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Domingo, agosto 20, 2017
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42) ¿Dirías que el grupoanálisis es más relacional que otra cosa? 

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terapia grupal

42) ¿Estás insinuando que en el nivel grupal, y grupoanalítico, que es tu posición, el elemento central se sitúa también ahí? ¿Dirías que el grupoanálisis es más relacional que otra cosa?

Bueno, Lola, no me atrevería a decir tal cosa y menos a dejarla tan claramente dicha en un texto sin una mayor profundización y reflexión sobre mi propio pensamiento. Sé que no pienso lo mismo que pensaba hace tiempo y que, por lo que voy comprobando, los planteamientos grupoanalíticos no son, afortunadamente, monolíticos. Cada uno se va colocando donde cree que debe hacerlo y lo que su experiencia personal y profesional le ha ido posibilitando, aconsejando y, a la postre, ubicando. No descarto, incluso, que, los posicionamientos de algunos  guarden mucha relación con su ubicación en el mundo profesional. Pero, dejando eso de lado, pienso que hay mucho de relacional o incluso más: que lo relacional es básico en el planteamiento grupoanalítico. Hay autores que nos pueden ayudar a ir definiendo qué es eso y cómo lo podré utilizar para explicar mi posición actual siempre que parta de la idea básica: el grupoanálisis bebe del psicoanálisis y de otras aportaciones como la sociología, la psicología de grupo, las neurociencias… Lo grupal y lo individual, siendo muy similares, no son lo mismo, claro. De entrada, te propongo ahondar un poco en el pensamiento de tres autores que me parece que, junto a Sullivan, encarnan la base de lo que es relacional: Fairbairn, Winnicott y Mitchell. Y si el primero sorprende, el segundo –uno de mis preferidos– acompaña de una forma que permite entender lo que realmente se mueve detrás de una relación, mientras que al tercero, quizás lo debamos considerar como básico, ya que pone, todavía más, el acento en los elementos relacionales en la construcción del individuo y en los que emergen en cualquier espacio psicoterapéutico. Pero vayamos ahí.

Mira, en la introducción a la teoría relacional Aron, L. (2001[i]) se pregunta qué es realmente esa corriente, más allá de ser una alternativa dominante a la teorización clásica, que desafía, en cierto modo, la epistemología positivista. A su entender, todo ello parte de las aportaciones revisionistas de H. S. Sullivan, E. Fromm, así como de K. Horney, F. Fromm-Reichman y C. Thomson, que han permitido una enriquecedora alternativa a la visión psicoanalítica. ¿Y cuál es la alternativa?, me dirás. ¿Recuerdas lo que decíamos de Sullivan? Ponía el acento en la realidad relacional, subrayando que lo importante eran las interacciones que se daban entre las personas; e incluso proponía que el recién nacido captaba la angustia de la madre y quedaba como contaminado por ella. Pues bien, lo relacional es aquel planteamiento que se aleja totalmente de la consideración de la pulsión como motor básico que activa la construcción de la psique (aun sin negarla) a través de la búsqueda de la satisfacción. Es un motor para conseguir el vínculo, la unión con el otro. Es decir, para el planteamiento relacional, lo básico sería la creación de los vínculos y que éstos son los que constituyen eso que llamaríamos psique. Nuestro sistema psíquico sería la resultante de la adquisición de patrones, pautas, estructuras relacionales, afectivas y simbólicas que están en el mundo social en el que nos encontramos. Porque ese mundo no estaría formado por objetos, sino por objetos en relación con otros objetos, es decir, personas en relación con personas formando estructuras simbólicas, relacionales, afectivas, con las que nos constituimos como seres en este mismo entramado de relaciones. Por lo que no solo introyectamos objetos, sino también las estructuras relacionales, afectivas y simbólicas a las que están enlazados. Esto es lo que pienso.

Clásicamente, –y, en esto, Freud y Klein coinciden–, lo que importa es el mundo interno del individuo, en el que hay un debate entre esas presiones provenientes de la propia biología que llevan al individuo a un determinado fin u objetivo. Y, por lo tanto, buscan un objeto gracias al cual ese empuje –la pulsión– alcance su objetivo, lo que le aporta la consiguiente satisfacción; y eso sería lo que –según Freud– busca el sujeto: algo en el exterior que sea el objeto a través del que obtenga una determinada satisfacción pulsional. El objeto es, básicamente, externo. El sujeto que es objeto para el otro, no es más que eso, el objeto a través del que puedo descargar mi libido. ¡Yo no soy un objeto!, se oye o se lee con frecuencia al ver determinados comportamientos humanos. Pero tratar al otro como objeto de satisfacción, aspecto que no podemos dejar de repudiar, tiene algo entendible desde un punto de vista freudiano.

Por su parte, Klein priorizó el mundo interno sobre el externo. Pero, para ella, lo que busca el sujeto no es tanto la satisfacción cuanto la unión con ese objeto. Una unión entendida fundamentalmente como unión interna, en el mundo interno –más allá de su correspondencia con el mundo externo‒. Y es interno en tanto que Klein consideró que el ser humano tiene un preconcepto de ese objeto, algo que intuitivamente guía al sujeto para establecer una relación con ese objeto, intuido previamente. Es como un aspecto vinculado a su propia naturaleza, un elemento arcaico. Quizás, muy semejante a lo que, para Jung, son los arquetipos. Los lazos de unión del Yo con esos objetos internalizados le constituyen como también lo hace su estructura superyoica. La del Ello ya le venía de fábrica.

¿Cuál es la alternativa a estos dos planteamientos? Recuerda que Sullivan puso el acento en la relación con la persona, que era quien, por ejemplo, inducía ansiedad o bienestar en él. Ferenczi, en su planteamiento rupturista, planteaba una relación real con el paciente a través de la que se reestructuraran determinadas experiencias que fueron patogénicas en su momento; es decir, que hubo un momento en el que esas experiencias tuvieron buena parte de real y no solo de fantasía. Así pues, parece que, paso a paso, vamos acercándonos al mundo real que nos rodea. En este sentido, se precisa un paso para que esa relación con el objeto interno fuera también con el representante de ese objeto en el mundo exterior. Y ahí entramos en un nuevo planteamiento en el que el objeto interno se convierte en un objeto más externo. O si quieres, tan externo como interno. Ahí juegan mucho los autores que se colocaron en la zona intermedia entre A. Freud y M. Klein, los denominados independientes. ¿Era novedad? Quizás es la lógica evolución que va paralela a la del pensamiento occidental.

Aron nos habla del texto de Greenberg y Mitchell (1983), quienes subrayan que las satisfacciones sólo van a ser colmadas en el contexto comunitario, en el de la relación con el otro. Ahora bien, ¿qué significa relacional? Porque como recordarás, Ferenczi ya planteaba algo relacional en la situación analítica (el concepto de mutualidad, por ejemplo) y en su momento también lo planteó Sullivan, ¿no?  Quizás la idea todavía no está suficientemente clara y esto es lo que trata de delimitar Aron (2004). Así, cuando se pregunta ¿cuál es la teoría relacional? (:15), verás que hace un recorrido por varios autores, y que el acento que se pone no siempre coincide entre ellos ya que para cada uno el acento o tiene intensidades o importancias diferentes o se coloca en un punto diferente. Te cito, a modo de ejemplo, a dos de ellos.

Aron recoge una cita de Ghent (1992), en la que señala que «no existe algo llamado analista relacional; lo que hay son analistas cuyo bagaje profesional puede variar considerablemente, si bien comparten una serie de cosas como el interés por las relaciones humanas y el papel que juegan en la génesis del carácter, de la psicopatología, así como el que tienen en la práctica psicoterapéutica […] Lo que tienen en común es el interés tanto en el mundo intrapsíquico como en el interpersonal, si bien el primero es visto como la formación derivada de la internalización de las experiencias interpersonales mediatizadas por aspectos de la biología. Los relacionales también tienden a compartir la opinión de que la realidad y la fantasía juegan un rol importantísimo en las interacciones humanas tanto del mundo externo como del interno, tanto el interpersonal como el intrapsíquico» (Aron, 2001:16).

Pero también recoge la diferente visión de otro «relacional» como lo es Mitchell (1946-2000), que indica que el elemento básico de la vida mental son las relaciones con los otros y no las pulsiones. Y lo  argumenta afirmando que «la unidad básica de estudio no es el individuo como entidad separada, cuyos deseos chocan con la realidad externa, sino un campo interaccional en el que el sujeto se muestra y se esfuerza por establecer contactos y articularse con los demás. El deseo ahí se experimenta siempre en el contexto de la interacción, siendo ésta la que define su significado. Desde esta perspectiva la mente está compuesta por configuraciones relacionales. Al individuo sólo se le puede comprender en el entramado de las relaciones, pasadas y presentes. La investigación analítica implica una participación y una observación, un descubrimiento y una transformación de estas relaciones y sus representaciones internas» (Aron: 17). Personalmente me siento muy cómodo en esta segunda posición, ya que se asemeja a la mía.

Parece que al hablar de relacional las miradas se dirigen a Fairbairn (1889-1964), quien, en palabras de Rodríguez Sotil[1] (2013[ii]), es «el primero que inaugura formalmente el paso de una mente constituida por impulsos y defensas a una mente de configuraciones relacionales, configuraciones que se componen de versiones del self en relación con los objetos y de los objetos en relación con el self» (2013:45). El mismo Rodríguez (2003[iii]) lo considera como un antecedente directo de la teoría de las relaciones objetales (Kernberg), del psicoanálisis vincular (Pichon Rivière, Bleger, Kesselman) y de las formas más sofisticadas de psicoanálisis interpersonal o intersubjetivo actual (Mitchell, Stolorow).

Por su desarrollo conceptual, Fairbairn (1889-1964) estaría ubicado en el grupo independiente, es decir, el que agruparía a quienes no se afiliaban ni a los planteamientos de Anna Freud ni a los de Melanie Klein y que estaba formado por él mismo ypor Balint, Winnicott, Guntrip y Bowlby (Mitchell, 2004[iv]; Aron, 2001[v]). No es que fuese un grupo como tal, pero sí agrupaba a estos autores que no se inclinaban ni por una ni por otra, y fueron capaces de desarrollar un pensamiento más autónomo. Quizás, el elemento clave era la consideración relacional en la creación de la psique del otro. Fairbairn fue considerado, junto con Guntrip, como el más herético en tanto que se mantuvieron alejados desde sus inicios de la ortodoxia.

S. Fairbairn propuso una comprensión que no seguía el cartesianismo típico de Freud y Klein y, en cierto modo, está en la línea que seguirán Mitchell (a quien influyó notabilísimamente) y Stolorow. Codosero (2016[vi]) dirá de que Fairbairn aportó una obra de gran originalidad; [y] aunque nunca rompió con el pensamiento freudiano, siempre estuvo en contra de las concepciones energéticas de los impulsos en psicoanálisis, y propuso una teoría alternativa a la motivación humana. Parece ser que, tras su experiencia durante la guerra, se preguntó ¿por qué los niños que habían sido separados de padres que les maltrataban les seguían queriendo? Menuda pregunta, ¿verdad? Y ampliable a otras muchas situaciones en las que la violencia y el maltrato está presente. Porque si el objeto al que amo no me satisface, pero sigo fiel a él (más allá de considerar que igual me satisface elementos masoquistas), será por algo más, ¿no? Entonces tendremos que considerar que algo hay en eso que llamamos relación que es mucho más vital que el grado de satisfacción que produce. Igual hay que pensar que la libido no busca tanto la satisfacción cuanto la unión con el otro. Este podría ser el arranque de la filosofía de Fairbairn.

Piensa que recibió su entrenamiento psicoanalítico en el seno de la British Psychoanalytical Society, en un momento en el que la pugna entre Klein y A. Freud estaba muy activa; pero vivir lejos de la city tuvo sus ventajas –como le sucedió a Foulkes– y es que estar alejado de estos terremotos y de las «lealtades invisibles[2]» que conllevan, le posibilitó andar por una senda más personal, menos sujeta a las críticas.

Propuso una solución diferente al problema de la compulsión de repetición, una explicación diferente de la adhesividad de la libido. Y cuestionó la premisa de Freud en el sentido de que la motivación fundamental de la vida fuese el placer, y propuso un punto de partida diferente: la libido no busca el placer, sino que busca el objeto(Mitchell 2004:193), lo que causó un auténtico revuelo. Por retomar una frase dicha al principio, con Fairbairn ya no cabría la idea de «hombre objeto», por ejemplo. Lo que importa es la relación que se establece con él y con el entramado estructural en el que se halla inmerso –entendiendo como tal objeto, no solo un sujeto sino una idea, un afecto, un símbolo, etc.‒ . El ser humano es aquí no tanto un objeto (en oposición a la idea de sujeto) sino que es un objeto que es sujeto al mismo tiempo; un objeto activo en último término. Esto es lo que le coloca en el universo relacional, ya que, si esto lo vemos desde este ángulo, la preocupación del ser humano sale de sí mismo, de su propia satisfacción, para vincularse al otro, para relacionarse con él, participar de sus estructuras relacionales –no confundir con sus relaciones sociales– sus estructuras afectivas, simbólicas, etc.

Es verdad que ahí se plantean muchas dudas porque –y no niego que sean mis propias resistencias a la novedad– en esta relación algo queda interiorizado. Al parecer, se interiorizarían estructuras relacionales. Pero estas estructuras interiorizadas, es decir, internalizadas, ¿derivarían de la internalización previa de los objetos del mundo exterior que organizan internamente nuevas estructuras a partir de otras estructuras internas previas y que las condicionan? ¿O derivarían de las estructuras relacionales existentes en este mundo y que de alguna forma se internalizan, se introyectan formando estructuras que reproducen las del mundo externo? ¿Estamos hablando de dos subjetividades que se relacionan creando un espacio intersubjetivo, o estamos pensando en que se crea una nueva entidad relacional? En mi opinión, se crearía una nueva entidad –recuerda, homines aperti– y dicha realidad conlleva que lo interno es externo y viceversa.

Fairbairn fue animado a establecer contacto con M. Klein quien le supervisó durante bastantes años. Eso hace pensar que su influencia debió de ser grande y según Mitchell, «a partir del material conceptual tomado de Melanie Klein y en particular de las nociones kleinianas de objetos internos y relaciones objetales internas, construyó su propia teoría de las mismas» (2004:195), siendo el resultado una forma de entenderlo muy diferente. Por ejemplo, para Klein –como hemos visto– los objetos internos eran representaciones internalizadas del mundo exterior que siempre estaban ahí. Es decir, mediante los procesos de identificación, introyección, identificación introyectiva, etc., se reproducía o se generaba en el interior del sujeto un mundo paralelo al mundo exterior, mundo interno que vendría contaminado por la activación de fantasmas, fantasías que nos acompañan toda la vida: lo que percibimos activaría en nosotros toda una variedad de imágenes buenas y malas que eran independientes de si en la realidad exterior tenían este matiz afectivo y, a tenor de ello, las relaciones que mantenemos con el mundo provienen del cristal a través del que lo miramos, como dice el dicho.

Considera nuestro buen amigo Fairbairn que «el niño tiene una orientación hacia fuera, dirigida hacia personas reales lo que le posibilita un contacto y un intercambio reales» (Mitchell, ibídem:195). Y, en cualquier caso, lo que se interiorizarían son las estructuras relacionales. Ahora bien, para él, «los objetos internos no acompañan de forma inevitable toda la experiencia, sino que sustituyen en forma compensatoria la cosa real» (Ibídem:196). Eso ya comienza a ser difícil de entender, ¿verdad? Mitchell dice que Fairbairn considera que en caso de que el mundo externo no atienda a las «necesidades, [es decir] si no se brindan las interacciones formativas que el niño busca, acontece un apartamiento de la realidad externa y se establecen presencias privadas (objetos internos) de tipo imaginario hacia las cuales se mantiene una conexión también imaginaria (relaciones objetales internas)» (ibídem:196). Para comprender el alcance de esta propuesta, detengámonos un momento.

Hasta ahora habíamos entendido que a través de nuestro aparato perceptivo recogíamos toda la información que nos llegaba procedente tanto del exterior como de nuestro propio organismo. Esta información quedaba registrada en la memoria (huella mnémica) e iba constituyendo –en el desarrollo de eso que venimos en llamar aparato psíquico– un mundo que, en cierta medida, era la reproducción del mundo exterior en tanto que esas huellas dejaban su rastro en cualesquiera de los subsistemas de nuestro aparato psíquico. En la constitución de ese mundo interno tenía mucho que ver la manera en la que reaccionaba eso que llamamos el Yo: los fantasmas que se le activaban y que luego se transformarán en fantasías, modelaban esas señales que, a través de nuestro aparato perceptivo, iban siendo como objetos (parciales o no). Y estos objetos, a partir de la experiencia afectiva que se generaban en el Yo, eran clasificados o etiquetados como buenos o malos. También estos objetos podían ser coloreados por el propio Yo, de forma que se colocaba en ellos un monto de libido –cuando con frecuencia se detecta un excesivo interés por algo– y esa «exagerada carga» confería a esos objetos una cualidad diferente. Recuerda que fue Ferenczi el primero que habló de introyección como ese mecanismo por el que quedan introducidos esos «objetos», y que esa introyección –al madurar las estructuras psíquicas– deviene identificación, que es una forma de vinculación con el otro (Kernberg).

Pues bien, para Fairbairn el proceso no sería exactamente así. Señala algo de Perogrullo: en ocasiones las «necesidades infantiles en el período de dependencia de la madre son frustradas. Esta frustración en gran medida procede de interferencias culturales en el vínculo madre-hijo» (Rodríguez, 2013:97). Y ahí viene la cuestión: «el niño establece los objetos internos como sustitutos y solución de relaciones insatisfactorias con los objetos externos reales [...] e introyecta el objeto malo o insatisfactorio»(Ibídem:97). Y esto lo entiende como una forma de proteger a las figuras reales. No niego que cueste entenderlo y hasta poder estar de acuerdo. Pienso en estas situaciones en las que cuando uno habla con alguien y ve que “no capta o entiende algo de lo que se le dice” –esto es, algo del objeto de conversación no puede ser asimilado por el otro– una de las formas que tenemos para facilitar tal asimilación es decir aquello de “debe ser que no lo sé explicar de otra forma” o “posiblemente son mis propias dificultades en explicarlo…”. Entonces, ¿qué estamos haciendo cuando decimos eso? Asumimos que esa parte frustrante del objeto en juego es de uno, no del otro. De esta forma lo que suele suceder es que ese otro puede captar mejor lo que le estás diciendo, porque al asumir uno la parte negativa del objeto se le libera al otro de esa carga, y lo entiende. Lo que uno ha hecho  –o eso creo yo– es hacer lo que señala Fairbairn: sacrificas tu seguridad interna (Rodríguez, 2013:98), para que el otro permanezca como objeto bueno. Eso hace que para Fairbairn los objetos internos no son ni primarios ni inevitables, sino sustitutos compensatorios de las relaciones insatisfactorias con los objetos reales, los objetos primarios “naturales” de la libido (Ibídem:98).  

Siguiendo el excelente trabajo de Rodríguez, sabemos que Fairbairn (1946[vii]) propuso cuatro postulados básicos:

  • una teoría dinámica de estructura psíquica (con lo que se aparta de Freud y Klein). Esta estructura estaría formada por a) un Yo central; b) un Yo libidinoso; c) un saboteador interno; y d) un objeto rechazante, y e) un objeto deseado.  El yo central sería una estructura primaria, el yo libidinoso nacería del yo central. El objeto interno es un elemento internalizado y, por lo tanto, de valor negativo –que se desglosaría en dos, por un lado su faceta rechazante y por otra, la deseante‒.
  • una idea básica: la actividad libidinal busca el objeto (con lo que se colocaría en lo relacional). Esa característica es la que permite y posibilita el vínculo con el otro –mundo real– y el mantenimiento de parte de ese vínculo.
  • emerge el valor de la dependencia; y
  • su teoría de la personalidad se asienta en términos de relaciones internas.

 

Mitchell también nos propone pasar por el concepto de represión de Fairbairn. Ya no sería una experiencia real cuyo recuerdo no se dejaba acceder a la consciencia (Freud) sino relaciones, lazos establecidos con características de los padres que no podían ser integradas en otras configuraciones relacionales. (…) pueden reprimirse también recuerdos e impulsos, pero no en primera instancia por ser de por sí traumáticos o prohibidos sino porque representan peligrosas relaciones objetales y amenazan ponerlas al descubierto (Mitchell: 197-8). Siguiendo esta hipótesis, la represión sería vista como un elemento de protección de aquellos aspectos del otro que representan un peligro para uno.

Por otro lado y en relación a la disociación del Yo, Fairbairn (Mitchell: 199) considera que es un fenómeno universal: el niño adquiere una semejanza respecto a las características insensibles de los padres (…) Es la absorción de esos rasgos patológicos de carácter la que lo hace sentirse conectado con el padre o la madre (…) esa internalización de los padres crea necesariamente una disociación del yo: parte del self permanece orientada hacia los padres reales en el mundo externo, y la otra parte del self es reorientada hacia los padres ilusorios como objetos internos con los cuales se relaciona (:200). Este pensamiento me hace pensar en algo que me lleva rondando hace tiempo: ¿qué debe vincular más, el elemento frustrante o el gratificante? En principio parece que es el segundo; sin embargo, en el elemento frustrante hay un punto de ligazón, un algo que parece indicar que es precisamente la parte no digerida, la parte no integrada de la experiencia frustrante, la que crea y mantiene –hasta su integración– el elemento vincular con el objeto externo. A esto habrá que darle vueltas, claro.

Finalmente, Rodríguez (2013) nos tras unas ideas en torno a la relación terapéutica que pueden servirnos como ayuda para entender un poco más la parte relacional de Fairbairn. Señala que cuatro son los factores implicados en la cura psicoanalítica: el insight, la recuperación de las memorias infantiles, la catarsis y la relación con el analista (2013:188). Esto es muy interesante porque están presentes como “factores terapéuticos”. Y nos trae una cita en la que se señala que la relación real que existe entre el analista y el paciente como personas, debe ser entendida constituyendo en sí misma el factor terapéutico de primer nivel (:188), y  ha de ser así porque proporciona al paciente una oportunidad, negada en la infancia, para emprender un proceso de desarrollo emocional en el marco de una relación real con una figura parental fiable y benéfica (ibídem:188). Esto a mí me gratifica, porque se acerca, creo, a cómo creo que deben ser las relaciones con los pacientes –con las personas en general; y esto conlleva abordar el tema de la transferencia, claro.

Este aspecto, el de la transferencia, no es fácil de abordar y ‒ ¿qué hacer con ella? ¿Cómo trabajarla? Rodríguez recoge la  opinión de Fairbairn de que «muchos analistas “dentro y fuera del círculo kleiniano” han adoptado la postura de interpretar predominantemente la transferencia, […] pero advierte si bien es este el método más indicado para el análisis de grupo, implica un importante alejamiento del método elaborado por Freud»(:190). Hablaremos en su momento de la transferencia –o mejor de los fenómenos transferenciales– en la situación grupal. Ciertamente, hay una gran diferencia cuando se establece la transferencia sobre alguien a quien no ves, sobre alguien de quien apenas tienes información real, que cuando estás trabajando cara a cara, lo que es habitual en la clínica. Sabemos que «por allá los años cincuenta Fairbairn ya rechazaba la utilización del diván, manifestando sus preferencias por el contacto cara a cara» (:201) y, al menos en mi experiencia, toda situación cara a cara hace más complicado el manejo y el trabajo de los elementos transferenciales. Estos aspectos los veremos más adelante cuando abordemos a T. Burrow, uno de los desarrolladores del concepto grupoanálisis.

En efecto, ya vimos con Ferenczi lo complicado de la situación: la dificultad por parte del profesional de deslindar lo que es personal de lo que correspondería a los elementos propios del trabajo analítico. Esta es una de las poderosas razones por la que los profesionales de la salud que nos dedicamos a ello, debemos pasar por nuestras propias experiencias analíticas. Y más trabajando en grupo, porque en esta situación todos nos vemos constantemente y, por lo tanto, el vínculo que se establece es mucho más poderoso en ambas direcciones: la creativa y la destructiva. Sólo mediante la construcción conjunta de la relación –algo que creo entender plantea Ferenczi y de forma similar, pero mucho más tamizada y hasta timorata, planteaba la parte radical de Foulkes– es posible una reestructuración interna y externa.

Otro autor que está vinculado con la corriente relacional es Winnicott (1896-1971). Ese genial pediatra y psicoanalista («soy un pediatra que saltó a la psiquiatría», escribió Winnicott, «y un psiquiatra que se aferra a la pediatría»), tuvo una considerable influencia de M. Klein de la que se fue separando tras años de ser supervisado por ella y, consecuentemente, integrando muchos de sus conceptos. No voy a negar que cuando se le lee, cuando uno pasea por sus escritos, lo que descubre es a un hombre plenamente comprometido con la relación asistencial. Una persona que cree que, en el fondo, todo ser humano busca cómo no ahogarse en las situaciones complicadas y complejas. La sintomatología no deja de ser una forma –más acertada o no– de seguir aferrado al vivir.

Leyéndole, uno tiene la impresión de que le quita hierro a la sintomatología, considerándola, sobre todo en el caso de los niños, como una expresión más de su búsqueda de desarrollo. Como forma de quitarle hierro, prefería llamar etapa de preocupación a la que otros (entre ellos, Klein) llaman posición depresiva, por ejemplo. O prefiere la idea de no integración a la de desintegración, ya que el segundo término adquiere una rotundidad mayor que el primero. Estos son meros ejemplos de quien en vez de agarrarse a los elementos psicopatológicos los ve como señales de evolución. Quizás la frase que en su momento pudo escandalizar, pero que resume bien su filosofía es «no hay cosa tal como un bebé, lo que existe es un bebé y su madre». Es decir, subraya el vínculo existente entre ambos, que es bidireccional afectando a uno o a otro extremo del mismo.

Para él, la base de todo está en la especial unión que existe entre el bebé y su madre: «Estoy defendiendo así la teoría según la cual la principal razón de que durante el desarrollo infantil la criatura, por lo general, aprenda a dominar su id (y el ego logre incorporarlo) estriba en el cuidado materno, en el que el ego materno complemente el ego infantil y le de fuerza y estabilidad» (Winnicott, 1975:45). Pero esta unión es compleja y va a estar sometida a una serie de tensiones que provendrán del natural deseo –y necesidad– de adquirir su autonomía. Según Winnicott, la unión del bebé con su madre le lleva a considerar que, en realidad, forman una unidad; que no hay un sujeto y un objeto –en terminología clásica– sino que sujeto y objeto forman una misma unidad. Esta unidad no es una cosa sola del bebé: la madre también está en este estado que podríamos llamar psicopatológico, pero real como la vida misma. Señala Winnicott que ya desde el tercer mes de embarazo, que es cuando la madre comienza a tener conciencia de la existencia de un hijo en su vientre, hay lo que llama «contracción», un progresivo estado en el que la madre, tanto desde el punto de vista físico como des del psíquico, va sintiendo la presión que supone tener un bebé. Eso le llevará progresivamente a un estado que denomina de «preocupación maternal primaria»,  que será clave para la facilitación del desarrollo del recién nacido.

Cuando nace la criatura hay –todos lo sabemos– una separación física de  la madre: tiene que respirar por sí mismo. Ese hecho, que es fundamentalmente físico, no viene acompañado en el tiempo por la separación psíquica. Ni por parte del recién nacido ni por parte de la madre. Podríamos pensar que forman una célula narcisista, una célula –de hecho, la primera célula de lo social– en la que hijo y madre, madre e hijo, forman una sola cosa. A ello contribuye la necesaria preocupación maternal primaria que no deja de ser un estado mental en el que no hay una membrana diferenciadora entre ella y su hijo, y que posibilita que todas sus necesidades queden cubiertas. O ella desee que así sea. Para Winnicott, este estado de preocupación  es un estado organizado que «podría compararse con un estado de replegamiento o de disociación, o con una fuga o incluso con un trastorno a un nivel más profundo, como por ejemplo un episodio esquizoide en el cual algún aspecto de la personalidad se haga temporalmente dominante»(Winnicott, 1981:407).

Y él bebé también desea que todo esté a punto. De hecho, podría hablarse de un estado de casi omnipotencia por el que todo deseo quedaría satisfecho. ¿Que tengo hambre? Viene la comida. ¿Que tengo frío? Me abrigan. Etcétera. Este estado de preocupación materna, en realidad, es un estado que se acerca a una situación psicótica sin serlo. Psicótica porque al romperse la membrana diferenciadora –cosa precisa para ser una célula narcisista– el estado mental sufre una cierta dilución, lo que puede sentir el bebé es lo que siente la madre y viceversa‒. Este estado –que no deja de ser un momento necesario para asegurarse la supervivencia del neonato– es el que garantiza, precisamente, que la vida siga (o al menos siga en condiciones lo más óptimas posible). Conlleva un incremento de la capacidad empática e intuitiva. Esto es cuidado. Nuestro autor nos dice: «la fundación de la salud mental de cada niño corresponde a la madre durante el período en que se preocupa del niño [...] por devoción. Es el rasgo esencial sin el cual la madre no puede hacer su aportación: una adaptación sensible y activa a las necesidades del pequeño; necesidades que al principio son absolutas [...]. Para tener éxito en esta misión no necesita ser inteligente(Winnicott, 1981[viii]:302).

Pero este estado inicial no dura siempre, afortunadamente. La madre, por muy volcada que esté en el bebé, no puede satisfacer todas sus necesidades ni todos los grados de necesidad que aquel pueda tener. Esto va generando, o va facilitando, la aparición de una brecha que anuncia la ruptura de aquella célula narcisista primaria. El yo del bebé comienza a percibir que hay un no-yo, como entidad. La madre, no en el plano racional, claro, pero sí en el anímico, comienza a constatar que hay un no-yo para ella. Esto es interpretado por Calzada (2009[ix]) como que «en todas las personas conviven un elemento masculino y un elemento femenino, pero de forma separada. El elemento femenino puro queda relacionado con el pecho (la madre en líneas generales) y en este sentido diremos que ambos quedan fusionados. El bebé se percibe a sí mismo fusionado con el objeto o percibe al objeto como una parte de sí mismo. El objeto es el mismo sujeto […](). El sujeto bebé, en realidad, es un objeto subjetivo cuyo proceso madurativo va a dar lugar a un sujeto objetivo» ( citado por Aguirre, 2015:5[x]).

En el proceso de separación, el bebé precisa de otra cosa: de sostén. En efecto, esta noción es de Winnicott y hace referencia a la capacidad que la madre va a desarrollar  para sostener el desarrollo de ese recién nacido y ofrecérsela: «al emplear en este contexto el término sostenimiento, no lo hago sólo para referirme al hecho físico de sostener a la criatura, sino que también me refiero al conjunto de condiciones ambientales que antecede al concepto de convivencia» (Winnicott:1975[xi]:49). El bebé va a necesitar de ese elemento de apoyo que le posibilite una transición adecuada hacia un estado de mayor autonomía.  Ese sostén proveniente de este elemento de apoyo va a suponer que el bebé con el paso del tiempo disponga del recuerdo de ese elemento que incide en su capacidad para ofrecer protección, dar apoyo moral y servirle de apoyo en cada momento de su desarrollo. Del sostenimiento, Winnicott dirá que «protege contra la afrenta fisiológica; toma en cuenta la sensibilidad epidérmica de la criatura [...] así como el hecho de que la criatura desconoce la existencia de todo lo que no sea ella misma; incluye toda la rutina de cuidados a lo largo del día y de la noche; sigue asimismo, los cambios casi imperceptibles que día a día van teniendo lugar en el crecimiento y desarrollo de la criatura; cambios tanto físicos como psíquicos»(ibidem:55) Y va a requerir que la preocupación materna vaya disminuyendo en intensidad, lo que le da a la madre una mayor autonomía respecto a su hijo. Ahora bien, ¿qué precisa el bebé en este estado de progresiva independización?

Aparece aquí un nuevo concepto: madre suficientemente buena. Fíjate que no es madre buena ni madre estupendamente buena, no, es «suficientemente buena». Eso significa que la madre va a tener que realizar un esfuerzo considerable como para poder ir dosificando las frustraciones del hijo con el fin de que ni sean tan leves que no posibiliten un aprendizaje, ni tan duras que lo paralicen. De esta forma, el recién nacido, que ya no lo es –ahora ya es un niño pequeño–, va a tener una garantía: la de que alguien se ocupa de lo que son sus angustias básicas –y ahí aparece la sombra de Klein– el temor a ser despedazado, a caer infinitamente por un precipicio, a no tener relaciones con los demás ni consigo mismo, a la desorientación, a las vivencias de soledad y aislamiento… Es decir, la capacidad anticipatoria, por un lado, y la de mantener una distancia prudente que permita que el niño –evidentemente no estoy hablando sólo del varón, claro– vaya pudiendo alcanzar niveles de autonomía cada vez mayores.

Pero hay otra cosa que precisamos. Ahí Winnicott se fija en algo que todos tenemos archisabido: todo niño precisa de objetos de los que no se separa apenas, que duerme con ellos, que los cuida como si fuesen parte de sí mismo. Y es que es así. Suele ser un muñeco de peluche; pero no necesariamente. Es un objeto que tiene un significado especial para él, que está investido –diríamos en jerga psicoanalítica– de afectos y significados propios. Esto también nos pasa a los adultos, ¿no? ¿Quien no tiene en casa, en ese cajón de elementos varios, un lápiz, una foto, un papel que no tienen valor alguno pero que cuidado con que alguien nos lo tire por inútil? ¿Y para qué lo precisa? Winnicott denomina a estos objetos, objetos transicionales. Son objetos que le permiten confirmar su pertenencia, su vínculo con alguien y, al mismo tiempo, ir avanzando en el proceso de autonomía respecto a los padres –en especial la madre‒. Pero no solo eso: ese objeto es en muchas ocasiones el blanco de las iras, o de los maltratos. Ese objeto es mordido, pegado, golpeado, tirado… y recogido, acariciado, besado. Ese objeto no deja de ser la representación de algo muy significativo y, a través de su uso diverso, va aprendiendo a canalizar los sentimientos afectivos y los agresivos. Y constatar que no pasa nada. Que el objeto sigue estando ahí –en el caso de que los padres no sean tan cazurros como para pensar que es una solemne tontería, claro‒. Estas cosas tienen que ver con el concepto del «uso de objeto».

Pero aún hay una cosa más en Winnicott.  Con ese objeto –y con muchos otros– el chaval juega. Y ¿qué es jugar? Jugar no significa otra cosa que crear cosas con los objetos con los que se juega, favoreciendo no solo la fantasía, sino  sobre todo la creación de un espacio de interacción entre el objeto y el sujeto en el que nada está necesariamente sujeto a las normas del pensamiento organizado. Es el lugar de la imaginación, el lugar de la creación, en el que la distancia sujeto-objeto posibilita la existencia real de uno y otro y, al mismo tiempo, negar la misma distancia. Es el espacio, en definitiva, de salud mental.

Evidentemente nuestro autor está atento a lo que podríamos llamar fallos en el desarrollo, centrando su interés en la capacidad de la madre –en algún momento tendremos que empezar a introducir al padre– para asegurar el crecimiento del bebé. Cuando éste detecta que no hay tal acompañamiento, que la ruptura en lo que fue la célula narcisista le lleva a un abrupto aterrizaje, lo que queda resentido es el self, el sí mismo, este aspecto de la psique que reúne los elementos de valoración de uno respecto a los demás. Ahí es cuando se crea el falso self. Esta creación interna tiene como misión proteger al self verdadero.

Finalmente, no quisiera dejar de lado la noción especular de Winnicott. Señala claramente que «en el desarrollo emocional individual el precursor del espejo es el rostro de la madre» (1979[xii]:147). La idea es evidente y muy sencilla. Cuando la madre y el recién nacido –y también más adelante– se miran, están jugando, están hablando, el bebé no deja de mirarla al rostro. Evidentemente, hay una infinidad de mensajes en las expresiones de su cara, las variaciones de la voz, la forma en cómo lo trata y lo manipula. Esto es información que el bebé va captando y archivando, lo que le permite hacerse una idea de lo que transmite y cómo eso que transmite es recibido por su madre. Es en esta devolución que el bebé se ve reflejado. Ese reflejo y lo que ve reflejado en él es lo que le permitirá ir adquiriendo una imagen de sí mismo en relación con los demás.

Finalmente, me gustaría resaltar que la posición de Winnicott, a mi entender, si bien coloca la relación con el otro (y en especial con la madre) como el elemento clave para comprender lo que sucede en el niño, se queda ahí. No expande ese elemento relacional mucho más allá. Es cierto que en las descripciones que hace de la relación asistencial, ésta adquiere una gran importancia en la comprensión del niño y en las que ese niño tiene con su entorno. Pero a mi entender, y a diferencia de Fairbairn y de quien nos sigue, Mitchell, no acaba de establecer un modelo en el que prime ese mundo relacional por encima del mundo subjetivo, interno del sujeto. Y esto es lo que vamos a poder ver en el siguiente autor, S. A. Mitchell (1946-2000).

¿Quién fue Mitchell? Para Liberman[3] (2014[xiii]), su obra «es la de uno de los representantes más lúcidos, a nuestro entender, de lo que hoy se conoce como “psicoanálisis relacional”» o para Marín (2014), «su producción académica lo llevó a ser uno de los principales gestores de la tradición relacional en psicoanálisis». Estas dos opiniones ya nos dicen mucho sobre el autor del que estamos hablando. Aron lo calificó de «constructor de puentes» (2005:27), lo que correspondería a una actitud personal ante todo lo de la vida.

Mitchell fue un buscador nato, un profesional que trataba de encontrar la forma de combinar los aspectos relacionales que le parecían mucho más válidos que aquellos modelos que se basaban en la pulsión, con los desarrollos que habían sido realizado anteriormente por, por ejemplo, los defensores de la teoría de las relaciones objetales. Me fue muy sugerente la cita que nos aporta Liberman (2014:57). Dice así:

«Todos los cuidadores, en virtud de su humanidad, inevitablemente fallan a sus hijos, cada uno en su modo propio. Así, las relaciones de objeto internas, que se refieren tanto a “malos” como “buenos” objetos, se generan a partir tanto de la intensidad de las pasiones infantiles como de la patología de carácter de los padres. Es necesario un enfoque de ambos, tanto padres como hijos, basada en la responsabilidad sin recriminación (culpabilización), que haga posible una visión más equilibrada del origen de la neurosis en la interacción entre las dificultades en el vivir de los padres y en las necesidades infantiles del niño, su comprensión inmadura de la realidad y sus lealtades primitivas» (Mitchell, 1981[xiv], p. 395).

En el año 1983[xv] publica el trabajo que había estado escribiendo con J. Greenberg  y que en opinión de Liberman (2014:34) jugó un papel muy importante en la modificación del psicoanálisis. A través del mismo «buscaban generar una modificación de la comprensión de la mente construida a partir de impulsos y defensas hacia una comprensión construida a partir de configuraciones relacionales. Intentamos mostrar las diferentes estrategias de enfrentar este cambio –desde las estrategias más conservadoras de acomodación (en la psicología del yo freudiana) a estrategias más radicales como claras alternativas (la teoría interpersonal y la teoría de las relaciones de objeto de Fairbairn)» (extraído de Liberman, ibídem:34). Otra de sus obras y que generó gran impacto es la publicada por él en 1988[xvi]. Fue muy crítico con autores que consideraba excesivamente rígidos como al mismo Winnicott, del que he hablado antes, pero también a Freud, Klein y Kernberg.  Pero ¿qué plantea?

Marín S. (2014:126[xvii]) recoge una cita del mismo Mitchell (1993[xviii]), en donde dice que «el primero de estos libros [las relaciones objetales] representa un giro que va de la comprensión de la mente como producto del conflicto entre impulsos y defensas hacia una comprensión de la mente como producto de relaciones con los demás». Uno de sus conceptos clave fue el de matriz relacional. Su idea es que la psique se crea a partir de esa matriz. Este concepto, que creo podemos no solo entender sino compartir, considera que todos los aspectos psíquicos de uno, como son las formas de comportarse, de reaccionar, de expresar el afecto, la agresión, etc., no provienen de uno, sino que derivan de las experiencias de interacción que el bebé tiene con su entorno desde el mismo momento de nacer. En este sentido, y recogiendo la teoría de las relaciones objetales, señala que los «otros», tanto internos como externos, es decir, los objetos, tanto internos como externos, ocupan un lugar preeminente no existiendo factores innatos como la misma pulsión que los justifiquen.

Como muestra, traigo a colación una cita de Marín (:130):

«Las teorías del modelo relacional no nos describen como un conglomerado de impulsos de origen físico, sino como si estuviéramos conformados por una matriz de relaciones con los demás, en la cual estuviéramos inscritos de manera inevitable, luchando simultáneamente por conservar nuestros lazos con los demás y por diferenciarnos de ellos. Según este punto de vista, la unidad básica de estudio no es el individuo como entidad separada, cuyos deseos chocan con la realidad exterior, sino un campo de interacciones dentro de la cual surge el individuo y pugna por relacionarse y expresarse. El deseo siempre se experimenta en el contexto de la relación, y este contexto define su significado. La mente está compuesta de configuraciones relacionales. La persona solo es inteligible dentro de la trama de sus relaciones pasadas y presentes. La búsqueda analítica implica el descubrimiento, la participación, la observación y la transformación de estas relaciones y de sus representaciones internas» (Mitchell: 1993:14). Como comprenderás más adelante, este pensamiento apenas se diferenciará del de Foulkes en su versión radical. Lo que nos lleva a pensar en cómo lo social penetra permanentemente en la manera de ser y de pensar de los humanos.

Pero entonces, ¿qué es la mente? Si consideramos que la matriz relacional es lo que proviene de las relaciones que establece el individuo con los demás, esas relaciones van propiciando que su mente acabe quedando constituida por lo que podríamos llamar un conjunto de variables relacionales que constituyen, a su vez, la matriz de la mente. La mente es una matriz relacional. ¿Y cómo incorporamos las aportaciones de otros autores? Siguiendo este pensamiento, la idea es que lo que han hecho ha sido –en opinión de Mitchell, aunque recogida por Marín– estudiar aspectos parciales de esa matriz que está formada por el objeto, el sí mismo y el campo interactivo. Curiosamente estas tres dimensiones me recuerdan a los tres componentes que constituyen, según Kernberg, el elemento introyectado: el objeto como representante interno de un elemento exterior; el sí mismo, como elemento central que se relaciona con el objeto y el campo interactivo que, para Mitchell, vienen a ser los esquemas relacionales o patrones de funcionamiento, me hacen pensar en la imagen de la relación que se establece entre el objeto y el sí mismo. Echo en falta la tonalidad afectiva que, me imagino, Mitchell incluye en el esquema.

Siguiendo a Liberman, habría tres períodos en su desarrollo. En el primero ya introduce un concepto que me parece básico: matriz relacional, del que se derivará un segundo, el conflicto relacional. Intentaré explicar lo que entiendo de Liberman sin olvidar mi propia filosofía, claro. Porque si por el concepto grupoanalítico de matriz (recordemos que este término tiene dos componentes, el de sostenedor y el de formativo) entendemos el entramado de relaciones que se dan entre diversos componentes de un sistema dado (por ejemplo, un grupo), su concepto de matriz relacional se ajustaría bien. El mismo Liberman, nos aporta una cita que indica que «es posible ver todo fenómeno psicodinámico dentro de una matriz relacional multifacética que toma en cuenta la auto-organización, el apego a los otros (“objetos”), las transacciones interpersonales y el rol activo del analizando en la recreación continua de su mundo subjetivo (Mitchell, 1988b, p. 8)» (Liberman, 2014:121). Y aunque esta descripción nos pueda recordar a la que hace Kernberg, lo cierto es que nos lleva a considerar cómo estos aspectos generan entre sí una dinámica de interrelaciones que pueden dar una mayor comprensión a la idea de matriz relacional: la derivada de los entrecruzamientos que se dan entre la autoorganización, los vínculos de apego con los demás, las transacciones interpersonales y el rol de sujeto activo que uno toma ante todo ello. Pero ¿es así cómo lo percibe Mitchell? Liberman nos aporta una cita que me parece esclarecedora:

«uso el término ‘matriz relacional’ en un esfuerzo por trascender la desafortunada tendencia a dicotomizar conceptos como relaciones interpersonales y relaciones de “objeto”, o lo interpersonal y lo intrapsíquico, como si el foco en uno de ambos lados necesariamente implica negar o desenfatizar el otro. No creo que las transacciones interpersonales sean meramente una ‘puesta en escena’ (‘enactment’) de un mundo interno de relaciones de objeto o ‘representaciones’ más fundamentales psicológicamente; ni tampoco creo que la experiencia subjetiva sea meramente el registro de relaciones interpersonales reales (realidad actual). El modo más útil de ver la realidad psicológica es operando dentro de una matriz relacional que incluya tanto los ámbitos (dominios) interpersonales como intrapsíquicos. La mente opera con motivaciones referidas a la auto-regulación como a la regulación del campo relacional. Como el Drawing hands de Escher, los ámbitos (dominios) interpersonal e intrapsíquico se crean, interpenetran y transforman el uno al otro de un modo complejo y sutil (1988b, p. 9)»(extraído de Liberman, ibidem:123).

Cuando aborde a Kernberg veremos que, para él, uno de los aspectos constitutivos de lo que llamamos aparato psíquico es el que recoge la imagen que uno tiene de sí mismo en su relación con el objeto; pero también si pensamos en la función especular fácilmente llegamos a la conclusión que es a través de ella, de la relación que el bebé establece con su madre –o cuidadora de referencia– la forma cómo va construyéndose la imagen de sí mismo. Es decir, el self solo puede emerger a partir de la presencia del otro. Eso es coherente con la idea de que nos construimos siempre a través de la relación con el otro, con los otros. Los humanos nos construimos mutuamente. Pues bien, esa idea también la recoge Mitchell. En realidad, todos nos construimos de esta forma hasta el extremo de poder llegar a considerar que sin el otro ni existe el self de uno ni el del otro. Los objetos, entendidos como aquellos elementos que están fuera del sujeto, solo pueden existir en tanto que hay un sujeto que los constituye: nada de lo que puede existir existe si no es porque hay un sujeto que señala esa existencia.

Liberman llama a la segunda etapa del desarrollo conceptual de Mitchell la de «los múltiples sí mismos». Esto me hace pensar en las situaciones grupales; en especial, en las de grupos grandes. El sujeto se ve frente a una multiplicidad de imágenes de sí mismo reflejadas en las miradas de los compañeros del grupo. Esa multiplicidad, podríamos considerarla como la existencia de diversas facetas de uno mismo –diversas facetas del sí mismo– o como diversos sí mismos que conviven en uno.Pues bien, Mitchell nos indica que el proceso de considerar la existencia del self como algo unitario y compacto a algo plural y múltiple ha sido «uno de los cambios más importantes en el pensamiento psicoanalítico de las últimas décadas(Mitchell, 2001, p. 284)» (citado por Liberman, 2014:149). Siguiedo a Liberman, podemos entender la gran dificultad que existe en el propio concepto de self, de sí mismo. Porque si atendemos a la situación de grupo grande que mencionaba, ¿cabe la posibilidad, si hablamos desde una visión de estructuras relacionales, que cada miembro del grupo se relacione con aspectos diferentes de sí mismo reflejados en otro miembro? Lo podemos pensar así: cuando un componente del grupo dado se relaciona con otros, un aspecto de sí mismo se relaciona con diferentes imágenes de ese mismo aspecto de sí mismo proyectadas en cada uno de los otros. Pero también es cierto que ante cada miembro de ese grupo diferentes aspectos de mí mismo cobran una realidad y todos al mismo tiempo. Para poderlo entender así debemos considerar al sí mismo, al self, no como una unidad compacta, no como una «foto única» de uno mismo, sino como una multiplicidad –vuelve a emerger la idea del caleidoscopio de la que hablé en otros momentos– de esas fotos únicas que, en realidad, son estructuras relacionales del sí mismo, del self. Por tomar palabras de Liberman: «comprensión de la mente basada en configuraciones relacionales compuestas de versiones del self en relación con versiones del objeto y versiones del objeto en relación con versiones del self en un campo de interacción» (Liberman, ibídem:151). Evidentemente no es este el lugar para profundizar en eso y aconsejo al lector que siga las referencias aquí señaladas y otras que pueda localizar para hacerse su propia idea al respecto. Pero sí me interesa hacer un trasvase a lo grupal.

Un grupo concebido como una matriz de relaciones dinámicas entre los miembros que la componen, que se constituye y reconstituye en cada momento del mismo, reproduce los aspectos parciales de todos y cada uno de sus miembros. Cada individuo –recordemos la idea de que el sujeto es un punto nodal de una matriz de relaciones– se presenta ante los demáscon diversas estructuras de sí mismo que se van adaptando a las de los demás en cada momento. Y de la misma manera que decimos que cada persona es diferente en cada contexto, en el grupo, cada persona es diferente en cada momento del grupo en base al aspecto que el otro ofrece en la relación y en combinación con los demás. Eso nos permite ver más fácilmente la dinámica del grupo, la dinámica de las estructuras y de las interdependencias entre los miembros del grupo. Es más, lo que en algunos momentos podemos atribuir a defensas –que para mí son también mecanismos de comunicación– igual se corresponden a aspectos diferentes del self, de ese sí mismo –una estructura relacional dinámica– en contacto con otros sí mismos.

Liberman nos aporta una cita que me parece se ajusta a lo que señalo:

«El self de la persona es la historia de muchas relaciones internas […]. No existe un fenómeno mental unificado que podamos llamar self […]. El concepto de self debe referirse a las posiciones o puntos de vista desde los cuales y a través de los cuales significamos, sentimos, observamos y reflexionamos sobre diferentes y separadas experiencias en nuestro ser. Un punto de vista crucial viene de cómo nos experimenta el otro (Bollas, 1987, pp. 9-10)» (Liberman, ibídem:157).

El tercer período de Mitchell es el denominado por Liberman como el de los modos de la relacionalidad. Y ya la cita que sirve de introducción que hace de este período creo que resume bien su intencionalidad:

«El marco de trabajo que empleo está basado en la premisa de que las mentes humanas interactúan de muchos modos diferentes, y que la variedad de conceptos relacionales difundidos en la reciente literatura analítica se comprende mejor no como representando teorías que compiten sino ocupándose de diferentes y entrelazadas dimensiones de la relacionalidad (Mitchell, 2000c, p. xv)» (Liberman, ibídem:165).

Para no alargarme más de lo que ya me alargué –y lo siento– diré que Liberman señala cuatro modos relacionales. El primero, que es el más vivencial, el que se establece de forma intuitiva entre dos seres (en especial entre la madre y su bebé) y que contiene una característica de adaptabilidad constante, lo  denomina de «comportamiento no reflexivo». El segundo, el de la permeabilidad afectiva, hace referencia a las derivaciones de lo que para mí son la expresión de las identificaciones proyectivas e introyectivas. O, incluso, de las introyecciones y proyecciones en tanto que éstas nos invitan a una modificación –siquiera ligera– en la relación con el otro; en cierto modo, parte de los elementos transferenciales y contratransferenciales se deben a este modelo relacional. La tercera, que denomina las configuraciones self-otro, y guarda mucha relación con la imagen que uno sabe e intuye que el otro tiene de uno, y viceversa, y deriva de una inseparabilidad básica de la que hemos dado cuenta más arriba: nos constituimos a partir de las relaciones con los demás, por lo que ese aspecto de la relación del sí mismo con el objeto (estoy pensando en la descripción de Kernberg) es inseparable a lo largo de la vida. Y estas configuraciones determinan muchas de las actitudes que tenemos frente a los demás (y viceversa). Finalmente, la cuarta modalidad relacional, «la intersubjetividad en sentido estricto» en la que el otro, más allá de los elementos relacionales anteriormente descritos, es concebido como ser independiente y autónomo respecto a uno. En realidad, este sería el fin de todo tratamiento: en donde todos y cada uno de los miembros del grupo son reconocidos plenamente como seres autónomos más allá de las diversas vicisitudes relacionales vividas a través del tratamiento. Pero también la que en la vida cotidiana  posibilita, por ejemplo, ver y considerar a los hijos, a los otros, como seres autónomos, más allá de los profundos vínculos afectivos que nos unan.

 

[1]Realmente te recomiendo el trabajo de Rodríguez Sotil, como todo el que se agrupa en torno a A. Ávila,  que, quizás, es el que con más fuerza se proclama relacional en España.

[2] Siempre me ha gustado este concepto que es de XXX. Creo mucho en él: este tipo de vínculos silentes, semejantes y cercanos a la complicidad, y que anudan a las personas entre sí sin que dicho vínculo sea explícito. Pero está presente siempre y condiciona las relaciones con terceros.

[3] Recomiendo la lectura de su relativamente reciente tesis doctoral. Creo que ayuda a entender mucho el planteamiento relacional en general y el de Mitchell en particular

 

[i] Aron, L. (2001). A meeting of Minds. Mutuality in Psychoanalysis. London: The Analitic Press.

[ii] Rodríguez, C. (2013). Introducción a la obra de Fairbairn. Los orígenes del psicoanálisis relacional.  Madrid: Ágora relacional.

[iii] Rodríguez, C (2003). Contribución de W.R.D. Fairbairn al estudio de la patología de la personalidad. Intersubjetivo 2(5):155-62.

[iv] Mitchell, S.A. (2004). Más allá de Freud. Historia del pensamiento psicoanalítico moderno. Barcelona: Herder

[v] Aron, L. (2001). A meeting of Minds. Mutuality in Psychoanalysis. London: The Analitic Press.

[vi] Codosero, A. (2010). La evolución de la teoría traumática en el pensamiento psicoanalítico. Revista de la Asociación de Psicoterapia de la República Argentina.(2).apra.org.ar/revistadeapra/pdf/Noviembre_10/_Angeles_Codosero.pd. Bajado en octubre del 2015.

[vii] Fairbairn, W.R.D. (1946). Las estructuras endopsíquicas consideradas en términos de relaciones de objeto. The International Journal of Psycho- Analysis”,27:30.

[viii] Winnicott, D.W. (1981). Las psicosis y el cuidado de niños (1952). En Winnicott, D.W. (1981). Escritos de pediatría y psicoanálisis. Barcelona: Laia

[ix]Calzada, J. G. (2009) Revisión bibliográfica sobre los aportes realizados por Melanie Klein, Ronald Fairbairn y Donald Winnicott a la Teoría de las relaciones objetales. Teoría y técnicas de exploración y diagnóstico psicológico. MOD. II. CAT. A CARGO DE PROF. DRA. TERESA VECCIA. Licenciatura en Psicología. Universidad de Buenos Aires. 2009. Disponible en: http://www.psi.uba.ar/academica/carrerasdegrado/psicologia/sitios_catedras/obligatorias/042_ttedm 2c2/material/fichas/klein_fairbain_y_winnicot.pdf [última revisión 23-6-2015]

[x] Aguirre, A. (2015). PSICOANALISTAS INDEPENDIENTES BRITÁNICOS CONTRIBUCIONES TEÓRICAS  Tesina de licenciatura. Universidad de Salamanca.

[xi] Winnicott, D.W. (1960). La teoría de la relación paterno-filial. En Winnicott, D.W. (1975). El proceso de maduración del niño. Estudios para una teoría del desarrollo emocional. Barcelona: Laia

[xii] Winnicott D.W. (1979). Realidad y Juego. Barcelona: Gedisa

[xiii] Liberman, A. (2014). Interacción y proceso psicoanalítico: la contribución de stephen a. Mitchell. Tesis doctoral.

[xiv] Mitchell, S. A. (1981c). The origin and nature of the “Object” in the theories of Klein and Fairbairn. Contemporary Psychoanalysis, 17, 374-98

[xv] Greenberg J.; Mitchell, S. (1983). Object relations in Psychoanalytic Theory XXXX

[xvi] Mitchell, S.A. (1993). Conceptos relacionales en el psicoanálisis: una integración. México: S.XXI

[xvii]Marín, S. (2014). Stephen Mitchell y el paradigma relacional en psicoanálisis. Revista de Psicología Universidad de Antioquia, 6 (1), 125-140.

[xviii]Mitchell, S. A. (1993a). Conceptos Relacionales en Psicoanálisis: una integración. Madrid: Siglo veintiuno

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