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Miércoles, diciembre 12, 2018
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65) Aparecen diversas líneas de trabajo, ¿con cuál debemos trabajar? 

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Business people cheering with hands together

65) Veo que con mayor o menor dosis de teoría psicoanalítica, aparecen diversas líneas de trabajo y cada una enfoca el grupo, el conflicto y la forma de resolverlo, de manera distinta. Pero, entonces, ¿con cuál debemos trabajar? ¿Podrías hacerme un rápido resumen?

Ciertamente, Lola, muchos son los supuestos desde los que se trabaja y por lo tanto muchos son también los ángulos desde los que se aborda la problemática del sujeto. Creo que cada profesional debería tener más o menos claro qué consideración tiene del grupo, qué entiende por conflicto, y en dónde lo ubica, y dónde se ubica él respecto a los miembros del grupo. Es decir, unos pueden considerar que el grupo es un elemento utilitario o básico, pueden pensar que la problemática es básicamente intrapsíquica mientras que otros lo consideran más social o que no establecemos la diferenciación entre el interior del sujeto y su mundo exterior, y que tú, como conductora eres miembro ajeno al grupo o parte inseparable de él. Ahora bien, esto es algo que va evolucionando con el tiempo, la experiencia y el desarrollo profesional. De hecho, cada uno de nosotros trabaja (o debiera hacerlo) desde aquella posición que le resulta más cómoda y más acorde, no tanto con lo que ha estudiado, sino consigo mismo y con las experiencias que la vida y la profesión le han suministrado, y el momento particular de su desarrollo. Parece que es mejor que uno trabaje de forma coherente con su forma de ser, sentir, pensar… pero esto no deja de ser una evolución personal. Y como esto te incluye ¿consideras a las personas que constituyen el grupo como agentes del tratamiento o no? ¿Dónde ubicas el conflicto y dónde te ubicas al respecto? El conjunto de hechos que constituyen las experiencias vitales dependen mucho de cómo las podemos entender y digerir, y la forma de entenderlas y la manera de comprenderlas siempre pasan por el tamiz personal y, por lo tanto cada uno acaba trabajando como va pudiendo hacerlo tratando de ser coherente y, sobre todo, intentando dañar lo menos posible a nadie. En este sentido, la recuperación de los elementos contratransferenciales resulta fundamental. Si pensamos desde la concepción psicoanalítica, que ya de por sí es muy compleja, aquellos aspectos de la teoría que nos parezcan más relevantes nos guiarán a hacer un tipo de interpretaciones y no otras. Quizás la enseñanza más clara es la que nos obliga, y es lógico que así sea, a que cada uno se sitúe respecto del conjunto de aspectos que se lidian en un grupo de psicoterapia. Creo que no existe diferencia entre el mundo interno y el externo, que hay una continuidad entre el mundo biológico y el cósmico. Desde esta posición creo que debemos considerar al individuo, al grupo y al contexto como una unidad. Y por lo tanto, formas parte del conflicto psíquico que estas personas transfieren sobre el grupo que constituyen, y por el que forman un grupo que es el agente de tratamiento básico.

Lo deseable es que cada profesional vaya trabajando para llegar a tener una serie de ideas y conceptos personales que le guíen en sus intervenciones como psicoterapeuta o conductor de grupos. Esto es lo que va a constituyendo lo que he denominado la función teorizante que por definición es dinámica. A partir de estas premisas que nos van posibilitando entender lo que nos sucede a las personas que conformamos el grupo, dispondremos de una lente particular que nos facilitará la visión de las cosas. Este conjunto de ideas constituye el referente de nuestras intervenciones y nos ubica en un punto desde el que comprendemos la porción del universo que se nos ofrece ante nuestros ojos. Referente que se va constituyendo a través de lo que entendemos de otros que nos han precedido y que fueron capaces de organizar y transmitir sus experiencias psicoterapéuticas de una forma y manera a la que denominamos teoría. Y de la misma manera que cuando estoy en una habitación, la perspectiva que tengo de ella está condicionada por el lugar en el que me encuentro, así sucede en el terreno en el que nos movemos.

El referente que construimos incluye no sólo aquellos aspectos que podemos llamar conceptuales, sino también aquellos otros que permiten la adaptación sensible y constante a la situación particular del grupo en cada momento. Ello supone que anteponemos la realidad de cada grupo y de sus componentes a la que nos indica la teoría. Cada grupo de pacientes es diferente no solo por su diagnóstico –etiqueta que puede ser útil para saber a qué tipo de formas de manifestar el sufrimiento vamos a tener que hacer frente –sino por las características sociales y personales de cada uno. En realidad vamos construyendo una conceptualización particularizada para cada paciente ya que es él quien va guiándonos hacia dónde está su problemática principal: esto es, la forma cómo el paciente se relaciona con los demás miembros del grupo –incluido su conductor –es la que va mostrándonos los elementos conceptuales que tenemos frente a nuestros ojos.

Si partimos de una línea de pensamiento más médica aparece una posición que viene reafirmada y confirmada por la conceptualización del sujeto como organismo cuyos componentes presentan determinadas alteraciones. En nuestro caso afectan a eso que convenimos en llamar “psique”, y las organizamos a través de las diversas funciones o áreas (pensamiento, percepción, comportamiento, relaciones sexuales, alimentación, dormir…) que nos describen una serie de síntomas. Éstos se organizan en síndromes que a su vez constituyen los diversos cuadros diagnósticos. Y si hasta hace relativamente poco tiempo éstos venían articulados por la experiencia y la forma de leerlos que habían tenido unos pocos autores y profesionales de la psiquiatría, ahora y por aquello de la globalización también, se organizan en torno al manido y totalmente controvertido manual DSM…

En efecto, la idea que subyace es que el sujeto “tiene” una determinada patología. Es decir, mientras que desde el psicoanálisis la idea es que la sintomatología y psicopatología no son más que la forma de expresión de un determinado monto de sufrimiento y una manera de adaptarse a ese temor interno y externo, la visión que proviene del mundo más médico indica que el sujeto “tiene” una determinada patología: uno no es depresivo sino que tiene una depresión (Scott Rutan y Stone, 2001). Como ves, nos encontramos con un primer escollo, ya que la tendencia que parece acomodarse en estos tiempos, en los que la cuestión narcisista señorea por doquier, hace difícil pensar en que uno sufre por algo. Evidentemente es más fácil pensar que alguien “tiene algo” que considerar que es el sujeto quién desde sus capacidades y maneras de acceder a la relación con el mundo y sus gentes, desarrolla una y no otra fórmula de relación, y que esa forma adquiere matices psicopatogénicos y en su eclosión, daña y se daña y adquiere, en consecuencia, característica de psicopatología. La visión que venimos comentando, de hecho es un planteamiento absolutamente coherente con la visión más orgánica del ser humano que es la que, por pura lógica y legitimidad, se enseña en las facultades de medicina y psicología. Uno sufre como consecuencia de haber desarrollado una alteración importante a la que le ponemos un determinado nombre o etiqueta. Dicha alteración, dado que tiene su base en la propia estructura orgánica, en las formas cómo dicha persona metaboliza determinados elementos, en la manera cómo se transmiten determinadas órdenes en el cerebro, en desequilibrios neuroquímicos requiere de la toma de sustancias que mejoran aquellos aspectos que presentan un cierto desorden. Cierto es que no todo profesional de la medicina comulga al cien por cien con esta visión, pero es un ángulo coherente y perfectamente entendible. Posición de lectura que si lo piensas desde los mecanismos defensivos del ser humano, supone una escisión y proyección posterior, ubicando la razón del sufrimiento en agentes ajenos a uno mismo. Escisión que trata de proteger una concepción narcisista del ser humano. Desde esta posición la patología se encuentra en el otro y el profesional es un experto que indica, prescribe, propone acciones, medidas para paliar en la medida de lo posible los efectos del cuadro patológico que tenemos ante nosotros.

Añadir, sí, que la situación sanitaria también determina qué tipo de visión prima sobre las demás. Cuando tal atención pone tanto acento en los aspectos económicos –aspecto éste que se entiende– y este acento acaba borrando del mapa los aspectos emocionales y sociales en los que cada individuo está imbuido, lo que prima es la rápida evolución de la sintomatología hacia una situación en la que la molestia que genere el paciente, sea mínima.

Lo mismo sucede desde algunos planteamientos psicológicos que tienen un cierto contagio de la visión médica. De hecho la mayoría de ellos considera que la patología se sitúa en el individuo, y si bien al no ser médicos no consideran tanto las funciones del cuerpo humano, si que acaban considerando al aparato psíquico como un elemento similar. Es una forma de ser psiquiatras sin serlo ni tener las bases que sí adquieren los médicos. Así podemos considerar que, en realidad, la patología se deriva de esquemas de conducta que no se han adaptado o desarrollado correctamente, o complejas interacciones cognitivo conductuales que juegan en la misma dirección. Y la intervención es similar a la de los galenos. Ejercicios, pautas de conducta y comportamiento de modificación de actitudes, y una variedad importante de propuestas que van encaminadas a disminuir en la medida de lo posible, con toda legitimidad, la sintomatología de quien tenemos delante. ¿Qué pasa si centramos nuestro pensamiento en el terreno grupal?

Pero esta visión –legítima como cualquier otra– si somos capaces de rescatar lo rescatable nos puede permitir encontrar una fórmula de trabajo en la que sin desechar aquellos aspectos que aluden a las estructuras relacionales internalizadas que constituyen la esencia psíquica de cada cual, pueden articularse con refuerzos Yoicos que faciliten la mejoría sin renunciar al incremento de las capacidades de pensar.

Si nos vamos al terreno grupal veremos, respondiendo al interrogante anterior, que la cosa se complica. En un primer momento se entiende bien que veamos más la problemática individual que la que proviene del grupo en el que uno se ha ido constituyendo y en el que interviene para que siga siendo, en el fondo, de esa misma manera que fue. Y en esta visión individual y condicionado, seguro, por el tipo de pacientes con los que trabaja, la tendencia del terapeuta es atender a esa individualidad y, si me apuras, a considerar lo que dicen los demás como algo que va en la misma dirección a lo que pudo ser tu intervención, o como complemento o ampliación. Pero poco a poco podemos ir viendo que en realidad ese coso en el que nos juntamos tantas personas, lo que se agrupa es una inmensa variedad de pensamientos, emociones, fantasías, silencios, alianzas que inevitablemente modifican el funcionamiento individual. Ya lo decía Lewin, “el grupo es diferente a la suma de sus partes”.

Es cierto que podemos pensar desde una posición narcisista y ciertamente prepotente o hasta omnipotente, que soy un profesional que observa “objetivamente” a uno o varios pacientes, y que para que esta observación sea lo más objetiva posible, he trabajado, me he adiestrado lo suficiente y he diseñado una forma de relación que me permite afirmar o estar muy convencido de esa objetividad. Sin embargo, pronto descubrimos que en cuanto nos ponemos cara a cara con el otro, en cuanto aparece el cruce de la mirada, tal objetividad se trunca. Inevitablemente (creo que también sin la mirada, pero ésta nos introduce en una realidad muy definida) cada uno de los dos nos influimos totalmente. La reciprocidad empieza a emerger; por no decir los elementos de mutualidad. La percepción del otro influye, ya lo dijo Lewin, en nuestro espacio vital, lo modifica y, por lo tanto, afecta a nuestra conducta.

Y es cierto también que la experiencia psicoanalítica sólo puede ser bien entendida por quien ha estado en los dos lados de la posición: como analizado y analizante. En este sentido quiero mentar lo que Foulkes señala: allá donde es necesario que se cumplan estas dos premisas (la de la regresión y la del análisis de la situación de transferencia) (…) la situación analítica es el método a escoger, y está indicado el recorrido completo del psicoanálisis. Sin haber experimentado ambos desde el punto de vista del analizante y del analista, nadie puede comprender por completo ni la teoría ni la práctica del psicoanálisis (…) esta forma de tratamiento (…) debe tener indicaciones estrictas y limitadas con severidad y quedar reservado para casos de necesidad real algo comparable a una operación quirúrgica (Foulkes, 2005:92-3). Pero lo mismo sigue siendo cierto y posiblemente con más razón para quien conduce grupos de psicoterapia grupoanalítica.

Pero, ¿y porqué intervenir desde el grupoanálisis? Soy un convencido de que es en la relación que se da entre las personas el lugar en el que se puede dar un proceso psicoterapéutico completo. Esta relación, que en algunos casos se llama vínculo, subrayando una unión entre sujeto y objeto, es la que ha facilitado que el individuo se configure de una manera y no de otra. Ahora te propongo que en lugar de la palabra vinculación pongas la de interdependencia; o casi mejor, interdependencia vinculante. Creo que aquí reside una gran diferencia entre la mayoría de las posiciones y la grupoanalítica. En efecto, interdependencia significa que existe un conjunto de elementos de dependencia en las dos direcciones de la relación. Pero esta interdependencia no sólo establece una dependencia sino que es vinculante, es decir, atrapa, liga, anuda; y lo hace porque adquiere connotación de significativa. Es decir, si bien la mayoría de las interdependencias tienen un cierto olor a vínculo, las vinculantes son aquellas que presentan un grado de significación para quienes están ahí enlazados. Por lo general, las relaciones que se establecen en los grupos de psicoterapia grupoanalítica ofrecen la posibilidad de experimentar ese lazo significativo con el resto de las personas que constituyen el grupo incluido el conductor.

Creo que a esa relación de interdependencia, de interdependencia vinculante, bien podemos añadirle la idea de poder. Poder porque es justo a través de este juego de interdependencias múltiples, que se constituye no sólo el individuo sino la red de relaciones, la matriz en la que éste es conformado y conforma al grupo. Poder que es la expresión social, grupal, de la necesidad de estar vinculado, unido al otro con el deseo de establecer modificaciones en las estructuras psíquicas del otro. Pero esta necesidad debe articularse de forma que ni sea excesiva la vivencia de vinculación porque eso genera agobio y ahogo, ni tampoco sea tan escasa que alimente la vivencia de soledad. Creo que es entre este estas dos coordenadas, la de la cercanía y la de la distancia, el campo en el que se activan todos los mecanismos de defensa: mecanismos que entiendo como la forma que tenemos los humanos en establecer unos vínculos dinámicos con los demás, con el grupo de pertenencia, con la sociedad, que no sean excesivamente agobiantes ni lo contrario.

Te decía que a mí, no sé si también a Foulkes como señala Dalal, me cuesta resolver y modificar una gran contradicción: la visión centrada en el individuo como ente aislado y al mismo tiempo, verlo como el resultado de una constante y continua interacción con los demás en la que se ejecutan grados diversos y cambiantes de interdependencias vinculantes y que a la postre, nos constituyen como una matriz de configuraciones relacionales determinadas, dinámicas, cambiantes, y a cuya indivisibilidad la llamamos individuo. Supongo que parte de la dificultad estriba en mi resistencia –cada vez menor– llamémosla así, a abandonar o, mejor, a combinar toda la conceptualización del mundo psíquico, que es individual, y articularla con el mundo social. Decía en otro lugar (Sunyer 2007) que hay una lucha de fidelidades: ser fiel al pensamiento psicoanalítico o introducir modificaciones para pensar en los procesos que se dan cuando las personas formamos esta constelación dinámica denominada grupo desde una perspectiva propiamente grupal. De esta dicotomía también hablan otros como Brownbridge (2003) En esta tensión intervienen varios factores, entre los que el formativo y el vincular juegan un papel muy importante. Ya en esta tesitura se pronunciaba Sheidlinguer (1983) quien indicó que entre los factores que inciden en la dificultad de pensar en terminología grupal están a) la relativa novedad de la utilización de la psicoterapia de grupo como forma de tratamiento, b) el hecho de que los profesionales son clínicos con poca familiaridad con la teoría psicológica social o investigación en este terreno, c) el compromiso y prejuicio de los terapeutas con conceptos de la personalidad individual y la psicopatología, d) el limitado y poco claro abanico de conceptos psicoanalíticos explicativos de la conducta grupal, e) el relativamente tardío interés de la teoría Freudiana generalmente en aspectos de la psicología del yo, especialmente los patrones conscientes del ego individual orientados hacia el entorno (:314). A estos aspectos, Brownbridge añade nuestro contexto cultural, que está muy influido por las modificaciones que emergieron a partir del Renacimiento y avaladas por el pensamiento cartesiano y post-cartesiano. Dichas modificaciones ponen especial énfasis en el individuo, con un actualmente muy visible acento en lo que se denomina “realización individual” y en un marcado interés por los desarrollos del sujeto individualmente concebido en todos los aspectos de su vida.

Si consideramos que la mente, y por lo tanto el individuo, es un proceso resultante de las relaciones, de las interrelaciones constantes y continuas que tenemos con los demás (algo así como una partida de ajedrez o un partido de baloncesto), entonces deberemos aceptar que la sintomatología que presenta un individuo es la expresión de las dificultades que tiene ese sujeto y que provienen de esa matriz de relaciones de interdependencia vinculante en las que está inserto y con la que activamente se relaciona. Y que tienen, ciertamente, una expresión individual; pero también la tienen grupal (en la familia, por ejemplo), ya que aquí, individuo y grupo son dos caras de la misma moneda. Entonces, si conseguimos que a través de la reedición de la matriz en la red de interrelaciones de matrices que se da en un grupo se puedan ir clarificando, comprendiendo, observando y modificando aquellos aspectos que acaban siendo expresados a través de la psicopatología, entonces habremos posibilitado una modificación de la matriz interna, del plexus, y que el individuo se sienta más y mejor interrelacionado con sus grupos de referencia. Y al tiempo, que se den modificaciones en las interrelaciones que se dan en el grupo al que pertenece. Esto te coloca ante la necesidad de ir trabajando con el abanico de elementos constitutivos de esa matriz que se desarrolla en el grupo en el que te encuentras, y contribuir al afianzamiento de un proceso de individuación a partir del reconocimiento de lo que es de cada uno y de lo que es la matriz en la que se ha ido desarrollando.

Entonces el grupo va a ser el lugar en el que debemos trabajar porque es el lugar natural en el que se hace el ser humano, el lugar en el que vamos a facilitar que la matriz resultante de las interdependencias vinculantes que se establezcan entre sus miembros, desarrolle la capacidad normogénica que todo individuo y todo grupo tiene en su seno. Ello resultará del proceso de normogenizar las relaciones que se dan entre los miembros del grupo ya que en un principio y por mor de las transferencias, aquellas van a estar preñadas de los elementos patogénicos que se han desarrollado en sus grupos de pertenencia, en sus grupos familiares. Que es a lo que les ha llevado a presentar una determinada configuración personal que tiene la posibilidad de ser etiquetada en alguno o algunos de los cuadros diagnósticos a los que nuestra cultura ha arribado. En esta situación, tu, como conductora del grupo, estas ubicada en medio de estas relaciones patogénicas para facilitar su normogenización. Tu actividad profesional y personal va a estar dirigida, fundamentalmente, a facilitar al máximo y en la medida de las posibilidades reales de los miembros del grupo y de tu experiencia y características personales, las relaciones normogénicas entre los miembros del grupo, incluida tu. Y esto es toda una profunda experiencia personal que te va a ir enriqueciendo a medida que pasen los años, pases por numerosos grupos y trates de lidiar lo mejor posible no sólo con los complejos sistemas de comunicación patológica que emergen en los grupos, sino también con aquellos otros complejos sistemas con los que te vas a encontrar en tu vida cotidiana. En todo este trabajo profesional, las diversas cornadas que irás recibiendo pero también los aplausos y pañuelos al viento, van a irte constituyendo en esa conductora de grupo que deseas ser. Creo que es ahí donde deberíamos ubicarnos.

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