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Miércoles, diciembre 12, 2018
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80) ¿Qué es eso de compromisos grupales? Me has sorprendido, nunca lo había oído 

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80) ¿Qué es eso de compromisos grupales? Me has sorprendido. Nunca lo había oído.

Ya, no se suele oír. Desde cierta posición o actitud parece que presuponemos que quien viene ya sabe a qué se compromete, lo cual es un craso error. Eso lo sabemos ligeramente los que estamos en el mundo profesional desde hace tiempo, pero no necesariamente el paciente. El compromiso grupal, supone poder establecer un contrato terapéutico. Un contrato, escrito o no, pero que tendrá que ser suficientemente hablado como para que cada una de las partes sepa a qué atenerse. Estamos, se supone, en una concepción más democrática de los tratamientos. Y posiblemente eso sea reflejo de los numerosos cambios que están apareciendo en las relaciones interpersonales ya que, tiempo atrás, era impensable que el paciente no se comprometiera a aquello que se le propone como vía para paliar su sufrimiento.

 

La idea de definir el compromiso como tal sólo la he visto en Rutan y Stone, si bien Dies, R.R., habla de la Formulación del contrato. En su trabajo (Dies, R.R:, 1995) aporta información respecto las diversas tendencias existentes ante tal contrato y los beneficios que aparecen ante la preparación previa que supone tal fase pregrupal. Curiosamente, y más allá de los aspectos relativos a las normas grupales de los que ya he comentado algo antes, uno no sabe mucho sobre a qué se compromete cuando acude a un grupo; eso sucede incluso, paradójicamente, entre profesionales cuando se incorporan a una formación grupal. Cuestiones tan aparentemente elementales como la asistencia y puntualidad, o hablar de uno mismo, o mantener el compromiso de confidencialidad, no lo son tanto. Muchas veces, los propios profesionales, incluso algunos con supuesta formación psicoanalítica, se sorprenden al constatar que eso de asistir o de ser puntual, o hablar de sí mismos es lo normal, esperable y exigible en un trabajo psicoterapéutico grupal. No dudo que pesen mucho determinados aspectos culturales y sociales en estos momentos, y que en nuestro país se tengan muchos vicios adquiridos por importantes dejaciones generacionales fruto, creo de duelos patológicos no suficientemente elaborados; pero, y precisamente porque eso no es tan elemental, conviene determinarlo.

Anzieu, D., como señalé en la pregunta anterior, habla de las reglas que deben darse en este tipo de espacios y, también hace referencia a los compromisos del profesional. Pero no he sabido ver en otros autores este aspecto, lo que posiblemente tenga mucho que ver con que en el ámbito europeo tenemos una actitud diferente de la que se tiene en el angloamericano frente a los compromisos grupales (Dies, R.R: 1995). Seguramente muchos son los factores que inciden, pero de alguna manera, aparece una cierta «superioridad» del profesional respecto el paciente que parece no querer acabar de determinar los compromisos que se ponen en juego. Y posiblemente por otra razón más: los profesionales que tenemos un entrenamiento y formación larga en el terreno psicoanalítico hemos entrado en él tras una serie de decisiones y situaciones personales que nos han acabado de convencer de la necesidad de un análisis y de un entrenamiento personal; y así, olvidamos que el resto de personas, en especial, aquellas que deciden buscar ayuda de un profesional, sólo saben que lo pasan mal y no tienen muy clara cuán importante es su implicación en el tratamiento. La idea de lo que deben hacer en él es absolutamente secundaria ya que cuando vamos al médico no pensamos en lo que vamos a tener que hacer nosotros para curarnos: ya lo hará él, decimos.

Al respecto Rutan y Stone (2001), proponen dos tipos de compromisos, los del paciente y los del profesional. De entre los correspondientes al primero, algunos de los que indican parecen más que elementales:

  • Aceptar estar presente en cada sesión, ser puntual y permanecer a lo largo de toda la sesión.
  • Aceptar trabajar de forma activa sobre los problemas que le llevan al grupo.
  • Aceptar hablar de los sentimientos y no actuarlos.
  • Aceptar el uso de las relaciones que se formen psicoterapéuticamente y no socialmente.
  • Aceptar permanecer en el grupo hasta que los problemas que le han llevado al grupo se hayan resuelto.
  • Aceptar los compromisos económicos.
  • Aceptar el compromiso de confidencialidad de las personas y sus identidades[1]. (2001:144-53)

 

siendo los del segundo:

  • Aceptar la dimensión de líder.
  • Tener asumida su actitud y conducta en el polo actividad versus pasividad:
  • Tener clara si su actitud ha de ser de transparencia u opacidad.
  • Y, finalmente, saber si su deber es el de gratificar o frustrar[2]. (2001: 157-62)

 

Creo que como idea general y punto de referencia, está bien. Pero los profesionales tenemos más compromisos. Muchos de los que aparecen en el apartado de los pacientes pueden ser plenamente asumidos también por nosotros. Pero fíjate que lo fundamental es la ideología que transpira esta idea: un grupo es un espacio democrático. El espacio psicoterapéutico grupal es un lugar para poder hablar, pensar, sentir, interactuar desde la mayor igualdad posible, si bien dentro de unas normas de funcionamiento aceptadas. Esto es lo que entiendo por democracia, claro.

En realidad nuestra tarea es la de facilitar el desarrollo ayudando a eliminar los obstáculos que emergen ante la comunicación libre y sincera de los componentes del grupo. Así podemos entender que Foulkes indique que el papel del conductor consiste en establecer y mantener la situación gupoanalítica, y lo hará enseñando al grupo a no ser conducido, evitando los tópicos establecidos, los programas y las discusiones sistemáticas, permaneciendo retirado, en la retaguardia, en relación a su propia personalidad (2005:208). Esto no significa que los aspectos técnicos del tratamiento deban ser puestos en manos de los pacientes (lo que por otro lado sería absurdo y contraproducente), sino que la idea que tenemos del espacio grupal es la de poder poner en conocimiento de todos los que estamos implicados todo lo que nos concierne, que nos atañe y que interviene en el espacio grupal. Lo que conlleva por nuestra parte tener una actitud que haga posible poner sobre el tapete todas aquellas cuestiones que nos afectan en tanto que miembros del grupo. Por ejemplo, cuando queremos incorporar a un nuevo miembro, o cuando hay un aspecto administrativo (como pueden ser las cuestiones económicas) que nos afecte a todos. Y es que en muchas ocasiones nos cuesta aceptar que los miembros del grupo son personas con las mismas peculiaridades que nosotros. Imagínate que se acerca un puente entre dos días festivos, qué haces, ¿propones al grupo debatir si hacemos puente o lo decides tú misma? Y así con muchas otras cosas y en especial con las normas del grupo.

No he olvidado el comentario del Prof. L. Yllá, cuando siendo él el conductor en un momento de mi experiencia como miembro de un grupo, al hilo de algo que sucedió nos dijo: las normas de educación no son sino la expresión de formas de cuidar al otro. En efecto, las normas de educación que tan abandonadas están o parecen estar hoy en día, las normas de funcionamiento de un grupo, no son reglas que provienen de «poderes fácticos» ni del poder absolutista del conductor del grupo, sino de pautas de funcionamiento entre nosotros que miran y procuran cuidarnos, tenernos atención los unos para los otros. El tema es cómo se llega ahí. Cómo facilito que el propio grupo, que sus componentes, vayan entendiendo las pautas de conducta, los compromisos que tenemos para con los demás. Y cómo hacerlo para que surjan de la propia dinámica y no de la imposición (es decir, sin ponerlos desde arriba) y capricho del conductor. Y en ocasiones, es verdad, hay que tolerar un cierto daño para facilitar la aparición del compromiso. Imagínate que el compromiso de asistencia no está suficientemente claro, o que no es aceptado, de entrada. Llega un momento en el que cada uno va cuando le apetece, cuando le viene en gana. Y eso daña. Daña a quien se lo toma en serio. Y precisamente cuando apoyamos ese esfuerzo, cuando posibilitamos que esta o estas personas señalen su enfado a los que no tienen este compromiso, es cuando se puede comenzar a entender la norma de la asistencia a las sesiones. Y todo lo que deriva de ello.

De esta suerte el conductor trata de convertir al propio grupo, a la propia constelación de personas entre las que se encuentra, en un instrumento psicoterapéutico, esto es, al servicio de las personas que ahí se encuentran. Para ello, una de sus preocupaciones será la de dirigir la formación de esta constelación pensando en el beneficio de los que la están formando e interpretando lo que sucede para sí mismo y aportándolo al grupo; poniendo atención a la situación inmediata; poniendo especial énfasis en el contenido de las comunicaciones, las conductas y las relaciones interpersonales, (Foulkes, 2005:209). Para ello se fijará en las reacciones de los presentes ante los diversos estímulos  presentes y su significado actual; las acciones y reacciones de las personas ante las demás y su significado en relación con su historia; las actitudes de cada persona frente a sí mismos, y frente a su propio cuerpo; y el bagaje personal de cada uno (2005:209-10) Hablar, pues del compromiso, es mucho más importante que traer un papel en el que conste. ¿Qué pasa con las ausencias repetidas? ¿Qué sucede con aquellas personas que, sin avisar, se ausentan durante unos días? ¿Qué hacer cuando se llega sistemáticamente tarde y sin ninguna consideración hacia los que son puntuales? ¿Y los móviles? Fíjate como todo esto tiene significados. Significados que pueden tener que ver con la dinámica del grupo o con la de estas personas en sus grupos de pertenencia. Y es precisamente de esto de lo que se trata: de ir esclareciendo lo que sucede, lo que de su funcionamiento atañe a los demás, y de cómo los demás toleran o no estos funcionamientos.

En este orden de cosas, la función higiénica busca ayudar a pasar de la cultura de la culpa a la de la responsabilidad, favoreciendo que cada uno de los miembros del grupo asumamos la parte alícuota de poder, de influencia en el otro, de implicación y de consecuencias de nuestros actos u omisiones.

 

 

[1] Traducción del autor.

[2] Traducción del autor.

 

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