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Viernes, noviembre 24, 2017
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7. capacidad de pensar 

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Resumen: Se inicia el texto dibujando un panorama que proviene de la experiencia de una huelga general y que se muestra en el grupo con tensiones, posicionamientos más o menos radicales, etc. A partir de ahí e incorporando aspectos de mi experiencia personal, reflexiono sobre la capacidad de pensar

Palabras clave: Pensamiento, conflicto, paralización mental, huelga general, grupo, disociación operativa, yo auxiliante.

El día después de la demostración de fuerza tuvimos nuestro encuentro. Duro y fructífero como sabéis los que ahí estuvisteis. En ese contexto os comenté esa idea del Yo auxiliante que pretendo explicarnos un poco más.

Día de huelga general

Viajo en tren, en uno de los que se han considerado “servicios mínimos” y que es el que me permite ir a trabajar. Dicen que es una huelga general a favor del trabajo… pero tengo unas dudas muy grandes de esa aparente buena voluntad. Ahora bien, más allá de la innegable legitimidad de este tipo de manifestaciones ¿qué significado o significados puede tener eso si lo trasladamos al terreno grupal? Porque se trata de una protesta y una demostración de fuerza ante unas medidas que la autoridad toma respaldada por la mayoría del congreso. Nos guste o no.

Hace unos años me vi ante la necesidad de hacer una modificación importante en el curso de grupos que coordino en Barcelona. Por razones varias me encontré ante la duda de mantener la estructura del grupo tal como estaba organizada o modificarla para facilitar un proceso de aprendizaje más eficiente y eficaz. Eso supuso mucho dolor porque afectó a muchos de los alumnos del curso. Y la protesta, la huelga, apareció en el grupo grande. Recuerdo que fue una situación dura porque en el propio equipo teníamos dudas respecto a la propia decisión. Pero no había alternativa posible; bueno, sí la había: no hacer nada. El grupo debatió durante un buen rato poniendo énfasis sobre todo en el aspecto autoritario de la decisión. Efectivamente, no creímos que se debiera haber trasladado a los alumnos una situación que a ellos sólo les competía en cuanto las consecuencias; pero no había otra alternativa.

Recuerdo algunas otras situaciones similares que no vienen al caso. En definitiva lo que parece estar por debajo de todo eso es un gran dolor; pero un dolor complejo. Y en cierto modo no está alejado de algunas de las cosas de las que hablamos el día pasado. Hay un tremendo dolor porque entre otras cosas nos vemos abocados a adaptarnos a una situación que no ha sido escogida por nosotros. Este hecho que ha vuelto a aparecer hoy (ya se veían esos nubarrones el día pasado) nos pone sobre el tapete la completa y constante interacción que aparece siempre entre lo individual, lo grupal y lo social. Y, aunque mi formación me había llevado a creer en una cierta linealidad de los hechos en la que lo individual vendría primero y lo que viene después es como una consecuencia de lo primero y casi le sigue, la realidad posterior y la experiencia acumulada me hace pensar que tal linealidad no existe: todo se da al mismo tiempo, al unísono, creándome un panorama que me resulta difícil de explicar y comprender. Mi tendencia, un poco cartesiana, es buscar un punto de partida para proseguir desde él; pero la realidad que se me hace presente me informa que son fenómenos que se dan todos a la vez.

Entiendo que para un conductor de grupo no le es nada fácil tomar determinadas decisiones. Como tampoco lo es para ningún profesional de la salud mental y menos para los psiquiatras y quizás para enfermeros y asistentes sociales. Pero creo que no es fácil para nadie. Cuando en un grupo de reducido tamaño se da una circunstancia de tensión entre el grupo y el conductor solemos refugiarnos en la palabra resistencia. Decimos que el grupo está resistente a aceptar tal o cual decisión. Lo mismo sucede ante un paciente individual. Y esas resistencias, más allá de que realmente lo sean ya que nunca es agradable aceptar determinadas decisiones, no dejan de ser un momento de complicada solución. En algunas ocasiones me he encontrado con un paciente (por lo general han sido más las veces en las que ese “paciente” era un profesional) que se me ha enfrentado. Cuando el enfrentamiento es individual la tensión es elevada; pero si la situación se da entre el conductor y un subgrupo liderado por esa persona, la complejidad es muy elevada. Temas como el idioma en el que se habla o un incremento de los honorarios grupales o, incluso frases como “ese estilo de conducir no tiene nada de psicoanalítico, o no tiene valor científico”, nos colocan en una tesitura muy difícil por no decir imposible. Es decir, han sido situaciones, como podéis ver, aparentemente alejadas de lo que pudiéramos definir como “conflictos internos”; aunque… ¿hay mucha diferencia entre lo interno y lo externo? ¿no estaremos hablando de lo mismo? Y las situaciones, pocas ciertamente, se resolvieron mal. Y creo que ello sucedió como sucedió porque lo que se paralizó totalmente fue la capacidad para pensar.

La capacidad de pensar

Pensar es un proceso complejo. No sé si podemos decir que “aprendemos a pensar”, pero para que el bebé pueda “pensar” parece lógico creer que se precisa de lo que pudiéramos llamar algo así como un aparato para pensar. Y en realidad ese aparato existe: la madre. Efectivamente, la madre es esa persona que presta su aparato mental para pensar a partir de toda la relación que establece con el bebé. La madre piensa en voz alta mientras habla con el bebé y éste algo capta de eso que la madre transmite que queda introyectado en su propio, ¿aparato psíquico de pensar? A su vez, con sus gorgoteos que posteriormente se convertirán en sonidos comunicativos, algo transmite a la madre quien responde a lo que capta emitiéndole otra serie de sonidos, movimientos, gestos, transmisión de emociones… Emerge de esta forma un diálogo en el que una de las partes ofrece su propia capacidad de elaborar la experiencia relacional al otro; y ese otro, la introduce en sí mismo y, al tiempo, va marcando parte de los ritmos con los que la madre elabora el pensamiento.

Como podéis ver aquí la madre es fundamental. Y es que la madre (posteriormente lo será también el padre) cuando desde el mismo momento del nacimiento le habla a su bebé no le está enseñando a hablar (aunque también, claro). Le enseña a pensar. Y para ello hace algo tan elemental como suministrarle una serie de sonidos (para él son sonidos) que van ligados a toda una infinita cadena de significados y significantes y, fundamentalmente, elementos afectivos y relacionales. Pero no solo le suministra sonidos sino toda una plétora de mensajes verbales, no verbales, modulaciones verbales, de contactos físicos, etc., a través de los que el bebé va interiorizando, poco a poco, toda la información que le suministra el exterior. Y va conociendo que entre él y su madre hay una relación cargada de significados, afectos, valores y normas. La madre le va introduciendo en el mundo social del que es parte. Y al tiempo determina algo que es fundamental en los procesos de desarrollo humano: que la mente, el conjunto de elementos que constituyen eso que llamamos aparato psíquico es algo que va más allá de lo individual, es social. La mente, pues, el aparato de pensar y sentir es también social.

Winnicott decía que no se puede ver a un bebé sin ver a su madre. Y lo decía porque observó que en realidad, en todo aquello que se da entre los dos, entre el bebé y su madre, estriba la clave que le permitía entender lo que le sucedía al bebé. Y eso que se da entre los dos requiere un espacio físico que se corresponde a un espacio mental: el que media entre el hijo y su madre. Y es ahí en este espacio físico y mental en donde se elaboran las diversas situaciones que se dan entre ambos. Ese espacio es necesario para poder pensar.

El grupo como espacio para pensar

En una ocasión definí el grupo como el espacio de elaboración de nuestros procesos internos. Creo que podemos volver a definir el grupo como el espacio mental de elaboración de sucesos, relaciones, afectos y vivencias que conciernen a sus componentes y, por extensión, a los miembros de la sociedad de la que somos parte. Esto visto desde el punto de vista asistencial nos permite pensar que tanto si estoy en la relación con un paciente o con varios a la vez, lo que se crea entre unos y otros no es otra cosa que un espacio para elaborar sucesos y vivencias. Y os recuerdo que para mí, dos ya pueden formar un grupo.

Metafóricamente podríamos decir que el espacio que media entre los que nos sentamos en círculo para formar el grupo, ese espacio representa el espacio mental en el que elaboramos estas cosas que nos conciernen. ¿qué entiendo por elaboración? Si elaborar según la RAE es un apalabra que proviene del latín (Del lat. elaborāre) y significa: Transformar una cosa u obtener un producto por medio de un trabajo adecuado, lo que hacemos en el grupo es transformar una serie de cosas que tienen que ver con lo que nos pasa y obtener un producto que será el resultado de esta transformación; y que, en términos de salud mental, equivaldrá a proporcionar nuevos recursos y nuevas formas de entendernos en nuestras relaciones con los demás. Esa transformación no proviene de las mágicas aportaciones del conductor (que como tal se pone en posición de servir y ayudar al grupo) sino de las aportaciones que hacen los miembros del grupo que tratan de ayudar, aumentar la comprensión de los hechos, dar apoyo e incluso soluciones prácticas a lo que trae cada compañero del grupo.

Ese trabajo de elaboración, es decir, de transformación de lo que expresamos de forma más o menos libremente en un producto nuevo que no deja de ser una mejor comprensión de nosotros mismos y de los demás, nos permitirá entendernos. Aquí convendría subrayar dos tipos de entendernos: una la que supone entender las circunstancias que explican los compañeros del grupo en el contexto en el que se viven, y dos, entender los paralelismos que se dan en el aquí y ahora de la relación asistencial. Es decir, no se trata sólo de entender lo que le pasa en el allá y entonces de la realidad externa al grupo sino la de entender el aquí y ahora de la realidad relacional del propio grupo. Esto es lo que quiero decir con la idea de entendernos.

¿Qué significa entendernos en este contexto de forma más concreta? Cuando un miembro del grupo, por ejemplo, habla y cuenta cosas sin mirar a los ojos de los demás, algo está diciendo. Pero lo hace (en principio y si no anda súper enfadado o es muy, pero que muy tímido) sin darse cuenta; aunque los demás sí se dan cuenta de que no les mira al hablar. Ante eso podemos hacer varias cosas. Una es considerar que es su forma de relacionarse, su forma de ser y dejar ese mensaje silencioso (el de hablar sin mirar) y no indagar en lo que ello representa. Otra sería señalárselo para que tome conciencia de ello; e incluso programar determinados “ejercicios” con el fin de que aprenda a mirar a los ojos de los demás. Una tercera sería indagar de dónde proviene esta conducta relacionada posiblemente con aprendizajes familiares. Otra podría ser decir lo que uno siente cuando le habla sin mirarle a los ojos. Y podríamos seguir, pero lo que estamos haciendo en cualquiera de los casos (a excepción de primero) es tomar un síntoma (aparentemente no problemático) y ponerlo en el pentagrama de las relaciones intergrupales. Es decir, el síntoma silencioso pasa a ser parte de la comunicación oficial. Al hablarlo, al poder poner palabras a esa conducta, lo que estamos haciendo es ampliar los niveles de comunicación con esa persona. Y él a su vez, podrá pensar algo sobre ello y sobre las consecuencias que tiene en sus relaciones con los demás. Ese pensar se da porque alguien ha subrayado un síntoma que pasaba casi como desapercibido. Así comenzamos a entendernos. Y eso con todo. Dicho de otra forma, los síntomas que presentamos las personas siempre guardan relación con aspectos de la comunicación que quedan fuera del pentagrama que leemos normalmente. Eso va desde el ejemplo que he puesto a los elementos y expresiones somáticas y llega hasta el propio cuadro psicopatológico. Así un intento suicida es tan mensaje como una dismorfofobia o una alteración del carácter. Lo que no significa que todos ellos tengan igual dificultad de comprensión y aceptación.

Como en el grupo estamos para hablar de estas y otras muchas más, la consecuencia es que los que participamos de este espacio nos ponemos a pensar sobre los demás y sobre nosotros mismos. Esto conlleva que en la medida en la que vamos cogiéndonos confianza, los temas que se abordan y la forma de hacerlo va siendo cada vez más personal. Ello nos permite conectar con lo que sentimos o lo que nos hacen sentir los demás. ¿Qué siento cuando alguien me habla y no me mira? ¿qué siento cuando alguien mira más a unas personas que a otras o no me mira a mí y a las demás sí? Hablar de estos sentimientos, hablar de lo que nos generamos unos a otros y mirar de relacionar todas estas experiencias con nuestra propia historia, eso nos reubica en el mundo, en el seno de las relaciones sociales y familiares y en el propio grupo.

Pero esto no es gratuito ya que en tanto que estoy para contribuir a elaborar todo eso, es decir, a digerir todo eso y poderlo integrar, me veo involucrado en los temas de los que se habla y de las vivencias que se activan. Ello exige del profesional de la psicoterapia (y esto es lo que lo define como tal) el desarrollo de la capacidad de una disociación operativa que mantenga activados sus procesos mentales. A eso que creamos para conseguir esa disociación operativa le llamo “yo auxilar” aunque quizás para no confundirlo con la definición que se hace de este término igual mejor lo llamamos “yo auxiliante”. Que en realidad se corresponde al “yo auxiliar” que precisa el paciente para poder reactivar su capacidad de elaboración, su capacidad de pensarse.

El yo auxiliante

Sabéis que una de las capacidades humanas es la de disociarse. La disociación es un mecanismo de defensa y de comunicación mediante el que sabiendo de la existencia de aspectos que no nos gustan de algo (es decir, no negándolos) mantenemos contacto con ese objeto primando los que nos agradan. Eso nos sirve para muchas cosas ya que no siempre podemos tener presentes y de forma inclusiva esos aspectos que no nos gustan del objeto. En ocasiones son cosas de nosotros mismos, es decir, aspectos que no nos gustan de nosotros mismos y que debemos como medio apartar de la conciencia para poder seguir trabajando y viviendo con los demás. Pues bien, aprovechando esa capacidad disociativa creo que los profesionales (en realidad, todo profesional) desarrollan esta capacidad de forma operativa. Es una disociación que la ponemos al servicio de nuestra tarea asistencial y por eso la llamo auxiliante. ¿Qué disocio? Me disocio yo: aparece una disociación del Yo de forma que cuando atendemos a alguien ofrezco un aspecto mío que no es exactamente el que corresponde a mi totalidad del Yo, si bien no es ajena a mí. Es un Yo auxiliante. Es un desarrollo del Yo que posibilita el contacto y la relación con el paciente.

La creación de ese elemento auxiliante a mi tarea profesional conlleva disociarme de forma que en tanto que me mantengo fiel a mi función asistencial ese aspecto personal disociado puede establecer conmigo mismo un diálogo a través del que me distancio de la relación y puedo pensar, jugar, reírme, penar, dudar, imaginar, soñar… ¿Recordáis a Winnicott? Detectó que los niños crean un espacio entre el objeto y ellos al que llamó espacio transicional en el que la realidad de cualquier objeto, el chupete por ejemplo, queda abstraída para que pueda ser substituida por el recuerdo con su madre, recreándose un espacio que posibilita que entre el chupete y él quepan un montón de cosas. Pero no sólo los niños pequeños. El juego, el juego creativo (no el competitivo, aunque posiblemente también) lo es posible precisamente por eso: por la capacidad que tiene de establecer un espacio transicional en el que el objeto (un pensamiento, el aspecto parcial de una persona, una vivencia, algo…) deja de ser lo que era para poder ser, durante un rato, otra cosa. De esta manera un pedazo de madera puede ser un coche, una ametralladora, una plancha, un bebé. Cuando cualquiera de vosotros jugáis con vuestro hijo pequeño y tomando cualquier objeto lo transformáis en otra cosa lo que hacéis es utilizar ese espacio transicional para recrear una realidad inexistente en ese momento. Pues bien, de forma similar la creación de ese yo auxiliante tiene el objetivo de favorecer un espacio transicional entre vosotros y vosotros mismos para instalar en él la capacidad de pensar.

De esta forma entre mi yo auxiliante y yo se establece un diálogo, un a modo de diálogo conmigo mismo, que me permite varias cosas: tomar distancia de la persona con la que estoy estableciendo una relación asistencial, poder recrear un espacio interno de pensamiento que preserve la relación asistencial de los procesos ansiógenos que la dañarían, y mantener un grado de salud que me permita trabajar de forma saludable. Lo que no es poco. Pero esto que se da en la relación grupal de dos personas también se da cuando son más sólo que de forma mucho más enriquecedora para todos.

El yo auxiliante y el grupo

Os decía que podíamos considerar que el grupo era un espacio mental de elaboración de vivencias, relaciones, afectos y sucesos que se dan entre las personas ahí reunidas. Si pensamos que el conductor del grupo crea ese espacio con su “yo auxiliante” pronto podremos ver que ese espacio también acaba creándose entre él y los miembros del grupo tomados tanto de forma individual, de forma global o de cualquiera de las formas que corresponden a las diversas configuraciones de miembros y relaciones en el marco de ese grupo. Eso representa, como podéis comprender, una gran ventaja e inconveniente: en tanto que el conductor es capaz de crear ese yo auxiliante que se trasladará al espacio grupal, el grupo será capaz de poder recrear ese mismo espacio mental del que os hablaba. Eso significa que al mismo tiempo que estamos preocupados por la creación de un espacio en el que la confianza y fiabilidad entre todos nosotros sea la base sobre la que ir creando y recreando el abanico de interdependencias vinculantes que definirán las características de ese grupo, estamos tratando de crear ese espacio mental que es hijo del espacio mental que nosotros hemos creado entre nosotros y ese yo auxiliante con el que nos sentamos en el grupo. Dicho de otra forma: entre mi Yo y ese Yo axiliante hay un espacio que es el que permitirá que el grupo cree el suyo.

La creación de ese espacio permite ver a los demás miembros del grupo e incluso a uno mismo como personas con las que jugamos al juego de la relación asistencial en la que aprendemos como conductores (y por ende, como personas). Ver a las personas que constituyen el grupo, ver los diversos subgrupos que se organizan en torno a los diversos temas que aparecen (los subgrupos no suelen ser estáticos sino que se reorganizan en base a los diversos posicionamientos que exige cada cuestión), verse a sí mismo en las agrupaciones y subagrupaciones que se generan, ver el grupo en el contexto social en el que se da y pudiendo ver los paralelismos que se dan entre el grupo, el individuo y la sociedad, todo eso supone una distancia emocional con el grupo sin que tan distancia vaya en perjuicio de los miembros del grupo.

Y es en este espacio en el que podemos jugar. A través de ese juego es como podemos crear un espacio que nos posibilita el establecimiento de una distancia emocional lo suficientemente buena como para que los mecanismos de identificación proyectivos e introyectivos no sean tan intensos que destruyan la relación asistencia; pero que sigan estando lo suficientemente presentes como para poder establecer con el otro grados de empatía suficientemente buenos en terminología winnicottiana.

De esta forma, la relación empática nos permite entender algo de lo que le sucede a cada uno y al conjunto de los miembros del grupo. Pero dado que no se activan con tanta intensidad los mecanismos de identificación introyectivos y proyectivos, la distancia suficientemente buena entre los miembros y el grupo, entre el grupo y su conductor, etc., es la que nos facilitará la conversión de este espacio en un espacio mental de elaboración de las relaciones con las cosas que se dan en el grupo y entre las personas que estamos en él. Esa elaboración es un proceso complejo a través del que todas las cosas que van apareciendo en la dinámica interrelacional del grupo se hablan, se piensan, se busca la manera de entenderlas desde diversas posiciones y experiencias, se articulan en torno a la experiencia emocional de cada uno y se intenta entender el significado que tienen para cada uno que está teñido y condicionado con sus propias experiencias afectivas. Este es en síntesis el proceso de elaboración al que me refiero. De esta forma podemos ayudar a que los componentes del grupo entiendan un poco más su realidad de estar en el grupo, en la sociedad, en su propia familia y en sus propias relaciones con todo ello.

Y finalmente, todo este proceso de reactivación del yo auxiliante nos permite seguir siendo profesionales. Es decir, nos permite entender que esta profesión, más allá de lo vocacional de cada uno y de los lógicos y legítimos deseos por los que estamos ahí, es fundamentalmente una profesión, una forma de ganarnos la vida. Y ésta no sólo se da en el contexto profesional sino que nos exige atender a otras áreas que se supone tienen una cierta prioridad sobre la primera. Por ello, con la reactivación de este mecanismo podemos diferenciar la intensa relación que tenemos con los pacientes de la amistad con ellos. Podemos decir cosas que posiblemente a una persona más cercana no diríamos nunca. Y podemos llegar a casa habiendo colgado la bata.

Un saludo.

Dr. Sunyer (abril 2012)

*Estos textos son propiedad del autor y recojen las elaboraciones que hemos ido realizando a lo largo del seminario.

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