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Martes, noviembre 21, 2017
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46) ¿Queda alguna aportación más que debamos tener en cuenta? 

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46) Tenemos pues las importantes aportaciones de Lewin y de Goldstein. ¿Queda alguna más que debamos tener en cuenta para los propósitos de esta entrevista? ¡Porque no salgo de mi asombro!

En mi opinión, Lola, es imprescindible recoger las aportaciones que nos llegan desde otra disciplina: la sociología. Y no me refiero a lo que entendemos normalmente por ella, sino por aquel desarrollo que le aporta Norbert Elias cuya base de investigación cabalga en dos terrenos: la evolución social y la individual. Como verás, constata la evolución paralela –como no podía ser de otra forma– del individuo y de la sociedad que él construye; o viceversa. Alguna deificulta debemos tener los humanos de esta sociedad para que este sociólogo que abre una puerta importantísima siga siendo poco o nada conocido. Otro autor que introduzco aquí, Lola, es Manuel Castells. Esta hellinense afincado en Barcelona ha centrado parte de su interés en las redes de comunicación y en la propia comunicación entre grupos numerosos de personas. Lo incorporo porque me parece que es muy ilustrativo aprender de sus hallazgos en torno a los procesos de comunicación, y cómo el poder –incluso el poder establecido –puede utilizarla para moldear el pensamiento de los ciudadanos. Creo que debemos hacer un esfuerzo en incorporar estas visiones que complementan las aportaciones del psicoanálisis e incorporan los avances de las neurociencias.

La verdad es que para mí fue todo un descubrimiento topar con las aportaciones de Elias y se lo debo a Farhad Dalal. Es más, lamento muy mucho que no me hayan hablado de él quienes en mi período de formación grupal, debieran haberlo hecho. Conocí algo de sus trabajos a través del número especial de la Revista Group Analysis, pero no ha sido hasta recientemente que he podido comprender la importancia de sus aportaciones. Elías fue profesor de Foulkes en Frankfurt; y una vez trasladado a Inglaterra (la guerra mundial hizo estragos), mantuvo contacto con Foulkes e incluso creo que participó en alguna experiencia grupal con él, colaborando además en la organización de lo que sería el Instituto de Grupoanálisis de Londres.

A Castells lo he descubierto recientemente. Este Hellinense, (1942) ha dedicado parte de su desarrollo profesional a la comunicación y las formas actuales de la misma y su impacto en lo social. Sus aportaciones me parecen que ayudan a comprender, un poco más, nuestras conceptualizaciones Grupoanalíticas.

Empezaremos por N. Elias (1897 -1990). Siguiendo a Menell, S (1997) y a Nixon, P.L. (1998), llegamos a saber que nace en Breslau, Alemania, actualmente la ciudad Polaca de Wroclaw. Tras sus servicios en la primera guerra mundial, estudia medicina y filosofía en la Universidad de Breslau. Doctorado en Filosofía en el 1922. Parece que la situación política y económica le aconsejan estudiar sociología; se traslada a Heidelberg en donde trabaja con Alfred Weber, y se hace amigo de Karl Mannheim. Cuando éste adquiere la cátedra de sociología en Frankfurt, Elias se traslada allí y acaba siendo un colaborador. Los locales del Departamento de Sociología estaban en el edificio de la Frankfurt School, en el Instituto Sociológico “Marxburg” liderado por Max Horkheimer, Adorno y Fromm. El círculo en el que se movía contaba con figuras como las de Paul Tillich (filósofo y teólogo), Adolf Löwe (economista) Wertheimer, (psicólogo de la Gestalt) y Fuchs, S. H. (psicoanalista)

No soy quien para resumir las aportaciones de Elias, sociólogo que para muchos no aportó nada mientras que para otros representó una revolución copernicana, como verás. Te recomiendo que además de consultar este número 4 de la revista del Institute of Group Analysis, de 1997 leas a Dalal (2000), y también a Lavie (2005); y entre nosotros a García (2011[i]) quien observa que pueden apreciarse muchas de las ideas que conforman la teoría sociológica eliasana en toda la conceptualización desarrollada por Foulkes  (2011:405). De hecho –señala García– Foulkes y Elias se formaron en el mismo ambiente intelectual de la Alemania de los años 20, y respiraron el mismo humus sociológico imperante en las universidades de Heidelberg y de Frankfurt. Años después, también coincidieron como refugiados en Gran Bretaña, donde estrecharon sus lazos y cofundaron la Group–Analytic Society en 1952. (ibidem:406).

Hay una idea de Elias que me parece muy sugerente: la de que los psicólogos estudiamos al ser humano desde una perspectiva ahistórica, consideramos que las estructuras psíquicas son estáticas, incambiables y que no han sufrido proceso alguno a lo largo del desarrollo de la humanidad (Elias:492). En esta idea subyacen otras que me parecen muy importantes para nosotros. Dos de ellas, constituirán la base de su pensamiento: procesualidad y relacionalidad. La primera se refiere a que nuestra realidad no es sino el resultado de un enorme proceso: “el universo y todas las configuraciones parciales que lo componen [son] entidades sumidas en transformaciones inmemoriales” (Elias, 1990a:159). (García, 2011:407). Esto hace referencia a parte de lo que ha sido su investigación y que le ha llevado a considerar cómo a lo largo del proceso que llama civilizatorio, las formas de relación que se han ido estableciendo entre los humanos, los diversos mecanismos que hemos ido desarrollando para organizar un poco mejor la tendencia natural a ejercer un poder sobre el otro, han favorecido el desarrollo de los esquemas psíquicos actuale. Dicho de otra manera, Elias considera que el Yo y el Superyó son aspectos del aparato psíquico que han evolucionado en paralelo a, y propiciado por el propio desarrollo de la propia civilización. Esta constatación me parece muy significativa porque coloca en el terreno de lo social, de las relaciones entre los humanos a lo largo de todo el proceso civilizatorio, la constitución de estas estructuras psíquicas: es decir, a través de la historia de la humanidad, y de forma progresiva y no uniforme, las relaciones entre los individuos, los grupos y los diversos colectivos que forman esos humanos, se va modelando lo que hoy en día llamamos primera y segunda tópica. La interiorización derivada de las relaciones interpersonales, va organizando estructuras –¿relacionales, interrelacionales?– a las que llamamos Yo y Superyó. Pero ello supone cambiar la perspectiva de ver al individuo y verlo como resultado de algo procesual e histórico. Indica: hemos pretendido demostrar que la estructura de las funciones psíquicas, los modos habituales de orientar el comportamiento, están relacionados con la estructura de las funciones sociales, con el cambio en las relaciones interhumanas (:525). Y un poco más adelante: que la racionalización así como la configuración racional y la justificación de los tabúes sociales, sólo es un aspecto de un cambio que abarca el conjunto de la organización espiritual [psíquica], tanto los aspectos impulsivos como los del Yo y los del Superyó. También se ha demostrado que el motor de este cambio de la autoorientación psíquica son las fuerzas de interdependencia en una orientación determinada, las transformaciones de las formas racionales y del conjunto de la red social. Ello nos hace pensar en cómo el grupo (me refiero al grupo de psicoterapia) va ejerciendo una tarea de remodelación psíquica a partir de las interdependencias que se establecen entre sus miembros.

Pero, claro, observar al ser humano y a la sociedad en la que se ubica desde una perspectiva de procesos no es fácil toda vez que lo que se ha instalado en el pensamiento actual es una visión parcial, inmóvil del mismo; empobreciendo la visión de las cosas: ha oscurecido la comprensión del hombre que, como parte de la realidad, es también un proceso (Elias, 1982:142) (Ibídem: 408). Esa parálisis afecta incluso a la propia idea de identidad, la del individuo y la de la sociedad. Como señala García, “Las personas no siempre nos hemos comprendido a nosotros mismos como “individuos” en el sentido moderno que ahora le atribuimos a este concepto. Eso también ha cambiado y puede variar de un contexto cultural a otro. En épocas anteriores, en sociedades distintas, las personas tenían un autoconcepto distinto de sí mismos (2011:408). Eso nos lleva a aceptar una gran pequeñez de nuestros propios procesos y desarrollos conceptuales.

Elías concibe el ser humano como social hasta su misma médula, siendo la individualidad algo que merecería explicarse más. Recojo unas palabras de Lavie que creo nos pueden ubicar bien: de forma definitiva, la visión de Elias fue todo un desafío para Freud, aunque su propósito no fuera poner la sociedad o los grupo como una alternativa a la visión del individuo humano, sino el ir más allá en el estudio del fenómeno de la individualidad de forma comprensiva y profunda. Por lo tanto los descubrimientos genuinos de Elias indicaban de hecho que la individualidad es un proceso propio de la sociedad, con una historia específica, por lo que cada niño que se desarrolla en nuestra sociedad es minuciosamente individualizado y socializado al mismo tiempo[1] (2005:525). Es decir, desde la propia concepción estamos en el seno de un grupo y el propio proceso que podríamos llamar de civilización, nos ha conducido a un posiblemente excesivo interés en la individualidad que va en paralelo con un marcado interés por la socialización. Pero es el grupo quien nos trasmite, desde la noche de los tiempos, todo un bagaje de elementos que vamos interiorizando (conformando nuestra propia estructura psíquica) y transformándonos, al tiempo que volvemos a transmitirlos a nuestros retoños. En este sentido existe una filogenia de la conducta, del pensamiento, del lenguaje y de los sentimientos, de todo lo que constituye el ser humano que nos agrupa en una red social, en una matriz con la que interactuamos permanentemente. Individuo y grupo establecen una dialéctica constante realimentándose permanentemente.

Ahora bien, estos elementos constituyen una estructura visible sólo a través del tiempo. Como acertadamente dice Mennell, en tanto que la estructura de las sociedades va haciéndose más compleja, las formas, la cultura y la personalidad cambia en una dirección particular y claramente discernible, primero a través de los grupos elitistas y posteriormente de forma más generalizada[2] (Mennell, S. 1997:494), ya que el proceso civilizador va suponiendo que a mayor complejidad de las relaciones e interdependencias humanas, mayores esfuerzos debemos hacer para canalizar nuestras tendencias impulsivas. A partir de esta premisa y con la evidente influencia de Freud, nos aporta una visión de los elementos superyoicos vinculados a la red social y al proceso de civilización en el que estamos inmersos. Mucho más que cualquier otra criatura, los humanos nos orientamos gracias no a la experiencia individual sino la proporcionada por extensas cadenas generacionales que han ido mejorando y extendiendo gradualmente los medios de orientación humana. Es simplemente una forma de usar los símbolos para conectar dos o más secuencias de cambios, físicos, biológicos o sociales, utilizándolos como marco de referencia para otros. Pero ello no es precisamente “subjetivo”, sino que ha evolucionado a través de la experiencia acumulada a lo largo de un proceso de aprendizaje intergeneracional[3](Mennell, S. 1997:497). Por esta razón el ser humano no puede ser entendido sino con relación al grupo. Y viceversa, el grupo no puede ser entendido sin pensar en los individuos que lo componen.

La segunda idea básica en Elias es la de relacionalidad. Para García, el hombre está constituido en sus relaciones y no existe al margen de ellas. El hombre no es un ser aislado sino un ser constitutivamente abierto y en relación con los demás miembros de su comunidad y con el mundo que le rodea en general. (Ibidem:409). Este concepto le lleva a describir dos visiones del ser humano; idea esta que estaba oculta en la primera frase que he traído a este texto. Hay dos visiones o acercamientos al ser humano, la que califica de Homo clausus y la de Homines aperti. La visión cerrada del ser humano, nos lleva en palabras de García a que la visión del homo clausus olvida que hemos logrado sobrevivir gracias al cuidado de otros hombres de los que además hemos aprendido un lenguaje y unos conocimientos mínimos para valernos por nosotros mismos. Olvida que no seríamos como somos sin esas relaciones humanas que hemos mantenido (Ibídem:411). Elias parte del grupo humano que va organizando, a través de su evolución, una serie de modificaciones en sus comportamientos que vienen articuladas por dos elementos básicos: por un lado el desarrollo del lenguaje y, consecuentemente, del pensamiento y del conocimiento. Por otro, y siguiendo las pautas lógicas de su naturaleza, el desarrollo de mecanismos de poder de unos sobre otros y sobre el territorio. Estos mecanismos son inherentes a su naturaleza y deben ser comprendidos como entendemos y aceptamos la fuerza de la gravedad.  El lenguaje, el pensamiento y el conocimiento transmiten también las pautas de poder, ejerciendo un aspecto coercitivo y constrictivo sobre el individuo al tiempo que dicho carácter le da forma y contiene.

Para Elias el poder no es un atributo que se alcanza o se consigue. No es algo que unos tienen y otros no. Es, para entenderlo de alguna forma, como lo que es la fuerza gravitatoria para cualquier cuerpo. Según estudiaba en mi bachillerato, la fuerza gravitatoria entre dos objetos dependía de dos factores, directamente de su masa (a más masa, más fuerza gravitatoria) e indirectamente de la distancia entre ellos. Más allá de que hoy en día podamos definir la gravedad desde otra perspectiva, esta visión que ofrezco me resulta útil: todas las personas disponemos de esa fuerza de poder; lo que no significa que tengamos las mismas habilidades en su utilización. Ese poder es la capacidad que tiene cada ser humano para modelar la conducta, el pensamiento, las formas de relación del otro, etc., en base a sus intereses. Un bebé, desde este ángulo, tiene poder, ejerce un poder sobre sus padres, sobre su entorno. Y ellos sobre él, claro. Podríamos hablar de hasta dónde una persona es consciente de ese poder; y en esta tesitura podríamos pensar –lo que no deja de ser una línea de trabajo altamente atractiva– en qué medida los diversos cuadros de psicopatología son formas de expresión –voluntaria, involuntaria– del poder de un individuo sobre los demás. Estas fuerzas de poder determinan lo que podríamos llamar líneas de poder (algo semejante a las líneas de flujo que se observan en un imán) que entrelazan a las personas entre sí.

Es a través de esas líneas de poder transmitidas vía lenguaje y la comunicación y, lo que es más básico, su contenido simbólico, que los individuos van organizándose y constituyéndose en lo que Elias denomina Figuración. La figuración es el resultado del cómo somos constituidos por el grupo social al que inevitablemente estamos vinculados, favoreciendo o inhibiendo pautas de conducta, deseos, apetencias, afectos que expresamos y la formas en que lo hacemos, constituyéndose una estructura personal en la que no se distingue lo que se denominaría mundo interno del mundo externo. Pero figuración es también las formas que adopta el grupo social dentro de su propia estructura y organización (familia, sociedades, clubs…). A mi personalmente me gusta más la idea de configuración que la de figuración.

Desde esta perspectiva el grupo es una configuración dinámica de individuos, cada uno de los cuales aporta su particular figuración (o configuración interna)  organizada a través de sus experiencias vitales. De hecho, y siguiendo a Lavie la simple idea viene a ser: si las personas desde el nacimiento están en una entidad interrelacional abierta con también abiertas valencias de vinculación, y si las personas están siempre y al mismo tiempo socializadas e individualizadas, y si durante este proceso son propensos a producir psicopatológicas condiciones, entonces no solo podemos sino que debemos juntarlos en un grupo para tratarlos[4]. (2005:520). El grupo de psicoterapia tiene entonces un sentido muy claro que va más allá de ser una técnica de intervención.

Una de las propuestas eliasianas y base de su pensamiento es la teoría del símbolo, que se propone como paradigma que unifica lo individual con lo social, y que se articula alrededor de cinco grandes conceptos:

  1. El habla, el pensamiento y el conocimiento son formas diferentes de una misma entidad: el símbolo
  2. Su ubicación transciende la dicotomía interno/externo, o lo ideal/material
  3. Se forma a partir de la actividad social y de las relaciones de poder que son las que le dan forma y constitución
  4. Su constitución determina cómo uno se experimenta a sí mismo, al mundo, a sus propias relaciones con los demás y sus propias experiencias
  5. El hecho de que esa entidad simbólica arraigue en la actividad social garantiza el que la dinámica se recurra a sí misma: la actividad, la experiencia, el pensamiento y la estructura son capaces de generar y generarse a sí mismos; y cada uno de estos aspectos se alimentan mutuamente y se transforman, garantizándose su continuidad.

Su  visión abierta del individuo nos lleva irremediablemente a considerar que la unidad mínima de análisis no es el hombre, sino los hombres, pues no existe un hombre aislado y sin relaciones esenciales con los demás. Se trata, por tanto, de una comprensión abierta y relacional del ser humano que tiene en cuenta también el carácter procesual de la realidad (en general) y la vida humana en particular. (García: 412), lo que implica un cambio radical de la perspectiva desde la que se trabaja. Señala García a partir de su conocimiento de Elias: La integración de individuo y sociedad (tema esencial de la teoría social y de cualquier ciencia humana en general) se hace especialmente compleja si se parte de la hegemónica visión del hombre como homo clausus (:412), y más adelante indica En cambio, si se toma como punto de partida a los homines aperti, el difícil problema de la articulación entre individuo y sociedad deja de necesitar solución para pasar a disolverse en sus propios términos (:413). Eso significa, que la acción individual y el condicionamiento que ejercen los elementos socioculturales, no son cuestiones separables o en las que deba prevalecer uno de los dos componentes (García: 414). Esto representa subrayar el la interdependencia que es precisamente la que nos convierte en humanos. En palabras de Elias, “aquello que suele separarse mentalmente como si fueran dos sustancias distintas o dos capas distintas del ser humano, su ‘individualidad’ y su ‘condicionamiento social’ no son en realidad más que dos distintas funciones de los seres humanos en sus relaciones mutuas, funciones que no pueden existir la una sin la otra” (Elias, 1990b:80) (García: 413), lo que puede decirse como que no existe un yo sin un nosotros.

Elias demuestra que la estructura de las funciones psíquicas, los modos habituales de orientar el comportamiento, están relacionados con la estructura de las funciones sociales, con el cambio en las relaciones humanas (Elias: 525), y en buena medida que la racionalización así como la configuración racional y la justificación de los tabúes sociales, sólo es un aspecto de un cambio que abarca el conjunto de la organizacioin espiritual, tanto los aspectos impulsivos como los del Yo y los del Superyó. También demostró que el motor de este cambio de la autoorientación psíquica son las fuerzas de interdependencia de una orientación determinada, las transformaciones de las formas racionales y del conjunto de la red social. (526)

La relación entre Elias y Foulkes fue muy intensa –creo que fue analizado por Foulkes– y de esta relación que nació en la convivencia derivada de hecho que las sedes del Instituto Psicoanalítico de Frankfurt y la de la Escuela de Frankfurt eran contiguas lo que posibilitaba todo tipo de intercambios culturales entre los que las frecuentaban y, posteriormente, su exilio a Inglaterra. Parece muy lógico que las ideas de Elias influyeran en el pensamiento de Foulkes.

Por otro lado Manuel Castells inicia su texto de 2009[ii] señalando la importancia del poder: El poder es la capacidad relacional que permite a un actor social influir de forma asimétrica en las decisiones de otros actores sociales de modo que se favorezcan la voluntad, los intereses y los valores del actor que tiene el poder. Este aspecto lo podemos entender, claro: el bebé desde que nace ejerce una influencia –presión diría yo– sobre el entorno con el fin de conseguir algo. Esto, en terminología social, lo señala Castells. “El poder se ejerce mediante la coacción (o la posibilidad de ejercerla) y mediante la construcción de significado partiendo de los discursos a través de los que los actores sociales guían sus acciones” (2009:33). Fíjate que esa coacción ya no solo es el llanto del bebé, o la pataleta del chaval porque quiere algo que ha visto en el escaparate; no. Es algo mucho más tajante porque incluye la posibilidad –mediante la construcción de significado partiendo de los discursos a través de los cuales los actores sociales guían sus acciones–.

Elias  ya indicó en su momento que el poder no es algo que unos tienen y otros no; es más, no se puede no tener poder. Recordemos que para él, el individuo, el homines aperti, es un ser en relación constante con el otro. Pues bien,  Castells lo dice de otra forma incluyendo el elemento de poder en el aspecto relacional: La capacidad relacional significa que el poder no es un atributo sino una relación. No puede abstraerse de la relación específica entre los sujetos del poder, los empoderados y los que están sometidos a dicho empoderamiento en un contexto dado (Castells, 2009:34). Pero, para mí, lo que adquiere más peso en todo esto no es solo el hecho real de que los humanos estemos siempre sometidos al poder de otros humanos (poder que se muestra con mucha mayor dureza o crudeza cuando proviene de las instituciones que organizamos los mismos humanos), sino que ese poder viene a partir de los significados que se dan a las cosas. Y esos significados no provienen solo de lo que de forma individual uno puede ir construyendo –como si fuese posible construir fuera de la realidad social –sino de los significados que vienen indicados por el contexto social de cada uno y el del grupo o sociedad a la que uno está vinculado inevitablemente. Dice Castells: El significado se construye en la sociedad a través del proceso de la acción comunicativa (ibidem: 36). Y esta acción comunicativa utiliza los diversos canales mediante los que nos comunicamos; o mediante el uso (perverso o no) de los medios de comunicación de masas.

Esta idea, la de la construcción compartida de los significados, es algo que ya surge a partir de la revolución lingüística que nació en Sausure. Pero conviene subrayar que, por ejemplo, cuando le aportamos a un paciente un significado alternativo a una vivencia que explica, hay una comunicación mediante la que contribuimos a que su anterior significado venga si no sustituido, sí complementado. Pero tal complementación lo es no tanto con el significado nuevo aportado cuanto por la comprensión que él tiene de esa aportación. Eso sucede en las consultas como en la vida cotidiana y en las relaciones entre padres e hijos (y viceversa). Ahora bien, del significado que para el otro tiene una determinada figura (la de un padre, un amigo, un líder o un autor de referencia dado), o de las características del entorno (la atmósfera que se crea en una relación o un grupo) dependerá el grado de sustitución de un significado anterior o la incorporación de otro nuevo. Y esto amigo mío, es algo que tendremos que introducir dentro de las dinámicas de poder. En este sentido viene bien una cita que recoge Castells aludiendo a la definición de poder: En un sentido muy general, el poder es la capacidad para perseguir y lograr objetivos mediante el dominio de lo que nos rodea (:31).

Pensando en la situación de un grupo psicoterapéutico podríamos pensar acerca de cómo las relaciones que se dan entre los miembros del grupo se estructuran con el fin de utilizar el poder de las mismas en la dirección de modificar hacia la normogenia los significados de las diversas vivencias que se tienen en el grupo y aquellas a las que sus componentes hacen referencia. El rol –pero sobre todo la responsabilidad– del conductor no es baladí ya que una de sus funciones será la de ir favoreciendo el desarrollo de una cultura grupal que más allá de la tarea reparativa tienda a facilitar el desarrollo de relaciones normalizadas –más allá de la dificultad de definir ese término– que permitan mayores grados de felicidad y satisfacción personal.

El planteamiento de Foulkes acerca del individuo era la que en realidad era un punto nodal en una matriz de relaciones –comunicaciones de toda índole –que era lo que en síntesis constituía un grupo –y de la misma forma constituye una sociedad–; pues bien, Castells nos introduce también en el mismo concepto. En realidad alude a la idea de red (una red es un conjunto de nodos interconectados) y subraya que «en la vida social las redes son estructuras comunicativas. Las redes de comunicación son las pautas de contacto creadas por el flujo de mensajes entre distintos comunicadores en el tiempo y en el espacio». Este concepto es plenamente trasladable al trabajo de un grupo cuya matriz viene formada –entre otras cosas– por el conjunto de comunicaciones que se establecen entre sus miembros, ¿verdad? Cada miembro del grupo adquiere un grado de significación en buena parte a partir de la capacidad que dispone de establecer mejores y más flexibles comunicaciones con los demás. Los humanos –como todo ser vivo– establecemos constantemente redes de comunicación y de sus características dependerá buena parte de la salud de este individuo.

Castells introduciéndose en las neurociencias de la mano de Damasio  señala que «La comunicación se produce activando las mentes para compartir significado. La mente es un proceso de creación y manipulación de imágenes mentales (visuales o no) en el cerebro. Las ideas pueden verse como configuraciones de imágenes mentales. Con toda probabilidad las imágenes mentales se corresponden con patrones neuronales  Los patrones neuronales son configuraciones de la actividad en las redes neuronales. (…) [estos] patrones neuronales y sus correspondientes imágenes ayudan al cerebro a regular su interacción con el cuerpo propiamente dicho y con su entorno» (Ibídem:192). Para él, la mente es en realidad un proceso –pensamiento que no es lejano al de muchos psicoanalistas relacionales– y como tal proceso es un generador y al tiempo sostenedor de contenidos y significados. Estos significados, sus contenidos y, añadiría yo, los afectos concomitantes a ellos construyen redes dinámicas de relaciones internas que en cierta manera se corresponden con las externas. Señala Castells que «las redes de asociaciones de imágenes, ideas y sentimientos que se conectan con el tiempo constituyen patrones neuronales que estructuran las emociones, los sentimientos y la conciencia. Así pues, la mente funciona conectando en red modelos cerebrales con modelos de percepción sensorial». Dichas redes son –en mi opinión– la expresión de las diversas estructuras relacionales que se establecen con el entorno que forman, a su vez, nuevas y dinámicas estructuras internas. Creo que posiblemente la idea de estructura no sea la más adecuada a menos que la consideremos – como creo que es realmente– la expresión de constelaciones dinámicas de relaciones externas e internas en constante modificación.

Estas estructuras precisan de un organizador básico que es el Yo, elemento central que va enriqueciéndose a partir de las experiencias cotidianas de relación consigo mismo y con el entorno (en especial las personas que lo constituyen). En este sentido Castells alude a Damasio quien ha demostrado la importancia de las emociones y de los sentimientos en el comportamiento humano. En este sentido hay que considerar que las emociones «son modelos diferenciados de respuestas químicas y neuronales al detectar el cerebro un estímulo emocionalmente competente» (Ibidem:195), siendo seis las emociones básicas: miedo, asco, sorpresa, tristeza, alegría e ira. Estas emociones tienen como finalidad orientar al Yo para matizar sus respuestas utilizando la información acumulada en sus estructuras internas, respuestas que generarán nuevas experiencias y que quedarán integradas dentro del propio sistema mental. El lenguaje es el sistema que disponemos para poder acceder, expresar y modificar aquellos contenidos que bajo la forma de estructuras relacionales internas van constituyendo nuestro sistema mental.

La comunicación es uno de los elementos básicos, desempeñando un papel fundamental para activar las redes neuronales correspondientes en el proceso de toma de decisiones. Uno de los mecanismos mediante los que se activa es el derivado de la actividad de las neuronas espejo. Dicho sustrato cerebral es responsable de aspectos como la empatía y la imitación, y mediante ellas, el sujeto es capaz no solo de reproducir sino de captar la intencionalidad del otro, estableciéndose en consecuencia, lazos de vinculación que van más allá de hipótesis conceptuales. Existe la evidencia de que «se activan las mismas redes neuronales cuando siento miedo y cuando veo que otro lo siente, o cuando veo imágenes de personas que sienten miedo o sucesos que provocan miedo. Además, los procesos de simulación generados por los patrones activados por las neuronas espejo ayudan a construir el lenguaje, pues facilitan la transición de la observación y la acción a la representación general, es decir, el proceso de abstracción. La capacidad de abstracción introduce la expresión simbólica, origen de la comunicación mediante el lenguaje. Los efectos de las neuronas espejo y sus patrones neuronales activados ayudan a la mente a representarse las intenciones de los demás». (Ibidem 201). Ramachandrán en su momento dará cuenta de procesos de comunicación que van más allá de la actividad de las neuronas espejo.

Con todos estos elementos –y muchos otros que dejo en el tintero– vamos comprendiendo la complejidad de las interrelaciones, el valor de las interdependencias y el del poder asociado a toda relación con los demás y el medio.  Considero, pues, que la inclusión de las aportaciones de la sociología y más de aquella que es capaz de articularse con las neurociencias, enriquece nuestro trabajo como grupoanalistas.

 

[1] Traducción del autor.

[2] Traducción del autor.

[3] Traducción del autor.

[4] Traducción del autor.

 

[i]García Martínez, A.N. (2011). Algunos fundamentos eliasianos para la teorización grupoanalítica Eliasian Foundations For The Group–Analytic Theory. Teoría y práctica grupoanalítica 1(2):405-18

 

[ii] Castells, M. (2009). Comunicación y poder. Madrid: Alianza Editorial

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