sabe que no me gusta para nada el futbol y menos el Barça. Entonces, como no tolero que me atribuyan “ser del Barça”, arremeto y le digo, ¡y Ud., un palanganas!, ¡todos Uds., son unos palanganas. Imaginemos que aquí acaba la carrera y el tema. Pero… ¿por qué le dije que era un palanganas? Porque me picó y porque me parece que la palabra palangana es denigrante. ¿Y porqué me picó? Porque al llamarme del Barça y culé me sentí mal, como si todo mi Yo se transformara en eso que rechazo de plano. O sea, que dentro de mí se ha “introducido” una idea (a eso le llamamos introyección) y me he identificado con ella (identificación introyectiva porque me identifico con lo que se ha introyectado). Y herido por esta idea (el buen hombre muy posiblemente no tenía ni idea que a mi, ser culé era lo peor que se me puede llamar), le lanzo otra de dimensiones iguales o mayores si cabe, ¡palangana! Es decir, le atribuyo (proyecto) una cualidad que para mi me parece de categoría tan mala o peor que la de ser culé. Es más, identifico al colectivo como palangana (identificación proyectiva).

Más allá de que te ruego que te fijes en las palabras subrayadas, piensa ahora, Elena, en la situación clínica: trabajando con pacientes es inevitable recibamos comentarios no siempre agradables, o actitudes, miradas… que de forma “mágica” parecen colocarse en nosotros (introyección mía, proyección del otro) y reaccionamos ante ello porque nos parece intolerable (identificación). Es decir, en la relación asistencial siempre o casi siempre están presentes los mecanismos de identificación proyectiva e introyectiva. Y hay que aprender a “no entrar al trapo”, a controlar ese mecanismo y reconvertirlo en algo útil para el paciente (y a la postre, útil para nosotros). Y esto es más duro, más hiriente cuando estamos ante un grupo de pacientes. Y esto enlaza con la pregunta.

La formación supone, como poco, el poder transitar por un período más o menos adaptado a las realidades asistenciales en el que con un profesional formado en el tema grupal (y preferentemente de la orientación grupoanalítica) los miembros del grupo vayan pudiendo vivenciar estos aspectos y constatar cómo reaccionan ante ellos. Este programa de mínimos, requeriría unas cien horas en las que la combinación de aspectos vivenciales, conceptuales y de supervisión permiten acercarnos a una base mínima suficiente.

Agradezco tu respuesta, tomar conciencia de qué dificulta la comunicación y las relaciones humanas es imprescindible. Importa no sólo sentir las emociones sino darles significado, aprender de ellas y como dices, reconvertirlas en algo útil.

· ¿Qué aprendizaje personal destacarías de tu amplia experiencia como psicólogo? ¿Qué te sigue sorprendiendo del ser humano?

¡Buf, qué difícil me lo pones! No sé si he aprendido mucho porque tengo la constante sensación de que hay muchas cosas que aprender y eso no me facilita pensar en lo que “he aprendido”, ¿sabes? Me sigue costando mucho tolerar la estupidez, la falta de rigor en muchas personas, las pocas ganas que tenemos en facilitar la vida a los demás. Me sigue enfadando mucho la palabrería, la constante preocupación por la imagen que da uno, y cómo se venden esas imágenes para aparentar que se es lo que realmente no son cuando están realmente distantes de ello. No puedo con ello, ciertamente. Me dirás, claro, que cómo puedo trabajar con esto que digo. Claro, pero es que en cuanto me pongo en mi despacho y viene alguien para que le ayude en algo, lo que veo es alguien que busca salir de una situación en la que se ha quedado atrapado. Y ahí ya no puedo cabrearme. Entiendo su situación, y busco la manera para que pueda verse no tanto de otra forma, sino que pueda reírse un poco de sí mismo. Aligerar la carga. Quizás sea eso lo que he aprendido. A aligerar la carga que tiene el otro. No es mucho, lo sé; pero aligerar las cargas de quienes vienen con sufrimiento, aligerar las que presentan los profesionales que buscan una formación, todo ello me permite encontrar un cierto sentido al vivir. Y por aligerar no quiero decir banalizar, no. Aligerar es quitar hierro, aprender a compartir eso tan aparentemente ridículo que nos amarga la vida. No he visto patología que no mejore tras un trabajo de aligeramiento de cargas.

Y lo que me sigue sorprendiendo… la capacidad que tenemos todos los humanos para hacernos daño. La tendencia a destruir en vez de construir. Y ver, eso sí me sorprende y admira, que, en medio de ese fragor de peleas, de destructividad, hay quien es capaz de interesarse por los demás, por las cosas… eso me sorprende y no puedo dejar de admirar a esas personas desconocidas pero reales que con un aparentemente no hacer nada, están ahí. Que siempre están ahí. Conocer a alguien que tiene ese don, esa capacidad de pensar en el otro, en procurar su bienestar… eso me sorprende mucho y lo admiro como a lo que más. Y hasta lo envidio porque me gustaría ser capaz de tener esa habilidad. Me gustan mucho los niños y los mayores. Sobre todo, porque veo en ellos eso que es tan genuino, tan lejos de lo competitivo, de la demostración de la apariencia. Eso lo admiro. Tengo en mente alguna persona que tiene ese don, y la verdad es que no puedo más que sentirme agraciado de conocerla.

· Qué maravilloso poder aligerar la carga del que sufre, ¿Poco? ¡Eso es mucho! Porque… ¿Qué es lo que cargan las personas? ¿Qué es lo que hace sufrir al ser humano?

La idea es bonita, sí. Otra cosa es que lo consiga realmente, que no sea más una fantasía que me hago para satisfacer o justificar mi propia actividad. Eso, en realidad, sólo lo pueden decir las personas que he atendido a lo largo de los últimos cuarenta años. Quizás lo más doloroso es constatar aquello del refrán, en casa de herrero cuchillo de palo, ¿sabes? A veces a uno le gustaría que eso que me resulta relativamente fácil y cómodo hacer con terceras personas, poderlo hacer con los tuyos. Y eso no siempre es fácil.

Me preguntas sobre lo que carga o lo que nos hace sufrir… Desde el marco conceptual en el que profesionalmente me he formado, diríamos de forma rápida que es la insatisfacción en poder obtener el placer de hacer lo que a uno le gusta, o el malestar y la rabia que derivan de las frustraciones… no voy a decir que no, claro. ¿Pero es eso? No lo tengo tan claro.

Todas las personas estamos interconectadas con los demás. Esto es totalmente evidente en el círculo familiar primario, madre-hijo, hijos-padres-hermanos… Nos hacemos a partir de estos vínculos que nos moldean y al tiempo nos permiten moldear a los demás. Es como si cada célula social (cada individuo) ejerciera un poder sobre los demás y los demás sobre cada una de ellas. Es algo constantemente recíproco. Y en ese moldearnos nos topamos con momentos en los que hay algo que se rompe, o que amenaza con romperse. Hay momentos en los que la amenaza, real o fantaseada, de que el vínculo con la o las personas que son básicas para cada uno, pudiera romperse. Esa amenaza es terrible y genera un miedo, un pánico enorme. De hecho, los desencuentros con el otro no dejan de ser pequeñas o grandes amenazas al vínculo. Un comentario, una desavenencia, una amenaza, un desafecto… y muchas otras cosas más, ponen en peligro, real o de forma fantaseada, algo que es básico para cada uno de nosotros: el vínculo con los seres queridos y con nuestro entorno. En ocasiones esos desencuentros son vividos con una intensidad excesiva y nos lleva a pequeños desarrollos que podríamos llamar “psicopatogénicos” (es decir, potencialmente generadores de sufrimiento). Y cuando estos desencuentros son habituales, el sujeto trata de buscar una salida que no siempre es la más adecuada. De ahí la psicopatología individual y social. Es decir, las amenazas al vínculo con el otro son lo que nos hacen sufrir.

· Con tantos pacientes como has tratado, con tantas personas a las que ayudaste, si vuelves la vista atrás ¿Qué sientes que ha sido lo más difícil para ti, lo más complejo de abordar, lo más duro de afrontar?

Lo que me ha resultado más duro (y ha pasado varias veces) es cuando un niño o un chaval va mejorando y esas mejoras conllevan cambios en sus relaciones en casa. Entonces los padres deciden interrumpir el tratamiento aduciendo que o “ya es suficiente” o “ya va
mejor en el cole”, quebrando el proceso iniciado. Me ha resultado duro (y creo que me seguirá resultando) no solo por tratarse de un menor sino porque conseguir que confíe en el profesional suele ser el resultado de un trabajo importante y, cuando se interrumpe la relación se tira por la borda el trabajo que ese chaval ha realizado para aceptar confiar en alguien: a partir de ahí, le costará volver a confiar en alguien. Recuerdo un chaval que a pesar de la dura problemática que presentaba (los padres pasaban olímpicamente de él), consiguió mejorar en sus estudios e reiniciar el hábito a escribir poesía. Eran poesías que a mi me parecían una maravilla. Y él se sentía escuchado y apoyado. Hasta que un día, sin más el padre me deja un mensaje interrumpiendo el tratamiento. No me pude ni despedir. Casos así, varios en mi vida profesional.

Pasa también en otras situaciones, en parejas, por ejemplo. Comienzas a trabajar y a establecer una buena relación de confianza, de espontaneidad. Consigues que la pareja vaya abordando cosas que no siempre son fáciles de hablar en otros entornos y un día, por lo que sea, interrumpen el trabajo realizado. O situaciones en las que ella le maltrata y te das cuenta de la manipulación, y al final se interrumpe el tratamiento por inasistencia de la pareja. O porque “sus horarios lo hacen difícil”. Nunca he rechazado realizar una psicoterapia por razones económicas, y así me va. Nunca. Este punto suele ser siempre una negociación que respeta la realidad del paciente. Creo que los profesionales de la salud tienen un deber social y ético. Ya sé que me dirán que estoy en el mundo real, sí. Prefiero trabajar una hora más que cobrar lo que alguien no puede pagar.

Todas estas son situaciones de mucha impotencia, y contactar con este sentimiento es duro porque no hay nada más duro que ver que no puedes hacer nada más, que no te dejan hacer nada más. Ver que el miedo a “estar sano o estar mejor” a veces es mayor que el seguir igual como se está. Eso es duro; al menos para mí. Hay muchos casos en mi experiencia, y esto me duele porque veo las capacidades del otro y… sus miedos (o los de su entorno)

¡Durísimo! un trabajo personal de respeto y aceptación incondicional del otro impresionante. Yo que iba a preguntarte qué te han enseñado los pacientes…

· Tú eres cuidador Miquel, eso está clarísimo. De entre todas las profesiones vinculadas con la salud ¿Por qué psicólogo o para qué psicología? ¿Qué te atrajo de la profesión? A día de hoy ¿Qué te sigue apasionando?

Agradezco tus palabras, pero no me considero tal. Intento cuidar como me imagino que hace la mayoría de la gente o la de los profesionales del ramo. Otra cosa es que lo consigamos, o que siempre tengamos la misma consideración. Tengo la suerte de haberme encontrado con muchos profesionales de la “psi”: enfermeros, auxiliares, psiquiatras, psicólogos, y todos, todos los que he conocido se esfuerzan en cuidar. Cierto es que de todo hay en la viña del Señor, pero la inmensa mayoría son gente que cuida. Y que se gana la vida haciendo esto. Porque, aunque a veces no se nos ve así, esto más allá de los elementos de vocación que pueden estar presentes en algunos casos, esto es una profesión, una forma de ganarnos las alubias, los garbanzos. No somos seres especiales. Y todo nuestro entrenamiento, todos los espacios de supervisión van dirigidos a mejorar la forma de cuidar al otro, a los compañeros y… si podemos a nosotros mismos.

La elección de esta profesión… te reirás. Iba para ingeniero agrónomo y diversas circunstancias que no vienen al caso me llevan a verme trabajando en Bilbao, en el Servicio de Psiquiatría del Hospital de Basurto. Y entonces me dije: si estás aquí, ¿por qué no estudias psicología? Estaba casado y tenía ya mi primera hija. Ella, mi mujer y mis otros dos hijos tuvieron que “soportar” un padre que trabajaba y estudiaba al mismo tiempo. Sé que no ha sido nada fácil para ellos, en espacial para mi mujer. Y siempre se lo he agradecido y estoy en deuda con ella. Al principio podía haberme reintegrado en los estudios de ingeniería, claro. A veces parece que una fuerza que va más allá de uno te conduce hacia unas circunstancias u otras. Y ya puestos… pues habrá que convertir ese trabajo en algo que me llene, ¿no? Y poco a poco fui queriendo eso que hacía, fui reconvirtiendo mi trabajo en mi vocación. Y eso que creo que es lo que todos debiéramos hacer, me ha proporcionado un guión para la inmensa mayoría de cosas que hago. Creo que cualquier persona, si es capaz y encuentra la forma de convertir el trabajo en algo que le aporta cosas, que le estimula, que le posibilita crear, consigue algo más: dejar de ver el trabajo como una carga. A mi me gusta trabajar. Y creo que la vida, toda la vida, no tiene sentido sin el trabajo. Si no tuviéramos un trabajo, ¡habría que inventarlo!

Más que gracia, me produce un profundo respeto. Hay que ser muy sensato, muy sabio para vislumbrar que es lo que la vida espera de ti y no al contrario, confiar en esa fuerza que es más grande que uno mismo, y lanzarte a por ello sin garantías. Me encanta además que tu historia no sea el típico cuento de hadas vocacional, creo que nos regalas un gran aprendizaje, hacer de tu labor una vocación de vida, amar lo que haces.

· ¿En qué proyectos estás trabajando actualmente? ¿Cuáles son tus ilusiones?

Me haces unas preguntas que no sé por dónde salir. Mira, suena a populachero, sí pero mi principal proyecto es seguir trabajando a pesar de la jubilación. Entiendo que a la gente le guste jubilarse. Y que haya profesiones que incapaciten tanto física como psíquicamente a alguien que la sociedad deba compensarles mediante una buena jubilación. Pero dicho esto, también sé que la jubilación debiera ser algo optativo, elegible a partir de una edad determinadas pero no obligatorio. Entiendo que haya quien argumente que si no nos jubilamos, los jóvenes no pueden entrar en el mercado de trabajo. No lo creo, pero respeto la opinión. Si pienso desde mi, la jubilación de la Universidad la descapitaliza. No por mí, sino porque jubilando a personas en activo y con ganas de seguir peleando por la vida, con experiencias clínicas y organizativas variadas, la universidad (como cualquier otra empresa) se descapitaliza. O sea, quiero seguir trabajando, quiero seguir ganándome las alubias y quiero, sobre todo, seguir siendo útil a quien lo necesite. Pero es que hay algo que suena a “populismo” y te prometo que no lo es: si la sociedad (a través de, entre otras, mi familia, los míos) me ha dado la oportunidad de aprender de este oficio, creo que es deber de uno retornarlo a la sociedad. Por esto me gusta enseñar, supervisar, organizar cursos…

¿Proyectos? Dejando a un lado este que te he dicho, hay algo que acaricio desde hace tiempo. Sabes que me gusta el tema de lo grupal y que he dedicado muchos años a la formación de profesionales en este terreno. Y me gusta pensar desde este ángulo del pensamiento que llamamos grupoanálisis. Pues bien, quiero seguir creando <a href=”http://www.grupoanalisis.net/category/iniciativas-grupalesformativas/”>seminarios, programas formativos</a> y, en la medida de lo posible, Institutos que puedan equipararse a otros Institutos europeos. Institutos que no solo formen, sino que sirvan de trampolín para que quienes van viniendo y llegando, puedan despegar, puedan desarrollar sus proyectos grupales desde esta perspectiva. Y que estos institutos puedan ofertar también espacios de tratamiento bien concertando servicios o proponiendo estructuras propias. Y con todo ello, contribuir para que los profesionales de mi país, España (quinientos años tiene ya), puedan sentirse orgullosos de todo lo que somos capaces de hacer. Mira, durante los últimos seis años he ido manteniendo contacto con otros Institutos europeos (somos unos cuarenta), y no veo nada en lo que puedan darnos lecciones. Bueno, una cosa sí: su cariño hacia sus propios conciudadanos, a su propio país. Eso lo admiro. Todavía seguimos arrastrando la decadencia del siglo XVIII-XIX, las guerras civiles y todo el tralará. Este es mi proyecto y mi ilusión. Contribuir a que nos sintamos orgullosos de nuestros desarrollos profesionales y los podamos mostrar sin arrugarnos.

· Pues es fantástico que podamos seguir contando contigo de manera creativa y activa. Necesitamos que los psicólogos estéis presentes no sólo en los servicios de salud mental, sino en los centros de atención primaria, en los hospitales (servicios de urgencias, cuidados intensivos, unidades de larga estancia, etc.). Esto lo tenemos claro muchos profesionales de la salud, también pacientes y familiares. Falta que esta idea cale en los gestores ¿Qué les dirías? ¿Cuál sería la propuesta?

Mira, Elena, los elementos antigrupales no se sitúan solo en el grupo sino en el contexto social. Estamos en un momento muy delicado ya que los elementos económicos, vistos a corto plazo, invitan a buscar soluciones fáciles, rápidas y eficientes. En estos momentos no hay una conciencia social, grupal, que lleve a los responsables políticos y económicos a apostar por las ventajas de considerar que si se atiende a lo grupal se acortan los problemas. Mi experiencia me indica que, a pesar de que, por ejemplo, no hay una “evidencia científica” que afirme que la supervisión del trabajo de unos profesionales mejora su trabajo, la realidad (posiblemente no científica) es que gracias a esa supervisión, los profesionales pueden atender a sus pacientes de forma más creativa, evitando que las cargas inherentes al propio trabajo contamine la actividad asistencial. Pero esto es ampliable a una gran cantidad de lugares asistenciales: atención a los profesionales de urgencias, de intensivos, etc., se beneficiarían, eso no lo dudes, de las ventajas de poder discutir entre ellos de los casos clínicos, de las ansiedades que diariamente se cuelan en su trabajo, del mantenimiento de una mayor capacidad de pensar y elaborar lo que atienden día a día. No se trata de hacer psicoterapia, sino de limpieza de quirófano.

Si hablásemos de máquinas, su mantenimiento estaría incluido en el costo de la misma. Si una mejor atención a los pacientes y sus familiares, si la mejora de la capacidad de los profesionales de un hospital o de un centro de salud dependiera de una máquina y ésta
requiriera de un mantenimiento semanal, ahí estaría un presupuesto para ello. Sé que tras una operación se limpian los quirófanos. ¿Por qué? Por la posible presencia de bacterias que pueden poner en peligro la vida de otros pacientes. Pero curiosamente, cuando se habla de evitar que las cargas derivadas de las ansiedades, temores, dudas y una gran cantidad de elementos que nacen de la relación asistencial con pacientes de todo tipo, no disponemos de dinero para ello. O cuando los profesionales se pagan su propia supervisión y su propia formación continuada. O cuando… no son máquinas, claro. Incluso alguien me “espetó” que lo hacían por vocación.

Tuve una gerente con la que discutía un día acerca del trabajo de los psicólogos. Estaba yo en un Hospital de Día con pacientes graves. Andaba ahí solo, sin apoyo de nadie. Y le comenté la dureza que supone estar durante varias horas con pacientes de patología tan grave por la cantidad de elementos tóxicos que, inevitablemente, vertían sobre mí. Y me dijo. Más duro es trabajar en una mina. No lo olvidaré nunca. Esa persona era incapaz de entender nada del trabajo de una unidad de la que era gerente.

Mira, los psicólogos somos más necesarios de lo que se cree. Claro que dirán que según las estadísticas, corresponde a tantos por población. Pero estos números, siendo orientativos, no alcanzan a valorar toda la función que hace aquel profesional de la salud que ha dedicado muchos años tras los estudios universitarios a formarse en una orientación y a dominar unas técnicas. ¿Por qué no hay más psicólogos trabajando en las unidades de cáncer, de patología renal o en las mismas maternidades? ¿Y en el campo de la justicia, es que ahí los reclusos o incluso los mismos jueces no precisarían de un profesional que les ayudase a realizar su labor con mayor equilibrio psíquico? ¿Y los partidos políticos? No acabaríamos la lista…

· ¿Qué nos recomendarías para cuidar de nuestra salud mental?

Pues, a ver cómo te lo explico. La salud mental no es un tema exclusivamente individual; es colectivo. Depende no solo de aspectos genéticos que facilitan o inhiben muchas de las respuestas que los individuos tenemos al entorno y a nosotros mismos, sino de los millones de estímulos que provienen de las personas que nos rodean. Las personas nos hacemos las unas a las otras. Y en este hacer al otro, vamos contribuyendo a que la forma cómo esta persona se enfrenta a las demandas de su entorno y con las de las personas con las que vive y se relaciona, sea una u otra. Buena parte de esta tarea es inconsciente, no organizada ni mantenida desde la razón y la consciencia. Nuestra salud mental, la de las personas y la de los grupos humanos, depende mucho de la calidad y calidez de nuestras relaciones. Ahí está buena parte de la respuesta.

La calidez y la calidad de estas relaciones proviene de la capacidad con la que entendemos a quienes nos rodean y nos entendemos nosotros mismos. Conocernos y conocer a los demás significa saber de ellos, entenderlos y quererlos. Pero esto no es fácil. Aprender a diferenciarnos de los demás y al tiempo ser capaces de estar y sentirnos vinculados a ellos, es complejo. Afecta y atañe a muchísimos aspectos individuales que deben poder entenderse y aceptar.

Si fuésemos capaces de establecer espacios grupales en los que poder entendernos, ganaríamos mucho. Lugares en los que, bajo la conducción de especialistas en el tema, poder hablar, sentir, pensar y comprendernos. Espacios grupales que debieran poder desarrollarse en las escuelas, en los lugares de trabajo, en los espacios políticos… ¡hay tantos lugares en los que los profesionales de la salud podrían contribuir a la salud mental antes de que aparecieran señales de patología!

Lamentablemente nuestros representantes políticos nos usan para otra cosa, pero nunca o muy pocas veces, para mejorar la salud mental de los ciudadanos. En alguna ocasión he tenido la osadía de comentarle a algún líder político que nos necesita (y el bien que conseguiríamos hacer a nivel social); pero la callada por respuesta fue todo. Es más, recuerdo haber enviado a varios dirigentes políticos de nuestro país el libro que desde mi intenta contribuir sobre lo social. Tan solo dos me contestaron agradeciendo el regalo. Creo que ni ellos ni nadie más lo leyó.

Actualmente estamos viviendo la llamada “crisis de los refugiados” o cómo la historia se repite. El libro que publicaste de Vamik Volkan “Psicología de las sociedades en conflicto: diplomacia, relaciones internacionales y psicoanálisis” es una gran ayuda para coprender las relaciones y los conflictos entre los pueblos.

· ¿Deseas compartir algo más con nosotros?

No me tientes, Elena, no me tientes. Muchas cosas me gustaría poder compartir pero sé que debo limitar mi presencia. Ahora bien, si fuésemos capaces de pensar en el otro más que en uno mismo, si fuésemos capaces de levantar el pie del acelerador y darnos tiempo para estar, para compartir (aunque sean los silencios) con los demás… si fuésemos capaces de estar con nuestros chavales, nuestros peques… creando cosas, desarrollando su creatividad y espontaneidad, si fuésemos capaces de contribuir a su educación no pensando solo en su progreso personal sino también en el colectivo, otro gallo cantaría. Pero… soy un poco pesimista. ¿Cuántos años de existencia de la humanidad nos ha llevado a donde estamos? A penas hemos bajado del árbol. Los elementos destructivos están ahí y es muy difícil contrarrestarlos. En intentarlo estamos muchos.

· ¿Quien es Miquel en esencia?

¿No será una pregunta trampa, ¿verdad? No sé. He intentado ser buen marido, padre y abuelo. Quizás también un buen hermano, hijo y nieto. También buen profesor y profesional. No tengo tan claro haberlo conseguido; más bien creo que quedó en el intento. Bueno, eso ya te lo dirán otros, cuando las negociaciones con la Parca (que espero vayan más lentas de lo que pueda querer ella) hayan concluido.

entrevistadoraMe siento afortunada por todo lo que me he aprendido con Miquel durante el intercambio de preguntas, respuestas, comentarios, retoques, mejoras y sugerencias. Y por las risas que también me ha regalado. Da gusto aprender de un Maestro tan humano, tan grande y tener la oportunidad de compartirlo con vosotros.

Habréis notado que Miquel ha puesto el alma en la entrevista, se palpa desde el primer párrafo. Ha dedicado tiempo, trabajo, energía y lo ha hecho con la entrega, el compromiso y el entusiasmo que le caracterizan. Sólo puedo añadir:

Querido Miquel, gracias de corazón por regalarnos este material que es un tesoro, una lección magistral y un ejercicio de “terapia de reflexión”, que buena falta nos hace. Nos planteas muchas preguntas y las respuestas, la capacidad de mejorar las cosas depende de cada uno de nosotros.

Tus palabras son al mismo tiempo, inspiración y reto. En nuestra mano está relacionarnos de forma más consciente, más respetuosa, más sana, y sabia, y de ese modo nutrir y transformar los grupos sociales y los equipos profesionales de los que todos, sin excepcción, formamos parte.

Miquel, te deseo lo mejor, sigue trabajando como a ti te gusta, compartiendo, enseñando tantas cosas necesarias y buenas. Abrazos, y ¡bienvenido a la familia del blog!

- Elena Lorente Guerrero

Entrevista a José Miguel Sunyer, Doctor en Psicología, Grupoanalista 4.50/5 (90.00%) 2 votes