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Sábado, noviembre 18, 2017
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52) Wolf y Schwartz, ¿podrías hablarme un poco de estos dos autores? 

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52) Antes mencionaste a Wolf y Schwartz, ¿podrías hablarme un poco de estos dos autores?

Ciertamente Wolf y Schwartz son dos referencias que es conveniente tener presente. Conjuntamente escribieron un texto que utilizaré para contestar tu pregunta. Su planteamiento de trabajo lo denominan “Psicoanálisis en grupo” y no “Psicoterapia de grupo”. Como verás, lo que realizan no es ni más ni menos que una aplicación del psicoanálisis a varias personas que se encuentran juntas formando un grupo. Es decir, nos encontramos en un momento en el que a partir de las formulaciones de Freud van apareciendo profesionales que tratan de adaptarlas a la situación grupal. Ahí se ve cómo unos parece que osan apartarse más y otros no tanto. En este caso parecen seguir con mayor fidelidad las propuestas psicoanalíticas, pero también introducen alguna modificación sugerente.

En efecto, otro de los autores de referencia es A. Wolf quien, en colaboración con Schwartz, publicaron un texto que aparece en castellano en 1967. De entrada se plantean  el tema del nombre de este tipo de intervención que ellos definen como “Psicoanálisis en grupo”. Dicen: El título fue elegido conscientemente. La terapia de grupo, denominación aplicada generalmente a este campo, es un nombre erróneo. Formulaciones semánticas similares, como psicoanálisis de grupo o de grupos, son también erróneas  y tras ese desmarque señalan el psicoanálisis en grupos representa una forma de tratamiento en la que pacientes individuales son tratados junto con otros pacientes en función de técnicas psicoanalíticas (1967: IX). Como podemos ver es una intervención a personas agrupadas, por lo que el grupo parece ser más un coadyuvante, como te decía antes, que un coagente del tratamiento. Definen su técnica como psicoanalítica: La terapia de grupo que vamos a describir es psicoanalítica. La técnica empleada en un grupo acentúa la interpretación de los sueños, la asociación libre, el análisis de las resistencias, la transferencia y contratransferencia (:1), aspectos éstos que son específicos del psicoanálisis. En un texto que aparece en 1996, Kutash, I.L.y Wolf, A., nos recuerdan que todas las terapias de grupo comparten tres ingredientes fundamentales: 1) un terapeuta de grupo y, al menos, dos pacientes, 2) interacciones múltiples entre los miembros del grupo, y 3) límites en los que tiene lugar. El psicoanálisis en grupos, una forma de terapia de grupo iniciada por Alexander Wolf en 1937, combina esos tres elementos con otro ingrediente adicional básico: la exploración y elaboración de los procesos inconscientes. (1996:136) Parece que quieren subrayar su planteamiento psicoanalítico que podríamos denominar de clásico y en principio no tienen mucha consideración de lo que el propio grupo activa.

Opinan que la propuesta grupal no es bien recibida por los círculos psicoanalíticos ya que La profesión psicoterapéutica se opone a la terapia en grupo porque es una forma de tratamiento menos costosa. Su monopolio y su seguridad están amenazados lo que parece una crítica importante al conjunto de psicoanalistas que, en cualquier caso no creo que sea por una cuestión crematística, aunque quizás sí por temas de prestigio. Dicen, la psicoterapia de grupo tiene poco prestigio y atrae principalmente al psicólogo, al trabajador social y al terapeuta adiestrado no analíticamente. El grupo de psicoanalistas de posición privilegiada rechaza a los terapeutas de grupo como de posición inferior, con los cuales no quiere estar asociado (Wolf, Schwartz, 1967:XIII), opinión que convendría matizar bastante, si bien en algunas situaciones parece darse todavía hoy en día. En su planteamiento, al hablar de la exploración del material inconsciente, lo concretan en que se ocupa no sólo de lo manifiesto sino también de lo latente en las interacciones y funcionamiento del paciente, con lo que éste se muestra no sólo en lo que dice sino en las relaciones que establece.

Cuando hablan de la psicoterapia hay algo que me parece sugerente por cuanto no se aleja mucho de lo que opino. Dicen (y hay que posicionarse en el primer tercio del siglo pasado, claro): La psicoterapia es una violación del aislamiento. La psicoterapia de grupo es una incursión aún más amenazante (…) la cultura valúa al individuo en bruto. La psicoterapia y especialmente la psicoterapia en grupo, al individuo en relación con otros (Ibidem: XI). Este planteamiento me parece interesante y hasta con una cierta contradicción con lo que proponen ya que a pesar de que sus intervenciones sean más de tipo individual, consideran la psicopatología como una forma de aislamiento. Pero aparentemente no utilizan el poder grupal para salir de ese aislamiento. Como no se reconocen aislados, no tienen ningún inconveniente en reconocer la influencia de otros, lo que les honra. Dicen, El interés activo en análisis de grupo comenzó en 1938 para uno de nosotros (Wolf), renuente a abandonar pacientes de pocos ingresos (…) leyó mucho (…) fueron alentadores los escritos de Trigant Burrow, Paul Shilder y Louis Wender, y se inició un grupo experimental, en 1938 de cuatro hombres y cuatro mujeres (…) en 1940 trabajaba con cinco grupos, cada uno de ocho a diez pacientes (Ibidem: 1). Este aspecto me resulta particularmente agradable ya que no parece muy extendido el reconocimiento a los que, como ellos, están tratando de desarrollar algo nuevo. Y lo que van a hacer es aplicar una técnica en la que se acentúa la interpretación de los sueños, la asociación libre, el análisis de las resistencias, la transferencia y la contratransferencia. (Ibidem: 1); esto es, la aplicación de la teoría psicoanalítica a unas personas con las que forman un grupo.

Más allá de los aspectos técnicos de inclusión y exclusión de pacientes que lógicamente se sitúan en los conocimientos que había a principios de siglo, nos aportan algunos criterios técnicos: el grupo debe incluir a ocho diez miembros. Con menos de ocho miembros con frecuencia no hay suficiente excitación y actividad entre los individuos. Esto lleva a silencios y puntos muertos en la acción recíproca espontánea, y disminuye la efectividad del procedimiento de grupo (…) un grupo demasiado grande inmediatamente produce inmovilidad. Cuatro o cinco hombres e igual número de mujeres, constituirían un grupo práctico de trabajo. Según nuestra experiencia las sesiones de noventa minutos son las más efectivas. (Ibidem: 5) Ello les coloca en lugares próximos a los que hoy en día se consideran criterios adecuados. También, y adelantándose a lo que Morris Nitsun (1996) señalará como resistencias u oposiciones al grupo, nos indican que hay tres tipos de actitudes ante lo grupal: a) los resistentes, los pacientes que se resisten a entrar en un grupo no deberían entrar en él. Su entrada prematura puede precipitar tal ansiedad o resistencia que tras una o dos reuniones pueden no volver más (Ibidem: 6); b) los entusiastas, pueden tener varios motivos, desde la sincera necesidad de contacto social hasta el exhibicionismo, voyerismo y búsqueda de objetivos para anhelos de destrucción neurótica dirigidos contra el grupo (Ibidem: 5-6); y c) los simplemente curiosos y de mente amplia. Estos se unen al análisis en grupo con la actitud más sana (Ibidem:5).Y hablando de resistencias, señala que hay varias expresiones, por ejemplo las de quienes Se estremecen ante lo que consideran una invasión mortificante en su vida privada; o Quieren posesión exclusiva, neurótica, del analista; o a los que la palabra grupo connota la familia original, y rehúsan someterse a su influencia deprimente; o aquellos para los que  una mirada amistosa o inamistosa es devastadora, que se estremecen con la más leve crítica, frialdad o cordialidad, y que esquivan los dares y tomares de la vida social; o aquellos a los que El temor a tener que abandonar la tendencia neurótica acariciada en secreto parece hacerles muy difícil el trabajo grupal; y finalmente los  que experimentan intolerables angustias de ansiedad a causa de la libertad con que se discuten los temas sexuales en el grupo.(Wolf, Schwartz, 1967:7)

Frente a todo ello, consideran que El analista debe esforzarse por apaciguar estos temores. (Ibidem:7). Y realmente así lo transmiten cuando exponen cómo iniciar las sesiones, siendo el propio conductor quien se muestra tranquilo, dialogante, apaciguador. Como novedad a resaltar, por lo que tiene de ruptura de lo que llamamos setting, encontramos una asombrosa propuesta, la de realizar reuniones sin él: A los miembros se les avisa en sesiones individuales anteriores el número de reuniones de grupo que tendrán lugar. Se les dice que complementarán sus reuniones regulares con sesiones alternadas en las cuales no estará presente el analista. Estas se realizarán en los domicilios de los pacientes que viven en lugares céntricos (Ibidem: 13-4) Estas reuniones precipitan la aparición de actitudes de transferencia para con el terapeuta y así se puede acortar la duración del tratamiento (Ibidem: 16). Resulta muy sugerente por dos razones: porque parece que le dan un valor al grupo particular aunque fuera de las sesiones. Así estimulan la socialización (quizás por la idea de ir con contra del aislamiento de la patología), y porque no consideran cómo las alianzas que se establecen en estas situaciones (fuera del terreno de juego) van a incidir en el propio grupo. Posiblemente esto no permite afirmar que no veían al grupo sino como a personas agrupadas.  

En su planteamiento, el descubrimiento y análisis de la transferencia es el trabajo más importante del análisis del grupo, ya que interfiere repetidamente con la apreciación verdadera de la realidad del paciente (Ibidem: 33) Consideran que el grupo provee todos los actores familiares y las posibilidades laterales de transferencia (…) el grupo recrea la unidad familiar en la cual el paciente puede reanimar con más libertad las demandas emocionales impulsoras y negativas cuyas contradicciones alguna vez fue incapaz de resolver (Ibidem:35). Muy rica me parece esta mención a los “actores familiares” o a la “unidad familiar”; pero el posicionamiento en el que se sitúan no les permite ir más allá.

Me parece interesante rescatar sus opiniones respecto a nuestra función de conductores que cito a continuación. Apoyándose en Foulkes subrayan que, los psicoanalistas no son buenos analistas de grupo ipso facto lo que no significa que se requieran atributos especiales para ser analista de grupo. Antes que nada dicen, debe ser un psicoanalista. Debe tener entrenamiento adecuado, discernimiento intuitivo, capacidad para la empatía y habilidad para disponer de actitudes de contratransferencia. Debe esperar embates conjuntos tendientes a desanimarle, Debe tener la capacidad de soportar con serenidad ataques neuróticos. No debe desanimarse o perder el equilibrio por la intensidad de enemistades que en ocasiones surgen durante las sesiones iniciales (Ibidem: 47). Siguiendo con las características indican que Debe ser capaz de recibir con paciencia las numerosas variedades de transferencia con las cuales le revisten, y no dejarse engañar por reacciones inadecuadas aceptándolas como tales. También debe ser lo suficientemente fuerte para reconocer sus errores, y lo bastante seguro para ceder la iniciativa al grupo o al paciente, según lo pide la situación del momento y todo esto porque la función del analista del grupo es guiar a sus pacientes hacia mayor conciencia e integración social (Ibidem: 47). Por otro lado indican que El punto de vista del analista de grupo tiende a ser unilateral. Ve a los pacientes y su conducta desde arriba lo que le coloca en una posición diferente a la que comprobaremos en otras orientaciones, y cuando entra en la actividad del grupo, la calidad de su participación es diferente, y ésta modifica su percepción de los acontecimientos. Ahora bien, valoran el grupo como coadyuvante, ya que el analista y el grupo deben entretejer sus papeles complementarios, (…) el analista que tiene éxito aprende a jamás subestimar la significación de la ayuda que puede dar el grupo a los miembros para el discernimiento mutuo y la integración social (y) si el terapeuta es sabio, les consultará (ya que) debe ser consciente de actitudes incomprensivas de él para con el grupo. Tratarlo como un todo evidencia falta de atención específica a cada miembro (Ibidem:49)

Cuando abordan la actitud del profesional señalan que El psicoanalista no puede alentar una atmósfera de inspiración que reprime factores inconscientes y crea ilusiones inestables de éxito (y) ha de promover  un espíritu de examen profundo, mutuo y crítico de las fuerzas y debilidades personales (Ibidem:50) y al tiempo El analista está en guardia contra alianzas dentro del grupo, las cuales esconden actitudes más profundas que deben ser ventiladas (Ibidem:51), conectando aquí con aspectos que leeremos más adelante cuando hablemos de los elementos antigrupales (Nitsun). Finalmente, en lo que nos atañe, Lola, dicen El analista busca constantemente una base teórica que le lleve a la par con su trabajo práctico. Un fondo teórico y flexible, continuamente modificado por la experiencia concreta en el grupo, da a los pacientes tanto como al analista el poder de orientación, claridad de perspectiva, fe en el trabajo y confianza en la curación final. (Ibidem:53).

Evidentemente hay muchas otras cuestiones pero, antes de finalizar la exposición sobre estos autores, quisiera resaltar lo que, bastantes años después, Nitsun (1996) señalará como elementos antigrupales. En efecto, Wolf y Schwartz hablan de elementos destructivos y constructivos. En el primer grupo hablan de Una situación desfavorable que puede surgir en el grupo, es el desarrollo de una resistencia neurótica intensa y generalizada, acompañada de transferencias hostiles bilaterales y la formación de aliados en grupos de dos o tres dejando al margen a algunos individuos a causa de una relación relativamente cordial con el analista.(Wolf, Schwartz, 1967:54) Y en cuanto los elementos constructivos consideran que el grupo es la demostración de que cada paciente comparte sus problemas con los demás. Pierde la ilusión de aislamiento y la unicidad de su neurosis (Ibidem:59) por lo que el grupo también es un amortiguador contra la desesperanza de recobrarse (Ibidem 59) en lo que será el factor esperanza en palabras de Yalom. Por otro lado indican que Hay remuneraciones sociales que pueden obtenerse en el grupo, las cuales no son accesibles al paciente en análisis privado. Los miembros del grupo agradecen que se les brinde la ofrecida introspección, y reconocen tal favor con consideración y afecto. Y en esa valoración de lo grupal dicen que el grupo tiene el efecto constructivo de recrear la familia; pero con un nuevo aspecto. Al cultivar una atmósfera de tolerancia en la cual pueda florecer la consideración mutua, el carácter prohibitivo antiguo de la familia original es proyectado con menos intensidad, y se dispersa fácilmente (Ibidem:59), aspecto éste que será recogido posteriormente por P. de Mare bajo la noción de transposición. Y si bien no mencionan la importancia del Yo, si subrayan algo cercano ya que el terapeuta está también interesado en lo que sucede en el momento, de manera que cuando el paciente espía inconscientemente los hechos, puede ser observado en acción. Entonces puede ser enfrentado a sus tendencias proyectivas y al papel incitador que representa al precipitar las perturbaciones del ambiente que resiente tanto (Ibidem:60).

Nos indican que el grupo facilita la aparición y la aceptación de la percepción interna, confrontando a cada miembro con las investiduras discordes con que dota a otros pacientes y al terapeuta (por lo que) comienza a dudar de la seguridad de su punto de vista respecto a cada miembro. E introducen una pequeña critica al trabajo individual al señalar que el análisis individual no ofrece el microcosmos en el que el paciente puede descubrir, el actuar, la acción de fuerzas inconscientes (Ibidem:60) porque el grupo, por medio de su libre asociación espontánea e interactiva, rompe la resistencia en una especie de reacción en cadena. Y en cuanto a las resistencias opinan que parecen ceder con rapidez en la atmósfera catalítica y de potencial revelación mutua en el grupo (Ibidem: 61). Todas estas cuestiones nos dan una idea clara de la gran importancia que para ellos tiene el trabajo grupal.

Como bien puedes apreciar, las aportaciones de dichos autores han de ser tomadas en consideración cuando nos situamos frente a la tarea de llevar grupos, de potenciarlos y de formarse para todo ello.

Hasta aquí, lo que hemos visto es una serie de profesionales de la salud, con formación psicoanalítica, que aplican las enseñanzas de Freud a un colectivo de personas, a un grupo. Han aparecido diversos acentos en la importancia del grupo como coadyuvante o coagente del tratamiento individual. Creo que señala lo difícil que es renunciar a la visión clínica individual, que es la corriente y habitual, autonomizarse de la teoría psicoanalítica, e investigar nuevos campos. Posiblemente no estamos preparados todavía para tal cambio de coordenadas.

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