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jueves, abril 9, 2020
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5. ¿Cuánto tiempo durará el tratamiento? 

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Esta es la pregunta del millón.  Porque si me pongo como paciente lo que espero y deseo es que ese tiempo sea breve: dos o tres meses; a lo sumo un año o año y medio. Pero si me pongo desde la postura del profesional lo que deseamos, o lo que deseo es que se prolongue el mayor tiempo posible para que los cambios que se deban realizar, puedan madurar y realizarse. Es cierto que hay quienes proponen un número de sesiones determinado (dos, cinco, once, veinte…); pero a mi modo de ver eso puede ser útil para salir del paso, pero no para solventar todo un problema estructural. Es un apaño que en ocasiones va muy bien, no lo discuto.

Y entiendo (porque yo también estuve al otro lado de la mesa de trabajo) que aquí chocan dos intereses. Desde mi propia exigencia (que suele ser elevada), me gusta que el esfuerzo que se realiza en el establecimiento de una relación asistencial tenga la compensación que es la que busco: cambios profundos en la estructura de la personalidad del paciente como para que pueda haber un antes y un después en su vida.  Y sé que eso que digo va en contra de los tiempos en los que vivimos. Pero lo que la experiencia me ha enseñado es que solo con el tiempo y el esfuerzo podemos conseguir cambios que vayan más allá de lo que serían “modificaciones estéticas”. Creo que cuando una persona dedica buena parte de su tiempo (y esfuerzo y economía) con el fin de resolver una serie de problemas importantes que le paralizan, la obligación del profesional es la de hacer una buena asistencia y hacer los posibles para que la vida de esta persona sea diferente tras el tratamiento. Sabiendo que, en último término, la decisión es la del paciente.

Ahora bien, entiendo que eso asusta. Asusta por varias razones: unas de orden económico (que es la expresión material del esfuerzo y del compromiso), otras de índole afectiva. De las primeras ya hablaremos, de las segundas… tenemos miedo a las relaciones con los demás, y sobre todo cuando estas relaciones tienen una tonalidad, una cualidad en las que la palabra intimidad o íntimo está presente. Y sé que voy a decir una animalada; pero creo que es lo que mejor se acerca a lo que es una relación asistencial. Uno puede tener un ligue o una relación. El ligue es esa relación más o menos intensa pero de corta duración, satisfactoria en la medida en que se pueda, pero en la que no hay otro compromiso que el pasarlo bien y ¡Santas Pascuas! Una relación es otra cosa: es el establecimiento de un vínculo que deberá pasar por una variedad de situaciones que lo vayan reforzando para que, y precisamente gracias a esa experiencia de estar vinculado, se den las modificaciones en la estructura de la personalidad como para saber que la experiencia asistencial valió la pena.  Y eso asusta.

Creo que asusta porque asustan los vínculos con los demás. Asusta pensar que en ocasiones vamos a tener que renunciar a algo para que ese vínculo persista y se fortalezca.  Y es posible que ese vínculo nos lleve a plantear cosas de nuestra vida cotidiana que no siempre son cómodas de plantear. A veces son preguntas o decisiones que uno se hace cuando habla con su almohada; pero que al hablarlas con un profesional tienen un valor y una fuerza que no la tienen con la almohada.  Y el establecimiento de este vínculo pide tiempo. Años. Pero esa duración, ese tiempo que uno dedica e invierte en esa relación asistencial la decide, fundamentalmente, el paciente. Es el paciente quien decide quedarse o irse. Este es el precio de la libertad.

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