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Martes, noviembre 21, 2017
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El Yo 

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Mi cuaderno de Bitácora del 27 de Septiembre de 2011
Sunyer · 27/09/2011
Fuente: Sunyer
Me he centrado en el Yo porque es el tema que nos atrajo a lo largo de un buen rato. Creo que así quedan más claras las cosas.

El Yo.

Hoy nos centramos en el Yo y en cómo se las organiza para irse constituyendo y al tiempo constituir la visión que tiene de lo que le rodea. Para ello nos inventamos a una paciente, Ana, que fue creada por vuestras aportaciones. Eso ya es una interesantísima metáfora.

En uno de los grupos me preguntaron cómo podíamos articular el pensamiento de Rogers con el psicoanalítico. No pretendo articularlo pero posiblemente haya alguna cosa que nos permita aclarar algunas ideas.

De entrada quizás es interesante señalar que en psicología se van creando conceptos que son ideas que nos permiten entender una parte del funcionamiento del ser humano. Estos conceptos son instrumentos del lenguaje que nos sirven para mencionar parte de esa realidad psicológica que tratamos de describir y para comunicarnos entre nosotros, los profesionales. Esto lo venimos haciendo los humanos desde hace, al menos, quinientos mil años: al crear el lenguaje, las palabras que utilizamos nos sirven para transmitirnos información y para mencionar cosas independientemente de si estas cosas las tenemos delante o no. Por ejemplo, si utilizamos el sonido “patata” para aludir a ese tubérculo no es preciso tenerlo delante de nuestra vista para que sepamos a qué nos referimos. Evidentemente hay muchos tipos de patatas, pero lo genérico prevalece y, si queremos hacer mención a un tipo concreto entonces le ponemos otra palabrita, por ejemplo, patata de Galicia, para que sepamos a qué tipo concreto de patata nos estamos refiriendo. Pero sin que haya a necesidad de tenerla ante nosotros.

Pero el lenguaje nos lleva en algunas ocasiones a crear una realidad virtual. Cosa que sucede con más frecuencia cuando utilizamos términos que van ligados a aspectos no tangibles de la realidad. En psicología cuando hablamos de motivación, de ansiedad, de sentimiento, aludimos a un conjunto de cosas sin que las podamos concretar excesivamente ya que pertenecen a aspectos de la realidad subjetiva. Pero a base de utilizar mucho el concepto, éste acaba por tener una entidad real cuando en realidad es algo virtual. El Yo es uno de esos términos. Con él nos referimos a ese aspecto de uno que gobierna la conducta y organiza las percepciones y el material que queda registrado en la memoria de una determinada manera. Es el motor, el componente central de toda nuestra existencia. Pero muchas veces sucede que cuando lo utilizamos y lo adscribimos únicamente al pensamiento psicoanalítico acabamos pensando que otros autores no se refieren con el término Yo a lo mismo que hace alusión el psicoanálisis.

Que el Yo, en alusión a ese centro neurálgico de operaciones mentales que trata de elaborar todas las experiencias que tiene el sujeto, sea algo ajeno a lo que es uno es un error creo de nuestro lenguaje. O de nuestra parcialización o cosificación de la realidad humana. Y ese Yo, por aludir a la persona en su globalidad, sufre como consecuencia de tener que encajar miles de situaciones que le representan un determinado esfuerzo. Por ejemplo, si una persona no tiene trabajo ese hecho es algo que esa persona debe encajar; es decir, su Yo debe encajar que no tiene trabajo. Y todas las consecuencias de ello. Y de esas consecuencias se derivaran una serie de reacciones que provienen del hecho inicial y de cómo el Yo encaja la situación: puede encajarla de forma pasiva aceptando el hecho sin más y confiando que ya vendrá ese trabajo. Puede encajarla saliendo desesperadamente en busca de un trabajo nuevo. Puede ir a las oficinas de empleo. Puede crearse su propio empleo. Puede… estas consecuencias son el resultado de cómo el Yo encaja el hecho de no tener trabajo. Y cada una de las reacciones que tenga guardará relación con el conjunto de experiencias previas que se articulen con ese no tener trabajo.

Pero esta persona, su Yo por seguir la terminología que uso, desarrollará unas respuestas a tenor de algunas de las experiencias previas que se le hayan activado. Pero no las tiene todas en pantalla, es decir, no las tiene a todas presentes porque la capacidad que tenemos los humanos no deja de ser limitada. Porque por ejemplo, no tener trabajo puede articularse con las siguientes experiencias:

1.- mi padre no tuvo trabajo y esto nos llevó a tener problemas para comer todos los días.

2.- no tener trabajo es un insulto para un sujeto (esto se lo oí decir a una vecina un día que bajaba a la calle)

3.- los vagos no tienen trabajo (en una película que vi a los cinco años, una señora le decía eso a un señor)

4.- el trabajo es algo que no te dan sino que lo creas tú (lo leí en un libro que hablaba de…)

5.- el trabajo que me dais (se lo oí decir a mi madre agobiada por todos nosotros, lo que significa que tiene una connotación negativa)

6.- eres un inútil, trabaja y acaba los deberes. (esto me lo dijo un día mi padre)

7.- Luis en un don nadie, ni trabaja ni hace nada. Es la escoria del pueblo (lo comentaban unos vecinos un día en la panadería)

8.- el trabajo es un derecho y no un deber (se lo oí decir a un líder sindical)

9.- pues fulanito trabaja como un negro (eso se decía de un chico y pensé que eso debía ser que trabajaba mucho)

10.- es trabajo de chinos (me lo decía mi abuela cada vez que intentaba hacer algo difícil)

11.- el trabajo dignifica al hombre (o sea que debe ser algo importante, digo yo)

Como creo que podéis entender todos esas once ideas no están en mi mente constantemente ante el hecho de no tener trabajo. Pero las tengo en mi mente, es decir, están en el retortero de mi memoria. Y otras muchas más que seguro que están pero que ahora no sé qué decir. Diríamos que soy consciente de las once descritas mientras que de las que no aparecen no lo soy: están en el inconsciente. Dicho de otra forma, el Yo contiene muchas cosas conscientes y otras muchas más que no lo son y por lo tanto las consideraré inconscientes.

Cuando reacciono ante el hecho de no tener trabajo, alguna de estas ideas conscientes está presente en la reacción. Porque por ejemplo, si el trabajo dignifica al hombre y yo no tengo trabajo, no me estoy dignificando, es decir, no soy digno para los demás. Si esta idea está en la base de mi reacción cada día que pasa no deja de ser un recuerdo de mi falta de dignidad. Por lo que tengo que vivir con esa sensación que si se me torna muy amarga va a hacer de mi vida un calvario en busca de “un trabajo que me dignifique”. No os cuento si encima se articula con alguna de las otras once. Con ello lo que quiero decir es que el Yo actúa a partir de las experiencias que ha ido acumulando, y dentro de estas experiencias encontramos el conjunto de todas y cada una de las cosas que hemos visto, oído, entendido… a partir de nuestra relación con los demás.

Como comprenderéis hay limitaciones en ese Yo. En el escrito os proponía cuatro.

1. una limitación en mi capacidad de percibir y, por lo tanto, de captar las cosas que me suceden. Si esto me sucede el abanico de posibilidades para encontrar una solución va a ser menor que si no tuviera esa limitación. Por ejemplo, si mi percepción de no tener trabajo es limitada y se centra en que el trabajo es “algo que esta ahí y puede estar o no estar” entonces el abanico de posibilidades se limita a ver cuándo lo encuentro y en qué lugar lo encuentro, y desaparecen otras como el crearlo. O si mi percepción de mí mismo es que sólo sirvo para un tipo de trabajo, entonces mis posibilidades quedan mermadas automáticamente.

2. Podría darse que mi experiencia vital ante eso que genéricamente llamamos no tener trabajo no haya quedado recogida y por lo tanto no puedo considerar las veces que me quedé sin saber qué hacer y encontré recursos para salir adelante. O si mi experiencia vital no ha registrado lo que otras personas han hecho ante no saber qué hacer, el abanico de salidas disminuye notablemente.

3. Si no elaboro las cosas que me suceden puede ser que ese no tener trabajo no lo articule con mi realidad y experiencia y acabe considerando que la culpa es de los demás; cuando en ocasiones puede ser que no haya hecho lo que estaba en mi mano para permanecer en el trabajo que tenía: no asumiendo, por ejemplo, que el trabajador es una persona activa y que debe aportar su experiencia para que eso que realizo no sea un acto mecanizado sino un acto creativo.

4. O que las tensiones que se generan en mi alrededor por un hecho como el no tener trabajo sean tan grandes que, abrumado por la presión, las acusaciones, los comentarios, las opiniones de los demás respecto a mí, no me permiten considerar qué opciones tengo y me derrumbe; activando, en consecuencia, el ciclo devaluador de mi entorno.

Todo ello, fijaros bien, hace referencia a mí mismo aunque en realidad y hablando en terminología psicológica, hacen referencia a mi Yo.

Fue un placer, hasta mañana

Dr. Sunyer 26 de septiembre de 2011

El planteamiento es muy sencillo. La clase es un espacio en el que estamos muchas personas, como 50 o más.Uno puede considerarla desde diversas posiciones, pero personalmente prefiero pensar que estoy con un grupo. No ante un grupo sino en él. Este conjunto de personas que lo constituimos establecemos inevitablemente una serie de interdependencias, vinculantes muchas de ellas, que determinan no sólo la atmósfera grupal sino la manera de relacionarnos y los sentimientos que se derivan de todo ello. Cierto es que dado que trabajamos unos textos determinados, hay muchos elementos que se activan a través de la lectura de los mismos. Y la experiencia me indica que esos mismos elementos se activan también en las relaciones que establecemos en el grupo. Estos escritos son las reflexiones que desde mi puesto de conductor de ese grupo van aflorando en mi mente y que sirven, eso espero, de reflexión y de trabajo complementarios a la asignatura.

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