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Domingo, agosto 20, 2017
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Capítulo 5 

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Este es un nuevo capítulo con el que vamos avanzando en este proceso de actualización de mi pensamiento. Evidentemente falta pasar por la correctora de textos.

Capítulo 5

En el capítulo anterior abordamos algunos aspectos del encuadre tanto externo como interno. Ahora nos encontramos con que sabemos algo de quien tenemos delante, de sus motivos para consultar o pedir ayuda, y también hemos tenido la oportunidad de hablar un poco de la relación interpersonal, del concepto de matriz así como de lo que entendemos por ansiedad y los temores que todo esto encierra. Siguiendo la pauta de Rogers vemos que indica que la siguiente fase consiste en que el orientador fomenta la libre expresión de los sentimientos que acompañan al problema. Veamos.

La interrelación dinámica.

Creo que ha sido en el capítulo segundo que hemos comentado que buscamos establecer una cierta horizontalidad lo que conllevaba que A se relacionaba con B y B con A. Y al ser recíproca veíamos que por un lado había un motivo de consulta que se correspondía a un motivo de ofrecer ayuda, por ejemplo. Y todos nosotros sabemos que de la misma forma que el paciente tiene una biografía y una historia familiar, también nosotros la tenemos. Es más, tenemos una biografía que también es profesional (desde que comenzamos los estudios e iniciamos nuestra vida laboral) y una historia familiar (que equivale a los lazos profesionales que nos vinculan entre nosotros y que de alguna manera constituyen nuestra familia profesional). E igualmente hablábamos de un encuadre en el que hay unas normas de confidencialidad, libre expresión del pensamiento, respecto y pacto de no agresión que son los que constituyen ese marco de referencia para nuestra tarea. Y eso atañe no sólo al paciente sino al profesional. Y determina eso que llamamos interrelación dinámica.

Esta reciprocidad de la relación conlleva que cada cosa, gesto, silencio, palabra que dice cualquiera de las dos personas que se encuentran en la entrevista genere en la otra una reacción que, al mismo tiempo es captada por la primera, y así sucesivamente. Esa característica hace que el profesional se vea ante la necesidad de colocarse en alguna de las seis posiciones que aparecen en el capítulo anterior. Y decía que de todas ellas la que me parece que se ajusta más a la posición grupoanalítica es la sexta. En efecto, dado que la relación que va generándose pretende que pueda aparecer en ella todo tipo de emociones, sentimientos, ideas, pensamientos que constituyen lo que podríamos llamar “la problemática” del paciente, lo que le hace sufrir, algo debemos hacer para facilitarlo. Eso significa que el Orientador en estos momentos es un facilitador de la conversación. Y aquí se abren una serie de temas:

a) ¿Cómo influyen las cuatro componentes de la manera de entender que tenemos? En el capítulo 1 hablábamos de ello y parece claro que de mi actitud, de mi predisposición a entender lo que me explica, de la forma que tengo de procesar esta información y de mis reacciones ante todo ello, va a depender el flujo de datos que me va a aportar. En este sentido todos tenemos la experiencia de ir a un profesional de la medicina, por ejemplo, y si pensamos en ello veremos que al poco vamos viendo qué es lo que al galeno le interesa saber y qué es lo que le importa un comino. Y esto pasa en todas las profesiones. Lo que plantea una cuestión seria: en qué medida lo que emitimos como profesionales condiciona lo que los pacientes nos cuentan y la forma cómo lo hacen. Claro que también deberemos asumir que es imposible no condicionar. Y lo es porque no somos una mera máquina registradora de sonidos y emociones, sino que somos personas que emitimos siempre una señal que informa de la reacción que nos ha generado aquello que el otro ha dicho. Entonces, si es cierto que es imposible no condicionar, ¿qué podríamos hacer para que éste sea menor?

b) ¿Cómo podríamos entender la conexión con el otro? Si entendemos al ser humano como un ser individual (palabra que guarda relación con la idea de indivisible) lo lógico es pensar que lo que le pasa a este paciente es algo que le pertenece a él y sólo a él. Pero a poco que pensemos veremos que en realidad eso que le pasa afecta y está condicionado por muchas más personas que constituyen con él una trama relacional, una matriz que es la que le constituye. A poco que entremos en sus circunstancias, en su historia y biografía, veremos que todo lo que le está sucediendo tiene conexiones con cosas que han sucedido también en el entorno familiar y en su biografía personal. Es decir, que aquella individualidad que nos lleva a pensar en la idea de “homo clausus” (por tomar las palabras de N. Elias) es una concepción errónea. El hombre es un ser abierto, homines aperti, en continua y constante conexión con los demás. Y esta conexión nos involucra. Dicho de otra forma, a través de la interrelación que se está dando en el contexto de la entrevista, se están estableciendo unas conexiones entre el paciente y el orientador (y viceversa) que si pudiéramos visualizarlo determinarían un haz complejo de lazos, de vínculos que unen a los protagonistas del encuentro. Si partimos de esta idea de estará conectados con él igual deberemos aceptar que cualquier cosa que el Orientador diga, piense, sienta, haga o calle está interconectada con las vivencias del paciente. Y viceversa.

c) ¿En qué cosas ponemos el acento? Si aceptamos esa idea de interconexión (podríamos hablar de las conexiones a nivel inconsciente, de las intuiciones que tenemos, etc.) la cuestión que comienza a plantearse es qué valor tiene el motivo de consulta en relación a lo que se está dando en la relación con el paciente en este contexto dado. Podríamos hacer un cuadro de doble entrada con dos casillas por cada lado, en el que colocaríamos en la zona horizontal las palabras “ahora” y “entonces”. Y en las dos casillas verticales, “aquí” y “allí”. Teniendo este marco de referencia ¿en qué lugar, en qué intersección entre las casillas verticales y horizontales se coloca lo que cuenta el paciente? Lo ideal, lo que nos resulta especialmente válido y útil en el proceso de Orientación es que el material que aporta el paciente se ubique preferentemente en la intersección de las casillas “aquí” y “ahora”

d) La idea de proceso. A estas alturas creo que tenemos claro que la Orientación es un proceso que se inicia en el momento en el que el paciente pide cita y que finaliza en el momento en el que nos decimos adiós. Podríamos decir que es un proceso que tiene una dimensión transversal en el tiempo. La duración del mismo, el tiempo durante el que la interrelación dinámica va a ir nutriéndonos y generando en nosotros modificaciones, cambios y desarrollos va a depender en buena medida de las razones por las que se vino y de las ganas que tenga el paciente de llegar a un determinado nivel madurativo. Pero junto a esta dimensión transversal aparece otra que podríamos calificar de horizontal y que es la que se da en cada sesión. Durante este recorrido, durante esta etapa diaria tanto el paciente como el profesional van avanzando en el conocimiento mutuo, en la interacción, en la comunicación de ideas, pensamientos, emociones, recuerdos, silencios… que van trazando el desarrollo de la sesión.

e) El Orientador como Yo auxiliar. En uno de los capítulos anteriores hablábamos del Yo como ese aspecto de cada uno de nosotros que es quien en principio asume la responsabilidad de todo lo que hacemos, decimos, pensamos, callamos, etc., y que va constituyendo nuestra conducta y nuestra forma de ser y estar en el contexto grupal y social del que somos parte constitutiva. Y también creo recordar que hablamos de que no siempre ese Yo está en condiciones de todo ello ya sea por razones de deficiencias o déficits que vienen parejos con la constitución de cada uno, o por la dificultad de poder elaborar, de poder integrar las diversas vivencias a las que le somete la vida cotidiana en su relación con los demás y consigo mismo. Es en este estado de carencia (ya hablé de los tipos de sufrimiento humano y cómo el Yo los procesa) cuando la figura del Orientador cobra su importancia. Se convierte en un Yo auxiliar del Yo del paciente que le acompaña, le ayuda a elaborar aquellos sucesos y vivencias con las que ha topado, le facilita pensamientos, ideas, sensaciones y vivencias que le permiten ampliar los recursos de comprensión de los sucesos de su vida, y le dan el apoyo necesario para desarrollar aquellos recursos propios o encontrar otros complementarios con los que hacer frente a las situaciones de la vida.

Todo esto me hace pensar en Winnicott. Dicho autor aporta, sobre el año 1949 la idea de “madre suficientemente buena”, y que correspondería a aquella que es capaz de adaptarse de forma sensible y progresiva a las necesidades del bebé. Es decir, no es una persona que evita que su hijo sufra, o se lo pase mal en un momento dado, o se caiga y se haga daño. Evidentemente se trata de cuidar al hijo y no de maltratarlo; pero tampoco es cuestión de envolverlo en algodones, meterlo en una campana de cristal a modo de quesera de tamaño natural para que nada le afecte ni le desequilibre. Es justo una persona que de forma adaptativa va posibilitando que el bebé desarrolle sus habilidades para ir haciendo frente a las circunstancias de la vida. Esto significa una madre que piensa en su hijo, lo tiene en mente. Una madre que se adelanta a la situación del hijo no para evitársela sino para facilitarle la superación de esa circunstancias con sus propias capacidades.

Si parafraseásemos la idea de Winnicott, podríamos pensar en el Orientador como la figura del “profesional suficientemente bueno”, aquel que es capaz de desarrollar una relación que se adapta de forma sensible a las necesidades cambiantes del paciente. Ello supone, al menos dos condiciones. La primera que ese profesional mantenga consigo mismo unas relaciones suficientemente ágiles, sensibles y estructurantes con sus propios aspectos internos, con sus aspectos personales. Este establecimiento de relaciones no suele ser fácil; pero no significa que sea imposible. Y la segunda requiere el desarrollo de un trabajo personal que le permita ir delimitando qué aspectos le generan tensión, cuáles son los que le dificultan el adaptarse a las circunstancias cambiantes que exige el paciente y las situaciones profesionales y la propia vida.

El Yo auxiliar y su capacidad de pensar.

Si aceptamos la idea del Orientador como la de un Yo auxiliar y lo ponemos en contacto con la idea winnicottiana de profesional suficientemente bueno, hay un aspecto que precisa ponerse en primer lugar: la capacidad de elaboración, esto es, de poder pensar, procesar lo que estos pensamientos aportan y articularlos con los sentimientos de todo tipo que emanan de la propia relación asistencial. Si esta capacidad de pensar viene acompañada por la de simbolizar, representar el propio pensamiento, hemos conseguido que el Yo auxiliar disponga de instrumentos con los que posibilitar el desarrollo de los recursos del Yo del paciente.

Esta capacidad de pensar no es un proceso únicamente cognitivo sino que queda articulado con los afectos que nacen de cuatro fuentes principales:

a) la de las aportaciones del propio paciente: evidentemente las personas nos comunican cosas, no sólo sucesos sino y sobre todo los afectos que les acompañaron y les acompañan en el momento de explicárnoslos. Este material no es escuchado de forma aséptica sino activa en nosotros todo un abanico de sensaciones, emociones, pensamientos, un cuadro complejo y completo de respuestas afectivas y racionales. Aquí interviene tanto la escucha del “ahí y entonces” como lo que se siente y oye en el “aquí y ahora”

b) la de las asociaciones que tales aportaciones le provocan vinculando lo que explica, lo que dice y expresa, con la vida personal, con la biografía y la historia familiar del propio orientador. Lo explicado, lo oído y sentido durante todos y cada uno de los momentos del encuentro y a lo largo (las dos dimensiones, la horizontal y la transversal) del tiempo de tratamiento o intervención, se articula inevitablemente con toda nuestra historia y, sobre todo, con nuestra manera de ser y de sentir. Aquí interviene fundamentalmente el “ahí y entonces”.

c) De la capacidad de disociar internamente. En la medida que somos capaces de disociar lo escuchado y vivido en la sesión de aquellas emociones y sensaciones que se vinculan con nuestro “entonces y ahí”, podemos comenzar a entender mejor el “aquí y ahora” de cada sesión.

d) De la capacidad de comunicar y recibir la respuesta. De nuestras capacidades comunicativas y del grado de empatía y complicidad que se ha establecido con el paciente dependerá nuestra habilidad para comunicar en clave de “aquí y ahora” lo que escuchamos y sentimos para que el paciente pueda reiniciar sus capacidades de pensar y elaborar sus vivencias.

Con todo este cuadro de elementos nuestro objetivo fundamental es activar, potenciar el desarrollo de las capacidades del paciente para que con sus propios recursos pueda superar las dificultades con las que se encuentra.

Características de un Orientador.

Más allá de lo que hemos ido comentando muchos pueden preguntarse sobre las características que debiéramos tener como profesionales de la Orientación. En este sentido y sin que sirva de precedente, creo que puede ser interesante recuperar las que Corey propone en su texto:

· Effective counselors have an identity

· They respect and appreciate themselves.

· They are able to recognize and accept their power.

· They are open to change.

· They are making choices that shape their lives.

· They feel alive, and their choices are life-oriented.

· They are authentic, sincere and honest.

· They have a sense of humor.

· They make mistakes and are willing to admit them.

· They generally live in the present.

· They appreciate the influence of culture.

· They have a sincere interest in the welfare of others.

· They become deeply involved in their work and derive meaning from it.

· They are able to maintain healthy boundaries. ( Corey, 2001: 16-17)

Creo que con este listado, todos somos capaces de poder hacernos una idea de lo que de forma ideal constituiría el conjunto de características de un buen profesional. Ahora bien, no quiero dejar de lado a Rogers quien fue el iniciador de esta técnica. Tiene textos muy sugerentes. Entre sus escritos os recomiendo que leais lo que aparece en los de 1975, que atañen a la enseñanza y que nace de un encuentro realizado el año 1958 en el Goddard College. Y si os propongo este texto es porque es cercano a su situación de estudiantes. En este trabajo aborda lo que denomina “aprendizaje significativo” y lo define como “una forma de aprendizaje que es más que una mera acumulación de hechos. Es una manera de aprender que señala una diferencia – en la conducta del individuo, en sus actividades futuras, en sus actitudes y en su personalidad -; es un aprendizaje penetrante, que no consiste en un simple aumento del caudal de conocimientos, sino que se entreteje con cada aspecto de su existencia” (1975 b: 247)

Fijaros que dibuja una propuesta de aprendizaje que se “entreteje con cada aspecto de su existencia”. Es decir, un aprendizaje que va más allá de la acumulación de hechos o conocimientos

Para Rogers, C. R. existe un paralelismo entre lo que es aprendizaje y lo que es terapia; o mejor, como si en la terapia se diese un cierto aspecto de aprendizaje. Si nos ceñimos a ese texto podemos ver que introduce la idea de la existencia de un deseo inseguro y ambivalente de aprender o cambiar que surge de la dificultad del individuo al enfrentar la vida (1975 b: 249), que es el aspecto que les señalaba hace poco. Frente a todo aprendizaje, frente a toda experiencia personal en la que uno se ve metido, imbuido en la posibilidad de revisar cosas, ante todo ello, hay un deseo inseguro, ambivalente. De un lado la idea puede parecer sugerente, de otro se nos antoja muy complicada. Hay un cierto temor, una cierta precaución sobre ¿qué pretende ese de mí? Rogers, C. R. a partir de ahí, nos habla de las condiciones necesarias y suficientes que el terapeuta debe aportar si desea obtener un cambio constructivo o un aprendizaje significativo (1975 b: 249) Y que no son muy diferentes a las que propone en el terreno de la educación. Estas condiciones son:

a) Coherencia. ¿Quién puede definir esto? Rogers introduce en la descripción del término el que “uno es lo que es y no un disfraz, un rol, una simulación” (1975 b: 249) Creo que este es un tema delicado. Indica que debo ser lo que soy, lo que significa que debo actuar tal y como mis características personales me definen y no adoptando un rol, algo ficticio. Pero eso del rol… Y es cierto que en cierta medida el trabajo de un profesional tiene algo de rol, de función, como lo que decíamos de ser un Yo auxiliar. Pero en ocasiones la persona que hace de orientador no se lo cree, se posiciona en un como si que tiene más tufo de protección, de defensa, más que una adecuación circunstancial a las necesidades del paciente. Rogers, C. R. lo hace equivalente a la idea de disfraz. En realidad, fijaros bien, lo que sucede es que a uno le resulta difícil ser persona, sentir lo que siente, bucear en las emociones y sentimientos que le sugiere el paciente y prefiere cobijarse tras la idea de personaje. Rogers, C. R. habla de “disfraz, rol simulación”, parece que se refiere a ese aparentar ser sin ser lo que uno es.

b) Respeto positivo e incondicional. Dice que se trata de un interés cálido hacia el cliente (1975 b: 250) Y lo aclara diciendo que “Es una atmósfera que simplemente demuestra que “Me preocupo” (…) lo que Standal denomina “respeto positivo e incondicional””. Entiendo lo que parece querer decir, pero me parece interpretar un ideal de la misma categoría de los que comentábamos en otro lugar. Por ejemplo, cuando ponemos una serie de normas de trabajo y entre ellas incluimos lo del respeto al otro, ese aspecto choca cuando nos encontramos con una persona que de forma permanente se salta las normas que consideramos de “educación”. Si percibimos falta de respeto, o que por alguna razón desprecia permanentemente lo que se le aporta, o que lo califica de poco científico, ¿hasta qué punto estamos en disposición de aceptarlo? Pero sin llegar a estos extremos quizás debemos pensar hasta qué punto aceptamos aquellas cosas que tiene el otro y que son muy similares a las nuestras. Dicho de otra forma, el rechazo, la dificultad de aceptación del otro no proviene de las diferencias que puede haber entre los dos como se suele decir, sino precisamente de las similitudes. Esto es lo que nos asusta y de ahí el rechazo.

c) Comprensión empática. La define como que “el asesor debe experimentar una comprensión precisa y empática del mundo del cliente, tal como éste lo ve desde su propio interior. La empatía, condición esencial de la terapia, supone sentir el mundo privado del cliente como si fuera el propio, pero sin perder en ningún momento la cualidad de “como si””(ibidem: 250) Es decir, hasta ahora teníamos la coherencia (el ser yo mismo) y el respeto positivo e incondicional como elementos que influyen en el aprendizaje significativo. Ahora nos añade el tema de la comprensión empática[1]. Es un tema muy interesante. No sé cómo podríamos entender el concepto de empatía. A mi mente me viene la idea de simpatía, antipatía, y me imagino que estas dos ideas guardan relación con la que nos propone Rogers, C. R. “Sentir el mundo privado del cliente como si fuera el propio”, es decir, tener la capacidad de disponer en nosotros los mismos sentimientos que dibuja el paciente, o el cliente, sabiendo que no son nuestros sino que le pertenecen. Todo esto me sugiere que el profesional debe tener una disponibilidad especial para conectar con lo que el otro explica. Es decir, permitir que la tonalidad afectiva y lo que el otro explica, active la vibración de cuerdas similares en nosotros. Como la resonancia en los instrumentos acústicos. Fijaros que conlleva una particular sensibilidad y un cierto grado de disociación entre lo que siento desde mí mismo y lo que siento desde el otro, ya que de lo contrario me va a resultar difícil diferenciar lo mío de lo de él. Pero al mismo tiempo supone aceptar las similitudes, aceptar que tenemos las mismas sensaciones, las mismas actitudes, las mismas reacciones. Esta aceptación es la que condiciona el respeto al otro y su aceptación.

d) Ser capaz de comunicarles estos aspectos. ¿Cómo comunicarles mi respeto, mi aceptación, mi empatía, mi coherencia? A menos que de lo que hable Rogers, C. R.. sea otra cosa: la que proviene de una relación en la que, la propia naturaleza de la relación, haga inevitable que el paciente o el grupo con el que trabajamos, perciban de forma clara estos extremos. Ello, fíjense, coloca en el centro de la polémica, la relación que establecemos con el otro. Esta consiste en organizar una situación en la que la relación que se derive contenga estos ingredientes; pero conlleva también que, como profesionales, nos ubiquemos en una tesitura muy rotunda y contundente, una tesitura en la que no caben las medias tintas ni los temores.

[1] Este tema será ampliada más tarde, en capítulo 8

Son los textos de la revisión total de los que fueron publicados en 2004. Muchos de ellos todavía no han pasado la revisión estilística, pero en cuanto sean revisados los modificaré.

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