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Domingo, agosto 20, 2017
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43) ¿Habría alguien que pudiera poner orden o establecer puentes entre posiciones? 

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43) Muchos autores, ¿no? El abanico que me has explicado es muy amplio y lo que veo es un movimiento progresivo hacia la consideración de la relación como eje a partir del  que nos constituimos y, simultáneamente, formamos a nuestro entorno. ¿Habría alguien que pudiera poner, no sé si orden o que estableciera puentes entre unas posiciones y otras?

Mira, Lola, reconozco que me he metido en un berenjenal del que espero poder salir sin demasiadas heridas. Y, si lo hice es porque, en esta revisión de las preguntas que me hiciste y contesté hace unos años, he observado serias carencias que urgía corregir; pero también porque en los años que median entre aquella primera publicación de la entrevista y ahora he tenido la ocasión de profundizar más en algunos aspectos en los que antes no lo había hecho. Todo es una evolución, claro.

Uno de las actuales referencias psicoanalíticas, O. Kernberg, me sedujo particularmente. Leerlo me ayudó a entender de otra forma lo grupal, lo que ahí sucedía, sin tener que renegar de casi nada de lo que había aprendido. Creo que un breve paseo por su obra nos puede ayudar a todos.

Otto Kernberg (1928-) nació en Viena y tuvo que emigrar a Chile en 1939 a raíz de todo el movimiento nacionalsocialista y la anexión de Austria por parte de los alemanes. Ya en Chile, estudió, primero biología y luego medicina y psiquiatría. Recibió una fuerte influencia del director del departamento de Psiquiatría de la Universidad de Chile y creador del Instituto de Psicoanálisis de la Sociedad Chilena, I. Matte-Blanco, y tuvo la oportunidad de desplazarse a los EEUU en 1959, en donde siguió su formación. Según Mitchell, «fue el extraordinario sistematizador del psicoanálisis contemporáneo. Su proyecto fundamental (1975, 1976, 1980, 1984) ha sido reunir de una manera genuinamente integrada y comprehensiva las características más importantes de la teoría tradicional de las pulsiones y el modelo estructural de Freud, las teorías de las relaciones objetales de Klein y Fairbairn y la psicología desarrollista de la psicología freudiana del yo, en particular el trabajo de Jacobson sobre las formas patológicas de las identificaciones tempranas […] ha sido también una figura clave en la exploración de la personalidad del analista y de la relevancia de las experiencias intensamente emocionales que este realiza en el proceso analítico» (2004:274).

En efecto,  siguiendo a Barreira, «el mayor éxito de la obra de Otto Kernberg consistió en conciliar aspectos esenciales de diferentes líneas del psicoanálisis y de la psiquiatría. Su obra articula con solidez diferentes desarrollos del psicoanálisis: 1. De Freud toma la teoría tradicional de las pulsiones (las tres teorías pulsionales) y su modelo estructural (segunda tópica); 2. De Melanie Klein y Ronald Fairbain toma las teoría de las relaciones objetales; 3. De la psicología freudiana del yo (Ego psychology), toma la perspectiva desarrollista (en particular la consideración de Jacobson sobre las formas patológicas de las identificaciones tempranas) (Kernberg, 1987, Mitchell, Black, 2004). 4. De la psicopatología psiquiátrica su interés por armonizar las nosografías de la psiquiatría tradicional con el psicoanálisis» (Barreira, I. 2013[i]).

Kernberg considera que «Edit Jacobson tuvo una gran influencia en sus criterios teóricos y clínicos; en más de un sentido, mi modelo teórico se basa en el modelo de desarrollo formulado por ella en su libro The self and the Object World» (1998[ii]:13). Jacobson «afirmó que nuestro nacimiento psicológico no coincide con el nacimiento físico» (Mitchell, 2004:275), lo que genera un ritmo mucho más lento en lo que conlleva la idea de la propia identidad, en el dominio de las relaciones con los demás y consigo mismo y potencia, o al menos mantiene, un grado de simbiosis con la madre –nueve meses de vínculo intrauterino no pueden diluirse sin más– que no deja de condicionar toda su vida. Jacobson opinaba que, «por un largo período de tiempo, el infante experimenta las capacidades cognitivas y recursos físicos de la madre como si estuvieran dentro de los límites de su propio self. Solo en forma gradual, se articula un self separado […] cuando las capacidades del yo del niño maduran y se desarrollan haciendo posible una diferenciación respecto de la madre» (Mitchell, ibídem:275).

Su teoría de la personalidad se apoya en el concepto de estructura mental de Freud (Freud, 1923b, 1924b) proveniente de la segunda tópica, en la cual integra por un lado la segunda teoría pulsional, Eros- pulsión de muerte, y por el otro divide el psiquismo en las instancias de yo, ello y superyó. De los psicoanalistas del yo, en especial Hartmann y Rapaport, adopta el concepto de yo, formado por “estructuras lentamente cambiantes o configuraciones que determinan la canalización de procesos mentales y los umbrales de activación de estos procesos”. Siguiendo la línea del pensamiento estructural, plantea también que el complejo de Edipo es un factor organizacional de la mente que subsume las experiencias de las etapas más tempranas (Quiroga, S. E., Castro, A., Fontao, M. I., 2003[iii]:191)

Por lo que he podido saber, «su obra se caracterizó por el intento de integración en la teoría psicoanalítica de las vertientes instintiva, del ego, de las relaciones objetales y del desarrollo y dio esbozo a la psicología del self» (Ferrández[iv] 2014). Para él hay dos tareas fundamentales en el desarrollo del ser humano. La primera es la clarificación psíquica de lo que es uno mismo y el otro. Si eso no se logra satisfactoriamente no emerge un sentimiento de self como elemento separado del otro. Es decir, la imagen de sí mismo en relación con el objeto no se diferenciaría de la imagen del propio objeto.  La segunda tarea será la superación de la escisión que se realiza entre los objetos, las imágenes de sí mismo en relación con esos objetos, dependiendo de la valencia afectiva que les acompañan: buenos o malos. La superación de esta escisión necesaria durante los primeros meses de desarrollo, conlleva la posibilidad de ver al objeto y verse a sí mismos como elementos unificados, objetos enteros. Los fallos en esta segunda tarea conllevan diversas formas de patología fronteriza.

La visión que capto del desarrollo de Kernberg parte de la idea de que el recién nacido debe pasar de un estado de indiferenciación en el que todo el ser está sumido a impulsos, a formas de energía biológica y que irán posibilitando la emergencia de las estructuras endopsíquicas. Dicho desarrollo pasa por un mecanismo esencial, la introyección que, para él, «son estructuras psíquicas independientes originadas fundamentalmente en funciones autónomas primarias (percepción y memoria) a medida que éstas se vinculan con relaciones objetales tempranas» (24).  Es decir, lo que va percibiendo a través de los sentidos –incluiría ahí la motilidad– queda registrado en la memoria. Esto entiendo que son las primeras unidades (término que emplea Kernberg) que de alguna manera van sentando las bases de lo que luego serán las estructuras psíquicas. Señala que «las primeras introyecciones totalmente desarrolladas probablemente representan a estas unidades en su forma más pura, reflejando por lo tanto la unión de un afecto, una imagen objetal y una autoimagen relativamente simples» (:25). Fíjate que aquí, ya en los primeros momentos, aparecerían unas primitivas unidades y quiero pensar que ya están presentes en el momento del parto: las experiencias de las reacciones del bebé antes de nacer ante estímulos procedentes de la madre o del mundo exterior deben registrarse de alguna forma a partir del momento en que las bases neuronales del cerebro son capaces de registrar los estímulos que le llegan. En efecto, Kernberg ya nos indica que ciertas estructuras yoicas y las funciones «vinculadas a ellas existen desde el comienzo de la vida (y un poco antes, creo yo) […].  Esos núcleos están constituidos por las fusiones de introyecciones positivas similares, que desempeñan la esencial función de dirigir la organización de la percepción, de la memoria e, indirectamente, de otras funciones yoicas autónomas como las descritas por Murphy (1963): el nivel general de la actividad psicomotriz, el control de las dilaciones, la orientación y el planteamiento de actividades, la flexibilidad de los desplazamientos de la atención, la diferenciación de todo tipo de estímulos y la integración de la experiencia y actividad» (30).

Pero, fíjate también, en el tripartito formado por el afecto, la imagen objetal y la autoimagen. Esto me parece importante.

Kernberg señala que «la introyección (…) es la reproducción y fijación de una interacción con el medio, a través de una conjunción organizada de huellas mnémicas en la que participan por lo menos tres componentes: 1) la imagen de un objeto, 2) la imagen de sí-mismo en interacción con ese objeto, y 3) el matiz afectivo de la imagen objetal y de la imagen del sí-mismo bajo la influencia del representante instintivo actuante en el momento de la interacción. Y en este punto indica que eso es un mecanismo de crecimiento del aparato psíquico que el yo utiliza, también con fines defensivos. Aceptando que, como señaló Jacobson, en las primeras introyecciones no existe una diferenciación entre imagen objetal e imagen de sí mismo (Jacobson, 1964)» (:25).

Cuando habla de matiz afectivo de la introyección, en realidad, se refiere a la «valencia activa que determina la fusión y organización de introyecciones de valencia similar»(:26), lo que dará pie a la organización de tramas o lazos que articularán, en un primer momento, valencias similares entre sí.  Es más, facilita que las imágenes de sí mismo se alíen o establezcan vínculos con otras imágenes de sí mismo con igual valencia, o imágenes de objeto con otras imágenes de objeto del mismo matiz afectivo.  Ello va a ir facilitando la creación de una tupida red que se amplía y se va haciendo más y más compleja a medida que va madurando.

Siendo las introyecciones la forma más primitiva, podríamos considerar que acaban siendo como las precipitantes en torno a las que se van constituyendo los núcleos yoicos. Pero, ¿cuándo aparece la primera estructura yoica en el sentido freudiano? podrías preguntarte, y Kenberg te contesta: «en el momento en el que las introyecciones son utilizadas con fines defensivos, específicamente como parte de una temprana organización defensiva contra la ansiedad abrumadora» (:30). De esta forma va describiendo la secuencia de elementos que irían constituyendo el aparato psíquico. Las introyecciones, cuando el sujeto comienza a tener una determinada madurez que le posibilita diferenciar los roles de quienes le rodean, pasan a ser identificaciones. «La identificación es una forma superior de introyección que puede tener lugar cuando las capacidades perceptiva y cognitiva del niño se hayan incrementado lo suficiente como para poder reconocer los roles en la interacción interpersonal» (:26). Más adelante y partiendo de la base de los procesos madurativos propios del desarrollo, llegaremos a una tercera fase, la de la identidad del yo: «el nivel más alto de organización de los procesos de internalización (…) la identidad del yo se refiere a la organización general de las identificaciones e introyecciones bajo el principio orientador de la función sintética del yo. Esta organización implica: a) la consolidación de las estructuras yoicas relacionada con un sentimiento de continuidad del sí mismo. B) una coherente concepción global del mundo de los objetos, resultante de la organización de las imágenes objetales que formaban parte de las introyecciones e identificaciones, y c) el reconocimiento de esta coherencia en las interacciones como característica del individuo por parte de su ambiente interpersonal» (:27).

En un momento del desarrollo –en torno al octavo mes– la criatura comienza a ser capaz de unificar tanto las imágenes de objeto con valencias opuestas, como las de sí mismo en relación con el objeto de valencias, también, opuestas. Eso posibilita, en caso de hacerse correctamente, la organización de un mundo de objetos unificado y una percepción de sí mismo unificada. Ahora bien, esa tonalidad afectiva viene también coloreada por los sentimientos de amor y odio que se experimentan en la relación con el objeto. Este hecho hace que considere que, en la relación psicoterapéutica, esa ambivalencia de amor y odio se traslada e instala en la transferencia con el profesional, lo que le permite desarrollar un modelo de intervención basado, entre otras cosas, en el análisis sistemático de los elementos transferidos sobre el analista de forma que el paciente vaya haciéndose consciente de lo que él genera y activa en la relación con él analista.

Y en tanto que, para Freud, el yo busca el objeto gracias a la pulsión que es puramente constitucional, Kernberg, sin negar la constitucionalidad, incluye también la necesaria forja del otro, de la relación con el otro. Eso le coloca, como puedes ver, en el plano relacional.

Más adelante, Kernberg propone cinco etapas evolutivas: una primera etapa denominada de autismo normal o período indiferenciado primario;una segunda etapa llamada de simbiosis normal o período de representaciones primarias indifereciadas sí-mismo–objeto; una tercera a la que llama, diferenciación entre las representaciones del sí-mismo y las representaciones objetales;una cuarta que es la integración de las representaciones del sí-mismo y las representaciones objetales y el desarrollo de las estructuras intrapsíquicas superiores derivadas de las relaciones objetales, y una quinta a la que llama de consolidación de la integración del superyó y el yo(:49-62).

Más allá de la dificultad que puede haber en la lectura de  los textos de Kenberg, creo que sus aportaciones permiten encontrar una vía de unificación entre diferentes visiones y aportaciones provenientes de escuelas del pensamiento psicoanalítico. Y me permiten considerar las bases de lo que para mí son las interdependencias vinculantes que es lo que establece la matriz de las interrelaciones personales.

 

 

[i] Barreira, I., (2013). Elementos teóricos en la Obra de Otto Kernberg Teoría de la psiquiatría dinámica y el psicoanálisis. apra.org.ar/revistadeapra/pdf/elementos-teoricos-en-la-obra-de-kernberg.pdf. Bajado en abril 2016

[ii] Kernberg, O. (1998)[1977]. La teoría de las relaciones objetales y el psicoanálisis clínico. Barcelona: Paidós

[iii]Quiroga, S. E., Castro, A., Fontao, M. I., (2003). La evaluación de la estructura de la personalidad: adaptación argentina del inventario de organización de la personalidad (ipo). Subjetividad y procesos cognitivos.  188-219

[iv] Ferrández, M. (2014). Aportaciones de Edith Jacobson a la psicodinámica de la depresión. Aperturas Psicoanalíticas (46).

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