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Martes, octubre 17, 2017
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Entrenamiento en acción 

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Mi cuaderno de Bitácora del 17 de noviembre de 2010
Sunyer, J.M. · 17/11/2010
Fuente: Sunyer
Hoy participábamos de una sesión en la que eran las protagonistas las cartas que escibió nuestro paciente y, a partir de ellas, comenzaron a salir algunos aspectos de lo que se llama entrenamiento en acción.

Entrenamiento en acción.

Dado que parte de este diario tiene que ver con quien lo escribe, pensaba esta mañana que podría ser útil transcribir algunas notas que tenía en un papel mientras me preparaba para la clase. Porque como es lógico pensar, cada acto profesional requiere (como en el caso de los toreros u otra profesión importante) una preparación previa al contacto con vosotros. Cuando esto no se da, yo lo noto. Y me imagino que vosotros, sin saber a qué se debe, también.

Me encontraba haciendo tiempo antes de salir de casa y percibía en mí una dualidad: si me importabais tenía que pelear por vosotros; si no, podía seguir como si tal cosa. Como resulta que mi posición está más próxima a la primera frase, parece lógico pensar que debo pelear. Pero esa pelea, ¿hasta dónde se debe a lo que percibo o a aspectos personales que pongo en esta relación? Esta pregunta (que apareció al final de la sesión de hoy también) supone poder diferenciar en la medida que es posible, lo que pertenece al terreno de lo proyectado por mí de lo que corresponde a lo que percibo directamente de vosotros. Evidentemente tengo una edad que me coloca cerca de ser vuestro padre aunque ya un padre mayor, casi abuelo para vosotros. Y esto tiñe parte de los aprecios que se me activan con vosotros. Y viéndome reflejado en muchas de vuestras cuitas, creo poder diferenciar aquello que se corresponde a eso de lo que proviene de vosotros mismos.

Cierto que podría ponerme en la posición de profesor (o lo que sería semejante, la de psicólogo políticamente correcto) que presupone que lo que sucede depende de los alumnos, lavarme las manos y que cada cual aguante su propia vela. Pero las experiencias que estoy teniendo en la vida (y posiblemente más en los últimos meses o semanas) me inclinan a pensar en que todos estamos en el mismo barco y por lo tanto, todos somos corresponsables de lo que sucede; por lo que debo asumir parte de esta corresponsabilidad. Eso me llevó a darle vueltas a cómo iba a tratar las cartas que le habíamos podido a Bonifacio.

Y ahí estabais todos peleando con los textos tratando de dilucidar algunas de las cuestiones que os planteé.

La culpa, es decir, aquella consecuencia de la convicción de que uno no hace bien las cosas o que no salen como uno desea parece que se colocaban más cercanamente a Bonifacio que en Marina. Y cuando las ansiedades se colocan en esta zona más de uno reciben el nombre de ansiedades depresivas. Es más, si miramos los textos ambos dos son de tonalidad depresiva, triste, apesadumbrada. Pero claro, cuando la culpa está ahí adentro no podemos hacer más que sacarla. De nada sirve tenerla depositada ahí, aburrida como un hongo, dañándonos las veinticuatro horas del día. Claro que si estuviera localizada en el otro tampoco podríamos dejarla ahí y algo habría que hacer para traerla para acá. Vamos, que como podéis deducir, las ansiedades no hay que dejarlas en donde están. Son como energías condensadas que, en tanto que se paralizan, paralizan.

Entonces os pregunté sobre la intensidad de dicha ansiedad, cuánta carga energética se veía en las cartas. Vamos a ver. Esto es material clínico, material que se genera y activa en la sesión asistencial y que no sale, necesariamente, del terreno de trabajo. Estas cartas como podrían ser dibujos, creaciones artísticas, musicales, etc., sólo tienen sentido en el marco del trabajo que se realiza; y no fuera de él. Entonces, en estas cartas lo que veíamos, o al menos lo que veía, es que eran cartas de baja intensidad. Como alguno de vosotros decía, se colocan más en el terreno de los 30 grados que en el de los 70. Porque… si uno realmente está dolido, cabreado, ofendido, harto… ¿lo dice en tono bajo y educado o salta a la yugular? Repito que estamos en el terreno del espacio asistencial. Y cuando uno ve que la carta es de baja intensidad (decir por ejemplo “odio tu control” “no me dejas respirar”, “no me gusta”, “me duele que seas tan autoritaria” está bien, pero la forma de decirla es de baja temperatura). Esto es quedarse, me parece, como si hiciésemos tratamientos de la “señorita Pepis”. Y vosotros estáis, estamos, ahí para algo más que eso.

La intensidad de la relación que aparece en las dos cartas era baja también. No se muestra la exigencia hacia el otro, no aparece de manera clara que lo que se quiere es realmente al otro. Es cierto que se afirma, pero con decir que “chuto a gol” no significa que la pelota vaya con la intensidad para que entre en portería, ¿no? Es aquello de “gato con guantes no caza ratones”.

Vayamos al tratamiento. Hemos hablado muchas veces de la importancia de la relación. De hecho, sólo es realmente terapéutico lo que sucede en esta relación. Y si en el vínculo que establecemos con el paciente se instala (como es de esperar) las características de la relación que el paciente activa de forma permanente, lo que va a resultar es que, como en su casa, la inhibición señoree. Recordemos lo que hablábamos cuando nos referíamos a que siempre existe una contaminación del objeto de estudio: en la relación que establecemos con el paciente se reproduce exactamente la relación que mantiene fuera y, por lo tanto, se instalan aquí las propias dificultades por las que viene a la consulta. Y se instalan de la misma manera que se instalaron en su familia, con su mujer. También ella sufre las consecuencias de esa característica y juega un papel en el mantenimiento de la misma. Y ello no de forma voluntaria, sino de manera automática e inconsciente. No voluntaria, por lo que no podemos hablar de culpa, ¿de acuerdo?

Os señalaba que el espacio asistencial es como un espacio de entrenamiento. Entrenamiento en acción, dicen los autores que hablan de ello. Es decir, que en el aquí y ahora de la relación nosotros tenemos que pensar que estamos en un espacio de entrenamiento, de activación o reconducción de las características relacionales que se instalan entre el paciente y nosotros. Y lo que puede acabar activándose si no hacemos algo es que también nosotros nos quedemos encerrados en la jaula de la que Bonifacio hablaba. ¿Entonces?

Hay una parte de la responsabilidad profesional que tiene que ver con las ganas que podamos tener en salir de atolladero. Esto significa que en este caso, que es una persona de características neuróticas (es decir, no es un psicótico ni un trastorno de la personalidad o un caso de perversión), algo habrá que hacer para que esa inhibición no se instale. Y ¿de qué se inhibe? De la expresión de lo que siente. Racionaliza, sí, comprende, entiende: pero eso no le es útil, no le saca de la posición en la que se encuentra. La racionalización, mecanismo de defensa muy extendido, va a sacarle punta a la comprensión de los hechos: pero puedo comprender muchas cosas aunque si esta comprensión no me lleva a mover ficha, estamos igual que antes. Los tratamientos no son espacios sólo de comprensión racional. No son espacios intelectuales. Son espacios para conectar con lo que uno no conecta: los sentimientos.

Entonces, para salir del atolladero algo tendremos que hacer para irle acompañando a la expresión de eso que no puede expresar ni saber qué le sucede. Ese acompañamiento no es necesariamente pasivo; sobre todo en casos que, como en el de Bonifacio, requieren de nuestra presencia para no perderse en el no saber qué hacer. De hecho, esta persona es como un niño que precisa restablecer su crecimiento que se quedó detenido en el tiempo. Y para ello deberemos emplear aquellos recursos que estén en nuestra mano para que desarrolle su capacidad de hacer más suyos sus propios deseos. Para ello echamos mano de la empatía y de la complicidad. Empatía para captar su parálisis. Complicidad para aprender con él los recursos necesarios para ese redesarrollo. Y si con este objetivo tenemos que animarle a que vaya sintiéndose acreditado para decir que está hasta las narices, pues adelante. Porque requerirá poder conectar con sentimientos que ni él mismo conoce de él. Requerirá poderles poner nombre. Exigirá que, como él, podamos expresar nosotros cosas similares para que pueda sentirse autorizado; y vea que no sucede nada por hacerlo. Y esta es nuestra tarea.

Y, para finalizar, la propia consideración del profesional. Nada de lo que sucede en el ámbito asistencial nos es ajeno. Pero fundamentalmente porque también nos atañe y también pone en cuestionamiento nuestros propios aspectos Bonifacios.

Entiendo que somos miembros de la comunidad educativa de una Universidad y que aquí venimos para aprender. Pero ese aprender no es, creo, para ser críticos taurinos. En los toros hay varios personajes interesantes, pero hay dos muy opuestos: el torero y el crítico taurino. El primero expone su vida para ganarse unos cuartos y el segundo opina sin jugarse nada. Y cierto es que en esta profesión (ved si no lo que está sucediendo a nivel de reconocimiento) y a diferencia del terreno de los toros, lo que cobra el torero (es decir, el psicólogo) es bastante menos de lo que cobran muchos críticos (mucho teórico que anda suelto). Aquí aprendemos teorías y demás, pero la idea generalizada es que esto nos servirá para torear. Y creo que no exactamente. Para ese arte imposible (como decía Freud) se precisa meterse en el ruedo y establecer una relación (significativa, decía Rogers) mediante la que el paciente pueda realizar movimientos que le sirvan para ser más feliz, o para sufrir menos. Este es nuestro objetivo.

Un saludo,

Dr. Sunyer (17 octubre 2010)

El planteamiento es muy sencillo. La clase es un espacio en el que estamos muchas personas, como 50 o más.Uno puede considerarla desde diversas posiciones, pero personalmente prefiero pensar que estoy con un grupo. No ante un grupo sino en él. Este conjunto de personas que lo constituimos establecemos inevitablemente una serie de interdependencias, vinculantes muchas de ellas, que determinan no sólo la atmósfera grupal sino la manera de relacionarnos y los sentimientos que se derivan de todo ello. Cierto es que dado que trabajamos unos textos determinados, hay muchos elementos que se activan a través de la lectura de los mismos. Y la experiencia me indica que esos mismos elementos se activan también en las relaciones que establecemos en el grupo. Estos escritos son las reflexiones que desde mi puesto de conductor de ese grupo van aflorando en mi mente y que sirven, eso espero, de reflexión y de trabajo complementarios a la asignatura.

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