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Miércoles, diciembre 12, 2018
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76) ¿Crees que en la propuesta grupal pueden agazaparse aspectos agresivos? 

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76) Ahora me desconciertas. Entiendo que haya aspectos afectivos que puedan incomodarnos, pero ¿acaso en la propuesta o en el proyecto grupal pueden agazaparse aspectos agresivos?

Pues sí. Creo que hay que considerar que en nuestras relaciones con el otro, nuestras relaciones con el «otro como objeto», no sólo están los aspectos creativos, los constructivos; también se mueven otros filamentos que corresponden a aquellos aspectos que no acaban de ser suficientemente gratificantes o incluso que no lo son nada. Ante éstos es frecuente la emergencia de sentimientos que habitualmente denominamos negativos, agresivos. Forman parte de la ecuación, de toda relación humana. Su consideración nos permite entrever qué aspectos de nuestras propuestas pueden amagar una bomba de relojería. Eso que fácilmente lo vemos en los pacientes también nos atañe.

 

Somos miembros de un colectivo, el humano, que establece con el entorno y con los que le rodean unas relaciones complejas. En ellas uno de sus componentes es el deseo de unión con el otro para obtener a través de esa unión, una satisfacción, un placer, un beneficio, y asegurarnos a través de ello nuestra subsistencia, nuestra propia existencia. Recuerda que mientras que Freud creía que el sujeto buscaba la forma de satisfacer sus necesidades, es a partir de Klein que se deduce que no es tanto eso, sino el mero hecho de sentirse vinculado al otro. Buscamos el vínculo y no siempre lo obtenemos. Y es cierto también, que en ocasiones, esas necesidades son más fantaseadas que reales; pero ello no impide que se desarrolle una búsqueda constante de unión con el otro. O con las cosas que nos rodean. Lo buscamos por doquier. Ello pertenece enteramente a nuestra naturaleza animal. Este placer lo podemos ubicar en la búsqueda de la satisfacción tanto corporal como intelectual. O satisfacción altruista, o de colaboración. O cualquier otro tipo de gratificación con la que nos alimentamos a diario. Lo que sucede es que esto no siempre es así. Desde nuestra más tierna existencia tenemos la experiencia de que hay numerosas cosas desagradables. El grado de tolerancia de la insatisfacción es variable, no sólo ante las personas sino ante distintas situaciones y varía según qué etapa de la vida estamos. Lo que en un momento puede no ser vital en otro sí: cuando no toleramos aquella insatisfacción suele ser porque hemos depositado en la persona o situación que nos frustra un monto de elementos y expectativas personales que quizás no se corresponden a la realidad. Y cuando la frustración­ —inevitable por otro lado—, se nos presenta, cuando las capacidades de tolerancia a la misma son menores, la respuesta del individuo es la agresión en cualquiera de sus formas. Agresión más o menos declarada, más o menos evidente, más o menos fuerte o virulenta. En este punto juegan un importante papel los mecanismos de defensa, su adecuación al momento y la cantidad y fortaleza de nuestros recursos yoicos para hacer frente a tamaño dolor.

En ocasiones nos vemos desbordados ante determinadas situaciones profesionales con personas que padecen. O nos sentimos cansados de una vida profesional en la que las alegrías suelen ser pocas y sí mucha la presión, la exigencia de ayuda; ayuda que no siempre tiene su correlación en el ámbito administrativo, o en el de compañeros, o en el de la gratificación económica, profesional o personal. Y no es de extrañar que ante estas situaciones, una de las salidas que encontremos sea la de querer modificar cosas, buscar un cambio que posibilite la entrada de oxígeno nuevo en nuestras vidas o en los aspectos profesionales de las mismas. Y a veces, la propuesta de organizar un grupo de psicoterapia está entre estas «cosas nuevas» que uno busca. Es decir, el objeto «grupo de psicoterapia» queda cargado de expectativas que uno le pone y que no siempre van a coincidir con las que le pongan los demás. En unos casos, el grupo de psicoterapia es aquel espacio que nos va a permitir poder trabajar con aquellos determinados pacientes que consideramos adecuados para ello. En otros, esperamos que sea ese grupo el que facilite el cambio de uno o más pacientes ante los que nos sentimos agotados o desmoralizados. En otras situaciones el espacio grupal representa la oportunidad que uno busca para hacer algo diferente en su vida profesional. En otros es el deseo de poder aprender de la psicopatología desde otra perspectiva. Puede ser también una forma de encontrar un espacio propio en el grupo en el que me encuentro, mientras que en otras será una forma de hacer méritos ante los demás… ¡tantas son las cosas que están en juego ante una propuesta!

Comprenderás entonces que si la carga que lleva la propuesta de grupo de psicoterapia no satisface nuestras expectativas, la vivencia de frustración es grande y, consecuentemente, la tensión agresiva que vamos a vivir en nosotros (y que a veces la vamos a tratar de poner en los demás) es o puede ser elevada. En este estado de cosas, la agresividad que vivimos de forma más o menos manifiesta se va a expresar mediante actitudes, conductas o sentimientos complejos dirigidos, en principio, contra los que desde nuestra perspectiva son los responsables de dicha frustración. Por ejemplo, nos podemos sentir mal si vemos que el grupo es más complejo de conducir de lo que preveíamos, o que los pacientes se resisten a participar en el proyecto o que, habiéndolo aceptado, esta aceptación es renqueante, no totalmente asumida. O que el cambio que esperábamos no llega tal y como habíamos esperado; o que los compañeros no derivan casos, o que los que nos derivan no tienen ese componente que nos facilitaría el trabajo en grupo, o…

Hay un par de textos que resultan claros y de fácil comprensión. El primero lo tengo en catalán pero es posible que exista la versión castellana. Se trata del libro de Salzberger-Wittenberg, I., Henry, G., y Osborne, E (1992), y el segundo el de Salzberger-Wittenberg, I., (1990). En ambos podemos ir penetrando en las ansiedades que se van presentando en la relación asistencial, pero en el primero de ellos y utilizando la figura del maestro, del profesor, como punto de referencia —puesto que habla de enseñanza—, nos explica bastante bien los miedos y las fantasías que el profesional tiene frente a su alumno: miedo o temor a la crítica, a su hostilidad, a perder el control, a la hostilidad que proviene de los padres o hacia ellos, la rivalidad que experimenta ante ellos, las identificaciones con el alumno, etc. Más que muchas, diría que todas las ideas que aparecen en este texto son aplicables al profesional de los grupos. Veamos:

Miedo o temor a la crítica. A los profesionales se nos hacen presentes los fantasmas que provienen de las posibles críticas de los pacientes o de otros profesionales. No les «curamos», no les «ayudamos» según desean ser ayudados, sus crisis no son «resueltas» como desearían. Estas y otras muchas circunstancias ante las que se presupone que «tenemos que saber qué hacer» y que claramente hablan de nuestra pequeñez, pueden ser vividas como crítica a nuestra parte profesional e incluso a nuestra parte personal. ¿Cómo reaccionarías ante esta vivencia? Como si ese «poder curar» dependiera de ti y no de la propia experiencia compartida por todos, que es el grupo. En ocasiones la presión administrativa, asistencial, o el mismo drama en el que vivimos a diario, se nos erige como «Rottenmeyer» particular que, más allá de elementos de realidad, puede acabar bloqueando nuestra capacidad de trabajo. Y mira qué cosa, algo que pensábamos que sólo estaba en los pacientes, va y resulta que también reside en nosotros.

La hostilidad. Es un temor que tenemos todos: no es fácil hacer frente, tomar, contener el enfado de los pacientes. Nos cuesta entender que su problema principal es ése. Cuando decimos que somos «cabreólogos», de forma coloquial  señalamos que nuestro trabajo es, precisamente, el trabajar con esta hostilidad contenida o manifiesta y que les ha llevado a niveles de sufrimiento importante. El enfado, en sus diversas vertientes y manifestaciones, se corresponde en buena medida a la imposibilidad o dificultad de recuperar niveles de satisfacción, bien sea con uno mismo, con los demás, con las cosas que uno hace, con la propia vida… Ese estado parcial o total de placer y de disfrute no proviene sólo de las habilidades con las que uno se ha ido haciendo para hacer frente a la insatisfacción o al temor y miedo, sino también con las que el grupo familiar en el que se ha ido desarrollando, le ha «suministrado» vía identificación, con las figuras representativas. El grupo, desde esta tesitura, te ofrece la oportunidad para ir comprendiendo cómo los humanos nos  manejamos ante el dolor, el miedo, la insatisfacción, y entender cómo las estructuras grupales en las que todos estamos metidos, favorecen o entorpecen el desarrollo de pautas más tranquilizadoras y adaptadas a la realidad. Pero por otro lado, cuando estos elementos de tensión provienen de los compañeros, de la estructura, de las familias de los pacientes o incluso de las nuestras propias… ¿cómo haces, si es que debes hacerlo, para lidiar con elementos que van más allá del propio grupo? En estos momentos transitamos por una débil franja en la que aquella “oportunidad para ir comprendiendo cómo los humanos nos  manejamos ante el dolor…”, debe articularse con la de poder defender nuestros intereses, nuestras necesidades. Como ves, amiga mía, la cosa comienza a enredarse.

Pérdida del control. Es otro de los fantasmas que nos acechan. ¿Podré ser capaz de contener el enfado que me suscita el paciente o el grupo? ¿Cómo digiero las diversas intervenciones que contienen elementos agresivos o con las que nos sentimos agredidos? ¿Cómo contener el mal humor que nos genera y que nace de la radiactividad de nuestro trabajo? ¿Y con las manifestaciones afectivas? El temor a perder el control de nuestros afectos (tanto los agresivos como los cariñosos) nos asusta mucho. En muchas ocasiones la fantasía nos organiza unas imágenes en las que estos afectos son nuestros dueños, sintiéndonos diminutos ante su intensidad (en la mayoría de las ocasiones, fantaseada). Y si las fantasías son muy poderosas, el temor crece. Y entonces te encuentras en una situación compleja. Por un lado aquel temor que deriva de la relación con el paciente e incluso de la que tienes con el contexto que te rodea, y por otro te encuentras ante pacientes que tienen la misma queja y situación, ¿cómo articulas ambas situaciones? ¿cómo haces para que tu propia experiencia personal pueda acabar siendo útil para el paciente, sin convertirlo en paño de tus lágrimas? La función que tienes ahí es ir ayudando a considerar que las fantasías no son más que la expresión de tensiones, de impulsos que emergen ante temores importantes, y que disponemos de una gran capacidad para poder ser dueños de nuestras propias realidades, y que ellos también están en un engranaje, el grupal, que recibe presiones que generan temores y fantasías de pérdida de control. Pero tener fantasías y pensamientos no supone, necesariamente, pasar a la actuación.

Rivalidad. En muchas ocasiones la relación asistencial es lo suficientemente privilegiada como para que aquellas personas que no están presentes en el grupo puedan sentir y manifestar, indirectamente, una actitud competitiva. Las envidias se agitan y también los celos. Los profesionales trabajamos con estos sentimientos sobre la mesa. Podemos sentirnos en rivalidad con otro profesional, o con un familiar de ese paciente. O con un miembro del propio grupo. Los temores a quedar como desubicados respecto al grupo de pertenencia nos hacen reaccionar en ocasiones de forma excesiva. Y el grupo activa en nosotros, los conductores, estos sentimientos ante los que nos sorprendemos. A veces creemos que estamos por encima del bien y del mal… En ocasiones sentimos la envidia ante las capacidades de contención de otros profesionales que desde otras perspectivas epistemológicas se plantean las cosas desde otro ángulo; o las envidias de otros hacia ti ya que no lo consiguen como sí lo consigues tú. ¿Cómo articular esta envidia que sientes con la que sienten los pacientes ante la reacción de sus familiares o amigos por desarrollos o logros personales?

La hostilidad derivada de los familiares. En ocasiones aparecen cortocircuitos en nuestra intervención profesional. Interrupciones que hablan más del enfado que se ha levantado ante las modificaciones (lentas o rápidas) de los que están en el grupo y que provocan alteraciones en el contexto familiar de cada uno, que del agradecimiento por ello. Las quejas, la presión para modificar nuestras intervenciones, las amenazas de interrupción del tratamiento (y por consiguiente, de la relación establecida), generan en muchas ocasiones un malestar que precisa de un importante trabajo de elaboración para seguir en la brecha. También aparecen otras interferencias por parte de compañeros de profesión que, por razones diversas, consideran que tienen autorización para interrumpir, tratar de influir o incluso de modificar los procesos terapéuticos que se dan en un grupo. Podríamos pensar en modificaciones del marco de trabajo, interrupciones en el desarrollo del grupo, devaluación del propio proceso grupal (¿por qué no voy a poder entrevistar a un paciente en su tiempo de grupo?), y un amplio abanico que circunstancias que lesionan el marco de trabajo que te habías planeado. Eso es también trasladable a lo que los pacientes dicen, hablan, se quejan… ¿cómo conviertes esta situación en psicoterapéuticamente rica?

Estos aspectos de los que hemos estado hablando forman parte de la función convocante y el hecho de tenerlos presentes y clarificados, facilitará el desarrollo del grupo.

 

 

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