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Miércoles, diciembre 12, 2018
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94) ¿Crees que sería interesante saber más elementos familiares? 

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94) Bien. Pero según lo planteas, las conductas que vemos en las personas que acuden a la consulta son o tienen categoría de patología individual, siendo en el fondo grupales. ¿Cómo no voy a pensar en terminología individual si lo que tengo delante son personas que sufren y hacen sufrir? En realidad desconozco muchas cosas respecto a su genograma. Apenas algún dato sobre su estado civil y poco más. ¿crees que sería interesante saber más elementos familiares?

Tú lo acabas de decir, Lola: sufren y hacen sufrir. Este sufrimiento tiene su expresión individual; pero también es la expresión del dolor del grupo al que pertenece ese individuo. Grupo que puede ser el íntimo, el familiar, o más amplio (la familia extensa), o incluso más allá, el grupo social (amigos, grupo laboral, sociedad). Desde una visión psicoanalítica, el sujeto expresa su malestar psíquico, su sufrimiento por el enfado acumulado. En consecuencia presenta una serie de deficiencias relacionales (o interrelacionales, mejor) que se expresan a través de lo que describimos desde la psicopatología. Entonces un elemento clave es conocer los datos biográficos de las personas. Pero lo cierto es que pertenecen desde su inicio a un grupo familiar. A partir de ahí tendremos que pensar en qué medida ese grupo social ha labrado, involuntariamente por supuesto, unas pautas conductuales, perceptivas, afectivas, cognitivas, simbólicas que acaban expresándose como patología psiquiátrica.

 

Mira, me gustan los animales y tuve un perro, un formidable Setter inglés de nombre Txomin. Es el segundo que tengo. Mi experiencia con ellos y que comparto con otros propietarios de perros, es que éstos se parecen a sus amos. Pero ¿en qué y por qué se les parecen? La razón parece obvia: las referencias que ha tenido este animal provienen de su relación con sus amos. Eso significa que algunos de los gestos pueden haber sido adquiridos mediante esa relación. De forma involuntaria ˗˗­aunque en algunos aspectos, de forma totalmente voluntaria˗˗ hemos ido labrando algunas de sus conductas, sus reacciones, sus comportamientos para con el resto de la familia y los demás. Su capacidad perceptiva, su sensibilidad se ha ido como «civilizando» con relación a las cosas que han sucedido en la familia. Esto hace que se muestre más o menos sensible a determinadas cosas, a que ante determinados estímulos actúe de una forma diferente a cómo actuaría si estuviese en otra familia. Entonces, si un perro funciona y actúa así, ¿cómo no va a ser, no ya similar sino superior el acondicionamiento que operamos sobre nuestros vástagos desde el mismo momento de la concepción?

Más allá de las capacidades con las que la genética haya dotado a un bebé, éste es concebido en el seno de unas relaciones, de unas concepciones del mundo, de unas pautas de reacción ante determinados estímulos, de unas formas particulares de expresión de los afectos, sentimientos, emociones, impulsos, etc., un conjunto de factores que labran una particular forma de funcionamiento. El  bebé participa en ese conjunto desde el mismo momento en el que comienza a tener un cierto grado de vida. Ya nacido, y en la matriz de relaciones familiares en la que el lenguaje es un elemento fundamental, expresará su genio, su capacidad de amar y odiar, su afán de protagonismo, etc. Piensa que el conjunto de las características humanas, viene condicionado, estimulado o inhibido, por la familia en la que ese ser humano se crió; incluso las formas de satisfacción más íntimas, la sexual, por ejemplo, o las formas de agresión. La expresión de todo esto le conduce a adaptarse más o menos al entorno social en el que vive, a procesar lo que le sucede  dentro de los límites que ha interiorizado en el grupo matriz primario. Lo que le llevará a tener una manera de ser que desde fuera denominaríamos patológica en el caso de que no le permita niveles de felicidad y evolución en el contexto social al que pertenece y sin poder contribuir al desarrollo de ese mismo contexto social. Creo que en la mayoría de las familias, cuando aparece un problema en uno de los hijos, surge la pregunta acerca de en qué medida hay una responsabilidad por parte de los padres. Ahora bien más allá del componente culpógeno, éste hace pensar en esto que estamos señalando: el grado de corresponsabilidad en la conducta del hijo y que proviene de algo que los padres han hecho o han dejado de hacer. También podemos hablar de genética. Pero en este caso creo que las atribuciones a los componentes genéticos ˗˗que sin duda puede facilitar determinados desarrollos˗˗, no dejan de ser un desplazamiento inconsciente hacia la zona biológica para disminuir la carga de lo que podríamos denominar “genética psicológica”. ¿Y qué es esa genética psicológica? Creo que ni más ni menos que los elementos de la matriz que han venido auspiciados, involuntariamente por supuesto, por los padres. Y si ahondamos un poco más, podremos ver cómo estos componentes provienen, a su vez, de las matrices en la que los padres se constituyeron.

Esto es lo que creo entienden aquellos profesionales que plantean lo que llaman psicoanálisis relacional. Si nos ubicamos temporalmente en este terreno averiguamos, en este caso de la mano de Coderch, J. (2001) que el acento de la investigación psicoanalítica no se sitúa en el paciente sino en la relación que se establece entre paciente y terapeuta. Este autor cercano a nosotros da una vuelta de tuerca más al introducirnos en la idea de matriz que, según él, viene descrita por Mitchell (1988). Dice: para Mitchell la mente es un producto, así como un participante interactivo, de la matriz cultural y lingüística en la que ha venid a ser. Esta es la matriz relacional en el seno de la cual todos los seres humanos se desarrollan. El hecho de establecer la relación como la unidad básica de estudio no elimina los factores biológicos de la mente para poner totalmente el acento en los culturales, sino que, al contrario, combate la habitual dicotomía entre naturaleza y cultura. Desde esta perspectiva las relaciones sociales no son algo añadido a las funciones biológicas primarias, tales como son la sexualidad y la agresividad, sino que se encuentran formando parte del substrato biológico del organismo. Por tanto las pulsiones sexual y agresiva no configuran las relaciones con los otros, sino que, inversamente, las relaciones con los otros, es decir, la matriz social en la cual nace y vive el individuo, son las que dan sentido y configuran dichas pulsiones[1](2001:127). Pocas cosas habría que añadir.

Ciertamente esa matriz no se desarrolla en el vacío de la mente individual que, por definición, ya es grupal. Desde hace como poco tres millones de años ˗˗por no ir unos cuantos millones atrás cuando el inicio del período de hominización˗˗, las relaciones que se establecen entre los individuos de la especie en la que nace el nuevo ser, determinan la matriz que se interioriza en él. Por esta razón ponemos el acento en la que se desarrolla en la familia y en el propio grupo de psicoterapia; por no añadir la que ya está establecida, y en procesos de continuo cambio y recambio, en lo social.

Si atendemos a estas palabras podemos ver que se subraya la importancia de las relaciones. Creo que estas relaciones determinan y establecen interdependencias vinculantes que tienen el poder como sistema básico de determinación de las configuraciones individuales y de las del grupo. La patología deriva básicamente de esa matriz, de estas interdependencias vinculantes que han ido labrándose, entretejiéndose para formar individuos, en tanto que éstos también se han formado y constituido con la participación activa y dinámica en estas matrices. Matrices que disponen de una característica patogénica que se puede transmitir de generación en generación hasta llegar a quien no pudiendo integrar lo que vive, se ve ante la tesitura de expresarlo o expresarse psicopatología mediante. Ahí es en donde se ubicaría la investigación sobre la genética familiar, el genograma.

La función verbalizante tiene la misión de reintroducir al sujeto en el flujo de pensamientos y símbolos de los que la sintomatología lo apartó recluyéndolo en un espacio mental cerrado. Al reencontrar su significado en la matriz familiar y grupal, el individuo recobra su identidad como sujeto pensante, sintiente y creativo. Y sale de la posición autística.

 

[1] Traducción del autor.

 

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