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Viernes, agosto 18, 2017
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Capítulo 8 

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Y aquí viene el octavo. La verdad es que siento que estoy en una carrera conmigo mismo ya que las clases comienzan mañana y este texto… no va a la velocidad que desearía. Pero en fín, todo se irá cociendo.

Capítulo 8

Hemos repasado varios momentos que guardan relación con la aproximación paulatina a la problemática del paciente. Hoy vamos a entrar en otro pequeño lugar y que Rogers lo define así: Cuando los sentimientos negativos han sido expresados en su totalidad surgen expresiones vagas y tentativas de impulsos positivos que promueven el crecimiento. Pero antes quisiera explicaros los conceptos de Opacidad adaptativa y las dicotomías en la relación asistencial.

Opacidad adaptativa.

Como podemos ver nos encontramos en una situación que requiere que el profesional se sienta lo suficientemente cómodo como para ir lidiando con la situación. Esto supone un grado de tolerancia en lo que llamamos disociación yoica que es la que nos va a permitir realizar esta función de Yo auxiliar que requiere el paciente para salir del atolladero en el que se encuentra. En esta disociación parte del Yo se separa para poder vincularse con el Yo del paciente sin menoscabo de las características propias del profesional. Pero aquí tenemos un problema, ¿cómo mantenemos la coherencia, cómo nos mostramos absolutamente sinceros sin que esa coherencia y sinceridad nos deje tan al descubierto?

Denomino Opacidad adaptativa a la capacidad que desarrolla el profesional para regular el grado de opacidad que considera adecuada para poder vincularse al paciente sin tener que mostrar totalmente y de forma descarnada lo que piensa, siente, la forma de ser, etc.

Ya vimos que podemos pretender se opacos aunque la realidad informa que eso es una pretensión y que el paciente, como cualquier persona normal que es, capta de nosotros la información que precisa en cada momento. Es decir, nunca somos (por mucho que pretendamos) enteramente opacos para quien está ante nosotros: nuestra forma de vestir, andar, gesticular; o lo que decimos o callamos, cómo miramos, damos la mano… nuestro acento, nuestra capacidad de conexión… todo ello habla de nosotros. Por no considerar que en un mundo como el que estamos, la ventana de internet está al servicio de quien quiera conocer cosas, saber de nosotros. Y qué decir de la vida cotidiana (“el otro día le vi entrando en el cine con una señora…”, “¿no vivirá Ud., en XX, verdad?”, “por cierto, fulanito de tal me habló de Ud…”) que siempre nos aporta todo tipo de sorpresas por las que nuestro anonimato deja de existir al segundo.

Cuando estamos en esta relación asistencial el paciente nos va poniendo sobre la mesa un montón de aspectos que nos hacen reaccionar. Son esos objetos parciales que le preocupan y con los que no sabe bien qué hacer y que se muestran ante nuestros ojos de manera que ineludiblemente algo tenemos que hacer. Cuando me refiero a “algo tenemos que hacer” quiero decir que ese objeto parcial que el paciente deja sobre la mesa activa de forma inmediata toda una cadena de significados ante los que nuestro Yo y nuestro Yo auxiliar deben reaccionar. Es decir, tanto uno como el otro se sienten implicados ante esas temáticas, actitudes o problemas que aparecen en la sesión. Simplificadamente diríamos que:

a) Nuestro Yo auxiliar ve ese tema sobre la mesa y siente una serie de cosas con las que no sabe qué hacer.

b) Le consulta al Yo quien a su vez visualiza buena parte de los significados que esa temática tiene para él.

c) En esta visualización se le activan recuerdos varios, actitudes ante ellos de todo color, emociones y sentimientos que corresponden a su experiencia vital.

d) Consulta en su hemeroteca personal y trata de delimitar lo que le afecta y qué de lo que afecta puede ser comunicado e introducido en la conversación y qué no.

e) Le informa al Yo auxiliar del material que está disponible para su uso, al tiempo que vigila el uso que va a realizar.

f) El Yo auxiliar le responde al paciente al hilo de la conversación algo que pertenece al Yo tamizándolo de forma que quede protegido sin faltar a la coherencia y a la sinceridad con la que estamos dispuestos a hablar.

g) Esta operación se repite una y cien veces encada encuentro y a la velocidad de vértigo.

Pues bien, en este proceso que he tratado de describir pedagógicamente hay un intenso debate entre el Yo y este fragmento suyo que hace de Yo auxiliar en el que se modula la información que vamos suministrando. Pero en esta función compleja el Yo auxiliar no es un mero transmisor: elabora la situación que le presenta el Yo de forma que ni salga dañado ni la información que aparece perjudique al paciente; es más, le ayude.

En muchas ocasiones se da que los objetos que aparecen en la mesa o las circunstancias vitales del profesional son tan duras y angustiantes que parece que el Yo no dispone de recursos suficientes como para contenerse y mostrarse tal cual. Es en este momento cuando el Yo auxiliar, ese fragmento de uno que está al servicio del paciente, regula la opacidad o la visibilidad del Yo mediante recursos que posibilitan al Yo expresar su estado anímico sin que necesariamente el paciente lo vea como una manifestación personal del profesional. De esta forma, al comunicar de manera traslúcida vivencias, creencias, sentimientos reales y angustiantes el paciente percibe honestidad, cercanía, coherencia entre lo que se siente y se expresa sin que ello sea una excesiva exposición del profesional. Y es más, en ocasiones la opacidad desaparece para ser transparencia al servicio del paciente que ve en el profesional una persona que, como él, también tiene sus luchas y sus cuitas sin que por ello deje de atenderle.

El valor de las dicotomías y el pensamiento simétrico y asimétrico.

Estos dos conceptos me parecen muy significativos en este proceso terapéutico. Podríamos decir que forman parte de los recursos útiles para la facilitación de los procesos de integración en los que estamos siempre abocados.

Desde Lewin y todo el desarrollo de la Escuela de Frankfurt sabemos que existe una dialéctica constante entre la figura y el fondo. Buena parte, por no decir la totalidad, de los procesos perceptivos deben articulara lo que sobresale de un fondo valorando uno u otro a partir de elementos aprendidos y otros que se corresponden con la propia evolución de la mente humana. Las denominadas leyes de la percepción son las encargadas de facilitarnos una lectura y no otra de lo que percibimos de forma que en este interjuego podemos dar importancia a una parte sobre la otra con las consiguientes ventajas.

Y en la misma trama se encuentra el Yo y el propio Yo auxiliar. Lo que se percibe se inscribe en un contexto determinado que es el fondo del que destaca. Pero claro, la función terapéutica tiene mucho que ver en este interjuego y debe poder articular figura y fondo de diversas maneras para que el paciente pueda rearticular su experiencia. En este sentido, por ejemplo, lo que llaman “enfermedad mental” lo debemos poder articular con lo que sería la “salud mental” de manera que una se muestra relativa respecto a la otra. ¿Qué es salud y qué enfermedad? , sería una de las hipótesis que nos deberíamos poder expresar.

Si tomamos el texto de creo habría que considerar los planteamientos de Fernández Ríos (1994), las diversas dicotomías que plantea ( Filogenia, Ontogenia; Herencia, Ambiente; Continuidad, discontinuidad del desarrollo; Experiencias tempranas, experiencias tardías; Enfermedad sí, enfermedad no; Etiquetado sí, etiquetado no; Desinstitucionalización sí, Desinstitucionalización, no; Victimización sí, Victimización no; Individuos patológicos, Sociedad enferma; Persona, Situación; Causación social, Selección Social; Investigación cuantitativa, Investigación o cualitativa; Investigación Básica o aplicada, Salud Física, Salud Mental; Teorías científicas, o teorías profanas; Profesionales o paraprofesionales) pueden leerse como dos verdades separadas entre sí, o como dos polos de un continuo en el que nos movemos constantemente los profesionales. Posiblemente sería más adecuado ubicarse en una posición; sin embargo dicha posición existe en tanto que existe la opuesta. Siendo las dos igualmente ciertas. Es decir, una alude a la otra y establece con su contraria o alterna una relación dinámica constante. Y cuando digo dinámica me refiero a algo que está permanentemente en movimiento y por lo tanto en cuestionamiento.

Pero junto a estas dicotomías existe una infinidad más que nacen de la propia conversación con el paciente siendo la propia alternancia paciente-profesional una más de las muchas que irán apareciendo a lo largo del proceso terapéutico, y a lo largo también de los procesos terapéuticos en los que nos vemos comprometidos los diversos profesionales de la Orientación

Junto a este elemento dicotómico hay otro que me parece altamente útil en los procesos asistenciales. Matte-Blanco es un pensador argentino que en su momento pudo definir dos tipos de pensamiento humano. Dos formas que permanecen activas y simultáneas en el hombre a lo largo de toda su existencia: el pensamiento simétrico y el asimétrico.

El pensamiento simétrico equipara las cosas, las percepciones, las ideas y sensaciones en un mismo plano de manera que el individuo no puede discriminar qué elemento es prioritario o no, qué aspecto es el relevante y cuál es el anecdótico. El momento princeps de tal pensamiento es en el estado onírico. Por ejemplo cuando uno sueña que un ciego está mirando y leyendo el móvil. Esto en sí es contradictorio porque si es ciego no puede ver y leer el móvil; sin embargo en el sueño es enteramente compatible una idea con la otra. Estas situaciones corresponden más frecuentemente al pensamiento que denominamos psicótico y por esta razón alguien puede explicarnos que me acaban de robar las piernas y vaciado los intestinos y no puedo andar, al tiempo que está ante nosotros y deambula con total normalidad. Para esta persona (es un paciente muy querido por mí) es totalmente compatible el no tener piernas con el estar sentado o paseando conmigo. Lo mismo diríamos si leemos la fantástica obra Alicia en el país de las maravillas, o la continuación Alicia al otro lado del espejo. En ambas las contradicciones del pensamiento crean una realidad que, pensada desde el pensamiento simétrico, expresa una similitud en todos sus componentes que la mente racional no consigue captar.

Por otro lado el pensamiento asimétrico es aquel en el que nos movemos en nuestro “estado de normalidad” y por el que “alto” es más que “bajo”, “bueno” es lo contrario de “malo”, y así podríamos seguir indefinidamente. Y este pensamiento, anclado en una realidad que proviene, lógicamente, del contexto social en el que nos movemos y que constituye nuestra forma de leer la realidad, en cierto modo la aprisiona. Entre otras cosas porque “bajo” también puede ser más que “alto”, o “malo” puede ser idéntico a “bueno”.

Cuando el Yo y el Yo auxiliar pueden comenzar a moverse por el terreno de las dicotomías y a relativizar el pensamiento utilizando tanto una como otra forma de razonar, todos los elementos de la realidad adquieren un carácter que nos permite movernos con mayor libertad y favorecer que el paciente vaya articulando su forma de pensar de forma menos anquilosada y, de esta forma, encontrar vías de solución o de adaptación al entorno en el que se encuentra que le van a propiciar niveles de felicidad y satisfacción mayores. Es en este punto y a partir de él como podemos entender la idea de Rogers que señalaba al inicio del capítulo.

La interrelación como proceso de elaboración.

Las dicotomías, leídas como los aspectos de un continuo figura – fondo, así como la capacidad para poder articular los dos pensamientos, nos pueden servir como dos puntos de referencia opuestos entre los que transitamos. Ese deambular entre uno y otro polo es realizable a partir de la primera experiencia relacional en la que nos proponemos pensar sobre los hechos de la vida. Ese deliberar contiene un ingrediente, la propia elaboración, consistente en poder ir desmenuzando los componentes que se proponen como argumento de relación, entenderlos y poderlos hacer de nuevo propios.

En realidad el proceso terapéutico de Orientar se articula directamente con algo que tengo muy presente en el día a día: la capacidad de aprender de la experiencia. Esta frase, que es muy sugerente, no es mía. Es el título que Bion le da a uno de sus libros. En concreto en la edición de 1987, introduce un pensamiento que ayuda a clarificar mucho los procesos mentales: Una experiencia emocional que ocurra durante el sueño (…) no difiere de una experiencia emocional que ocurra durante el estado de vigilia, en la que las percepciones de la experiencia emocional tienen en ambos casos que ser elaboradas por la función –alfa antes de que puedan ser usadas para los pensamientos oníricos. Y añade:

(…) La función –alfa opera sobre las impresiones sensoriales, cualesquiera que sean, y las emociones, cualesquiera sean las que el paciente acepta. Mientras la función – alfa opere con éxito, se producirán elementos – alfa y estos elementos resultarán adecuados para ser almacenados y satisfacer requisitos de los pensamientos oníricos. Si la función – alfa es perturbada, y por lo tanto resulta inoperante, las impresiones sensoriales que el paciente capta y las emociones que a la vez está experimentando permanecen inmodificadas. Los llamaré elementos – beta. En contraste con los elementos – alfa, los elementos – beta no son sentidos como si se tratara de fenómenos, sino como las cosas en sí mismas (…) (: 25). Para acabar indicando que: los elementos-beta se almacenan, pero difieren de los elementos alfa que no son tanto recuerdos como hechos no digeridos, mientras que los elementos-alfa han sido digeridos por la función- alfa y por lo tanto ser convierten en disponibles para el pensamiento (: 26)

Es decir en los procesos de Orientación y Psicoterapéuticos, se da una metamorfosis de los procesos sensitivos y afectivos que proviene precisamente de la conversión de los elementos –beta en elementos-alfa, susceptibles de convertirse en elementos para pensar. En este sentido cuando entre el paciente y el profesional se establece un diálogo, una interacción a través de los temas que van apareciendo día a día, lo que está sucediendo en realidad es una metabolización de los pensamientos, de las emociones, de las ideas y vivencias que pasan de ser elementos beta a ser elementos alfa; y por lo tanto aptos para su uso como pensamiento. De hecho es la diferencia que se aprecia entre aprender una cosa de memoria o entenderla. Cuando algo se entiende significa que uno ha podido procesar la información que se convierte, entonces, en un conjunto de elementos disponibles para su uso; mientras que los meramente memorísticos no se utilizan para ello.

El proceso de metabolización se da gracias a que los elementos que se van modificando, elaborando, van perfilándose con relación al contexto en el que se presentan. Para ello es importante un aspecto de nuestra intervención. Por esto podemos hablar metafóricamente del Yo auxiliar, ese aparato psíquico auxiliar ocasional o provisional que el paciente utiliza (por esto viene) para metabolizar una serie de aspectos que habían quedado bloqueados. En este proceso de metabolización, la habilidad del profesional en poder descentrarse de cualesquiera de los planos en los que el paciente le ubica y de introducir elementos del pensamiento que le vinculen con los diversos planos de su realidad psíquica, física, social, política, económica…, es fundamental. Por esto la capacidad de ver los diferentes aspectos atómico, biológico, fisiológico, psicológico, sociológico, político, religioso y cultural que constituyen el ser humano y la de poder pasearnos por ellos en no importa que orden ni ritmo, resultaran elementos eficaces en una orientación psicológica.

Por ejemplo, si una persona habla de su deseo de cambio, de cambio de estilo de vida, de cambio de costumbres, lo hace no sólo como expresión de su deseo de cambio sino que éste ha de realizarse en relación con un no cambio que aparece de trasfondo. La comprensión de la complejidad de los cambios puesta de manifiesto a través de metáforas de origen político, social, religioso, o incluso fisiológico, posibilitan no sólo una comprensión mayor de las cosas sino el unificar los diversos aspectos constitutivos del ser humano. Y va aclarando qué representa la idea de cambio, y por qué ese cambio y no otro, y por qué en este momento y no en otro diferente. Todo el proceso mental y relacional que se da en torno a este aspecto supone una elaboración de una idea primera de “cambio” que se va perfilando a una idea de “cambio” más concreta. Este es el proceso del que habla, también Bion. Lo que sucede es que en este caso se da la participación del profesional quien, a su vez, también va elaborando elementos que configuran la idea de cambio; y por lo tanto también en él se da ese proceso metabolizador que hemos comentado. Y en ocasiones le generan cambios.

Son los textos de la revisión total de los que fueron publicados en 2004. Muchos de ellos todavía no han pasado la revisión estilística, pero en cuanto sean revisados los modificaré.

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