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lunes, febrero 6, 2023
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Capítulo 18. La finalización de la tarea 

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Capítulo 18

La finalización de la tarea.

Hasta hora recorrimos varios aspectos de la relación y hemos tratado de disponer de algunos instrumentos para tratar de entender un poco más la problemática de quien acude a nuestra ayuda, entramos en la recta final del proceso de Orientación Psicológica Grupoanalítica. La finalización de la relación. Y señalo el fin de la relación porque como hemos ido pudiendo ver, la idea de tratamiento se circunscribe a lo que uno recibe, en este caso el paciente determinando una dicotomía entre quien recibe ayuda y quien la da que no responde a la realidad de los hechos psicológicos; mientras que la idea de relación incluye a todos los integrantes del proceso y, básicamente, al profesional y a las personas que pidieron su intervención o ayuda. En esta relación se establecen unos vínculos fundamentalmente afectivos que permiten transitar por las diversas zonas que preocupan a quien acude de manera que, en este recorrido se van reubicando, comprendiendo e integrando aspectos disociados de la personalidad y que impedían el desarrollo de los recursos propios que todo ser humano dispone.

El tema de la finalización de la tarea es un tema complejo. Y lo debe ser ya que entre los autores que nos han venido acompañando a lo largo de todo este período, sólo Okun, B. (2001) se anima a abordarlo; siempre bajo la noción de tratamiento, claro. Pero dejando este pequeño aspecto de lado, lo que llama la atención es que ningún otro autor se introduce en ese momento crucial. Y creo que no es casualidad. Las finalizaciones son complejas ya que no conllevan sólo el haber acabado una tarea con más o menos éxito, sino que suponen la separación, la finalización de una relación afectiva. Y esto es duro; aunque no lo parezca.

Si seguimos lo que dice Okun “el concepto se aplica a cada una de las sesiones y a la relación de ayuda en general” (2001: 281), pero creo que debemos diferenciar lo que son las finalizaciones de lo que son las interrupciones, rupturas y abandonos. Si nos centramos en la primera noción, la de la finalización de las sesiones, debemos tener un cierto cuidado en primer lugar en no acabar de forma brusca. En realidad, partimos de la idea de que la duración de la sesión ya la hemos establecido desde un buen principio, y por lo tanto, todos sabemos que al cabo del tiempo estipulado y siempre el mismo, la sesión va a finalizar. Pero la forma cómo abordamos este momento en cada encuentro no es ajeno al mismo encuentro; es decir, la forma cómo finalizamos la sesión guarda una relación directa con cómo es la relación en sí y con el cómo se ha desarrollado. Y sobre todo, en relación con los afectos que en ella se han cocinado. De entrada creo que debemos huir de las interrupciones bruscas. Por lo general, algunos gestos pueden ir anunciando que acaba la sesión (recogida discreta de la pluma o de los papeles que podamos tener sobre la mesa, por ejemplo, o una breve señal de incorporación de nuestra postura, pueden ser suficientes). En ocasiones quizás sea acertado recordar, como indica Okun (2001), que en breve acabará la sesión; pero sólo lo aconsejaría en aquellas situaciones en las que parezca que se van a iniciar nuevos apartados. En realidad, la experiencia demuestra que el paciente sabe perfectamente que el tiempo se acaba (hay una evaluación del tiempo que es inconsciente) y ante este hecho, cada uno se comporta de forma muy diferente.

En esta situación de acabar la sesión entran en juego, sobre todo, los afectos que se le han despertado al profesional. Las sesiones no son neutras. En ellas se ponen en juego numerosos afectos que derivan no sólo de la relación que se establece con la o las personas que tenemos delante, sino de los temas suscitados, de los encuentros y desencuentros que dichos temas suscitan en todos y cada uno de los presentes, y de factores externos que también inciden en la propia sesión. Por esto es importante ver cómo acabamos y tratar de percibir qué elementos han estado presentes en la forma de despedirse.

En unos casos uno se encuentra en la tesitura de no ver cómo finalizar ya que, a pesar de haber mostrado determinados indicadores de que el tiempo se acaba, o incluso después de haberlo manifestado claramente, la o las personas que están con nosotros, tratan de alargar la sesión, comunicando incluso cosas o siguiendo la conversación a pesar de los pesares. Es como si uno sintiera que el otro no quiere marcharse, que desea seguir “alimentándose” de elementos que surgen de la relación a través de alargar la conversación, o de hacer preguntas que prolongan la relación establecida. En ocasiones, uno se ve siguiendo con algún tema mientras se camina por el pasillo hacia la puerta de salida. O que no hay forma de que salga a la calle o al rellano de la consulta.

En otras ocasiones, uno acaba antes “como si nada más tuviera que decir”, creándose una situación en la que en ocasiones el profesional se ve como impelido a acabar antes del tiempo. Es como si el control del tiempo lo ejerciese el otro. O como si uno percibiese que “se quiere marchar ya”, generándose una atmósfera de una cierta tensión. Y como en cualquier caso el control del tiempo lo establece el profesional, en estos casos es bueno mantener los minutos que queden tratando de comprender el motivo por el que el paciente o grupo de pacientes intentan acabar antes. De no hacerlo así, trasladamos el límite o el control del tiempo en quien consulta.

En otras ocasiones el material que aparece al final de la sesión está cargado de afectos y significados. Ello no deja de ser un momento delicado ya que si bien no podemos interrumpir la sesión de forma brusca, tampoco debemos, creo, alargarla por este motivo. Y en cualquier caso habla de las dificultades que emergen ante las finalizaciones y las separaciones. Una prórroga discreta del tiempo para que la persona que ha acudido pueda reubicarse ante el fin de la sesión, y ponga fin a su exposición puede ser aconsejable; de hecho no es bueno que alguien se vaya con los temas abiertos. Pero ello no es excusa como para que el posible alargamiento de la sesión se constituya como norma, o que incluso sea excesivo. En cualquier caso, estos movimientos por parte de quien acude a la consulta, no dejan de hablar de las relaciones establecidas y de sus dificultades a hacerse cargo de la propia separación. Pero en este momento también el profesional, es decir, Uds., se encuentran implicados. Y en muchas ocasiones uno no sabe cómo arreglárselas; u opta por la ruptura sin más, negando la cantidad de aspectos afectivos que entran en juego y de los que el paciente también está al corriente. Muchos profesionales optan por un final brusco, “tecnificando” el final, en un gesto que denota las grandes dificultades que también se tienen.

Hay profesionales que como aconseja Okun, B., optan por “hacer un resumen de lo que ha pasado a lo largo de la sesión, asegurarse de que ambas partes están de acuerdo y determinar las tareas que van a realizarse entre sesiones o planear sesiones futuras”(2001: 281) No lo veo necesario. Sólo en la primera entrevista pudiera ser útil en tanto que permite reubicarnos en la secuencia de sesiones; pero a partir de esa primera, opto por un “bueno, ya tenemos suficiente por hoy”, o frases similares que permitan una transición del momento de trabajo a la despedida. Creo que todos comprendemos bastante bien que la sesión tocó a su fin. Y en relación con el resumen de la misma no lo considero necesario. De hecho, el trabajo realizado durante la sesión se prolonga durante los días posteriores. No tiene por qué ser un trabajo activo. Es, suele ser, un lento trabajo de digestión, en el que cada uno de los integrantes del encuentro, también el profesional, elaboran cosas. Uno se descubre acordándose de la sesión al salir del cine, o en un momento en el que pasea por la ciudad o que está trabajando. Nuestro aparato psíquico no se detiene. No entiende de interrupciones y va elaborando aspectos del encuentro a lo largo del día o de la noche. Ahí también están los sueños y el dormir.

Junto a estas formas de finalización de la sesión nos encontramos en ocasiones con otra manera: la ruptura, abandono de la sesión. En ocasiones, que por lo general se deben al estado en el que se encuentra la persona que acude, el paciente se levanta enfadado y se va sin más. Bueno, sin más, pero con un gran enfado. El portazo puede acompañarlo. Son situaciones delicadas en las que uno no tiene muchas alternativas. Sólo en aquellos casos en los que el abandono súbito, la ruptura de la sesión se realiza de forma parcial y el paciente no se va de la consulta sino sólo del despecho en el que se le atiende, sólo en estos casos el profesional tiene la oportunidad de ir en su busca y tratar de reconducir la situación y volver al despacho para poder seguir trabajando lo que ha provocado tal actuación. En estas situaciones, por lo general se trata de la imposibilidad de contener emociones de intensidad muy elevada y que precisan de un cierto grado de actuación motora (el salir ya es una actuación), pero cuya intensidad todavía queda contenida y puede ser trabajada. Pero en otras ocasiones, el paciente abandona bruscamente la sesión y la consulta. En estos casos no aconsejo el ir detrás. Conviene dejar que los acontecimientos sigan su curso ya que esta persona no está en condiciones de escuchar o atender nada de lo que se le pueda decir. Y en realidad lo que está sucediendo es que su actuación ha penetrado tanto en nosotros que no podemos contener nuestra propia emoción. Evidentemente en estos casos estamos hablando de elementos agresivos suficientemente importantes que no pueden ser mediatizados por la palabra. Y es que en la relación, siempre están presentes los aspectos agresivos.

En todos estos casos lo importante es poder considerar qué ha sucedido. Qué elementos han activado el impulso destructivo. Qué pudo provocar la emergencia de tamaña emoción y qué recursos hubieran podido posibilitar en cada caso una resolución diferente. Es una buena ocasión para considerar en qué medida los impulsos agresivos no habían sido detectados, o habían sido activados por nuestra actitud o nuestro comentario. La supervisión de nuestra actividad asistencial posibilita una mayor comprensión de los sucesos que se dan en la relación asistencial.

Ahora bien, ¿de qué estamos hablando? De la dificultad de la separación. Aunque sea temporal. Las carencias que muchas personas presentan a lo largo de su vida también se manifiestan en las formas de abordar las separaciones. Y como los afectos que se trabajan o se activan en las sesiones son importantes, cuando estos afectos se expresan con actuaciones de mayor o menor brusquedad, o se expresan con una prolongación de las sesiones o una tendencia al acortamiento, debemos considerar qué pasó en la sesión y qué pasó en la relación que mantuvimos. O qué podemos estar representando para esta o estas personas que favorecen o provocan una determinada forma de separarse y no otra. En ocasiones es el agradecimiento, en otras el enfado u otros aspectos destructivos de la relación, en unas terceras puede ser un deseo de control sobre el otro, o una dificultad de aceptar los límites de la propia realidad, o incluso una apropiación de los espacios que pertenecen a otros.

La finalización de la relación de ayuda.

Okun, B (2001) plantea cuatro formas de finalización de la relación de ayuda:

1. Cliente y terapeuta creen que han alcanzado todos los objetivos que habían establecido.
2. La persona que ayuda debe finalizar la terapia antes de haber alcanzado los objetivos.
3. Hay una tercera parte que exige y determina la finalización del proceso.
4. El cliente decide poner fina la terapia prematuramente (2001: 281-282)

Es una clasificación que nos permite visualizar con claridad cuatro posibilidades. El primer caso supone un proceso satisfactorio y no deja de ser la forma como desearíamos que se acabasen todas las cosas. De hecho creo que es el paciente quien debe determinar ese punto final dejando al profesional en un segundo plano ante el que debe estar siempre preparado y dispuesto. No es una situación fácil. Y no lo es porque para quien suscribe estas líneas siempre hay elementos que quedan en el tintero; pero soy consciente de que hay que poner punto final a las relaciones. ¿Punto final o punto y a parte? Suelo ser más proclive a pensar en puntos y a partes que en puntos finales. Y es que la vida da muchas vueltas. Y a lo largo de nuestro desarrollo profesional, si ha habido una buena relación, el paciente siente que puede volver cuando quiera, cuando lo necesite. De todas formas, la finalización de este proceso supone haber trabajado numerosos aspectos entre los que también se encuentra la propia separación. En estos casos las finalizaciones se van anunciando. Uno va planeando, antes de las vacaciones del verano, por Navidad… los humanos encontramos momentos en los que la separación de aquellas personas con las que hemos establecido vínculos personales cercanos e incluso intensos, es más liviana, menos dolorosa. Incluso, en ocasiones, se posterga una finalización con la idea de que en los próximos tres o cuatro meses de alargamiento, se van a poder tratar temas fundamentales: en realidad, estos temas fundamentales guardan relación con la propia separación. Y es bueno que dicha separación se realice con un ritmo y una calidez adecuadas. Y habla mucho de cómo nos separamos de las personas.

Toda separación es el anticipo de un duelo.

Y es que de hecho, la mayor parte de la patología humana se relaciona con la dificultad de separarse de las personas queridas; o de situaciones y momentos queridos. Y todo ello constituye el inicio de un duelo. La separación de nuestros seres queridos siempre es dolorosa. Y no siempre damos tiempo a separarnos y a despedirnos. Y en estos casos, que son más numerosos de los que uno creería, el dolor de la separación es tan grande que se organizan duelos postergados, camuflados en patología más o menos severa y que erróneamente consideramos alejada de aquellas separaciones que se han dado en nuestras vidas. Separaciones que pueden ser de seres queridos, pero también de situaciones o momentos queridos: de puestos de trabajo, de lugares en los que hemos vivido, de grupos de pertenencia, de estudios, de momentos particulares de la vida de cada cual. Poder realizar la despedida de todas estas situaciones es una garantía de poder vivir con tranquilidad. Y quedarse con la constancia de haber podido finalizar la tarea.

La separación de algo o de alguien supone no sólo la pérdida de una elación, sino de todo lo que le viene asociado. Es decir, esta separación no supone solamente la pérdida del objeto del que nos alejamos o que se aleja, sino la reestructuración de toda una serie de elementos que se articulaban en y con este objeto y que a partir de un momento dado, deja de estar. En efecto, el establecimiento de una relación conlleva, como hemos podido ir apreciando en algunos otros capítulos, el establecimiento de una serie de relaciones vinculares con todos y cada uno de los aspectos que conforman ese “objeto” con el que me relaciono, y que lleva asociada una reestructuración de las relaciones que mantenía con el resto de las cosas que me circundaban, con el resto de los elementos que conforman mi realidad psíquica. Desde aquel “hacerle sitio” que suponía el crear un espacio para que la nueva relación, el nuevo objeto se instalase en nuestra realidad interna, hasta la renegociación de los diversos afectos que ese “objeto” suscitaba en mí y en el conjunto de elementos que configuran mi realidad interna. Así, un nuevo paciente, una nueva situación o reto profesional, suponen la creación de nuevos lazos afectivos que se deben articular con los ya existentes. Esto significa, como pueden comprender, una reelaboración constante de los equilibrios que ya había alcanzado hasta el momento anterior a la entrada de esta nueva relación y que ahora, con esta nueva experiencia, debo renegociar. La matriz de relaciones que configura mi mundo interno renegocia un nuevo equilibrio al incorporarse una serie de nuevas experiencias que me obligan, sin darme cuenta muchas veces, a un replanteamiento interno complejo, en el que en muchas ocasiones se ven cuestionadas actitudes, pensamientos, fantasías, criterios…

El proceso de incorporación de una nueva relación asistencial, profesional, conlleva, pues, una renegociación de los elementos afectivos que toda relación demanda. Ello incluye, también, a los aspectos agresivos, a aquellos elementos que nos generan molestia, malestar, incomodidad, y que, en pro de la relación asistencial que laboralmente me veo obligado a prestar, deben ser renegociados, revisados y recolocados de forma que sean útiles para el paciente y para mí mismo. Y junto a esos elementos que denominaríamos destructivos, entre los que no dejan de estar presentes aquellos que comúnmente denominamos de “celos”, “envidias”, “rivalidades” y un largo etcétera muchos de los cuales vienen clasificados en aquello que desde un planteamiento religioso se denominan “pecados capitales” y que constituyen aspectos que pueden no ser estructurantes (aunque si uno los reconvierte en estructurantes, devienen positivos y profesionalmente óptimos), se encuentran aquellos otros de naturaleza constructiva, estructurante, objetos buenos como denomina García Badaracco (1996) y que aportan a la relación elementos suficientemente satisfactorios como para desear conservar la relación establecida el mayor tiempo posible.

Pues bien, ante la finalización de un proceso se da el inevitable fenómeno de la pérdida de todo esto. O al menos, de la pérdida de la relación que mantenía activa toda una actividad de reconversión de los elementos no estructurantes en estructurantes, y aquella otra actividad de enriquecerse de los elementos estructurantes. Esa pérdida conlleva la reactivación de afectos importantes, sobre todo aquellos asociados a la propia pérdida y que conllevan la de la relación que me ha mantenido, a lo largo de unos meses, quizás años, en una intensa actividad psíquica. Esta separación es dolorosa. Dolorosa por lo que pierdo. Dolorosa porque me molesta esta pérdida y la de los esfuerzos realizados. Dolorosa porque en muchas ocasiones he colocado esperanzas y expectativas que, necesariamente se truncan ante la separación. Y porque el vacío que va a dejar esta relación va a quedar a lo largo de un tiempo recordándome la relación que tuve; y porque este vacío va a tener que ser reemplazado por otra u otras relaciones que me van a obligar a una reactivación de los procesos que realicé al incorporar esta relación que ahora se desvanece.

Y ante el desvanecimiento de esta relación emergen tanto los dolores enunciados como los sentimientos negativos que provienen del esfuerzo a que uno se ve sometido; y los que se articulan con las frustraciones que también se han ido acumulando en relación con aquellos momentos de incomprensión, de desavenencia, de confusión, de displacer, de oposición y desencuentros varios que han ido apareciendo a lo largo de la relación. Y como estas vivencias activan, transferencia mediante, aquellas otras situaciones personales en las que los aspectos negativos también han estado presentes, la separación se ve cargada de elementos que la convierten más compleja.

Los que nos hemos dado la oportunidad de despedir a personas queridas, posiblemente porque también hemos visto en cuántas ocasiones no lo hemos hecho, sabemos de lo importante que es cuidar ese momento. En este sentido, Okun, B (2001) recoge los cuatro pasos que para Ward (1984) deben darse y que pueden facilitar y reforzar los resultados de la relación de ayuda (2001: 283). En síntesis son:

1. valoración del logro de los objetivos.
2. cierre de los aspectos relacionales.
3. preparación para la independencia y la generalización de los aprendizajes.
4. la culminación de la separación con inclusión de temas más intrascendentes.

Es una buena guía. La valoración de lo que ha sucedido en la relación, con mención de aquellos momentos que pudieron tener una especial relevancia, suele ser importante. Y es que en una relación asistencial, como en todo en la vida, hay numerosos aspectos que han jalonado la relación, de forma que adquieren especial significación momentos particulares de la vida común. Y como en la vida, de la misma forma como nos despedimos de nuestros seres queridos trayendo a la memoria aquellos momentos especialmente significativos, lo mismo sucede en la relación asistencial. Y valoramos lo positivo, aquello que nos fue relevante. Pero también podemos ver la manera de recolocar aquellos malos entendidos que quedan en el recuero; recolocarlos para que en la despedida no queden como heridas sangrantes, sino como el reconocimiento de que nuestras pequeñas diferencias, de nuestras limitaciones no han conseguido distanciarnos. Que aquí está el valor de la separación: en que no quedan entre nosotros elementos que tiñen de color negro la relación; y por lo tanto que la experiencia relacional que ha enmarcado la Orientación Psicológica queda entre las experiencias estructurantes. Tanto para el profesional como para el paciente.

También es importante mostrar el agradecimiento. Agradecimiento por lo aprendido. Porque los profesionales también aprendemos de los pacientes. Agradecer todos los esfuerzos realizados, valorar lo que el otro, los otros, han hecho por nosotros, es una de las mejores garantías de poder emprender nuevos derroteros. Agradecer al paciente la paciencia que ha tenido con nosotros, así como lo mucho que hemos aprendido de su experiencia de vida y de la relación que ha mantenido con nosotros contribuye a que la experiencia de ayuda pueda ser entendida como tal; y no como parte de un negocio al que nos dedicamos como forma de ganarnos las alubias o los garbanzos. Y posibilita que el paciente pueda incorporar el agradecimiento ante otras relaciones de forma que ese aprendizaje le sea útil a lo largo de la vida.

Situaciones difíciles.

En unas ocasiones el final se planea como un gran éxito. Como si el trabajo realizado obtuviese una valoración tan excelente que quien se va no deja de expresar los grandes beneficios obtenidos en el tratamiento. Y quien como profesional asistió a este proceso se siente hasta embargado de la emoción que emana de tal brillante actuación. Pero todos sabemos, o debiéramos saber, que la inflación delos éxitos no se corresponde a la realidad. Todos sabemos, o deberíamos saber, que la realidad de la vida no es precisamente un castillo de fuegos artificiales; que es lo que realmente parece tal manifestación de alegría. Puede ser cierto que la persona haya encontrado nuevos desarrollos personales, nuevas maneras de afrontar las dificultades cotidianas. Cierto. Pero esta certeza, que incluye, por qué no, el que hayamos tenido la habilidad de establecer una relación muy adecuada con quien nos consultó, también debe relativizarse y considerar la naturaleza dura de la realidad humana. Y muy posiblemente, tras este gozo exagerado, esta hipervaloración de los éxitos conseguidos, se esconda una seria dificultad de abordar la separación y los elementos depresivos que siempre están presentes en ella. Y si alguien se va con tanta alegría y no hemos podido reconducirla mínimamente, posiblemente se encuentre, tiempo después, con un gran vacío que no va a saber cómo llenar. Y posiblemente tampoco nosotros.

En otras ocasiones, este final no es posible. Con lo que todo el trabajo de recuperación de la experiencia relacional no se da, o es más difícil y, por consiguiente, las personas que están incluidas en el contexto de trabajo, quedan o pueden quedar dañadas. En unos casos porque la finalización se da de forma brusca. Bien porque las circunstancias de la vida no nos permiten una separación más rítmica o porque no nos lo podemos permitir. Y es que, como señalaba anteriormente, la despedida no es fácil para nadie. Ante esta situación que puede provenir del paciente o del profesional cabe pensar en los elementos que interfieren lo que sería una despedida aconsejable. En unos casos pueden darse circunstancias que escapan a nuestro control. Una enfermedad o accidente pueden interrumpir de forma brusca una relación. Y en estos casos poco podemos hacer. Y elaborar el dolor que ello supone cuando uno no ha podido despedirse de la persona a la que atendía o del profesional, conlleva tiempo y esfuerzo. El nuevo profesional que se hace cargo de la historia interrumpida debe tener en consideración el hecho y posibilitar el tránsito hacia una nueva relación de ayuda. Cuando esto no es posible, la persona queda o puede quedar dañada. Ese daño proviene de los elementos agresivos que anidaban en la relación o que anidaron en la propia ruptura. En ocasiones, el enfado que uno tiene ante el verse de pronto desasistido le lleva a interrumpir las relaciones de ayuda posteriores. Esto sucede, también, en las separaciones o divorcios, cuando se realizan de forma que no puede elaborarse la propia separación: se repite el modelo y se perpetúa el dolor y el daño. Y sucede también en aquellos casos en los que un accidente interrumpe una relación afectiva. O en aquellos casos en los que una relación profesional se ve interrumpida por reajustes de plantilla o por imperativos económicos que no consideran la o las personas que se ven empujadas al paro. El daño en estos casos es importante y bueno es, para quienes tenemos la oportunidad de atender a estas situaciones, no sólo elaborar el propio duelo sino incluso, valorar los aspectos positivos de tal ruptura; que también los hay aunque parezca imposible.

En ocasiones el profesional se ve obligado a abandonar una atención profesional. En esos casos no es difícil que los elementos agresivos se dirijan hacia la instancia que le obliga a dejar el espacio asistencial; sin dejar de considerar que en muchas ocasiones es la propia instancia la que agresivamente no considera la tarea asistencial que se realiza y obliga a cambios bruscos que dañan a los profesionales implicados. Un ejemplo muy claro lo vemos en los profesionales que no pertenecen a plantilla definida y que están de apoyo ocasional a otras plantillas. Estas personas no pueden arraigar y por lo tanto viven en su propia carne la agresión de un sistema que no considera las necesidades personales de sus trabajadores que, en consecuencia, acaban desarrollando conductas o patologías que en ocasiones les llevan a un alejamiento de las tareas laborales; con el consiguiente costo empresarial. Esto mismo sucede, por ejemplo, y cambiando de coordenadas, con las fluctuaciones laborales: al facilitar la movilidad de los trabajadores, éstos se acogen sólo a las ganancias que pueden obtener de los puestos de trabajo y abandonando los niveles de fidelidad que cualquier empresario desea para que su negocio prospere: su falta de fidelidad al trabajador se convierte, a la larga, en una carga negativa para las relaciones laborales que quedan descarnadas y el individuo alienado.

Caso similar es el de las interrupciones de los tratamientos por decisión paterna. En muchas ocasiones, los padres, ante los progresos que detectan en los hijos que van adquiriendo niveles de independencia mayores, o que perciben la emergencia de afectos que les activan celos de la relación que su hijo ha establecido con el profesional, interrumpen la relación de ayuda bajo pretextos varios. En estos casos la estructura es la estructura familiar que no pudo tolerar los movimientos de autonomía del hijo ( o del marido o de la mujer o de los padres), e interrumpe para que todo siga igual. No es difícil detectar hacia dónde se dirigen los elementos agresivos; ni tampoco percibir los que hay en la piel de los que padecen la interrupción.

Dejando de lado las interrupciones por “causa ajena”, otras interrupciones tienen raíces más personales y profundas. En muchas de ellas lo que duele es justamente el afecto que existe. Y la mejor forma de evitar el afecto que se tiene es interrumpir la relación de forma más o menos precipitada. Y es que en muchas ocasiones nos cuesta tolerar los afectos que surgen de las relaciones que establecemos. Y nos apartamos de ellas para no calibrar la importancia de una relación en nuestra vida. Relación que puede tener componentes de dependencia, pero también de agradecimiento. Componentes de identificación con el otro, y por lo tanto, de la importancia que ese otro ha tenido para mí con lo que me ubica en la más real realidad humana: la de la necesidad que tenemos siempre del otro. Y cuando esto no se tolera, cuando uno no puede aceptar, y por lo tanto entender, ese aspecto del ser humano, interrumpimos precipitadamente la relación. Como ahuyentando el peligro que percibimos. Y esto tanto por parte del profesional como del quien atendemos.

Finalmente están los abandonos silenciosos, los que se dan sin que un no sepa qué pasó. Bien porque el profesional abandonó el trabajo y sin avisar, no dejó rastro; bien porque el paciente dejó de acudir a la consulta sin dar explicaciones de ningún tipo. En cualquier caso la persona dañada es la que se queda sin saber qué pasó, sin poder despedirse, como si el otro hubiese desaparecido de la escena. Esto, lo sabemos bien en algunos casos de represión política, genera dolores difícilmente reparables a corto plazo. Y en el caso de los profesionales, posibilita en muchas ocasiones que germine la desconfianza hacia los pacientes en general o hacia sus propias habilidades personales.

¿Informe final?

Estas y otras situaciones permiten ver la complejidad de este momento crucial de la relación y que, en la medida en que se realice con la delicadeza y la atención precisas, garantizamos el que la experiencia que hemos ofrecido sea posibilitadora de otras similares. Pero lo que queda en el tintero es saber si hay que hacer o no un informe. Creo que no es necesario. No hay mejor informe que el que surge de los procesos y modificaciones habidas. Y en cualquier caso sólo habría tres posibilidades de informe: el que nace de la solicitud del paciente, la que debemos por cortesía a quien nos lo derivó, y el que nos debemos a nosotros mismos.

En el primer caso, creo que el informe debe ser muy discreto. Limitarse a aquellos elementos absolutamente objetivables y que puedan serle útiles a quien recibe el informe. En realidad pocas cosas más allá del motivo de consulta, algún elemento de las pruebas psicométricas que se hubieren podido pasar, y una conclusión, siempre positiva, de los progresos realizados. No debemos perder de vista que en muchas ocasiones este informe puede caer en manos no profesionales y, por lo tanto, la información que suministremos debe ser tal que nunca pueda ser utilizada contra los intereses del propio paciente.

En el segundo caso, el informe es más del proceso general que de los elementos constitutivos del mismo. En realidad con él se pretende no sólo agradecer la confianza depositada sino posibilitar que quien nos refirió el paciente, pueda cerrar una historia clínica de forma completa.

En el tercer caso, el más importante, el informe es en realidad el estudio del caso. Y, por lo general no se cierra con la marcha del paciente o la finalización del tratamiento, sino que constituye la base de lo que serán futuras publicaciones que profundizarán en aspectos parciales recogidos en este informe. El estudio de un caso es una de las mejores maneras que van a tener Uds., como profesionales de la Orientación Psicológica, de poder profundizar en la psicopatología y en los procesos de ayuda. En él van a poder recuperar aspectos parciales de las vivencias habidas con cada paciente al tiempo que lo van a aderezar con los ingredientes que provienen de los textos de estudio que, inevitablemente, van a llenar sus bibliotecas personales; o deberían hacerlo.

Y para acabar…

Agradecerles la paciencia que han tenido en leerme. En suministrar comentarios que me facilitaban un conocimiento sobre el impacto que estos textos les han suscitado. No hay lugar para agradecer suficientemente las muestras de afecto recibidas. El impacto que generaba en mí, ver subrayados varios párrafos de estos textos, ha sido muy grande. Y, más allá de la lógica vanagloria que ello me suscitaba, reconozco haber realizado un esfuerzo importante en acercarles a sus experiencias la de quien leva un montón de tiempo trabajando con poblaciones diversas: niños, sus padres, grupos de madres, adolescentes y adultos; de patología muy diversa, desde las primeras reeducaciones psicomotoras hasta los tratamientos con población psicótica en contextos no sólo públicos sino privados. Pero también el trabajo con profesionales, tanto colaborando con otros profesionales, en su formación como conductores de grupo, como interviniendo y supervisando sus actividades profesionales. Y, lógicamente con Uds., estudiantes de Psicología, con quienes y a lo largo de los últimos casi diez años, he ido aprendiendo este oficio imposible de aprender, como bien anunciara Freud.

Reconozco que no siempre los textos han sido suficientemente claros. Y constato que deberé revisarlos, retocarlos e incluir a más autores que seguro aportarán más experiencia y mas saber que la que pude aportar. Pero en cualquier caso, sé que lo que ahí han podido leer, es fruto de los aprendizajes que tanta y tanta gente ha tratado de impartir en mí. Creo que algo aprendí de todos. Y como no me pertenece, se lo entrego para que la cultura psicológica, y en especial aquella que considera al ser humano como parte de un grupo, siga evolucionando más y mejor. Y nuestros nietos y biznietos tengan en sus manos aquellos conocimientos que a lo largo de tantos años de civilización, venimos cocinando.

Muchas gracias.

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