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Lunes, noviembre 20, 2017
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Capítulo 7 

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Y tras el 6 va el 7. Seguimos profundizando un poco en estos aspectos de la Orientación. Y a la espera de la mano de la revisora de textos.

Capítulo 7.

En el capítulo anterior planteé una cuestión que venía de Rogers pero que opté, al final, por pasarla a un siguiente. Y la razón fundamentalmente es por la importancia que el tema de las manifestaciones de tonalidad agresiva tiene para los procesos terapéuticos. Vamos pues a meternos en esa harina.

Lo que hacemos en Orientación.

En este espacio como en cualquier intervención terapéutica lo que se hace fundamentalmente es hablar. Hablamos para intercambiar pensamientos, vivencias, sensaciones, ideas… es decir, para trasladarle al otro, para poner en común, lo que a uno le pasa por la mente y por el resto del cuerpo. Comunicamos todo lo que nosotros sentimos y pensamos y no sólo lo que racionalizamos. Dicho de otra forma, no es un espacio para argumentar o discutir lo que uno piensa, sólo es un espacio para intercambiar esos pensamientos, los sentimientos asociados, las vivencias que nos acompañan o acompañaron y que ahora recordamos, para hacerle partícipe al otro nuestra experiencia personal.

Lo que uno aprende de la observación de bebés.

Permitidme un paréntesis antes de proseguir. Creo que a todos nosotros nos vendría pero que muy bien observar a un bebé. Observarlo no sólo un día en el parque que no es poco, sino observarlo a lo largo de un tiempo, de unos meses, ver su evolución. Debiera ser una práctica obligada aunque entiendo que no es fácil la situación en la realidad cotidiana; aunque lo mejor sería que fuese un interés personal por aprender de la observación.

Podemos ver, por ejemplo, que cuando quiere algo y no lo alcanza, protesta. Su protesta inicial suele ser de enfado: le molesta mucho, muchísimo, no poder hacerse con aquello que desea. Por lo general la cara se le transforma, muestra su genio con toda su intensidad. Y este estado permanece hasta que aparece otro centro de interés que le aparta del anterior, o porque harto de protestar no consigue su objetivo, o porque los padres se lo han acercado o le han calmado de alguna forma. La idea central es que ante el deseo no satisfecho de forma más o menos inmediata, aparecen la protesta y la expresión de enfado. Esto parece una respuesta propia del cachorro humano y con el paso de los meses y de los años el que fuera bebé va aprendiendo a modelar la protesta y a evaluar la importancia de eso que desea, y hasta a tolerar no alcanzarla.

Pero si uno se limita al bebé, poco ve. Tiene que observar al mismo tiempo la reacción del entorno que por lo general serán sus padres. Y es cierto que no es lo mismo en el primer hijo que en los demás. Y veréis o podréis ver que a partir de sus características, la reacción que mostrarán ante el enfado, rabieta, del hijo será una u otra. En unos casos lo mirarán con una cierta diversión y aceptando su enfado le ayudarán a obtener aquello (si es que no es perjudicial para él) o le mostrarán otra cosa para darle la oportunidad de cambiar de centro de interés, o lo auparán para calmarlo. En otros casos, ni le mirarán y esperarán a que se calle. En otros le chillarán. O se pondrán muy nerviosos pensando que no lo hacen bien. O… es decir, las reacciones de los padres constituyen una pauta vinculada al enfado del bebé y no se puede separar de ella.

Como el tamaño del bebé, por grande y desarrollado que esté, no supera determinadas proporciones; como tampoco su fuerza ni su peligrosidad. Pero si nos pudiésemos imaginar ese comportamiento en una persona de 10, 20 o más años… ¿qué diríamos? ¿Qué pasaría si esta protesta, si este enfado, se manifestaran de forma que alterasen el equilibrio familiar? ¿Y si transformara la protesta en una huelga de hambre? ¿Y si su enfado le llevase a destruir objetos o a atacar a personas? ¿Y si al ver que no consigue lo que desea comenzara a concluir que eso era porque hay una serie de fuerzas alienígenas que se lo impiden pero que un día le abducirá una nave espacial y conseguirá eso que desea? Eso que digo y que suena a disparatado, si lo pensamos con una cierta serenidad igual veremos que no hay mucha diferencia entre ese bebé y esta persona que tenemos delante; sólo que a ésta la podemos etiquetar bajo un determinado calificativo, diagnóstico… mientras que en el caso del bebé decimos aquello de “¡qué carácter, como te pareces a tu x!”

Pero volvamos al bebé.

Lo que uno aprende de los entornos familiares.

El bebé de marras suele protestar cada vez que no consigue aquello que desea. Este no es el problema, en principio. La cuestión está en la reacción que aparece en su entorno con cierta frecuencia. Como resulta que los padres están atareados con muchas obligaciones y responsabilidades, en algunas ocasiones las protestas se acallan dándole todo lo que pide, es decir, satisfaciendo sus deseos. O poniéndole el televisor para que se quede fascinado por los colores, el sonido, los cambios de luz… O, por tomar otra reacción a modo de ejemplo, le pegan un bufido fenomenal que asusta al bebé y se calla del susto. O se duerme por sistema al ver que su llanto no es consolado y se consuela refugiándose en el mundo onírico. Pero en otras ocasiones opta por otra salida que a los padres no molesta. Como esta reacción no es puntual sino que es una pauta que va apareciendo con una cierta frecuencia, en el seno de la familia se va estableciendo un sistema por el que se acallan de una manera o de otra las presiones que provenían del bebé que ahora ya es un adolescente de tomo y lomo.

A lo que iba: es en el seno de las relaciones del grupo familiar (que se va extendiendo por el grupo familiar ampliado y luego en los diferentes grupos a los que estamos vinculados) donde se van cociendo las estructuras y las maneras que tenemos los humanos de engarzarnos en el mundo. Y se van cociendo también las maneras cómo manejamos a ese mundo para que se ajuste a nuestras pretensiones.

El motivo de consulta.

Decíamos que el motivo de consulta era la razón por la que alguien acudía a nosotros. Es decir, algo debe suceder que esa persona no alcanza el grado de tranquilidad o de felicidad que desea, bien porque percibe que los demás no le dan lo que se merece o precisa, o porque cree que no hace las cosas bien para alcanzar lo que ansía. O porque la vida le hace vivir unas experiencias ante las que no encuentra la forma de reaccionar. La cuestión es en qué medida somos capaces de ver en ese motivo, el enfado, la queja, la protesta. Porque en realidad en ese motivo se expresa un aspecto de la relación que tenemos con el mundo. Y cuando digo mundo me refiero, fundamentalmente, a las personas con las que nos relacionamos. En ese motivo siempre encontraremos este aspecto y otro que queda oculto: lo que nos pide. Esto significa que tenemos varias piezas en el tablero:

A, que es quien acude porque no consigue X

B, que es quien le atiende y a quien A le dice que no consigue X

B, es alguien que sustituye en la fantasía a otro B´ y que siente la presión del deseo de A para que alcance X.

A, que espera de B que satisfaga esta pretensión.

Es en estas circunstancias en las que se inicia el diálogo, la charla, la conversación que es lo que venimos a hacer en este espacio. Y en este diálogo vamos a tener que aprender a ver el ceño fruncido de A por no conseguir lo que quiere, el enfado que tiene por ello y las conductas asociadas a ese enfado, y por constatar que B tampoco es quien le va a satisfacer la demanda. Esto es a lo que se refería Rogers cuando decía que debemos aceptar los elementos agresivos del paciente.

La conversación.

En este espacio, hablamos. Pero podemos optar por dos tipos de conversación:

1. La dirigida a delimitar su motivo de consulta y una vez resuelto éste, poner punto final.

2. No dirigirla e ir transitando por todos los recovecos por los que el paciente va a ir transitando a lo largo del tiempo que tengamos.

La primera opción es relativamente fácil. Es una visión que concuerda bastante con la visión actual del ser humano como algo individualizado. Nos ceñimos a lo que le preocupa y tratamos de ayudarle a resolver este punto. Evidentemente habrá muchas situaciones en las que no podamos hacer otra cosa. Recordemos que el contexto y el posicionamiento teórico desde el que trabajamos así como las características de la persona determinan buena parte de nuestro trabajo. Pero me parece que realizar esta opción parcializa la realidad humana, nos hace olvidar algo que es muy real: el hombre es un ser global en el que todo él junto al entorno que le rodea forman una unidad inseparable. Al parcializar, legítimamente, claro, esa realidad desatendemos el problema por el que nos consulta.

La segunda opción no es fácil. Y engarza con otra visión del individuo en el que se ve a una pieza, un punto nodal diríamos en términos grupoanalíticos, dentro de una entidad bastante más global. Os recomiendo en este punto la lectura de un texto de Mª Luz Pintos que aparece en el número 1(0) de la revista Teoría y práctica grupoanalítica. Esta opción va a suponer que entre esta persona y el profesional se va a establecer una relación, se van a desarrollar unas interdependencias que de forma inexorable van a comprometernos en muchos aspectos. De entrada porque vamos a empezar a conocer su historia, no sólo su biografía sino su historia familiar. Vamos a ir conociendo cosas de las personas de su entorno. Vamos a ir sabiendo hechos que en algunos casos nos van a sorprender, en otros angustiar, en otros preocupar, en otros… hacernos los sordos… Es decir, en el establecimiento de la relación interpersonal van a ir apareciendo cosas que también nos afectan porque también nosotros somos personas a las que de forma similar hemos vivido situaciones semejantes.

El Yo auxiliar.

Ya hemos hablado de esta función. Siguiendo con ella parece claro que el Orientador, transmutado en Yo auxiliar, debe ayudar al Yo del paciente a hacerse cargo con la situación. Esto es, hacerse cargo de los sentimientos asociados y, fundamentalmente, de los enfados dirigidos o generados por esta situación que le lleva a pedir ayuda. Esto conlleva varias cosas.

Partiendo de las cuatro premisas que nos planteó (coherencia, respeto, empatía y comunicación) nosotros debemos ponernos en la mejor posición posible para ejercer esa función auxiliar

a) Conseguir una buena alianza con el paciente. Si tomamos las palabras de Rogers (1984) no es un método (…) sino que es, por una parte, una “forma de pensamiento” y por otra, una teoría de relación entre el orientador y el cliente (1984: 10) Y concreta un poco más: esta forma de pensamiento consiste en abandonar no solamente toda actitud de juicio, de apoyo, de explicación o de investigación para dejar aparecer lo vivido por el cliente, sino en abandonar toda actitud de psicólogo o psiquiatra que consista o bien en buscar primero la categoría gnoseológica del enfermo o una etiqueta dinámica que aplicarle, o bien en tratar de encontrar la manera en que ha atravesado etapas históricas caracterizadas y definidas a priori por una metapsicología freudiana o de cualquier otro tipo. La no-directividad, investida ante todo por una actitud de compromiso o más exactamente, de un esfuerzo por comprender lo que expresa el cliente, deja en sus manos la elección del propio itinerario, de su propio lenguaje y sus propias decisiones (1984: 10). Es decir, mostrarnos totalmente cómplices con lo que dice, a cómo lo dice, a por qué dice lo que dice y siente lo que siente, hace posible que se establezca entre los dos Yoes un vínculo a través del que podremos conseguir algo. Y si lo miramos con una cierta lupa observaremos que para que eso se de es preciso que aparezca un amplio abanico de identificaciones (de las que hablaré en otra ocasión) que posibiliten que no haya tantas diferencias entre uno y otro Yo.

b) Entender, tratar de ponernos en su piel para comprender las razones por las que ha vivido, cómo entiende lo que le ha sucedido o le sucede, aceptar que en sus circunstancias posiblemente actuaríamos de la misma forma conduce a entender que los humanos somos más iguales de lo que aparentamos. Pero esto conlleva otra dificultad. Este ponernos en la piel de otro conlleva la activación de otros mecanismos mediante los que el profesional siente lo que siente el paciente. Para ello se desarrolla un abanico de elementos proyectados en uno y en otro mediante los que el profesional y el paciente perciben claramente que lo que hay una unidad entre lo que se expresa y lo que se siente.

c) Al meternos en su piel, al sentir como siente y poder pensar cómo piensa nosotros entramos en situación compleja ya que por un lado somos nosotros pero al tiempo podemos pensar, sentir, e incluso entender las formas de actuar dadas sus circunstancias. Eso significa que nuestro Yo se disocia un poco. Una parte de mí sigue fiel a mí mismo, pero otra parte queda al albur de los sentimientos y situaciones que nos cuenta y transmite el paciente. Lo que en parte explica la dificultad de la neutralidad. Y en parte nos coloca a la merced del otro. Pero esto tiene una ventaja: la parte que queda a merced del otro es ese Yo auxiliar que es observado por el propio Yo que en cierta medida le va suministrando datos para que no acabe fundido (confundido) con el Yo del paciente.

d) En esta disociación, la parte de mi Yo que, por decirlo así, permanece fiel a mí mismo, debe colaborar con la parte escindida (la que juega a ser Yo auxiliar) para poder imaginar, pensar, crear circunstancias que permitan pensar alternativas a lo que el Yo del paciente está diciendo sin que éstas sean presentadas ni percibidas como una imposición sino como desarrollos que podemos hacer para encarar las circunstancias de otra forma.

e) Esta compleja operación consiste en mantener esa situación de diálogo con el Yo del paciente (o sea, con el paciente) de forma que nos permita ir explorando posibilidades de comprender las cosas desde otros ángulos, valorar alternativas, entender los sucesos desde otro ángulo… es decir, nuestro Yo auxiliar suministra pensamientos complementarios para que a modo de encimas digestivas, posibiliten un reencuentro con la situación desde otro ángulo.

f) Pero para permitir ese acceso debemos poder entender profundamente las razones del enfado y sostenerlas. Porque el Yo del paciente está muy enfadado y no encuentra las vías para salir de él. Y en este enfado está enganchado y, en muchas ocasiones no es consciente de ese hecho. Lo que significa que nuestro Yo auxiliar debe poder entender ese enfado, sentirlo incluso para poder ayudar a que el Yo del paciente vaya pudiéndolo aceptar.

g) Y nuestro Yo se preguntará por qué el paciente no puede verse enfadado. Y tras esta pregunta hay un diálogo entre las dos partes escindidas, el Yo y la parte que hace de Yo auxiliar, que trata de averiguar dónde está la anestesia que le impide ver o conectar con el enfado. Y en este diálogo el Yo le suministra al Yo auxiliar toda la información que proviene de la experiencia vital del profesional y que conecta con sus fantasías, sus temores, sus deseos, y le recuerda cómo en determinadas situaciones también nos anestesiamos, o cambiamos de tercio o entramos en confusión o enfermamos ya que no siempre es fácil conectar con el enfado y sostenerlo. Y como hay esta comunicación, el Yo auxiliar tiene recursos, herramientas que le proporcionará al Yo del paciente.

h) Y en este diálogo con el paciente, éste comienza a entrar en una pequeña disociación en la que emerge un Yo auxiliar que se convierte en la ayuda que precisa el profesional para seguir saliendo adelante. Con lo que el número de personajes que se van encontrando en el espacio de Orientación se va multiplicando. Ya tenemos cuatro: dos Yoes y dos Yoes auxiliares.

i) En esta tarea debemos poder encontrar la forma para introducir una nueva variable en la conversación: qué elementos similares encontramos entre lo que cuenta el paciente de sus relaciones o situaciones con, llamémoslo así, su mundo exterior y lo que sucede en el contexto en el que nos encontramos y, en particular, en nuestra relación. Este elemento que debe ir apareciendo poco a poco y durante todo el tiempo de la intervención supone poder cambiar de casilla en el cuadro que os dibujé capítulos atrás en relación a las temáticas de la conversación.

j) Este recurso técnico supone que también deberemos poder abordar los componentes de enfado que surgen en la relación asistencial en los que mi Yo está comprometido. Esto permite comenzar a trabajar en el aquí y ahora de las relaciones y obliga al profesional a pasar de una posición más autoritaria a una más horizontal, aceptando los comentarios que pueda hacer el paciente o poniéndose en disposición de señalarle aquellas cosas que también a él le resultan desagradables del paciente en la relación asistencial.

k) Todo esto va permitiendo que la problemática principal por la que venía quede en segundo plano o incluso desaparezca, emergiendo otro tipo de problemas que son los que realmente le atosigan: esos fundamentalmente tienen que ver con sus relaciones con los demás, y por ende, con el profesional.

l) La comprensión que va existiendo entre ambos aumenta en tanto que la relación asistencial se asienta. Esto da paso a lo que para Rogers es la incorporación de sentimientos creativos en donde había destructivos.

Son los textos de la revisión total de los que fueron publicados en 2004. Muchos de ellos todavía no han pasado la revisión estilística, pero en cuanto sean revisados los modificaré.

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