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Miércoles, diciembre 12, 2018
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75) Hay población para ser atendida, ¿Será fácil incluirlos en un grupo? 

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terapia grupal

75) Veo que me lo estás poniendo difícil, pero me imagino que si hay una lista de espera o incluyo a mis propios pacientes no habrá tanta dificultad, ¿no? De hecho hay una población formada por personas de edad mediana que tienen sintomatología de tipo neurótico, que se les va visitando pero no mucho por la gran presión asistencial. Es como si fuese gente que está ahí pero que no se les acaba de atender de forma decidida y se les va manteniendo con ansiolíticos y poco más, y que muy bien podrían ir haciendo su vida sin tanta dependencia de la unidad en la que trabajo. Me imagino que será fácil incluirlos, ¿no?

Pues siento decepcionarte, amiga mía. Las complicaciones no derivan sólo de los contextos profesionales en los que nos movemos sino que aparecen también desde el propio contexto cultural y, sobre todo, de los mismos pacientes. Entrar en un grupo no es fácil. Piensa en la cantidad de ansiedades que se despiertan en los momentos previos y en las primeras sesiones de grupo, por ejemplo. Ya en la pregunta anterior te señalaba algunas de las cosas que lo pueden ir dificultando. Por no recordarte algo que también ha ido apareciendo: la presencia de elementos agresivos, contrarios a todo proceso grupal.

 

Cualquier convocatoria grupal es fuente de ansiedades. Bien sean las propias reactivas a algo aparentemente desconocido, o a los temores que nos hacen dudar de cuál va a ser nuestra reacción frente a los demás. El hecho es que eso nos pone habitualmente a la defensiva. Hay un autor, amigo por más señas, Morris Nitsun, que en 1996 publicó un interesante trabajo en torno a las fuerzas contrarias a los procesos grupales. A dichas fuerzas las denominó fuerzas antigrupales y a tales hay que remitirnos ante las dificultades que emergen en nuestra función convocante.

En dicho trabajo expone varias de las características que hacen del grupo algo difícil. Estas derivan de las frases que los pacientes expresan al conocer la propuesta de trabajo grupal. Evidentemente el grupo es:

una colección de extraños.

(algo) desestructurado.

lo crean sus miembros.

un espacio publico.

una entidad plural.

una experiencia compleja.

(algo que) crea tensiones interpersonales.

Impredecible.

(un espacio cuyo progreso) es fluctuante.

una experiencia incompleta[1] (Nitsun, 1996:48 )

 

Se podrá comprender, lógicamente, que ir a trabajar a un lugar como el que se propone, va a ser difícil.

Rutan y Stone apuntan a que existe un amplio número de factores sociales que intervienen e influyen en la disponibilidad de los pacientes para entrar en un grupo[2] (2001:102). En realidad estos «factores sociales» vienen bien representados por lo que nos señalaba anteriormente Nitsun. Ahora bien, tanto éstos como aquellos que emergen desde los profesionales, corresponden a algo que va más allá de lo personal, de lo individual: provienen de los aspectos que en el individuo rechazan su dimensión grupal.

Bion  (1980) ya apuntó que el hombre presenta un aspecto que le aparta de lo grupal, como si las ansiedades que se nos activan nos alertaran de un peligro ante la presencia de los demás. De hecho es algo que todos podemos comprobar: cuando nos incluimos en una experiencia grupal, y sobre todo si ésta se realiza con mucha gente, en un contexto de grupo grande, constatamos fácilmente que emergen temores importantes que nos alientan a escaparnos de ahí, a recluirnos en nuestra individualidad. Y cuando se alternan grupos grandes con grupos pequeños, evidencias cómo el grupo pequeño (aquel que está más cerca de la individualidad) queda cargado de connotaciones positivas en tanto que en el grande se depositan las negativas. Anzieu (1978) ya nos lo indicó, pero, ¿qué se activa para que esto sea así?

La experiencia de compartir el espacio con mucha gente (con más gente) activa fantasías muy primitivas que no todos estamos en condiciones de tolerar, así, por las buenas. Posiblemente, la fantasía más angustiosa sea la de disolución de las fronteras psíquicas del self con el consiguiente nivel de ansiedad y el fantasma de la pérdida de la identidad. Si nos fijamos un poco más en las ideas que Nitsun apunta en este sentido, podemos ver que todas aluden a lo mismo: pérdida del control sobre uno mismo, pérdida del control sobre los demás, miedo a la desintegración, pérdida de la identidad… Por ejemplo, si tomamos las que emergen en el grupo grande como ampliación, como si mirásemos por un microscopio lo que sucede en los contextos más pequeños, aparecen pensamientos tales como «soy invisible», «cuando hablo nadie me contesta», «esto parece una secta, como si debiera pensar lo que piensan los demás», «soy como el patito feo del grupo», «siento que lo que se dice es por mí», que hacen referencia a temores importantes de tipo persecutorio, o de desintegración del sí mismo, o de una cierta grandiosidad del mismo (Kernberg).

En efecto, la incorporación a un grupo no es sólo ir a un lugar en el que hay más personas. Es ir al encuentro de otras personas, generalmente extrañas para uno, y que le ponen en una situación que, por desconocida, activa ansiedades cuyas raíces ahondan hasta los momentos más primitivos de la existencia. Sobre todo cuando esta situación, por muy reglada y regulada que esté, carece de tema, de guión, de esquema que sirva de refugio ante estas mismas ansiedades. Cierto que hay muchos profesionales que optan por estructurar la sesión, por proponer temas de charla, etc., pero todo esto no son sino formas que este profesional propone y utiliza para paliar ansiedades que, posiblemente tampoco él pueda tolerar.

Cuando dentro de la función convocante propones que alguien se integre en un grupo estás realizando una operación muy compleja. Esta persona a la que invitas a participar en tu proyecto tiene, como tú, una experiencia grupal desde el día en que nació. Pertenece a una red de relaciones interpersonales variada y compleja que, iniciándose en la red familiar en la que nace, ha ido ampliándose de forma paulatina desde su introducción en la red familiar más amplia, a la escolar, la de amigos, la de compañeros de juerga, de deporte, de cultura… Y cuando le sugieres este movimiento, lo que en realidad estás proponiendo es que participe de un nuevo grupo no espontáneo (es decir, con características que le pueden hacer algo más fácil su arraigo en tanto que no tiene condicionantes familiares), y que en él desarrolle unas raíces que son las que le van a posibilitar modificaciones, en ocasiones fundamentales, en su vida. Aunque el símil no sea exacto sería como si a uno le dijesen:

—Mira, cada semana y durante un tiempo indeterminado, vas a ir a vivir durante unas horitas, a Plutón.

Creo que un día lo entenderíamos porque estar unos días, sabiendo que en breve vas a salir de ahí, vale. Pero ¿y si fuese por un tiempo indeterminado? Considera que la matriz de relaciones que se va a establecer va a ser lo suficientemente importante como para que algunas de las líneas con las que habitualmente funcionamos sean cuestionadas.

Como tal propuesta es compleja y ansiógena, hay que elaborar un plan previo para facilitar tal incorporación. De hecho y como recuerdan Rutan y Stone, A pesar de que los terapeutas afirman que hay un amplio número de pacientes que necesitan un grupo, ello no significa que haya suficientes pacientes que se apunten a él. El clínico debe aceptar que hay un alto porcentaje de posibles candidatos (quizás más del 50%) que no escogerán entrar en un grupo a pesar de que haya una buena relación con su terapeuta[3]. (2001:103). Preguntarnos sobre las razones que actúan en contra de una propuesta que en principio se realiza a favor del paciente puede enriquecernos. Por ejemplo: ¿Hasta dónde tiene claro el paciente que ese grupo le va a ayudar? ¿Hasta qué punto las ansiedades que se le despiertan van a poder ser abordadas, entendidas, contenidas y hasta toleradas? ¿Qué dinámica desarrollarás, es decir, qué propuesta de trabajo consideras adecuada para estos pacientes? ¿Crees que ser activa va a ser mejor que ser pasiva? ¿Crees que va a ser mejor ir modulando la ansiedad para que vayan tolerando niveles crecientes de la misma o prefieres que se sumerjan en ella, que se apañen (mejor, que os apañéis) y a partir de esta situación ir trabajando aspectos que emerjan de la propia experiencia?

Todo ello incluso en el caso de que sean pacientes propios, porque en la propuesta grupal también pueden esconderse motivos no tan altruistas. Ruten y Stone nos recuerdan que en ocasiones, el profesional deriva a un paciente al grupo para evitar aspectos no reconocibles de afecto y calidez que aparecen en la relación individual. Pero también hay pacientes que son derivados a causa de su dificultad para establecer o mantener relaciones de ternura[4] (2001:107), lo que nos invita, automáticamente, a pensar en otro aspecto: el manejo de los elementos agresivos y afectivos por parte de los profesionales. En efecto, nuestras necesidades personales se introducen siempre (no puede ser de otra forma) en el desarrollo de nuestras actividades profesionales, sean las que sean. Todos los humanos inoculamos elementos personales en nuestro quehacer diario, por muy mecánica y aburrida que parezca nuestra actividad profesional. Y no sólo en ella sino en las relaciones con las personas que tal tarea conlleva. Eso hace que en nuestra profesión de psicoterapeutas o conductores de grupo (ahí dependerá de cómo te coloques) se cuelen de forma sutil aunque en otras ocasiones de manera bruta y descarada, nuestras necesidades, expectativas, enfados, contiendas, retos, deseos de competir con el otro… Conocerlas representa, siempre, la posibilidad de controlarlas.

 

 

[1] Traducción del autor.

[2] Traducción del autor.

[3] Traducción del autor.

[4] Traducción del autor.

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