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Miércoles, diciembre 12, 2018
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96) Entonces, si ésto es así, ¿A ésto se le llama matriz? 

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96) Sí, lo entiendo. O sea que el hecho de que alguien no le pueda decir a otro algo no es sólo porque no se atreva o no encuentre la forma de decirlo sino que también porque el otro también le señala algo así como: a mí eso no me lo vas a decir. Entonces, si esto es así, ¿a eso se le llama matriz?

Pues forma parte de ella. De hecho fíjate que ese tejido de interdependencias que no es fijo, sino que es dinámico, cambiante, tiene una función: la de servir de depositario de todas las ansiedades, temores, preocupaciones, etc., que constituyen la esencia del ser humano y por lo tanto tiene una función contenedora; pero al tiempo es la que posibilita que emerjan esos aspectos que constituyen el contenido del propio grupo. Desde la función verbalizante, tu tarea tiene que posibilitar que el grupo se llene de contenidos. Me refiero que es importante que las personas del grupo vayan aportando cosas, intercambien experiencias, opiniones, y todo lo que tiene que ver con sus vidas fuera del grupo y también de lo que les pasa dentro de él. Toda esta información debe poder ser contenida, compartida y discutida entre sus todos. Y así, la elaboración de todo lo que os va a ir pasando, pueda contribuir a que cada uno se sienta más integrado en el grupo y fuera de él.

 

Creo que ya vas intuyendo otro aspecto de tu función verbalizante en estas primeras etapas de la vida del grupo. De entre las brillantes aportaciones de Bion, retomo ahora la del concepto de continente / contenido, que ya te mencioné a través de una frase de Garcia Badaracco. La idea describe la capacidad de la madre para contener las ansiedades de su bebé. Éste va depositándolas a través de sus diversas manifestaciones de malestar: cuando llora, cuando se encuentra mal, cuando se hace daño, y la madre lo que hace es calmarle. Y se depositan porque ahí está activo el mecanismo de la proyección y el de la identificación proyectiva. La madre es el recipiente que es capaz de calmar. Ese hecho supone tomar en consideración aquello que el bebé le comunica y, en vez de asustarse con él, lo que hace es aportarle tranquilidad, sosiego. Ahí la madre no se identifica con lo proyectado por el bebé en ella. No actúa identificándose introyectivamente con lo que su hijo deposita. Con lo que le transmite que tiene esa capacidad para recibir y acoger su malestar, su ansiedad. Pero no es un acoger pasivo, sino activo. Es un estar presente que posibilita que el otro entienda qué sucede y que estás a su lado. Actúa como continente, en tanto que el contenido es aquello que el bebé le aporta. Y en la contención y en la respuesta que ello conlleva, introyecta en su hijo (proyección mediante), la información precisa para que él pueda identificarse con lo introyectado, y se calme.

Pero esta contención de la ansiedad del otro en ocasiones se constituye en un lazo paralizante y condicionante de la relación, no posibilitándole al bebé (en este caso, pero tampoco a la madre), experimentar la posibilidad de poder también contener su propia ansiedad. Ahí lo que sucede es que la madre se identifica con lo introyectado por el hijo en ella (identificación introyectiva), y una de las reacciones es la parálisis (con lo que el bebé no localiza lo proyectado, se encuentra ante una pantalla no útil); otra reacción es la de proyectar ese elemento sobre el bebé que no tiene capacidad contenedora. Y al verse sobrepasado por lo introyectado, tiene que reaccionar. Esta situación sucede cuando la contención es pasiva, paralizante; o cuando la reacción es excesiva y muy ansiosa. Cuando esto sucede, se favorece el establecimiento de vínculo patogénico. La madre suficientemente buena de Winnicott es aquella que se adapta sensiblemente a las necesidades del bebé, posibilitándole también niveles de frustración para que así pueda madurar. Es decir, es aquella que es capaz de contener los elementos proyectados por el bebé, no reaccionando negativamente a ellos (es decir, no identificándose introyectivamente con ellos).

Pues bien, haciendo el paralelismo a este ejemplo, podemos considerar que las personas que están en el grupo que conduces tienen sufrimientos importantes que en ocasiones no pueden contener: les desbordan. Éstos tienen que ver, por supuesto, con el motivo por el que están en el grupo; pero también con la situación que están viviendo ahí mismo. Tu función (recuerda, función convocante, función verbal) está en contener estas ansiedades. Pero hacerlo en el sentido de mostrar que comprendes bien ese sufrimiento, que te alías con el padecimiento que te manifiestan, que conectas con la vivencia que expresan. Y es a partir de esa comprensión cuando mediante la función verbalizante, vas a poder ir transmitiendo señales que les posibiliten pensar que eso que cuentan es entendido, que no te asusta y que se lo puedes devolver de forma más entendible. No serías ahí esa persona que identificándose introyectivamente con lo verbalizado, actúa. Y en esta traducción lo que haces también es aportar otras maneras de ver el mismo hecho de suerte que puedan ser utilizados como catalizadores hacia otra forma de ver el mundo y de verse a sí mismos. Y aprendiendo, de paso, a contener de la misma forma que ven que contienes.

Uno podría objetar que con ello se les aniña, se les convierte en bebés dependientes del grupo o del profesional.; al contrario, supone sostener también niveles de frustración para que puedan desligarse de este lazo paralizante que les paralizó, asumir su libertad y desarrollar su autonomía o interdependencia creativa. Si pensamos que las reacciones de este tipo, por su intensidad e incluso dimensión y duración, expresan la interdependencia vinculante que alguien precisa modificar, comenzarás a entender la idea de contención que propone Bion. Contención que, al ser desarrollada también en grupo se transforma en función del grupo como entramado de relaciones vinculantes. Y de esta suerte, la capacidad contenedora que en un principio y fundamentalmente depende de ti, pasa a ser compartida y sostenida por los miembros del grupo.

Pero de ello nunca hay garantías totales y dependiendo del tipo de pacientes que formen el grupo eso va a ser más o menos fácil. Puedes encontrarte que haya personas a las que «no les pasa nada», que «están, pero sin mucho interés, como si estuvieran como espectadores». De acuerdo, pero preocupación no debería estar pensando tanto en lo que digan, qué piensan o dejan de pensar, cuanto en que puedas transmitirles que también aceptas esta forma de estar y que estás segura de que llegará un momento en el que puedan participar de otra manera. Y con esto, lo que indicas es que comprendes que el conjunto de cosas que constituyen eso que, en terminología psicoanalítica clásica, se denomina «mundo interno», va a ir apareciendo poco a poco en el seno del grupo. Pero también que la vida en el grupo no es eterna, que en algún momento van a tener que ir tomando decisiones y asumir su capacidad de vida interdependiente. Y que eso también da miedo. Miedo, entre otras cosas, por el hecho de tener que comenzar a considerar que el ser humano no es esa criatura romántica, libre y carente de malicia, sino que estamos en una realidad en la que todos ejercemos poderosas fuerzas de poder, de coacción sobre el otro, y el otro sobre uno. Esa realidad también asusta.

Fíjate cómo a través de lo que cada uno dice, desgrana aspectos de sí mismo, problemáticas que si pudiesen ser vistas como grandes debates parlamentarios, mostrarían las diversas tensiones que hay entre las variadas opciones políticas que existen dentro de uno mismo: las que están más vinculadas con el poder de los instintos y deseos, aquellas que parece que están más pendientes de lo que se debe o no hacer, también las que se dedican al chaqueteo y oscilan entre una posición y otra, opciones que tratan de poner «sentido común» a lo que se está dirimiendo… en fin, como en la vida política pero en el seno de uno mismo. Con todo esto ¿qué estamos haciendo? Pues organizar un espacio mental de contención y elaboración de todo aquello que surja para que los mecanismos mentales que se utilizan vayan adecuándose más y mejor a las circunstancias en las que cada uno vive.

En efecto, la Función Verbalizante tiene el matiz de poder ir describiendo las líneas que se establecen entre las personas que componen el grupo, de señalar cómo cada cual ocupa el lugar que ocupa en relación a los demás y cómo desde estas posiciones determina y condiciona el comportamiento del otro así como los significados asociados al mismo. Todo lo que vamos tejiendo entre nosotros guarda un sentido en relación a los sentidos que los demás también dan a nuestros actos, pensamientos, afectos.

 

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