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Miércoles, diciembre 12, 2018
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86) ¿Cuál ha de ser mi actitud ante el grupo cuando alguien se molesta? 

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86) Ya, pero ¿cuál ha de ser mi actitud ante el grupo? Lo digo porque al salir y comentar la sesión con mis compañeros de trabajo algunos me dijeron que tenía que haber llevado como un guión, una especie de temario a rellenar o a seguir. Incluso hubo quien me aconsejó que vinieran con una libreta en la que pudieran apuntar lo que pensaban o lo que se decía, a modo de apuntes de facultad. Pero es cierto que en la segunda sesión, como ya se conocían del primer día, empezaron a salir cosas. De hecho alguien se molestó porque una cogió el teléfono para hablar. Eso creó una situación un poco tensa que retomé en el sentido de que posiblemente sería mejor evitar tener contactos con el exterior y apagar los móviles. Nunca pensé que eso podría darse.

Ya. Creo que estamos demasiado influidos por determinadas actitudes que denotan un cierto temor, una cierta dosis fóbica y de recato defensivo frente a los pacientes. ¡Eh, que no contaminan! Creo que la actitud que hay que tener es la de ser lo más natural posible y esa premisa, al menos en mi caso, ha contribuido a que fuera sintiéndome cada vez mejor, en coherencia con mi propia forma de ser y de pensar. ¿Cómo te relacionas habitualmente, Lola? Pues así ha de ser ante el grupo; creo que ésta debería ser tu actitud: confianza, creencia en las potencialidades sanas de quienes tienes delante, absoluta certeza de que las capacidades de los integrantes del grupo son suficientes para ir reconduciendo las situaciones a favor de la salud de sus miembros. Y todo ello mediante una participación que se rige por los mismos principios que se les pide a ellos: la libre discusión de los temas que emergen en el grupo. Si hubieras llevado un guión, ni el otro día una persona se habría puesto tan en el punto de mira de todos, ni hoy hubiera generado una respuesta afectiva la aparición de un móvil. ¿Qué quieres, que salgan cosas o que salga lo que tú quieres?

 

Foulkes señalaba que el psicoanalista, a diferencia del conductor de grupos, debe permanecer indefinido como persona para permitir que el paciente proyecte en él, como en una pantalla, las imágenes inconscientes de su yo más íntimo, para revivir con él las vicisitudes emocionales, largo tiempo olvidadas, con sus figuras paternas y otras personas de su vida pasada (2005:94). Y esto es enteramente correcto desde un Foulkes ortodoxo (Dalal); porque lo que se pretende (aunque tengo mis dudas sobre si se consigue en el grado que el analista desea) es que el paciente no se vea interrumpido por los aspectos que dimanan del propio analista. Y es lógico que muchos psicoanalistas en la posición de conductores de grupo, adopten una actitud de prudente distancia, de pasividad, considerando que los que tiene delante ya se irán organizando para resolver «su» situación ansiógena. Por ejemplo, Wolf y Schwartz dicen que el punto de vista del analista de grupo tiende a ser unilateral. Ve a los pacientes y su conducta desde arriba (…) cuando entra en la actividad del grupo, la calidad de su participación es diferente, y ésta modifica su percepción de los acontecimientos (…) el analista y el grupo deben entretejer sus papeles complementarios. (…) el analista que tiene éxito aprende a jamás subestimar la significación de la ayuda que puede dar el grupo a los miembros para el discernimiento mutuo y la integración social (…) si el terapeuta es sabio, les consultará (…) debe ser consciente de actitudes incomprensivas de él para con el grupo. Tratarlo como un todo, evidencia falta de atención específica a cada miembro (:49). Desde una postura ortodoxa creo que su enfoque es absolutamente correcto. Es lo que hacía al inicio de mi carrera profesional: esperar y ver cuál era la reacción del grupo frente a la intervención de alguien. O intervenir directamente sobre el móvil para dejar claro que quien ponía las normas de juego era yo. Pero ahora no actuaría así. Sé que he cambiado.

Creo que la actitud de los conductores que pretendemos trabajar desde un ángulo Grupoanalítico —entendiéndolo como alejado de las posiciones ortodoxas—, debería ser diferente. Y de hecho, al abordar este aspecto, aparece el otro Foulkes, el radical que diría Dalal. Dice Foulkes, en la situación grupoanalítica debe afrontarlas (se refiere a las proyecciones que el paciente proyecta en él) (…); pero también puede expresar sus pensamientos y sentimientos con mucha más libertad de la que sería posible en condiciones normales (…) para que esto sea posible la situación grupoanalítica ha de tener determinadas características, sus propias reglas especiales de comportamiento, su código de lo que está permitido y lo que no (…) de hecho se sitúa a mitad de camino en cuanto a artificialidad entre la situación analítica y las situaciones espontáneas de la vida cotidiana, o quizás algo más cerca de estas últimas (…) el grupoanalista busca crear una situación que esté mejor preparada para tratar el problema en el que él y el grupo se hallan inmersos (…) si es inteligente sigue las insinuaciones del grupo al respecto (…) sin que ello quiera decir alinearse con todo lo que el grupo quiere (Foulkes, 2005:94-5). En la posición desde la que te hablo, creo que encauzar un poco a quien se expone demasiado —como sucedió el día pasado— cuando no tiene conciencia del grado de fiabilidad que los demás le genera; o retomar el tema del enfado de este compañero al ver que alguien usa el móvil, es importante.

Fíjate que estás en las primeras notas de la sinfonía grupal. Y no es que el uso del móvil «esté prohibido porque sí», sino porque utilizarlo es dejar de estar con los demás. Siquiera unos segundos. Es verdad que si no estuviéramos en los inicios del grupo, podríamos haber esperado cómo se resolvía —o no— ese enfado. Incluso pensar sobre qué supone para uno y otro el uso del móvil. Pero estamos en unos primeros tiempos de nuestro trabajo y deberemos pensar en cómo vamos a ir resolviendo aquellas situaciones que nos generan malestar, incomodidad, enfado entre nosotros. Esta situación puede ayudarnos a entender la existencia de las normas, qué nos sucede ante ellas, qué vínculos tiene eso con la realidad social en la que estamos, y una larga lista de temas. Si lo pensamos desde el concepto de salud mental, ¿cuánto hay en él de apartamiento de las normas y pautas de relación del grupo al que pertenecemos? ¿Cuánto de rebeldía? ¿Cuánto de sumisión o desacreditación de estas pautas comunes? Porque no hace falta crear situaciones cuando éstas ya se dan espontáneamente en el grupo. Creas un espacio que posibilita, precisamente, que se genere en él la misma situación con la que ellos se encuentran en lucha. En efecto, las características sociales penetran en el grupo de tal manera que los miembros del mismo se encuentran ante aquello con lo que a diario y durante años se han encontrado y contra lo que han peleado, frente a lo que han reaccionado, o han negado. Los pacientes colectivamente constituyen la Norma misma, de la cual individualmente, se desvían (2005:97). De ahí que tu actitud sea la de respeto, de credibilidad en las potencialidades del propio grupo. Recuerda que, como te dije, éste no es más que una configuración de personas, actitudes, comportamientos, extraída del grupo social en el que están permanentemente; y en el que cada uno se hace presente con la misma estructura con la que han sido constituidos como personas en sus grupos de referencia.

Ten el convencimiento de que el propio grupo, con tus aportaciones, tus silencios, tus comentarios, apoyos o rechazos, hará posible que quiénes lo constituyen vayan incrementando sus niveles de conocimiento mutuo. Ello reside en que hay una parte “sana” en ellos, una parte normogénica que está en conflicto con lo que pudiéramos llamar parte “enferma” o patogénica. Esto es la manifestación de su malestar, de su sufrimiento al no poder establecer con los demás unas relaciones que le permitan un desarrollo coherente consigo mismos, y beneficioso para ellos y para la sociedad. El grupo, por consiguiente, respeta y apoya la emergencia y el libre desarrollo de la individualidad, y el tratamiento grupal no tiene que ver con hacer que la gente marque el paso al unísono (…) un buen tratamiento grupal hace que ambos procesos vayan de la mano: el reforzamiento del terreno común y el desarrollo más libre de las diferencias individuales. (Foulkes, 2005:98). Y es que en la situación que estamos planteando, el conductor, al formar parte del grupo, coparticipa en las asociaciones que el resto del grupo va constituyendo con el fin de facilitar el flujo del pensamiento. Es decir, más allá de sus conocimientos, de su bagaje profesional (y posiblemente por este mismo bagaje), el conductor se autoriza a estar en el grupo como un miembro más, aportando aquellas ideas que el grupo y las personas que lo constituyen le sugiere. De esta forma participa casi como uno más, con una salvedad: sus aportaciones no van dirigidas a utilizar al grupo para su propio beneficio personal, sino para contribuir a potenciar la aparición de ideas, pensamientos, asociaciones, que acrecienten el conocimiento que los miembros del grupo tienen de sí mismos y del grupo que están construyendo.

Esto incluye una actitud y una predisposición que evite la reaparición de la situación familiar que la propia cultura en la que estamos parece querer determinar. Me refiero a que tu posición te autoriza y te posibilita intervenir para contrarrestar tendencia repetitiva, transferencia mediante, a la que tienden los miembros del grupo. En este sentido me parece muy oportuno el comentario de García Badaracco al referirse a la relación con los pacientes y con lo que él denomina la función de presencia: una presencia personalizada que, adelantándose, por así decir, a las necesidades de los pacientes, asegure una presencia estable, es decir la continuidad de una relación objetal que tiende a romperse o a perderse, precisamente por la dificultad de estos pacientes en mantenerla ya que tienen tendencia a vivenciar la presencia como amenaza y la ausencia como pérdida (1990:100). Para mí es muy enriquecedor. En este grupo novel lo que está apareciendo es una lógica tendencia a marcharse, a salir, a descolocarse de la propia situación grupal. Posiblemente por esto se enfadó quien se enfadó. El móvil, como en ocasiones sucede con otros instrumentos y sistemas que tenemos los humanos, también nos sirve para evadirnos de la tensión grupal. Al intervenir para encauzar la situación estás asumiendo tu función protectora en estos inicios del camino. Más adelante no te hará falta meterte en medio, pero ahora sí. Hay que crear seguridad. Y aunque las palabras de García Badaracco estaban pensadas para pacientes graves, creo que es aplicable a todo tipo de personas; porque en el fondo, todas tenemos un punto de gravedad. Por esto es recomendable que te alíes con las fantasías de tipo psicótico o de tipo preedípico a que aluden los comportamientos y aportaciones de sus miembros, en aras de posibilitar una modificación a través de la relectura de las situaciones traumatizantes, independientemente del grado real en el que se construyeron. Y aquí una idea fácil es pensar que todos acabemos hablando por teléfono con el mundo mundial pero no entre nosotros, o que uno pase del otro; o, imaginación mediante, que nos hablemos por teléfono aquí durante la sesión y de esta forma no precisamos conectar con las emociones que derivan del contacto interpersonal.

Creo que la actitud ha de ser de una cierta presencia, una constatación de que estás ahí, que te interesas por ellos; aunque en ocasiones te autorices a estar más en segundo plano, dejando que sean ellos los que vayan organizándose y estableciendo entre ellos una relación activa semejante a la que tú, en ocasiones, también muestras. Y ese interés debe ir dirigido no sólo a las personas sino a las diversas constelaciones que se organizan entre ellas y al grupo como globalidad, y al grupo en relación al contexto en el que estamos, y a las conexiones que existen entre las personas del grupo y los grupos con los que están vinculados. En esto hay algo de juego, de divertimiento, que será bueno incluir.

Y esa presencia debería ir dirigida no sólo a los elementos concretos o reales de los que se habla sino, y sobre todo, a lo que esos elementos aluden, a lo que hacen referencia, a las personas vinculadas a los hechos que se narran, dejándote ir, fluyendo bajo la misma premisa que se les pide a los miembros del grupo: la libre discusión flotante de todo lo que emerge en el grupo. Y esto ha de ser así porque tu mejor aliado es tu inconsciente. Si lo consideras como tal, todo lo que te sugiera la conversación y que te conecta con fantasías, pensamientos no elaborados, sensaciones, intuiciones, sentimientos tuyos, todo esto, lo pones al servicio del grupo. Es decir, no está para que el grupo te atienda a ti, sino para que ese material que se te va haciendo evidente a través de lo que cuentan, callan, expresan, les sea útil. Por eso todo lo que emerge es considerado como parte de la comunicación, como parte de las conexiones entre personas y que van actualizando aquellas otras con las que vienen marcados. Así un ruido inesperado, unos retortijones casuales, un cambio de postura o una ceja que se levanta, puede ser recogido como parte de la conversación que se tiene. Sin perseguirlos, claro. Pero introducirlos de forma natural, enriquece la vida de un grupo.

Aquí la función verbalizante tiene dos aspectos: facilitar que se hable de lo que se quiera y, al mismo tiempo, marcar los límites entre el grupo y el mundo exterior. Al determinarlos estás vinculando esta función con la higiénica, y ello va en beneficio del grupo. Pero también tu actitud respetuosamente participativa señala que las funciones convocante y presencial también están presentes y, a través de ellas, algo se está también verbalizando.

 

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