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Lunes, agosto 21, 2017
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Confianza (Trust) 

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Mi cuaderno de Bitácora del 20 de octubre de 2010
Sunyer, J.M. · 19/10/2010
Fuente: Sunyer
En la sesión de hoy aparecieron varios temas que hablan de la dificultad que vamos teniendo en asumir la parte activa de la asignatura. Muchos de esos temas tienen que ver con la confianza. Ahí va una reflexión al respecto.

Confianza.

El ejercicio de hoy era complicado. O no, depende. Porque hacer el genograma de un compañero a partir de lo que cuenta puede suponer diversos niveles de trabajo. Y habla de las posiciones que unos y otros tenemos frente al llamado mundo psicológico. Uno de los niveles de trabajo asociado inevitablemente a las posiciones que tenemos frente a la psicología, es representar, mediante círculos y cuadrados unidos por líneas horizontales o verticales, la familia de la que procedo. Y colocar ahí parte de la información que tengo a mano: nombre, edad y poco más. Si el ejercicio es ese, no tiene más dificultad que la del propio dibujo.

Pero puede ser que ese ejercicio sencillo sea una vía de acceso (no la única) a aspectos de la familia de esa persona que tengo delante. Acceso a poder ubicarla en relación a sus padres, hermanos y demás familia, y de esta forma tener una información que me permita entender cosas que me pueda contar respecto a ellos. Claro que esta información puede serme útil para saber que tiene trepecientos hermanos y que sus padres están separados o no, y que su abuelo vive con ellos. Y esta información, por ejemplo, me permita entenderle de manera que si me explica que en casa no podía estudiar porque había mucho ruido entienda que ese ruido provenía de esos trepecientos hermanos. O ver que tiene más información de la familia materna que de la paterna, o darme cuenta de que no conoce aspectos de sus propias raíces. Y este es otro nivel de información que puede serme útil.

Claro que también puedo pensar que tratar de realizar el genograma de alguien es un recurso que, utilizando los elementos proyectivos que inexorablemente van a ir apareciendo, me va a facilitar una comprensión más cercana a la realidad psíquica de esa persona. Si lo tomo desde esta óptica, el genograma es bastante más que un genograma: es el dibujo de lo que sabe y de los significados que aparecen en torno a una descripción de su grupo familiar, grupo en el que se ha ido constituyendo esta persona. Y ahí ya es otro nivel de trabajo. Y los tres niveles son lícitos y legítimos. Nadie puede decir que es mejor un nivel que otro; lo que no significa que para mí, quien escribe y firma estos escritos, la tercera dimensión (y otras posteriores en las que no me voy a meter) es la que me da acceso a algo más allá del que puede tener acceso un hábil funcionario del departamento correspondiente a los registros demográficos de una población, o un experto en heráldica. ¿A qué me da acceso?

Dado que me sitúo en el terreno proyectivo (en toda relación aparecen aspectos proyectados de los miembros que coparticipan en esa relación) percibo varios niveles de información relevante. Voy a tratar de irlos enumerando a partir de algunas cosas que salieron en clase.

1. Grado de comprensión de lo que me explican. Es interesante constatar que cuando alguien describe a los miembros de su grupo familiar no está haciendo un dibujo exacto de ese mismo grupo sino lo que él percibe. Es decir, uno explica lo que es la representación mental que tiene de su grupo familiar. Esto significa que el orden en el que van apareciendo los diversos personajes que lo constituyen, la cantidad de información que aporta de cada uno de ellos, el tono de voz que emplea, los adjetivos con los que los describe, todo ello son descriptores de esa representación mental, interna podríamos decir, del grupo familiar. Con una característica añadida: la que proviene de lo que comprendo de su explicación y que va condicionado por las imágenes que tengo de lo que puede ser una familia, imágenes que vienen condicionadas por mi representación interna de mi propia familia. Con lo que de eso que me están explicando y a través precisamente de eso, se repite algo que se da en el propio proceso asistencial: el establecimiento de una relación preñada de las características que cada uno de nosotros vamos poniendo en la misma. Eso significa que en la medida en que conozco más y mejor mi propia representación interna, más podré comprender la de los demás y diferenciarlas de la mía.

2. Análisis de los elementos proyectados. En realidad cuando hacemos este juego representativo estamos dibujando lo mismo que aparece cuando pedimos aquello de “dibuja una familia”. Parece que cuando un niño o un adulto dibuja una familia queda muy clara la idea proyectiva. Es verdad que cuando en ese dibujo el padre aparece dando la mano a un hijo, por ejemplo, y ese hijo no es la representación de quien viene a la consulta que sí se ha representado junto a su madre, sacamos unas determinadas conclusiones. Podemos decir que hay un hijo más cerca del padre y que él está más cerca de su madre. Y muchas cosas más, claro; aunque también podemos decir que es por casualidad. Pero si seguimos ahondando en la primera interpretación podríamos ir entendiendo algunos de los elementos que constituyen el ser que tenemos ante nosotros. Pues bien, cuando realizamos el genograma también aparecen elementos proyectados que hablan de los afectos y de los significados asociados al orden, a los lazos que unen a uno y no a otro, a cómo quedan representados en el papel, a quienes son recordado y quienes no, a cómo van las fidelidades internas, las líneas de poder…

3. Análisis de los significados inherentes a ese grupo familiar. Dado que, como bien sabemos todos, el hombre es un animal que atribuye significados a todo lo que le rodea, todo lo que aparece en ese dibujo así como toda la información que acompaña a su realización viene cargada de significados. E igualmente los nombres de las personas que aparecen (o no) en dicho cuadro genealógico. Y la significación juega un rol muy importante en el recorrido histórico de las personas. Tanto la asociada al propio nombre (qué ha significado para los padres la elección, por qué ese nombre y no otro, qué significado tiene para el entramado familiar al que pertenezco, cómo me inserta –o no- en el cuadro familiar…) como la que proviene de todos los comentarios que aparecen colateralmente en tanto que el paciente me describe su familia. Y así, frases tan normales y habituales como “y me pusieron el nombre del padre de mi madre” como “mi nombre lo decidió la cuñada o la suegra de mi padre” aporta una información privilegiada de en qué lugar quedo inserto dentro del entramado familiar.

4. Constatación de los elementos relacionales en el aquí y ahora del ejercicio. El juego no es inocuo. De entrada supone (como supuso en clase) la reconsideración de la confianza en el otro y en valorar cómo esos niveles de fiabilidad intervienen en la realización del ejercicio. Parece que algo tan elemental como indicar que “me ha sido fácil hacerlo con mi mejor amiga” habla precisamente de eso: de los niveles de confianza necesarios para este ejercicio. Porque en último término, tanto la realización del genograma como muchos otros juegos que podamos realizar (o hayamos realizado) suponen una renegociación interna respecto a qué de mí cuento y qué callo. Y aunque es cierto que a mayor seguridad de uno para consigo mismo facilita la realización del ejercicio, me parece que también lo es la seguridad que me da mi compañero respecto al uso de esa información privilegiada. Pero también que descubra que de pronto descubro que no conozco a no sé qué parte de mi propia familia. O que se entere de cosas familiares que, en principio, preferiría mantener a buen recaudo.

Y todas estas cosas que señalo y que proceden de la experiencia de hoy hablan de un proceso en el que estamos metidos en esta asignatura que tiene una tonalidad participativa. Y precisamente por eso, porque es participativa, exige una constante renegociación de los niveles de fiabilidad que unos tenemos para con los otros. Porque, pongamos por caso, si no hubiera problemas de fiabilidad y confianza en el otro, e incluso niveles de fiabilidad y seguridad en mí mismo, la información que hubiera aparecido sería muchísimo mayor que la obtenida. Y los niveles de diálogo (no discusión) serían muchísimo más fluidos que los que estamos teniendo. Y cuando esto es como es, es porque estamos en niveles todavía muy precarios de fiabilidad, o niveles elevados de miedo, susto. Y también sorda oposición.

Y cuando hablo de sorda oposición quiero hacer referencia a algo que también aparecía en la clase: la presión que se percibe desde el profesor que pide a los alumnos que entren en un juego relacional y participativo, ante lo que buena parte de los alumnos ofrecen esa sorda oposición que, lejos de ayudarles, les encasqueta en un lugar en el que se paralizan. Y eso, fundamentalmente, por la baja confianza que existe entre unos y otros. Quizás este sea un aspecto que debiéramos trabajar también.

Un saludo

Dr. Sunyer (19 de octubre de 2010)

El planteamiento es muy sencillo. La clase es un espacio en el que estamos muchas personas, como 50 o más.Uno puede considerarla desde diversas posiciones, pero personalmente prefiero pensar que estoy con un grupo. No ante un grupo sino en él. Este conjunto de personas que lo constituimos establecemos inevitablemente una serie de interdependencias, vinculantes muchas de ellas, que determinan no sólo la atmósfera grupal sino la manera de relacionarnos y los sentimientos que se derivan de todo ello. Cierto es que dado que trabajamos unos textos determinados, hay muchos elementos que se activan a través de la lectura de los mismos. Y la experiencia me indica que esos mismos elementos se activan también en las relaciones que establecemos en el grupo. Estos escritos son las reflexiones que desde mi puesto de conductor de ese grupo van aflorando en mi mente y que sirven, eso espero, de reflexión y de trabajo complementarios a la asignatura.

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