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Domingo, agosto 20, 2017
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Capítulo 2 

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Este es el segundo capítulo. Ruego que tengáis en cuenta que está pendiende la revisión estilística por lo que es muy posible que encontréis lagunas en la comprensión. Vuestra ayuda puede ser fundamental.

Capítulo 2.

Tras lo que pude transmitir en el capítulo anterior creo que podríamos comenzar por un par de coas que posiblemente se sobreentendían pero que no explicité: la idea de proceso y la consideración de si la Orientación la podemos entender como terapia o no. Por lo que comenzaré en este apartado abordando la idea de proceso para proseguir por lo que entiendo por desarrollo del Yo y, más adelante abordaremos qué entiendo por relación interpersonal para finalizar con algo que puede escocer un poco, ¿quién puede dedicarse a eso y en qué condiciones?

Toda intervención interpersonal que tenga como objetivo la atención, el cuidado, el acompañamiento, la presencia atenta a los desarrollos que realiza el otro desde el punto de vista psicológico, es decir, atendiendo a los aspectos globales del ser humano, es un proceso. Comencemos por este punto.

Hablamos de un proceso de desarrollo yoico.

El lector ya sabe por mi pasión e interés por el lenguaje y por lo que dicen aquellas personas que centran buena parte de su interés en él y que en muchos casos pasa por la publicación de un diccionario de la lengua. La Real Academia de la lengua indica que si prestamos atención a la palabra proceso, veremos que esta palabra que proviene del latín (no olvidemos que como señalaba mi profesora de psicolingüística, hablamos en latín, pensamos en griego), (Del lat. Processus) y entre sus acepciones destaco las tres primeras: 1. m. Acción de ir hacia adelante. 2. m. Transcurso del tiempo. 3. m. Conjunto de las fases sucesivas de un fenómeno natural o de una operación artificial.

Pues bien, atendiendo a esto podemos decir que la Orientación psicológica es un proceso, una relación entre dos o más personas que transcurre durante un tiempo más o menos largo, en el que podríamos determinar fases sucesivas que se dan indefectiblemente a lo largo de esta relación. Durante este tiempo buscamos fundamentalmente, facilitar su progreso en el sentido de potenciar los recursos del Yo de esta o estas personas a través de la relación interpersonal entre todos los que participan de ese proceso. Con lo que ya hemos desarrollado otra definición de ese objeto de nuestro estudio incorporando dos nuevas ideas que iremos desarrollando: potenciación de recursos del Yo y relación interpersonal. Pero antes quisiera que nos centrásemos un poco en las fases que para Rogers que fue quien planteó esta forma de intervención, eran las que constituían este proceso.

Rogers, C. R., (1984), nos dice que aparecen varios pasos a dar, es decir, describe un proceso que precisará transcurrir por determinados momentos:

a) El sujeto llega para recibir ayuda.

b) Definimos la situación asistencial.

c) El orientador fomenta la libre expresión de los sentimientos que acompañan al problema.

d) El orientador acepta, reconoce y clarifica estos sentimientos negativos.

e) Cuando los sentimientos negativos han sido expresados en su totalidad surgen expresiones vagas y tentativas de impulsos positivos que promueven el crecimiento.

f) El orientador acepta y reconoce los sentimientos positivos expresados, de la misma manera que aceptó y reconoció los negativos.

g) La captación intuitiva (insight), la comprensión de su propio yo y su proceso de asunción, constituyen el siguiente paso más importante de todo este proceso.

h) Mezclado con el proceso de captación intuitiva – y es necesario subrayar que las etapas indicadas no son exclusivas y no siguen un orden riguroso – se da un proceso de clarificación de las decisiones y de los modos de acción posibles.

i) Nos encontramos ahora con un aspecto fascinante de esta terapia: la iniciación de acciones positivas pequeñas pero altamente significativas.

j) Los pasos restantes no requieren demasiada atención.

k) Existe una acción positiva e integradora cada vez mayor por parte del cliente.

l) Existe una necesidad cada vez menor de recibir ayuda y una sensación por parte del cliente de que la relación debe acabar.

Son palabras de Rogers que posiblemente podamos ir profundizando a lo largo de estas páginas. Por mi parte lo defino el proceso como una concatenación de momentos cuya sucesión generan o dan pie a que las personas que acuden, bien por motivos personales, académicos, laborales u organizativos, puedan aclararse en algo de lo que les llevó a nuestra consulta y habiendo introducido o adoptado las mínimamente necesarias modificaciones para que su situación crítica deje de serlo tanto. Esto supone la potenciación de los recursos del Yo que precisan de la segunda idea, la de la relación interpersonal.

Qué entenderemos por Yo.

El Yo es en principio una de las instancias que describió Freud que constituían eso que se denomina aparato psíquico. Esta descripción tiene algo de mecánico y al tiempo que nos permite entender buena parte del comportamiento humano creo que en ocasiones nos lo nubla. Y ello porque hay una cierta tendencia a creer que esa instancia es equiparable o entendida como si se tratara de una parte del individuo como lo es el corazón o los pulmones o el hígado. Eso parece que dificulta entender que el Yo es enteramente el individuo. Es decir, Yo soy todos los aspectos que me constituyen tanto los somáticos como los denominados psíquicos; diferencia ésta que me parece interesante como metáfora pero que no se corresponde a la realidad individual.

Ese aspecto de uno mismo al que denominamos Yo es quien lleva el control (o aspira a llevarlo) de todo lo que hacemos, pensamos, decimos, e interpretamos. Es como el centro coordinador y responsable de toda la conducta humana y para ello se sirve de la memoria (esto es de la capacidad para registrar todo lo que le atañe y las consecuencias de todo ello), la inteligencia o entendimiento (es decir, de las capacidades para procesar toda la información que proviene de la propia experiencia vital) y de la voluntad (entendida como la capacidad decisoria). Estas tres herramientas fundamentales se articulan con una que es básica y decisoria: la percepción (esto es, el conjunto de experiencias que el cuerpo va registrando de su relación con el mundo y todo lo que le rodea, y de su relación consigo mismo).

El Yo, pues, es el centro de la atención al que debemos atender ya que de sus capacidades y de nuestra habilidad para potenciarlas o posibilitar su redesarrollo dependerá muy mucho el resultado de nuestra intervención. Una de las cuestiones podría ser ¿qué es lo que hace que ese Yo no pueda hacer frente a determinados hechos de la vida y, en consecuencia, se detenga o deteriore su desarrollo o funcionamiento?

En principio tenemos que considerar que en estado óptimo el Yo es capaz de desarrollar los recursos y las habilidades necesarias para hacer frente a los eventos de la vida. El Yo siempre busca adquirir el máximo control que le permiten sus propias capacidades y desde el mismo momento de nacer (si no antes). De hecho, cuando uno observa un bebé y lo va siguiendo durante los meses posteriores lo que va viendo es cómo va adquiriendo progresivamente un mayor control de sí mismo y busca alcanzar el mayor control que puede del entorno. Y ello a partir fundamentalmente de la percepción y de la memoria.

La percepción le informa de lo que hay y sucede a su alrededor y a sí mismo, en tanto que la memoria recoge toda la información que procede de la complejidad del sistema perceptivo y entre ambos se va edificando progresivamente el Yo y su control progresivo. Pero en ocasiones, más de las que suponemos, las trabas con las que se encuentra le impiden un desarrollo “ideal” con lo que va a tener que irse ajustando a esas dificultades que son las del vivir e irse haciendo con ellas para proseguir ese desarrollo. Y no siempre ese ajuste va en la misma dirección del que el entorno familiar y social se espera. O uno mismo en ocasiones espera. Es entonces cuando se precisa más de los demás, de personas que le ayudan, le acompañan, le dan sostén y muchas de las cosas que precisa. Podríamos pensar que en condiciones ideales esa ayuda proviene de los seres queridos y, en el mismo diseño ideal de lo social y del grupo familiar, esos seres están en condiciones de aportarle justo la ayuda y acompañamiento que precisa. Pero en ocasiones no es así ya que ese mismo entorno formado fundamentalmente por personas no siempre está en la disposición o en la predisposición de prestar ese apoyo. Ahí es cuando aparece la figura de unas personas que han decidido dedicar sus esfuerzos, su formación y todo aquello que conforma eso que llamamos profesión a prestar esa ayuda que, en muchos casos constituye su forma de ganarse el sustento.

El Yo de estas personas que no pueden o no encuentran la manera de desarrollarse tal como desean y como exige el entorno en el que se mueven, sufre. Sufre dado que no encuentra como adquirir estos recursos ya que:

1. Las capacidades perceptivas no le permiten tener una visión de lo que le sucede de forma que pueda captar

2. La memoria no le sirve como reservorio de conocimientos a partir de los que pueda aprender de la propia experiencia

3. Los procesos cognitivos de aprehensión de la realidad y de la propia experiencia no le acompañan por lo que no puede adquirir nuevos hábitos o formas de comportamiento que le permitan ajustarse más a la realidad.

4. El motor rector abrumado posiblemente por las tensiones con las que vive no le motiva lo suficiente como para poner en marcha nuevos recursos personales.

Todo esto hace que el profesional se convierta en un Yo auxiliar que suministre aquellos apoyos necesarios, aporte el acompañamiento preciso, entienda y comprenda el sufrimiento de forma que lo pueda elaborar y volverlo a compartir de forma que el paciente pueda digerir aspectos de la realidad que no pudo asumir anteriormente. Y esto se debe realizar mediante el desarrollo de una relación interpersonal que se adecúe a las necesidades del paciente.

La relación interpersonal.

De entrada sólo voy a aproximarme a ese concepto ya que abordarlo plenamente conlleva más espacio del que disponemos en estos momentos. De entrada hay que indicar que sólo a partir de la relación podremos conseguir algo. Esto es así por la propia naturaleza del ser humano que es social. Es decir, el individuo es social en su propia esencia. Y cuando subrayo esto quiero decir que su naturaleza individual es una falacia aceptada y potenciada por doquier. El ser humano desde el mismo momento de su concepción (incluso la propia idea previa de tener un bebé) es un acto social en el que siempre están implicadas al menos dos personas. Y cuando sale del útero materno (en realidad antes, pero ya lo iré explicando) en realidad queda ubicado en el seno de las relaciones en las que la madre está inserta. La madre es, consecuentemente, el punto de anclaje del recién nacido en el contexto social y cultural. Y por este hecho y a partir de ese hecho, todo lo que haga o deje de hacer es parte del contexto en el que se encuentra y es ese contexto el que determina y valora los significados de todo lo que haga, perciba, registre y desarrolle.

Por esto la primera premisa de la intervención psicológica pasa por la relación. Pero por la propia naturaleza del profesional con el que se relaciona, por el mismo hecho de que el Orientador es una persona, esa relación es interrelación. Dicho de otra forma, A se relaciona con B y B se relaciona con A. Ahora bien, en psicología o al menos en la psicología de la que hablo y dentro del marco de la Orientación estas interrelaciones, estas relaciones entre personas no lo son respecto a cosas ajenas a ellas. Es decir, no se establecen para saber el valor de una lavadora o de cuánto me costará la instalación de un aparato de aire acondicionado o para ver si me puede arreglar el coche. Estas relaciones se establecen para hablar de lo humano que hay en uno que, automáticamente alude a lo humano que hay en el otro. Esto convierte la interrelación en una relación interpersonal. Es decir, estamos hablando de una relación de persona a persona. Y esto nos lo complica. Y lo complicaré un poco más.

Habitualmente, posiblemente por el propio desarrollo del proceso civilizador, las relaciones tienden a colocarse en una posición vertical. En realidad, y por ser más precisos, la valoración de estas relaciones es de una cierta o total verticalidad. Solemos pensar que hay una de las partes que tiene poder sobre el otro o a atribuírselo. Y es cierto, eso creo, que la horizontalidad nos incomoda en cierto modo ya que la presión social nos lleva a considerar como más lógica y segura la posición vertical que la segunda. A esto se le suele llamar relación de dependencia. A depende de B. El paciente depende del profesional. Pero se tiene bastante claro en estos momentos de nuestro proceso evolutivo que esto en realidad nunca ha sido así. Que en realidad no hay tanto un elemento de dependencia cuanto de interdependencia. A depende de B, y al tiempo B depende de A. Por esto, desde la manera cómo planteo la Orientación hace que nos preguntemos ¿cuánta horizontalidad y cuánta verticalidad se determinará en esta relación interpersonal? ¿Qué conlleva el establecimiento de una horizontalidad en un espacio asistencial en el que indefectiblemente hay una cierta verticalidad?

Si por un momento me busco palabras de otros, Corey, G. (2001) en un texto cuya filosofía no anda alejada de la mía, indica: My philosophy of counseling does not include the assumption that therapy is exclusively for de “sick” and is aimed at “curing” psychological “ailments”. Such a focus on psychopathology severely restricts therapeutic practice, mainly because it stresses deficits rather than strengths. Psychotherapy is a process of engagement between two persons, both of whom are bound to change through the therapeutic venture (…) Therapists are not in business to change clients, to give them quick advice, or to solve theirs problems for them. Therapists heal through a process of genuine dialogue with their clients. The kind of person a therapist is – the ways of being that he or she models- is the most critical factor affecting the client and promoting change. If practitioners possess wide knowledge, both theoretical and practical, yet lack human qualities of compassion, caring, good faith, honesty, realness, and sensitivity, they are merely technicians. In my judgment those who function exclusively as technicians do not make a significant difference in the lives of their clients. It seems essential to me that counselors explore their own values, attitudes, and beliefs in depth and that they work to increase their own awareness. (2001:5)

Estas palabras nos hacen pensar que la relación interpersonal tiene un grado de horizontalidad suficiente como para que el propio profesional se vea cuestionado en numerosas situaciones que emanan de la propia relación interpersonal. Dicho de otra forma, la relación interpersonal es, en realidad, una interrelación en la que todos los que estamos implicados en ella hemos de ser capaces de desarrollar un espacio común y, consecuentemente, más horizontal. Y esto nos supone un reto importante, no sólo como profesionales sino en tanto que personas.

¿Podemos considerar la Orientación como una forma de terapia?

Ya señalamos lo que creo que es Orientación y que lo que en buena medida pretende es que el Yo del sujeto pueda desarrollar las habilidades y recursos que ya posee para poder salir de la situación de confusión y desorientación en la que se encuentra. No vamos a entrar en los motivos por los que alguien se confunde, por los que una persona pierde fácilmente los puntos de referencia y entra en estado de confusión y del que pueden seguirse consecuencias graves. Pero por ejemplo, ¿cuántos accidentes de tráfico o laborales nacen de estados de confusión pasajeros que son difícilmente detectables a posteriori? ¿En qué circunstancias una persona que, en principio, está en su sano juicio entra en estado de confusión y genera despilfarros económicos que pueden afectarle a él mismo, a su familia o, en el caso de personas vinculadas a la Administración, graves consecuencias económicas para la sociedad?

La confusión y desorientación son, seguramente, dos de esas situaciones personales y sociales a las que menos atención se les presta, y todos podemos padecer las consecuencias que de ellas se deriven en un momento dado. Alguien que ha podido llevar la vida que podríamos considerar normal puede, en un momento determinado de crisis económica o incluso de éxito económico, perder la orientación y los puntos de referencia que en su momento le permitieron realizar todo un desarrollo y entrar en un estado de confusión y echar por tierra toda una familia o una empresa. Alguien que a duras penas va consiguiendo realizar un proceso de asentamiento laboral se puede encontrar, casi de la noche a la mañana, en una situación de desaucio, de pérdida de su puesto de trabajo y venirse abajo con un cuadro depresivo o un estado psicótico. Y así podríamos seguir dando ejemplos y más ejemplos. Ante esta situación no es vano preguntarse, estas personas ¿no precisarían de una psicoterapia? ¿O de una terapia?

La palabra psicoterapia está formada por dos, por psique y terapia. La primera hace referencia a eso llamado alma aunque, en realidad, lo sustituimos por la de “mente”, en un deseo de diferenciar aspectos que creo que se nos escapan. La segunda es un término que proviene del griego y que significa ayuda, acompañamiento. Esto me lleva a pensar que cuando la intervención va dirigida a eso, a ayudar, a acompañar, a cuidar del otro mediante recursos variados como la danza, la música, la pintura, etc., la palabra terapia es la adecuada. Y en los espacios asistenciales, la terapia es, posiblemente, una de las actividades más necesarias para sostener los procesos de recuperación y desarrollo de los pacientes. En este sentido, la Orientación psicológica es una modalidad de terapia.

Pero cuando las dos palabras se funden para formar un nuevo concepto, una nueva idea, la cosa cambia. Reil fue quien propuso el término de psicoterapia para que nos refiriéramos a las intervenciones que iban dirigidas a pacientes psiquiátricos. Pero con el paso del tiempo aparece la tendencia a aplicarla a todo tipo de intervención psicológica no considerando los aspectos “patológicos” que presenta el sujeto y por lo tanto que no contempla su estructura psíquica, cosa con la que no estoy de acuerdo. Creo que tal término debe reservarse a aquellos planteamientos en los que aparece una conceptualización clara de eso que venimos en llamar mente o psique. Psicoterapia es la acción dirigida a modificar aspectos de la estructura psíquica del individuo, siendo la intervención princeps la psicoanalítica que, por definición, alude al análisis de la psique, el análisis del aparato psíquico. En este sentido, la Orientación psicológica no es una psicoterapia.

Este hecho, el que una cosa sea la Psicoterapia y otra la Terapia obliga a una cierta diferenciación en la formación de quienes practican una y otra forma de intervención. Por esta razón creo que habría que reservar la práctica de la psicoterapia a aquellos profesionales de la salud que hayan realizado un entrenamiento avalado por cualquiera de los diversos institutos de psicoterapia reconocidos en España. Ello conlleva no sólo un grado de licenciatura sino y sobre todo, conocimientos amplios de psicopatología y psicodiagnóstico así como experiencia clínica avalada y supervisada por profesionales vinculados a estos Institutos formativos. En este orden de cosas la FEAP es la institución que se encarga de validar el ejercicio de la psicoterapia en nuestro país.

Pero la actividad terapéutica no debería estar tan sujeta a los controles que existen para las intervenciones psicoterapéuticas. Creo que tal actividad requiere una formación, lógicamente, y desarrollar unas actitudes de respeto y comprensión frente a los elementos psicopatológicos que pueden estar presentes en los pacientes a los que estos profesionales pueden atender y a los que suelen llamar usuarios. Y debiera haber unos planteamientos respecto a qué se entiende por formación en este terreno que incluyeran una experiencia personal terapéutica. Pero es cierto que tanto en los servicios sociales de muchos ayuntamientos, servicios educativos dirigidos a personas que no asisten a la escuela, centros abiertos en los que trabajan profesionales de la asistencia social que trabajan en diversos campos no institucionalizados, o asistencias que se prestan en centros religiosos u organizaciones no gubernamentales y que ejercen una auténtica labor terapéutica, en todos estos lugares hay profesionales que precisan la formación, el apoyo y el reconocimiento de esta labor. El restringir lo terapéutico a unos profesionales muy concretos olvida que en estas áreas y en muchas otras se están realizando verdaderas intervenciones terapéuticas que es mejor reconocer y encauzar que dejar al libre albedrío de cada quien. Creo que ellos como psicólogos y otros profesionales de la salud pueden perfectamente realizar una tarea de Orientación siempre que sea supervisada y encuadrada en unos parámetros profesionales.

En resumen…

He abordado varias cuestiones que se centran en el trabajo que todo aquel profesional con una formación en el desarrollo de recursos terapéuticos puede entender: qué es el desarrollo del yo, cuál es la función terapéutica del Orientador y quien puede ejercerla.

Son los textos de la revisión total de los que fueron publicados en 2004. Muchos de ellos todavía no han pasado la revisión estilística, pero en cuanto sean revisados los modificaré.O

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