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Viernes, agosto 18, 2017
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El motivo de consulta 

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Mi cuaderno de Bitácora del 21 de Septiembre de 2010
Sunyer, J.M. · 21/09/2010
Fuente: Sunyer
En la sesión de hoy estuvimos hablando en torno a la idea del motivo de consulta. Este es el escrito correspondiente al día de hoy.

El motivo de consulta.

Al final de la sesión de hoy apareció una idea que generó un cierto revuelo: el motivo de consulta no hay que solventarlo. Cierto que momentos antes la temperatura grupal se había incrementado un poco, pero tuve la sensación de que se elevó considerablemente ante esta idea. Vamos a ver qué puede haber tras ella.

Parece aceptada la idea de que el motivo de consulta es la razón y excusa por la que acudo al psicólogo. Eso ya es un gran avance ya que diferencia el motivo de consulta del problema que tengo. Podríamos decir que normalmente la distancia que media entre uno y otro es muy grande. En ocasiones (creo modestamente que en la mayoría de las ocasiones) se tardan años en llegar a lo que podríamos denominar problema; si es que realmente llegamos en algún momento a él. Claro que esto depende del grado de profundidad al que deseemos llegar, entendiendo por profundidad aquel nivel de consciencia de uno mismo tal que sólo se alcanza a través de un trabajo riguroso, paciente y de mucha duración. Y los tiempos en los que nos movemos no parecen estar por ello.

La excusa por la que vamos a un profesional es lo que llamamos “motivo de consulta”. Es una situación, un problema o una circunstancia que ha cobrado una intensidad suficiente como para que acudamos a alguien en busca de solución. Cierto es que a estas alturas de mi vida pienso que en realidad nos pasamos la vida tratando de solventar ese algo que desconocemos. En unos casos se llega y en otros muchos, no. Y los caminos, los vericuetos por los que nos movemos son, en realidad, intentos más o menos acertados para poder resolver este problema. Por ejemplo, cuando uno estudia una cosa u otra, esa cosa que estudia y que va a ser, en principio, la forma que elijo para desarrollar algo en mi vida que me permita comer y alimentar a los míos y la manera mediante la que espero alcanzar niveles de felicidad determinados, esa forma es también la expresión de mi deseo de resolver un conflicto interno, un problema. Unos para ello estudiamos psicología y tratamos de poner nuestros conocimientos técnicos y personales al servicio de los demás, y otros estudian ingeniería o arquitectura, o simplemente ponen una parada de frutas y verduras. Pero lo común a unos y a otros es que a través de esta actividad estamos buscando satisfacer determinadas ansiedades y resolver determinados conflictos. Y eso sin saberlo, claro.

Cuando las personas nos ponemos en contacto con un psicólogo, en realidad estamos buscando algo que nosotros mismos no sabemos. En algunas ocasiones lo que nos lleva a él es algo tan grande, o se ha hecho tan grande, que es esa la razón la que acaba llevándonos a él. En otros casos, la razón es pequeña, o aparentemente pequeña y nosotros preferimos llevarla al psicólogo antes de que sea ella la que nos lleve a él. En ocasiones lo que buscamos es alguien que de forma mágica me resuelva mi problema. En otras, lo que anhelamos es alguien con quien compartir, secretamente, una serie de pensamientos, sensaciones, dificultades. A veces es la soledad la que nos lleva al profesional, mientras que en otras es la necesidad de encontrarnos con alguien que se nos presente duro y contundente. Es decir, las razones por las que vamos al profesional van más allá de las que vienen tras el motivo de consulta. Todo ello nos puede llevar a pensar que somos una pieza en la vida del otro que utilizará para alguna razón que en ocasiones nos es totalmente desconocida.

Como bien decíais, el psicólogo ejerce una función mental en la vida del paciente. Y cuando hablo de función entendedlo como una compleja operación mental mediante la que ese paciente podrá acceder a una experiencia emocional correctora. Pero esto no lo sabe porque no tiene por qué saberlo. Imaginemos que somos cocineros, o que tenemos un restaurante. Cuando las personas vienen a él y les mostramos el menú para que elijan qué quieren comer, lo que no hacen (creo que no es así, o al menos no es mi experiencia) es valorar cómo van a influir los componentes de los alimentos en su organismo. Podríamos estudiarlo, claro; pero creo que no les importa demasiado saber qué función tendrá en su organismo la ingesta de determinados hidratos de carbono, y cómo estos hidratos se descompondrán en su intestino para que puedan servir de energía a las células ubicadas en la mano derecha. Las personas que van a este restaurante van porque les han hablado bien de él, porque se sienten atendidos, porque el menú les parece variado a tenor de sus gustos, por el clima y la atmósfera que hay en él, y una serie de cosas más. Pero, seguro que no piensan en la función mental que el ir a ese restaurante representa para ellos. Y seguramente el cocinero o propietario del local tampoco lo piensa. Los psicólogos sí.

Si llamamos “función mental” al conjunto de operaciones que van a posibilitar una experiencia emocional correctora, podríamos pensar que la función del psicólogo es compleja. Por un lado atiende a quien le va a visitar. Y en esta atención, trata de entenderle. Y en este entender, intenta comprender el conjunto de aspectos que, de momento, vienen determinados por el motivo de consulta. Atender, entender y comprender son elementos que formarían parte de la ecuación denominada “función mental”. Eso significa que en este “motivo de consulta” hay una demanda silenciosa que es la de encontrar a alguien que me atienda, me entienda y me comprenda. Y eso porque soy una persona que preciso que alguien me atienda, me entienda y me comprenda. Y eso es complejo, porque en esa necesidad de que alguien me atienda va implícita la idea de que nadie me ve, de que no me siento visto, mirado, considerado por otro. “Que alguien me atienda”, es lo que decimos cuando estamos en una tienda esperando que se acerque algún empleado a atender nuestras solicitudes. Pero también que alguien me entienda, lo que lleva emparejada la idea de que no percibo que haya alguien que me entienda. Es decir, que haya otro que entienda lo que le explico. Y eso ya comienza a ser más complejo. Y que me comprenda, es decir, que perciba que el conjunto de aspectos que constituyen esa mi problemática o ese mi motivo de consulta, quepa en la mente del otro, quede abarcado por él.

Como tengo estas necesidades busco a alguien que pueda ejercer esa función mental y la razón que encuentro para ir a verle es ese motivo de consulta. Pero claro, si atiende mi motivo y trata de resolverlo lo que está haciendo no es entenderme a mí (sólo me atiende) y mucho menos me comprende. En la medida que sólo presta atención a ese motivo, lo que siento es que no me entiende ni me comprende, por lo que la función mental que espero pueda ser desarrollada por el profesional, ya no actúa. Y en estas circunstancias ya no vuelvo a ese restaurante.

Hay otro aspecto que no hemos tocado: lo que representa para el profesional la visita del paciente. Porque este es otro tema complejo que nos afecta y que, en la misma dirección que señalaba al inicio, atañe a nuestras profundas necesidades personales. Es decir, nosotros también estamos en este barco por muchas razones. Buena parte de estas razones constituyen el eje por el que estamos en donde estamos. Y en cierta manera, el paciente también ejerce una función mental de forma que contribuye a aportarnos experiencias emocionales correctoras; aunque no lo sepa. Y en este lío estamos y estaremos buena parte de nuestra vida.

Un saludo

Dr. Sunyer (21/09/2010)

El planteamiento es muy sencillo. La clase es un espacio en el que estamos muchas personas, como 50 o más.Uno puede considerarla desde diversas posiciones, pero personalmente prefiero pensar que estoy con un grupo. No ante un grupo sino en él. Este conjunto de personas que lo constituimos establecemos inevitablemente una serie de interdependencias, vinculantes muchas de ellas, que determinan no sólo la atmósfera grupal sino la manera de relacionarnos y los sentimientos que se derivan de todo ello. Cierto es que dado que trabajamos unos textos determinados, hay muchos elementos que se activan a través de la lectura de los mismos. Y la experiencia me indica que esos mismos elementos se activan también en las relaciones que establecemos en el grupo. Estos escritos son las reflexiones que desde mi puesto de conductor de ese grupo van aflorando en mi mente y que sirven, eso espero, de reflexión y de trabajo complementarios a la asignatura.

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