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Viernes, agosto 18, 2017
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5. La comunicación y sus mecanismos 

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Resumen: En este escrito planteo aspectos de la comunicación que, desde mi forma de entender, guardan mucha relación con los llamados mecanismos de defensa.

Palabras clave: Comunicación, Interdependencias vinculantes, mecanismos de comunicación, individuo, grupoanálisis.

Introducción

Antes de ponerme las pilas quisiera agradeceros esta nueva oportunidad que me habéis propiciado de compartir nuestras experiencias grupales. Leyendo los escritos de nuestro encuentro anterior me topé con cosas que os escribí el último día en las que hablaba de la grata acogida, del placer de haberme sentido como pez en el agua entre vosotros. Deseo que ese sentimiento haya sido compartido. Gracias, pues, a Mercedes, a Sara, y a todos vosotros.

Como pez en el agua.

En uno de los textos apareció la metáfora que creo que es de F. Dalal sobre el grupo y el individuo comparándonos o colocándonos mejor, en el líquido elemento. Era la metáfora del agua y las gotas de agua. Cada día que me acuerdo de ella la entiendo como una forma muy enriquecedora y en cierto modo novedosa de entender al ser humano: sólo podemos entendernos como individuos cuando estamos fuera del líquido del que somos parte inseparable en tanto que esencia humana.

El estudio del individuo es muy interesante y rico. Podemos penetrar en su composición, en las dinámicas electroquímicas y fisiológicas que constantemente nos están modificando, en los altamente complejos sistemas de intercambio de información entre neuronas, en la decisiva influencia de las diversas encimas que nos habitan, etc. También podemos entender cómo se van asentando los procesos de aprendizaje, cómo desde nuestras capacidades retentiva y perceptiva, se van constituyendo estos ladrillos o estas estructuras que van constituyendo todo nuestro esquema personal. Este estudio, la profundización de todos los complejos sistemas que podremos denominar internos en tanto que están ubicados en el espacio delimitado por nuestra piel, resulta necesario para comprender el funcionamiento del individuo, del ser individualizado que somos.

Desde esta perspectiva y situándome sólo en el terreno de la psicología es muy necesario conocer más y mejor los procesos de aprendizaje, los de la memoria, los complicados procesos del pensamiento y de la conducta. Poder perfilar mejor los sistemas de aprendizaje de la conducta humana y cómo estimularlos puede ser importante y necesario no sólo para los primeros periodos de desarrollo del sujeto sino también para los de desaprendizaje como consecuencia del envejecimiento o de lesiones que pueden aparecer en el cerebro. Y lo mismo podríamos decir de los procesos de la memoria y de una gran variedad de aspectos que constituyen el lenguaje y la comunicación, de la percepción y la organización de símbolos e imágenes sensoriales. Desde otro ángulo, los estudios sobre el pensamiento, su carga simbólica y afectiva, los procesos asociativos y cómo todos ellos intervienen en la conducta individual y colectiva no deja de ser un abanico importantísimo desde el psicoanálisis.

La experiencia de unidad interna es espectacular cuando tenemos la oportunidad de ponernos en mano de un fisioterapeuta, por ejemplo. Constatar cómo el masaje en una determinada zona de la espalda repercute en el aparato digestivo, o cómo se duerme una articulación tras presionar en algún punto del cuello, siempre ha sido algo que me ha fascinado. Sobre todo la primera vez. A los que sabéis por vuestra profesión más del organismo humano posiblemente no os sorprenda como a mí; pero cuando estoy en estas situaciones de atención terapéutica no puedo por menos que maravillarme de la unidad corporal. Goldstein, el neurólogo del siglo pasado que subrayó (posiblemente fue el primero) la unidad del individuo seguramente no hizo más que poner palabras a algo que ya comenzaba a poderse pensar de esta manera.

Esa unidad que alumbraba Goldstein[1] va más allá de lo que queda dentro de la piel. Los complejos sistemas de comunicación que constituyen lo que denomino interdependencias vinculantes, establecen una unidad entre los individuos de la que es imposible desasirse; so pena de desarrollar una gravísima patología. Eso pone el acento en la importancia de la comunicación pero no tanto en cuanto a lo que es la transmisión de información, aspecto éste muy importante, sino en que a través de lo que se comunica se evidencian formas de acercamiento o alejamiento al otro que determinan o vienen determinadas por complejas negociaciones de poder recíproco. Es decir, más allá de la información concreta que nos trasmitimos los unos a los otros (estoy contento o triste, eso me gusta o no, opino esto o lo contrario, etc.) hay otros aspectos que son inherentes a esa información; pero que informan fundamentalmente sobre cómo nos las apañamos con las ansiedades que se nos despiertan ante cada encuentro y ante lo que este encuentro supone para nosotros. Ello nos lleva a hablar directamente de los mecanismos de comunicación que empleamos constantemente y a lo largo de toda nuestra existencia.

La comunicación y el grupoanálisis.

Antes de nada quiero aclarar que por análisis es, siguiendo la RAE, “distinción y separación de las partes de un todo hasta llegar a conocer sus principios o elementos” Esto lo indico porque observo con frecuencia que la tendencia a considerar que analizar algo es como una función casi esotérica, que pretende encontrar la razón última de nuestros actos como si en ellos se escondiera algo misterioso e insondable. Y no lo es. Analizar es desmenuzar algo para comprender sus partes, ver de qué está constituido, entender la estructura que presenta. Visto desde este ángulo, igual podremos entender que cuando se habla de “Psicoanálisis” o de “Grupoanálisis” en realidad lo que queremos significar es que centramos nuestro interés y esfuerzo en ir comprendiendo las partes que constituyen eso llamado psique o eso llamado grupo. Sólo que en un caso, en el del Psicoanálisis, el Psicoanalista ayuda al paciente y se ayuda de él para ir comprendiendo algo más de su funcionamiento psíquico, mientras que en el segundo es el propio grupo, o mejor, los miembros de ese grupo quienes tratan de ir desmenuzando las cosas que van apareciendo para poder comprender algo más acerca de su forma de relacionarse con los demás.

Desde que Moreno por su parte y Slavson por la suya propusieron el término Psicoterapia de grupo, han ido apareciendo muchas y variadas formas de interpretar ese concepto. El primero, peleado como estuvo con Freud, hace de la psicoterapia de grupo una forma de intervención terapéutica, en la que los miembros del grupo desmenuzan sus formas de relación fundamentalmente a partir de la expresión de esos conflictos mediante fórmulas no exclusivamente verbales. El segundo, psicoanalista él, descubre que el poder del grupo reside en el propio grupo e introdujo la lectura psicoanalítica a las dinámicas que se daban en esos grupos. Ahora bien, por las razones que sea (la historia tiene bastante información) la psicoterapia de grupo de Slavson fue derivando en Psicoterapia Analítica de grupo, mientras que la de Moreno fue más hacia el Psicodrama; con todas las comillas que se quieran poner. Ahora bien, a pesar de todo persiste una continua confusión entre lo que es psicoanálisis (aunque sea aplicado a lo grupal) y el grupoanálisis. Muy posiblemente porque los primeros psicoterapeutas de grupo tenían una fuerte formación psicoanalítica, y eso pudo contribuir a que cuando se habla de psicoterapia de grupo se tienda a considerar que es una especie de “psicoanálisis aplicado al grupo o en grupo” (en ello estarían representados Bion por un lado y a partir de él la escuela francesa e inglesa) mientras que en el segundo estaría Wolf y Schwartz y parte de la escuela americana. Pero para más inri, el iniciador del grupoanálisis fue un psicoanalista, Foulkes. Eso marca también un problema de identidad inicial que estoy tratando de aclarar.

En el esfuerzo diario por diferenciar lo que es psicoterapia de grupo de orientación psicoanalítica y grupoanálisis, varios son los puntos en los que nos tenemos que fijar. Quizás deba comenzar señalando que el psicoanálisis, desde la vertiente asistencial o terapéutica, es un trabajo de dos. Exclusivamente de dos, uno de ellos bajo el papel dejo paciente y el otro con el de profesional. Ese trabajo del que normalmente los que hemos pasado por él tenemos grata experiencia, se centra en dos puntos muy básicos: la producción que proviene de la mente del paciente y que posibilita entender y ayudar a entender la complejidad de los procesos psíquicos que se han ido desarrollando y entretejiendo desde la más tierna infancia, por un lado. Y por otro, el trabajo de analizar (en el sentido de desmenuzar) y entender lo que se cuece en la relación que el paciente establece con el profesional que se denomina transferencia. Evidentemente dentro de estos dos grandes campos podríamos enumerar otros subapartados que no es el caso.

El trabajo grupoanalítico va por otro lado. Aquí el trabajo se realiza con dos o más personas poniendo especial énfasis en lo que se cuece en la relación que se da entre ellos, entre los que también se encuentra el conductor. Y, aún sabiendo que todo lo que se cuece ahí también tiene su correlato en la mente individual de cada uno, en realidad va más allá. A dónde va es a posibilitar que el paciente no se centre tanto en “su” sistema mental cuanto en su relación con los demás y cómo esa relación viene determinada y determina la capacidad de ser más él al tiempo que favorece que los demás también sean más ellos. Es decir, el cambio de perspectiva coloca el foco de atención en las relaciones que se dan entre los miembros del grupo sabiendo que esas relaciones vienen condicionadas por las relaciones que estas personas han venido desarrollando con los miembros de sus grupos primarios y, a través de esos desarrollos ellos se han ido constituyendo tal como son ahora. Entonces el trabajo se centra en el complicado equilibrio que supone ser uno y al tiempo ser miembro del grupo. Trabajamos sobre lo que se da y lo que sucede entre nosotros (incluido el conductor) tratando de evitar el aislacionismo en el que se instala cada uno a través de los síntomas que presenta. La sintomatología es vista como la expresión del conflicto de estar en el grupo, de sentirse parte de él sin renunciar a ser él mismo. El síntoma se corresponde a lo que esta persona no puede comunicar, lo que de ella queda sin poder acceder a la corriente comunicativa. Por esto ponemos el acento en la comunicación.

Pero ¿qué entiendo por comunicación? No olvidemos que siempre se dan dos planos (al menos dos planos) en toda comunicación: la manifiesta y la latente. La primera es lo que nos decimos, así pura y llanamente. La segunda… en la segunda hay varios planos o niveles. Por lo menos dos: uno que alude al plano de los significados que se cuecen y negocian a partir de lo que expresamos en el nivel manifiesto. Otro es lo que comunicamos a través de estos significados desde la perspectiva de cómo cada uno de nosotros se las apaña en sus relaciones con los demás, y las ansiedades que esas relaciones nos activan permanentemente. Es por esta razón que creo que existe una relación directa entre ese último plano y los denominados mecanismos de defensa. Y creo que precisamente es a través de ellos como tejemos la red de interdependencias que son los que nos constituyen como sujetos al tiempo que constituimos a los demás.

Los mecanismos de comunicación.

Posiblemente haya que comenzar explicando qué entiendo o entendemos por ansiedad. Por tal información (la ansiedad es algo mediante lo que alguien comunica al otro su malestar) entiendo la constatación de un desequilibrio real ante el contacto con lo que podríamos llamar elemento ansiógeno que puede tener un componente real o imaginario. Es decir, no estoy hablando de la ansiedad como concepto clínico que se manifiesta por alteraciones en la fisiología del sujeto (incremento del ritmo cardíaco, incremento de la sudoración e incluso del ritmo respiratorio) o alteraciones más generales que afectan a las funciones del organismo (alteraciones del sueño, de la atención, de la percepción, del ritmo o discurso del pensamiento, alteraciones en la conducta alimenticia, etc.), sino a alteraciones más finas que afectan a cómo cada uno vamos vinculándonos con los demás y con las cosas que me rodean. La ansiedad que en algunos casos va pareja a niveles de angustia, es la expresión de la percepción de un peligro real o imaginado que obliga al sujeto a buscar la manera de evitarlo o contrarrestarlo.

En principio, en condiciones ideales el ser humano está en disposición de establecer una buena relación con todo lo que le rodea, con las personas de su entorno cercano o lejano, con las cosas de la vida cotidiana e incluso con las de carácter excepcional. Pero eso que es algo de lo ideal no es tan así en la realidad. Pronto descubrimos que desde su más tierna infancia el cachorro humano se ve asediado por miles de situaciones que acabarán conformando tres tipos de expresión de ansiedad básicas. Estas formas de ansiedad guardan mucha relación con el lugar en el que ubicamos lo ansiógeno, es decir, el elemento que nos genera el malestar, de manera que podremos hablar de tres tipos, paranoide, depresiva y confusional. Estos tres sistemas los incluyo porque son muy claros y elementales.

La ansiedad paranoide ubica al objeto ansiógeno fuera de uno mismo estableciendo una línea separadora entre el Yo y el no-Yo. Al establecerla conseguimos aislarnos del otro (leed de los otros) manteniéndolo fuera de nuestro campo de influencia en tanto que se le ve o percibe como enemigo, portador de la peste; o viceversa, manteniéndonos fuera de ese campo “infectado” por el otro. Por tal motivo, dado que hemos colocado lo ansiógeno fuera de nuestra piel delimitante (llamémosla membrana psíquica), todo lo que proviene de ese lugar es vivido como amenazante apartándonos, para protegernos, de los peligros del contacto con el otro.

La ansiedad depresiva ubica a ese objeto en el interior de esa frontera psíquica. Eso lleva al sujeto a sentirse perseguido por sí mismo: el objeto amenazante al colocársele dentro de uno mismo hace que los sentimientos de culpa están permanentemente presentes y la vivencia del propio Yo es de inutilidad, minusvalía y constante depreciación. Desde cierta perspectiva una de las consecuencias es eso que se suele denominar “tener baja la autoestima”, por ejemplo. Esto nos hace pensar en las personas que han crecido en entornos en los que no se han prodigado mucho los aplausos sino la crítica, la exigencia y en cierto modo una búsqueda del perfeccionamiento. Pero también lo podríamos considerar como una forma de conseguir que ese otro se le aproxime buscando su protección y en cierto modo posicionarse en un lugar de aparente sumisión (lo pasivo agresivo no parece ser la mejor manera de relacionarse) pero sujetándole a partir de la pena.

La tercera forma general de manifestación de la ansiedad es la confusional. Creo que en esta posición el sujeto está lo suficientemente confundido como para no poder ubicar el objeto ansiógeno ni dentro ni fuera. El resultado es que los demás no saben muy bien cómo acercarse porque la propia confusión confunde. Esto desubica y lleva a unos y a otros a un gran desasosiego como consecuencia de esa confusión.

Estos tres sistemas generales no siempre se presentan en su estado puro sino que en muchas ocasiones coparticipan de elementos de una posición o de otra. Y en cualquier caso precisan de movimientos más finos que vinculen a las personas de una manera o de otra. Es decir, por tomar uno de ellos, el depresivo, cuando estamos situados en esta tonalidad general en la que el individuo ubica la razón de todos sus males en los errores que haya podido cometer (como si existiera ser humano que no los cometiera, alumbrando la idea secreta de un ideal de perfección no alcanzado), y con ello algo hace como para conseguir la tendencia piadosa o cuanto menos no exigente de quienes le rodean. ¿Cómo lo consigue? Creo que algo relacionado con la comunicación con el otro está propiciando esta situación, ¿pero qué?

Podríamos pensar que cuando alguien comunica que ha aprobado un examen, las ganas de comunicárselo provienen de la necesidad de disminuir este incremento de la tensión interna que proviene de la ilusión y satisfacción de haber superado una prueba. Pienso de la misma manera cuando viene un paciente que con tonalidad depresiva (por seguir el ejemplo) me comenta que no ha salido de la cama durante todo el fin de semana. Es decir, en ambos casos hay algo (no me refiero a “una cosa sola”) que le genera un incremento de la tensión lo suficientemente alto como para que actúe de esa manera. La gesticulación, la forma de mirar, hablar y transmitir emociones de este paciente es la contraria a la de quien me dice que ha aprobado un examen. Esto es un aspecto que está presente en toda comunicación. Cada persona tiene unas determinadas necesidades de comunicarse con el otro, de hacerle partícipe de esa, llamémosle energía (positiva en la mayoría de las ocasiones, pero también negativa como en el caso del paciente). Y ese intercambio de ideas, pensamientos, emociones, se va tejiendo una tupida red de lazos, de vínculos, mediante los que construimos el entorno social, nos socializamos, y al mismo tiempo nos vamos haciendo a nosotros mismos. Este es un componente de lo que denomino interdependencias vinculantes.

Estas interdependencias no sólo intercambian ideas y demás, sino que informan de cómo nos las apañamos con las ansiedades que esa situación ha activado en mí. Es decir, la ansiedad que proviene de la gran alegría por el aprobado (estoy que no quepo en mi cuerpo) precisa ser compartida, distribuida entre las personas con las que se tiene contacto. En este sentido el ser humano desde el mismo momento del nacimiento, tiene un sistema que le posibilita dosificar en cierto modo esa ansiedad que proviene de estar comunicado con el otro. Desde esta perspectiva podríamos considerar lo que Hopper considera “cuarto supuesto básico”. Desde esta visión considera que el individuo lucha entre dos posiciones de forma permanente, una primera por la que se une y vincula al otro, y otra por la que huye y se separa de él. Ambos extremos generan ansiedades suficientemente elevadas como para reaccionar y buscar la otra posición. En este juego de acordeón (Volkan) se van produciendo encuentros y desencuentros con el otro a tenor de la ansiedad que unos u otros activan en el individuo. Esta visión es interesante (no me atrevería a denominarlo supuesto básico) ya que nos permite entender buena parte de las fluctuaciones que se ven en todo grupo entre sus miembros.

Hay otros sistemas de control y de información de la ansiedad que siente el individuo ante el contacto con el otro o las cosas que le rodean. Si tomamos esta idea como punto de arranque, creo que los denominados mecanismos de defensa tienen un función comunicativa que conllevaría dos componentes, el de colocar al otro en algún lugar del espacio y ubicarme a mí mismo en relación a él.

Señalaré los métodos más relevantes:

Escisión. Es un método muy arcaico necesario para poder desarrollarme en la vida ya que si tuviera presente todas y cada una de las vivencias que activan en mí ansiedades de supervivencia, no podría seguir viviendo; pero que sea el más arcaico no significa que sólo se emplee en los primeros meses de vida sino que se emplea a lo largo de toda ella y muy especialmente en aquellas situaciones en las que el individuo se encuentra en estados cuya desestructuración se denomina psicosis. En estas situaciones el sujeto no se encuentra capacitado para asumir aquellos aspectos que le superan totalmente. Para poder sobrevivir lo que precisa es abolir de la conciencia aquello que la realidad me puede presentar, por lo que eso no existe. El psicótico (o cuando uno se encuentra en situaciones calificables de psicóticas), persona cuya configuración interna tiene un punto de fragilidad muy notable, debe negar elementos de la realidad, de sus relaciones con los demás (y viceversa) para poder seguir sintiéndose vivo. Su delirio, en caso de delirar, consigue leer la realidad desde su propia óptica prescindiendo de toda aquella información que le dice que eso no es así. Fundamentalmente la impotencia real ante las exigencias cotidianas es lo suficientemente elevada como para considerarla. Con ello me aparto de ella (recordemos lo que decíamos del aislamiento) y la aparto de mí.

Identificación. En realidad es la base de nuestra esencia humana: nos hacemos a partir de los demás, “yo soy los otros en mí”. Esto significa que desde el mismo momento de nacer vamos captando de nuestro entorno formado fundamentalmente por nuestros padres y familia una infinidad de detalles que nos permiten hacernos a nosotros mismos. No todos son necesariamente aspectos tangibles, medibles o descriptibles ya que en todos nosotros hay múltiples aspectos que nos caracterizan y cuya categoría podría definirse como “fina”: formas de mirar, determinadas expresiones faciales, maneras de coger en brazos, distancias que establecemos con el bebé, emociones que expresamos a través de nuestro cuerpo…, y normas, pautas de conducta, silencios, sometimientos…, pues bien, estas y otras muchas cosas son percibidas y aprehendidas de manera que acaban formando la manera de ser de cada individuo. Es decir, nos identificamos (nos hacemos idénticos al otro en este frágil aspecto) a él, a los demás. Que es diferente a eso que decimos coloquialmente “me identifico contigo en…” Evidentemente ahí están aspectos que constituyen lo que luego llamaremos complicidad: uno y otro tenemos complicidad en tanto que en algunos de esos pequeños detalles nos entendemos, es decir, sabemos lo que significa, somos idénticos en esos puntos. Y también hay aspectos de lo que denominaremos empatía, simpatía o antipatía. Ahora bien, ¿qué debe esconder también la identificación? Quizás la ansiedad a ser diferente o a no ser nadie. En estas situaciones suele aparecer una gran tendencia a identificarse con personas, situaciones o ideologías ya que al hacerme a ellas me asemejo al otro y anulo la diferencia o a no ser nada.

Proyección. No es fácil aceptar la idea de que en tanto que establecemos cualquier vínculo o relación con el otro o incluso con objetos o situaciones, siempre dejamos o ponemos una huella de nuestra manera de ser y vivir. Es decir, siempre proyectamos en el otro o en las situaciones, aspectos de nuestro ser. Esa huella hace que si lo que coloco en el otro son aspectos agradables, le vea como agradable. Y lo contrario si lo que le coloco son cosas que no me gustan. Eso hace que podamos decir aquello de que vemos el mundo del color del cristal a través del que lo miramos. E independientemente de si esa persona las posee o no esas características. Es verdad que si la persona que tengo delante es agradable de por sí, el que la vea también agradable viene a enriquecerla. Pero podría ser que fuera agradable y para mí no lo fuera, en cuyo caso decimos cosas como “pues a mí, no me cae bien” o “no le caigo bien”. También puede ser que sea desagradable pero que a mí no me lo parezca en cuyo caso mi relación no transitará por las mismas vías que para otras personas. ¿Qué está sucediendo? Que le proyecto cosas que para mí resultan agradables o desagradables viéndole más con mis ojos que con la objetividad teórica con la que la podría o debería poder ver. La cuestión no acaba aquí ya que ese otro percibe (o a veces constata) eso que le coloco y, en consecuencia, también actúa conmigo de forma que confirma (o desmiente) esas fantasías que también detecta colocadas en él. En cualquier caso el problema en la proyección radica en que no veo al otro tal cual es sino tal cual lo veo, con lo que le coloco en un lugar del espacio psíquico y me ubico respecto a él en una determinada posición.

Identificación proyectiva. Es una combinación de fenómenos ya descritos. Lo que distingue este sistema de comunicación con el anterior, el de la proyección, es que en este caso algo se me remueve al ver en esa persona determinadas características que por lo general no me resultan agradables (independiente que esas características pudieran ser positivas o negativas). Eso que me remueve hace alusión a que esas cosas que veo en el otro, que le atribuyo, son precisamente las que me provocan ese revoltijo estomacal y consecuentemente queda afectada mi relación con él. Son aspectos personales que no reconozco o no puedo reconocer como propios aunque los veo perfectamente en el otro. Es el ver la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio. Pero al ver esa mota de polvo en el otro (cada quien es muy digno de tener las motas que quiera) me lleva los diablos. Eso es así porque en cierto modo esa paja que detecto con tanta claridad se corresponde a esa viga que no puedo ni percibir en mí. Y tanto da que la característica que percibo sea buena o mala ya que lo que interesa aquí es mi reacción ante ella. Eso provoca que quien hace de pantalla proyectiva se sienta muy maltratado, no aceptado por aspectos que, más allá que los posea (creo que siempre hay algo más allá de si es aceptado o reconocido por él), hace que la relación que se establece sea muy conflictiva.

Identificación introyectiva. Es un mecanismo semejante al anterior sólo que lo que sucede aquí es que percibo que el otro me atribuye cosas que para mí son intolerables. Por ejemplo, alguien me dice “eres un fascista” o “tienes un aspecto femenino” o “eres un catalán agarrado”. Si esto, ese comentario (me atribuyen una cosa) no representa nada para mí ya que todos tenemos algo de fascista en nuestro ser o algo femenino siendo varón o algo agarrado siendo catalán, y por lo tanto lo acepto, la reacción puede ser hasta simpática. Pero si eso que se me atribuye, ese comentario es algo que me resulta intolerable (me resulta intolerable pensar que lo tengo), lo que hago a continuación es enfadarme e incluso llegar a agredir a quien me lo dice. Y no tiene qué ver con el significado positivo o negativo. Alguien puede rechazar de plano algo positivo si eso le resulta intolerable. Porque el otro puede no decirlo necesariamente con la misma intención que le ponemos al oírlo (que posiblemente sería la que le pondríamos si lo dijéramos nosotros, pero esto es otro cantar); o incluso puede ser agresivo. La consecuencia es que mi relación con el otro se torna intolerable y yo me muestro intolerable.

Disociación. En la disociación lo que hacemos es prescindir de aquellos aspectos que no nos resultan agradables para podernos concentrar en los que nos interesan más. Pero a diferencia de lo que sucedía en la escisión, aquí sí mantenemos el conocimiento de lo que no nos agrada. Es un sistema que nos permite concentrarnos en lo que toca porque si por ejemplo estamos atendiendo a alguien que dice cosas que igual no son muy adecuadas y no podemos prescindir de estos aspectos, ¿cómo vamos a atenderla? Precisamos disociar, pasar por alto algunas cosas y atender lo que precisamos atender. La cuestión es que percibo que disocio y el paciente percibe que hay cosas de las que prefiero no hablar. Con este mecanismo lo que venimos a decir es que “eso que no me gusta de ti, no lo considero para poder seguir estando contigo”

Racionalización. Es un mecanismo frecuente en muchas personas que prefieren abundar en las razones y sinrazones de los hechos antes que vivirlos. Es una forma de tratar de evitar que me afecten las emociones vinculadas a los hechos y a las relaciones con las personas. Ante este hecho, soy capaz de elaborar grandes y profundos discursos repletos de razones y sinrazones para evitar así, sentirme salpicado por emociones que no puedo tolerar. De esta forma cuando hablamos con un racionalizador, por muy interesantes que nos parezcan sus ideas, sentimos un enorme aburrimiento. Fundamentalmente porque no expresa más que ideas, razones, sinrazones… Y lo que podemos entender es que a esa persona todo lo que signifique afecto, emoción, sentimiento, queda rechazado de plano. Es decir, que para él es un problema serio.

Negación. En la relación que aparece entre dos personas, por ponerlo limitado a dos, no todas las cosas que se dicen, se perciben o se sienten pueden ser admitidas sin una carga ansiógena determinada. Por ejemplo, si en el trabajo estoy ante una persona que más allá de lo que me cuenta me activa fantasías de cualquier tipo por su forma de gesticular o el mismo tono de voz, está claro que no se las voy a decir. Puede haber muchas razones que lo aconsejen. Pero algunas de las fantasías o sensaciones que tengo pueden ser tan disparatadas o estrambóticas que prefiero ni considerar su existencia y, en consecuencia, no llegan ni a ser reconocidas como ideas reales por mí mismo. La vergüenza en su reconocimiento público o privado pueden ser tan elevadas que lo mejor es ni darme por enterado. Y esto lo hago porque si diera credibilidad a esas percepciones se me haría muy difícil seguir con aquella persona dado lo extravagante, raro, bizarro, estrambótico, disparatado de lo que percibo. Entonces, para poder seguir con esa persona debo separar, negar lo que estoy escuchando o viendo. En realidad de lo que informo es que eso que me han dicho es muy duro para mí y preciso de tiempo para poder escucharlo.

Idealización. Este mecanismo actúa de forma que veo en el otro unas características que para mí resultan ideales. Recordad que todos tenemos un aspecto que representa nuestro ideal del yo y otro que es el yo ideal. Pues bien, si al ver o al estar con esta persona detectamos en ella, le atribuimos esos valores que para mí representan ese ideal al que me gustaría llegar o de cómo me gustaría ser, o esa otra faceta que me convertiría como en un héroe, esa persona o situación es idealizada por mí. De lo que informa es precisamente de esos ideales que en forma de ideal del yo (aquel aspecto al que aspiro ser) o en forma de yo ideal (el que me gustaría ser). La dificultad es que con ello no veo al otro y mi relación con esa persona no pasa por los criterios de la realidad sino de la idealización a la que la he sometido.

Sublimación. Es un mecanismo por el que damos la vuelta a la tortilla de nuestro malestar. En realidad lo que hacemos es aceptarlo y convertirlo en algo útil para uno mismo o para los demás. Se suele considerar como la salida más madura ya que conecta con las emociones, acepta las limitaciones del ser humano y coloca todo ello al servicio de los demás y de uno mismo. Esto parece corresponderse con un sistema de comunicarse con los demás en el que prima la capacidad para darle la vuelta a las dificultades para convertirlas en una forma de aprendizaje y desarrollo de las relaciones con los demás.

Estos sistemas de comunicación informan de dos cosas: por un lado de lo que nos hace sufrir y lo que hacemos para disminuir ese sufrimiento, y por otro de cómo nos relacionamos y vinculamos con los demás con miras a poder seguir manteniendo determinadas dosis de poder sobre el otro. Pero consiguen también otro efecto: nos vinculan a los demás mediante esas líneas de poder que denomino interdependencias vinculantes.

Dr. Sunyer

[1] Tenéis un interesantísimo trabajo firmado por Luz Pintos sobre Goldstein en el número 0 de la revista Teoría y práctica grupoanalítica.
*Estos textos son propiedad del autor y recojen las elaboraciones que hemos ido realizando a lo largo del seminario.

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