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Miércoles, diciembre 12, 2018
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67) Quiero organizar un grupo de psicoterapia ¿Qué aconsejas hacer primero? 

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67) Dejemos el campo teórico y vayamos a aspectos más concretos. Aceptada la idea de organizar un grupo de psicoterapia, ¿qué me aconsejas hacer primero?

Te hablé de las cinco condiciones necesarias y suficientes para que se constituya un grupo. Hemos hablado un poco de la función teorizante: la que nos aporta un referente que nos ayude a entender las cosas. Ahora nos toca ir a otra de las funciones, la convocante. Es una función muy importante y recae principalmente en el conductor de grupo; aunque no siempre. Y tiene diversos componentes: imaginarse el grupo, conectar con las fantasías que nos produce, bucear en las imágenes que sugiere, reactivar el conjunto de expectativas y temores que despierta… Sí, es una compleja función mental que hace alusión a la activación de nuestra red de relaciones interna. Es decir, la matriz de relaciones que hemos ido interiorizando a lo largo de nuestra vida se activa ante la perspectiva de un grupo nuevo. Por esta razón, nos facilitará un contacto con él, mucho más real del que sería si no lo hiciésemos si nos otorgarnos tiempo suficiente para pasearnos por el conjunto de imágenes, sentimientos, expectativas, etc., que nos despierta tal proyecto. Son muchas las preguntas que uno se hace: ¿cómo te gustaría que fuese ese grupo que quieres llevar? ¿Cómo te imaginas de conductora en él? ¿Cómo te imaginas que va a ser la relación que vais a crear? ¿Cuánta gente va a formar parte? ¿De qué edades? ¿Todas mujeres o de ambos sexos? ¿Qué situaciones crees que se pueden dar? Y como éstas, muchas otras preguntas más. Y es que en este proceso de imaginártelo se dan una serie de hechos que favorecerán su desarrollo. Es algo parecido a lo que hacemos los padres cuando acariciamos la idea de tener un hijo. No es igual, pero es muy parecido.

 

Aludí a la noción de Función de Bion. Voy a explicarlo un poco mejor. Bion (1987) tiene un texto que me resultó muy esclarecedor: Aprendiendo de la experiencia. Ahí dice: función es el nombre para la actividad mental propia a un número de factores operando en consonancia. Factor es el nombre para una actividad mental que opera en consonancia con otras actividades mentales constituyendo una función. Los factores son deducibles de la observación de las funciones de las cuales son parte y conservan una mutua armonía. (1987:19-20). Y más allá de la idea matemática que encierra —le gustaban mucho las matemáticas—, pone algún ejemplo que resulta fácil de actualizar. Por ejemplo, imagínate que anualmente organizo una merienda en mi casa con motivo de mi cumpleaños, ¿qué es esa convocatoria de «merienda» desde el punto del que estamos hablando y utilizándola como metáfora articulada con la idea de Bion? Pues es una función mental: conjunto de operaciones en la que intervienen una serie de factores que operan para que se celebre esa merienda. Por ejemplo, pienso en quiénes pueden venir (un factor), cómo voy a invitarles (otro factor), qué les voy a ofrecer, en qué lugar, día y hora, si les voy a regalar algo o no, cómo voy a preparar el local… todas estas cosas son, aisladamente, «factores» que se combinarán de una forma armónica para conseguir que tenga lugar la «función» merienda. Bion se refiere fundamentalmente a procesos inconscientes que operan en nuestra mente y en especial durante el dormir. Ahora bien, eso, trasladado al terreno en el que nos movemos tiene su correlación. Al imaginar la posibilidad de organizar un grupo de psicoterapia, ¿qué hacemos? Pensamos en qué tipo de grupo vamos a hacer, a quiénes vamos a invitar, cómo lo vamos a hacer, qué frecuencia va a tener, en dónde se realizará… etc. Todos estos aspectos previos a la realización, esos factores son una actividad mental que ocupa tiempo y energía. Dicha actividad, con los factores que he ido describiendo y otros muchos, constituyen lo que desde Bion (y desde mi interpretación, claro ), constituyen una función. Función mental, por supuesto, y cuya finalidad no es otra que captar los elementos constitutivos de la experiencia emocional que posibiliten pensar, integrar la vivencia de nuestras relaciones.

Esa función es compleja. Es una actividad mental que ocupará muchas horas, días, y en ocasiones meses, a lo largo de los cuales se presentarán muchas situaciones que deberemos ir afrontando; y al mismo tiempo tendremos que resolver otra serie de elementos complejos con los que alcanzaremos una cierta armonía. Así comenzaremos con una serie de ideas vagas acerca de lo que queremos hacer y que recuerdan mucho a lo que señalan Vinogrodof y Yalom: mucho antes de la primera reunión de un grupo de psicoterapia, el líder ha estado trabajando de firme, ya que la primera tarea de un terapeuta de grupo consiste en establecer una entidad física donde no ha existido previamente ninguna. En este papel de fundador, el terapeuta es el catalizador inicial del grupo y su fuerza unificadora primaria (1996:43). Pero a diferencia de estos autores, la función de Bion va más allá de los elementos físicos, administrativos, aunque pase también por ellos. Ahí se trata de un espacio interno del profesional que se crea a partir del momento de querer abrir un grupo de psicoterapia.

Estas ideas vagas constituyen una nube en la que podemos encontrar un montón de elementos previos que, siguiendo a Vinogrodof y Yalom, conlleva: Evaluar las condiciones clínicas lo que supone valorar las condiciones clínicas intrínsecas e inmutables o las limitaciones dentro de las cuales tiene que trabajar el grupo, así como examinar los factores extrínsecos que afectan al grupo y cambiar aquellos que obstaculicen la capacidad del grupo de trabajar eficazmente. Esto supone una serie de operaciones mentales y prácticas que implican:
1) Establecer la estructura básica del grupo.
2) Formular objetivos específicos
3) Determinar el escenario y tamaño exactos del grupo
4) Establecer el marco temporal exacto del grupo.
5) Decidir sobre el empleo del coterapeuta, y
6) Combinar la terapia de grupo con otros tratamientos cuando sea necesario. (Vinogradof, S., Yalom, I.D., 1996: 43-55).

Es decir, un conjunto de operaciones prácticas que son la expresión de otras, mentales, en las que se articulan las de tipo consciente y las inconscientes. Estas últimas son muy importantes.

Como ves, el boceto del grupo que pergeñas supone elegir el tipo de pacientes, sus características psicopatológicas y las de su carácter; pero también sus componentes socioeconómicos, edad, sexo, etc., que constituyen un todo absolutamente heterogéneo del que deberás extraer lo que para ti será el dibujo definitivo. Y al hacerlo, más allá de lo concreto y tangible, estás preparándote internamente para el grupo, de forma consciente e inconsciente.

Creo que conviene tener presente que hay una especie de idea pseudo mesiánica en nuestros pagos por la que «todo ser humano debe poder estar con cualquier otro», la realidad es diferente. Y siendo bueno que haya gente de todo tipo, es mejor que haya una cierta coherencia entre quienes van a tener que trabajar intensamente entre ellos y contigo. Y no tanto —aunque también— una cierta similitud de edades, estado civil, etc., cuanto homogeneidad en cuanto la capacidad de pensar (de mentalizar) y unos referentes socioculturales similares. Esto ayudará a que las dinámicas que se den posibiliten que las personas se puedan entender entre sí lo más posible.

Hay otro aspecto que resulta clave: la capacidad de imaginarse el grupo. Aquí, vuelvo a precisar la ayuda de Bion que nos dice: el rêverie es aquel estado anímico que está abierto a la recepción de cualquier «objeto» del objeto amado y es por tanto capaz de recibir las identificaciones proyectivas del lactante, ya sean sentidas por el lactante como buenas o malas. En resumen, el rêverie es factor de la función-alfa de la madre. (1987:59). Bien es cierto que las palabras de Bion se refieren a un estado particular de la relación madre-hijo (¿hijo-madre?), pero tomando la idea y trasladándola, esa capacidad de imaginar el grupo, de soñarlo, de recrearlo incluso antes de que tal grupo exista en la realidad, posibilitan su posterior crecimiento y desarrollo. Y fíjate que no es muy diferente al proceso que los padres debemos realizar al pensar en tener un hijo.

A todo este proceso mental lo denomino función. Tiene un objetivo: estar en mejores condiciones de insertarte en el grupo y facilitar su desarrollo. Porque va a activar tu red interna de relaciones con aquellos «objetos internos» —en realidad, estructuras relacionales internas— que te constituyen como persona. Y eso, porque se activarán muchas imágenes, sentimientos y pensamientos respecto las posibles situaciones ante las que nos vamos a encontrar; y al preverlas, lo que hacemos es ponernos en situación de trabajo. Ello facilita el que el grupo real se encuentre con un espacio mental que le posibilite insertarse mejor en él y acceder a un desarrollo más afianzado. No olvidemos que vamos a desarrollar un proceso relacional en el que se activan componentes de nuestra matriz de relaciones (estructuras relacionales derivadas de nuestros grupos de relaciones anteriores, con nuestros grupos de experiencia, con elementos particulares de esta misma experiencia vital) que facilitarán (o dificultarán) el desarrollo del grupo que vamos a hacer. Estos aspectos también tienen una repercusión externa en el conjunto de personas que han configurado y configuran el elenco de tus relaciones; porque este armazón determina las relaciones que establecemos con el mundo real y, al tiempo, nos constituyen. Eso significa que en la medida en la que a lo largo de tu proceso de formación hayas podido ir elaborando y comprendiendo mejor ese grupo humano al que estás vinculada, mejor vas a poder llevar el grupo y éste se va a beneficiarse de ello.

Hay otro aspecto en la función convocante que proviene de D. Winnicott. En efecto, de entre sus libros hay uno que está al alcance de cualquiera: una recopilación de textos bajo el título «Los bebés y sus madres». Ahí aporta una idea relacional básica: sugiero (…) que corrientemente la mujer entra en una fase (…) en la cual, en gran medida, ella es el bebé y el bebé es ella. (1998:23) Bien, pues en cierto modo tu y el grupo vais a establecer una relación en la que va a ser difícil diferenciar quien es antes, si los demás o tú misma. Y es que en realidad, el grupo no va a poder existir si no existe previamente en ti. Y esto es un camino casi paralelo al de la concepción de un hijo. En el mismo texto, Winnicott indica: fantasía: los hijos comienzan a ser cuando son fantaseados (:74). Pensar sobre el grupo (como cuando uno piensa en el paciente individualmente) es iniciar su existencia psíquica. Esto creo que es básico: eres el punto de anclaje de las relaciones que se configurarán en el seno de eso que llamamos grupo. De la misma forma que el punto de anclaje de los hijos con el grupo familiar y social es la madre. El conductor del grupo es el punto de unión entre esa red de relaciones que comienza a establecerse y el contexto en el que están. Es quien posibilita el establecimiento de esas relaciones a las que llamaremos grupo. En este aspecto el conductor cumple una función materna. Y ahí incluiremos tu propio grupo íntimo, la matriz íntima con la que y en la que te hiciste y te hicieron. El proceso formativo va a tener que pasar también por tu matriz íntima para darte mayor capacidad de contener y posibilitar el desarrollo de tus pacientes.

Los diversos autores de la teoría grupal que nos acompañan no nos aportan mucha más información respecto la necesidad que tiene el conductor del grupo en constituirlo como tal dentro de su espacio psíquico. En esta constitución aparece un elemento inseparable: las fantasías. Salzberger-Wittenberg, I. (1990) nos recuerdan que cuando Breuer y Freud investigaban el problema de la histeria, comprobaron que en estado hipnótico sus pacientes relataban fantasías que no recordaban al despertar (1893-1895) (1990:34). Lo que le lleva a decir que la imaginación, los ensueños, las ideas fantasiosas acerca de nosotros mismos y de los demás, todos ello constituye la superficie de una corriente subterránea de vida de la fantasía, de la cual en gran parte no estamos enterados (: 34). Pensar sobre el grupo, fantasear sobre él, imaginarnos las diversas situaciones que nos gustaría que se dieran o que tememos que aparezcan, todo ello nos va a suministrar un abundante material personal que nos informa de cómo vamos abordando el grupo que queremos iniciar.

En realidad hay que imaginarse como dos facetas: el grupo que a uno le gustaría tener y en el que se imagina que van a poder pasar determinadas cosas; y la del grupo real a partir de sus componentes y de las relaciones que van a establecer. ¿Cómo va a ser la relación entre el miembro A y el miembro B? ¿Cómo se van a articular con C? ¿La presencia de D, qué va a representar para el resto? Todas estas y una infinidad más de cuestiones son las que debemos, ocasionalmente, repasar en nuestra pantalla imaginativa. ¿Cómo hacer todo esto?

Valiente (1987) nos propone pensar también en los aspectos de la contratransferencia. Dice que en la entrevista previa se fija en varios aspectos que afectan a áreas personales. Todos estos aspectos despiertan sentimientos particulares en él: todos aquellos que tocaron determinadas áreas o movieron determinados sentimientos [en uno] pertenecen ya a un grupo «imaginario» (1987:24). La introducción de ese «grupo imaginario» es muy sugerente en tanto que nos permite contemplar la posibilidad de recrear el grupo más allá de su realidad concreta. Esa idea de recrear nos remite, creo, a la misma idea que antes se apuntaba en relación con Bion.

En referencia a lo que señala Valiente, permíteme un inciso que es foulkiano y también ferencziano ¿podríamos distinguir realmente qué es transferencia de lo que es contratransferencia? ¿No estamos hablando de la situación transferencial, es decir, del conjunto de elementos que involuntariamente se nos activan a profesionales y pacientes así que entramos en contacto? Sabernos dentro de este magma relacional tiene eso: que todos somos coconstructores del espacio que estamos creando.

Bien, pues todo esto está constituyendo la función convocante. Esa función supone pensar primero qué grupo quiero, por qué, para qué lo quiero organizar. Conlleva también contar con los apoyos necesarios para llevarlo a cabo. Además, determinar quienes lo van a constituir, cuándo se va a constituir, qué horario, qué ritmo, qué duración de las sesiones y del grupo en general, va a haber. Si va a ser conducido por una o varias personas, si va a tener o no observadores. Si el grupo va a ser cerrado o de lenta apertura, o, incluso, abierto. Y, aunque parezca raro, qué nombre le vamos a poner.

Se dan circunstancias en las que el convocador no es el propio conductor del grupo, y eso suele ser un punto de emergencia de problemas que derivan de que la función convocante no se realiza: si quien convoca es ajeno al grupo en el que va a ser incluido un paciente, éste no tiene por qué tener la capacidad mental elaborativa de las características intrínsecas de ese grupo al que se le destina. Se requiere una muy buena compenetración entre quien convoca y el propio conductor del grupo; que no siempre se da. Y exige del conductor del grupo una gran cintura para poder encajar a pacientes que no se ajustan, ni por el momento ni por sus características, a las ocasiones que posibilitan el acceso al grupo. Y por lo que se refiere al paciente, conviene reconocer los esfuerzos añadidos que debe realizar al percatarse de las disonancias existentes entre convocante y conductor.

Puede sorprender que indique estos aspectos, pero la experiencia me informa de su importancia. En muchas ocasiones organizamos grupos con el único (y legítimo) deseo de aprovechar el tiempo o de sacarle más rentabilidad. En otras es por una especie de prurito personal que nos lleva a organizar grupos como forma de validación profesional, de referente con algunos toques narcisistas frente a nuestros compañeros… y si bien todas estas y otras posibles razones son legítimas, lo importante es tenerlas claras. Muchos de los grupos en los que «he fracasado», ese fracaso se debió a una poca clarificación de la función convocante por mi parte. Y es a partir de estas experiencias cuando uno también se pregunta sobre los elementos antigrupales que se agazapan tras la función convocante: una deficiente, distorsionada, poco realista o ambigua convocatoria lleva el germen del fracaso del grupo.

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