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Miércoles, agosto 23, 2017
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40) ¿Qué representa Ann Freud en el movimiento psicoanalítico y grupal? 

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40) O sea, que tenemos el elemento fundacional de Freud que se completa o sigue con las aportaciones y discrepancias de M. Klein. También me has hablado del, profesionalmente hablando, «hijo predilecto», Ferenczi y de algunas de sus aportaciones. Pero también está su hija, Anna Freud, que seguirá, me imagino yo, la senda paterna. Entonces, ¿qué representa Anna Freud en el movimiento psicoanalítico y qué en relación a lo grupal?

Mira, Lola, podríamos decir que Freud abre todo un camino tratando de describir eso que venimos en llamar aparato psíquico. Para él, el individuo busca la satisfacción de sus necesidades. Consideró que la organización psíquica se iba alcanzando paralelamente a la maduración del sujeto y describía el aparato psíquico como una serie de estructuras con una cierta rigidez. Melanie Klein, aun siguiendo sus pasos, discrepó en algunos puntos. Por ejemplo, para ella el individuo no busca tanto la satisfacción sino el objeto. Tenía una idea previa del objeto a buscar y lo localizaba. Consideró que la estructura psíquica de la segunda tópica ya venía en la propia naturaleza y que el niño se veía sometido a las angustias que provenían de los fantasmas, que eran la forma que tenía de estructurar la dureza del contacto consigo mismo y con el mundo circundante. Caso aparte es Ferenczi, como acabamos de ver.

Anna Freud, hija predilecta de Freud, siguió más fielmente la senda de su padre. Y en este proseguir la obra del padre y muy posiblemente por la experiencia de atender a niños separados —por razones bélicas— de sus padres y ver sus desarrollos, se fijó en el Yo. Observó que tenía una función más compleja que la que dibujó su padre: era el mediador entre las otras instancias y , además, había desarrollado una serie de mecanismos defensivos mediante los que intentaba mantener el equilibrio entre el ello —representante de los aspectos instintivos— y el superyó —representante de las interiorizaciones sociales—. Trabajar con niños —y con una fuerte capacidad pedagógica— le permitió concluir que lo más importante era servir de ayuda para que ese Yo se desarrollara y no tanto que combatiera las exigencias de las otras instancias.

Anna Freud puso también el acento en el ser humano normal, sano, y en el uso de los mecanismos de defensa para propiciar un mejor desarrollo del Yo, elemento  básico de la psique en tanto que permitía la adaptación al mundo. A la corriente que se adhirió a esta visión la acabó denominando «la psicología del Yo», que germinó a partir de 1930 y tuvo su gran arraigo en los Estados Unidos. Pero una cosa a resaltar es que no se abandonan las propuestas estructurales del aparato psíquico, sino que se centrarán en la profundización del estudio de sus componentes, en particular el de la estructura yoica. El camino que inició fue seguido por otros muchos entre los que resaltaría a Hartmann y a Spitz.

Si has trabajado con niños habrás visto que no tienen conciencia de que algo vaya mal en ellos. Eso nunca sucede, ya que para ello hay que tener un grado de madurez psíquica suficiente como para poder contemplarse a sí mismo, visualizar las relaciones con uno mismo y con los demás, establecer una cierta comparación, etc. Y si vienen a la consulta es porque los padres están preocupados por algo y los traen. Como mucho, y gracias a la insistencia de los padres, pueden decir  que van mal en los estudios o cualquier otra cosa parecida; pero no hay conciencia alguna de que a ellos les pase algo. Hablando contigo pueden decir que tal niño le hizo no sé qué, o que a veces papá o mamá se enfadan. Pero eso no significa para nada que tengan conciencia de que algo anda mal en ellos. Para ellos, esa forma de funcionar, de comportarse y expresarse que alarma a los adultos, es normal. ¿Qué haces ante eso? Porque si lo piensas un poco, ¿cuántos adultos acuden a la consulta partiendo de la idea de que hay algo en ellos que no funciona bien? Tampoco los adultos llegamos a este punto con tanta facilidad, y solo los encontronazos con los demás o con la realidad que nos rodea o dificultades de expresión somática son las razones por las que acudimos a un profesional de la psicología o psiquiatría. Porque tener una ligera conciencia de que algo en nosotros funciona mal es ya un gran paso para el tratamiento. Y eso no sucede en los niños. Casi te diría que jamás.

Cuando te llega un niño, sus padres (pero también sus maestros o quien lo lleve) te cuentan de él todo un listado de preocupaciones. ¿Qué piensas de él? ¿Que es un desastre o un enfermo? ¿O que es la visión de unos padres desesperados por algo y que no hay para tanto? Es cierto que puedes pensar en el grupo familiar o en unos padres que se ven superados por una serie de síntomas, cuya comprensión escapa de su capacidad de entender y de actuar, pero no corramos. De él, cuando te cuenta cosas que le suceden —enfados con compañeros del colegio, problemas con sus hermanos…—,en el supuesto de que eso te sugiera algo, ¿qué piensas? Por ejemplo, imagina a un chaval de unos cuatro o cinco años, cuyos padres te cuentan que en casa tiene serios problemas de comportamiento, pataletas, se enfada con frecuencia… ¿Piensas que tiene un problema de control de sus impulsos?¿ Que igual tienen un superyó muy severo?  ¡Pamplinas! No creo que lo pienses. Entonces, ¿cómo haces para intervenir de forma que eso que vayas a hacer vaya en ayuda de esa cosa que le pasa? Ahí, creo que tanto Melanie Klein como Anna Freud estarían de acuerdo: intervendrían mediante el juego. El problema es qué hacer en ese juego y cómo lo entenderían. Unos lo podrían utilizar como un medio en el que el niño proyecta sus conflictos y, a partir de ahí, realizan su tarea psicoanalítica. Otros lo utilizarían como una forma de relacionarse con él, de establecer un espacio en el que os encontraseis cómodos para, a partir de ahí, saber de él.  ¿Cómo harías tú?

Una forma de juego —¡qué poca imaginación tenemos los adultos!— es disponer de una serie de figuras para que con ellas el chaval o la chavala jueguen. O comprar muñecas para poder jugar, por ejemplo, a papás y mamás y ver qué pasa ahí, ¿no? Imaginemos que entre las figuras que has comprado hay monstruos, lagartos gigantes, diplodocus, tiranosaurios…, y al jugar con ellos, el muchacho coge el tiranosaurio y lo lanza a comerse a los demás muñecos que hay ahí. E incluso va y hace como que el animal te come, o te muerde… Evidentemente estamos jugando. Nadie se come a nadie; pero en este juego el tiranosaurio se abalanza contra unos muñecos y los destruye. ¿Qué haces tú con ello?

Entiendo que lo que voy a decir es absolutamente mera imaginación mía y pido disculpas si lo que diré se aparta años luz de la realidad; pero no tengo otra forma de explicártelo según lo he ido entendiendo yo. Me imagino que si yo fuera Melanie Klein animaría a mantener ese juego para en algún momento venirle a señalar —con palabras adecuadas a su edad— que él (o ella) se imagina a veces mordiendo, o que le vienen ganas de comérselos, o de enviar al cubo de la basura a todo aquel que le incordia; o que a veces tiene miedo de que alguien le quiera comer o morder por «no ser bueno». Y que posiblemente yo le esté incordiando con estos juegos o estas cosas que digo y me quiere morder. E incluso que igual hago como su padre, que le incordio como hace él y, que cuando él se enfada, uno se asusta mucho. Si esta forma fuese la de mi representación de Melanie Klein, interpretaría —para mí— que ese juego en el que el tiranosaurio (la objetivación de la fantasía de un personaje terrible y muy amenazante) muerde a otros muñecos o a mí mismo, es una proyección de la agresividad del muchacho o muchacha que desea destruir a esos seres que le incordian. O la forma que tiene de quererles. O, incluso, en una cabriola imaginativa, podría decir que ese tiranosaurio no es más que la representación de las fantasías de ataques de otras figuras sobre él (un padre o una madre transformados en tiranosaurios) y que se debería de sentir fatal ante ello porque puede morir. Si por casualidad has tenido la ocasión de encontrarte ante esta situación y has actuado como me he imaginado —con todo respeto por Melanie— te habrás dado cuenta de que, independientemente de que tu interpretación sea correcta o no, al chaval con quien trabajas le habrá importando un pito. O no. O se ha puesto a jugar más con el animal, te ha mordido y luego lo ha lanzado al fondo de la habitación y ha cambiado de juego y se ha puesto un poco nervioso.

Si ahora me imagino jugando a ser Anna Freud, estaría diciendo algo así, como «¡socorro, que me atacan! ¡Qué fuerza tiene este tiranosaurio!: “A ver, Sr. Tiranosaurio (por cierto, ¿cómo le llamamos? Tripagorda. ¡Ah!, Tripagorda, ¡fantástico!) A ver, Sr. Tripagorda, ¿por qué me quieres comer? ¿Hay alguien que me ayude? Vamos a ver cómo le enseñamos a ese tiranosaurio a comer hierba que es lo que le gusta». Y quizás hubiera cogido otro muñeco o animal y habría venido en ayuda o socorro del muñeco amenazado y hubiera ido construyendo la historia que se planteaba, siempre acompañada por los criterios del niño y buscando formas en las que los muñecos pudieran salvarse del ataque, o atacar y sobrevivir; y, en cuanto a cuando lo lanza sobre mi persona, reconocería la fuerza que tiene e iría reconvirtiéndola en algo más creativo. Si te has encontrado en esta otra alternativa habrás comprobado que, por lo general, siguen la historia e inventan nuevas alternativas para el tiranosaurio o para el resto de los animales que va a ayudar al muñeco. Y con éste y otros juegos se va cosiendo una relación contigo a partir de la que puede tener una experiencia que le ayude a elaborar cosas que le pasan. ¿Cuál de las dos formas es la correcta? Ambas. O ninguna. No sé, la verdad es que no podemos responderlo tan sucintamente. Porque ambas, y muchas otras, se corresponden con la manera en la que el profesional interpreta lo que ve o vive y lo que su formación y experiencia le aconsejan hacer.

Pues bien, esas dos salidas determinan parte de la, llamémosle, brecha entre Anna y Melanie y posteriormente de sus seguidores. Es decir, coincidiendo ambas en que el niño no es un adulto pequeño —una de las muchas aberraciones que se oyen o leen en los medios de descomunicación—, no se les ocurriría hacer lo que uno hace con el adulto. Simplemente, juegan con él (y ahí coinciden). O dejarían que jugase ante ellas. Pero mientras una se dirigiría hacia las fantasías que tienen los niños desde casi el minuto cero de su existencia extrauterina —cosa con la que estoy de acuerdo—, la otra se fijaría en el Yo y buscaría la forma de ayudar al muñeco a superar los temores representados por ese tiranosaurio. Además, aunque creo que la transferencia es algo que está presente siempre, es cierto que en el caso de los niños no tiene el mismo valor y el mismo matiz que en el caso de los adultos. Para ese chaval, el adulto no deja de ser alguien que puede recordar y representar a otras figuras adultas como sus padres; pero es un juego y no la vivencia exacta a lo que sucede con adultos.

Tampoco creo yo que, ante cualquiera de las situaciones inventadas, se te ocurriera animar a seguir comiéndose a todo muñeco viviente o a estimular la expresión de rabia, enfado etc., que ese hipotético paciente presenta. Porque  hacerlo, en realidad, serviría de poco: la liberación de las fantasías pulsionales no aporta más que la activación de actuaciones en las que la capacidad de elaboración de lo sucedido no está presente. Lo que parece importante, al menos para Anna, es comprender cómo y por qué el Yo desarrolla determinados mecanismos.

Y eso ¿por qué? Porque «el psicoanálisis debe a Anna Freud más allá de los numerosos estudios y observaciones en el campo de la psiquiatría infantil, el primer intento de exponer de una forma resumida los mecanismos de defensa del Yo frente al Ello y al mundo exterior», (Wyss, D. 1975:175). Y mientras que unos pueden considerar que esos mecanismos son sistemas para no afrontar la realidad o para combatir las ansiedades —de ahí el nombre de defensa— que emergen a partir de y como consecuencia de las fantasías asociadas a pulsiones primitivas provenientes del Ello y que la labor del profesional es ayudarle a darse cuenta del conflicto y facilitar otra forma de afrontarlo, otros piensan que esos mecanismos son sistemas que sirven para sobrevivir y conducir al Yo entre las tensiones que provienen del Ello y del Superyó. Y para mí son también mecanismos de comunicación. Y si comunican, habrá que ver qué me comunican y hacer algo con ello.

Esto nos lleva a varias preguntas, claro. Una de ellas es sobre la función del profesional en estas situaciones. ¿Es un pedagogo especial? ¿Un psicopedagogo? ¿Qué es? Para algunos la crítica se dirige hacia la «autenticidad del psicoanálisis». Pero si lo vemos desde la perspectiva de Anna Freud, parece que la función en este planteamiento es la de reforzar al Yo favoreciendo el desarrollo de aquellas reacciones que supongan una modificación de la relación con el objeto y, por lo tanto, el desarrollo de otros mecanismos de defensa más acordes al progreso y a la interrelación. El refuerzo del Yo no supone solo el entrenamiento conductual o el desarrollo de las capacidades cognitivas que le permitan entender lo que está sucediendo, que también, sino que conlleva favorecer el desarrollo de la imagen de sí mismo frente a él mismo y los demás. Esa imagen, el self que diríamos utilizando la palabra inglesa, se constituye paulatinamente —eso nos lo dice muy bien Kernberg— a partir de los procesos de introyección, proyección e identificación, consecuentes del trabajo de elaboración que es una función del Yo, principalmente.

Es verdad que, en el caso de jóvenes y adultos, y más en el entorno neurótico que en el psicótico, la asociación libre nos va posibilitando acercarnos a ese mundo interno sin precisar necesariamente de objetos intermedios, como  podría serlo el juego, e ir entendiendo los mecanismos que se activan frente a ansiedades en ocasiones descomunales; pero, sobre todo, facilitar el desarrollo de la imagen de uno mismo frente a sí mismo y frente a los demás. Y coincido en que ese juego asociativo aparece en los niños a través de las historias que ellos inventan —y de las que se supone,  participas— siendo este sistema asociativo no tanto el juego en sí cuanto lo que se destila a través de él. Pues bien, el planteamiento que abre Anna Freud pone énfasis en la importancia del Yo y en el desarrollo de pautas que permitan utilizar los mecanismos de defensa de forma más adecuada a la realidad en la que se encuentra el otro.

Pero el trabajo de Anna no quedó ahí. Siguiendo a Mitchell (2004), estos y muchos otros planteamientos fueron estimulados y complementados por las aportaciones de Hartmann (1894-1970) «que llegó a hacerse célebre como el padre de la psicología del yo» (Ibidem:77); pero a diferencia de Anna, que se fijó en las defensas del Yo, Hartmann «modificó poderosamente el curso del psicoanálisis abriendo una investigación crucial acerca de los procesos y vicisitudes claves del desarrollo normal»(ibídem:77). Y puso el acento en la capacidad adaptativa, cosa que, por otro lado, realizan todos los seres vivos, y «constató una relación recíproca entre el organismo y su medio» (ibídem:79), con lo que estamos entrando en un campo totalmente diferente, ¿verdad? Ya no se trata de ver las fuerzas telúricas que someten al sujeto, al yo de los individuos, a presiones que exigen equilibrios complejos, sino de ver la interacción que se da entre el individuo y su entorno. Eso le lleva a considerar «las potencialidades del Yo que esperan las condiciones ambientales medianamente esperables para provocar su crecimiento» (Ibídem:80).

Preguntándose de dónde viene la energía que alimentaría las propias funciones del Yo, propone la existencia de un proceso denominado de neutralización por el que el Yo extrae de los instintos su cualidad sexual y agresiva, sirviéndose de esa energía para las funciones que le son propias.

Sus esfuerzos se centraron en conceder al Yo un mayor nivel de autonomía del que le concediera S. Freud, para quien, metapsicológicamente hablando, era un derivado del Ello. Pues bien, Hartmann parte de la base de que tanto la percepción como la movilidad y la memoria no eran productos del Ello, sino propiamente del Yo. Admite que «al nacer, el yo, el superyó e incluso los impulsos básicos de la libido y la agresión no están todavía articulados ni se los puede distinguir uno de otro» (Mitchell, 2004: 85); sin embargo, a esa inicial indiferenciación se sigue un proceso de diferenciación e integración y síntesis de los elementos diferenciados (Dyss, 1975). ¿Cuál sería el elemento clave que pertenecería al Yo? La intencionalidad. Esta sería una de las funciones más relevantes del Yo.

Hartmann parte, pues, de la existencia en el desarrollo de una «fase temprana indiferenciada» de la que cada uno de estos elementos se irá diferenciando de forma gradual a partir de una «matriz común» y dentro del curso de dos líneas evolutivas: la maduración y el desarrollo. Ello lo que permite afianzar la idea de Yo como constitucionalmente instalada en el ser humano. Admite que una parte del Yo puede derivar del conflicto entre el Ello y la realidad, pero debe existir —y ahí la intencionalidad como función básica— una zona libre de conflicto. Entonces, ¿qué es el Yo? El resultado de la integración de aquellos aspectos de su desarrollo contaminados por el Ello en su contacto con la realidad —y, por lo tanto, resultado de un elemento conflictivo— y de aquellos otros libres del mismo. Eso nos permite hablar de una autonomía yoica, porque hay aspectos del Yo resultantes del conflicto de la realidad que han desarrollado defensas y que, por lo tanto, han sido capaces de salir de la zona conflictiva y contribuir al desarrollo del Yo: son los «aspectos de autonomía secundaria».

Propuso igualmente que el superyó se va desarrollando mediante un proceso de incesante identificación con las figuras de los padres y de otras figuras significativas del mundo que rodean al niño y le fijan normas y deberes. Uno de sus principios básicos es el de gradación por el que entre el Eros y el Tanatos existen estados intermedios que posibilitan la adaptación del niño a su entorno. En realidad, esa dualidad instintiva Eros-Tanatos no sería, como postuló Freud, la base de la ambivalencia, sino que, dado que ambos contienen elementos agresivos y libidinosos, las presiones del medio ambiente y el propio control del Yo que es quien determina el grado de influencia de uno o de otro.

Esto es importante porque al aspecto defensivo de los mecanismos descritos por Anna Freud se le añade un elemento fundamental: el adaptativo —a su manera, claro— a la realidad en la que vive.  Es más, ese Yo —siguiendo a Rapaport— tiene un grado de autonomía que viene definido por su capacidad de no estar pendiente ni de la presión de los aspectos pulsionales del individuo ni de los del entorno o realidad. Para Hartmann, la realidad, tanto la del medio ambiente (la objetiva) como la interna (subjetiva), es la resultante del conjunto de representaciones sociales y convencionales que el sujeto utiliza para la constatación de lo que para él es su realidad. En este sentido, la idea de adaptación va ligada a la de comportarse y obrar conforme al conocimiento que el sujeto tiene de la realidad en la que se encuentra.

Por otro lado, se aprecia un punto de vista en el que el entorno cobra más valor que el del mundo interno —pulsiones—, lo que abrió la posibilidad del desarrollo de los inicios del psicoanálisis intersubjetivo. En este sentido, cobra mucho valor el concepto de sí-mismo (self) que acaba siendo adoptado con gran fuerza por parte del movimiento psicoanalítico y que fue introducido por Hartman (Rodríguez, C, 2013:108). Dice que «al usar el término narcisismo, dos diferentes series de opuestos  a menudo aparecen estar fundidas en uno. Una se refiere al sí-mismo (self) (a nuestra propia persona) en contraste con el objeto; la segunda al yo (como sistema psíquico) contraponiéndolo a otras subestructuras de la personalidad. El self, como bien dirá Kohut, alude al conjunto de imágenes que uno mismo que se ha ido construyendo a partir de las relaciones que se tienen con los demás y con uno mismo y que, a mi entender, provienen de las impresiones perceptivas que uno tiene en su relación con el otro, en tanto que éstas contienen no solo la imagen de eso objeto con el que me relaciono, y ni la tonalidad afectiva que se asocia a esa relación, sino la imagen de sí mismo-en-la-relación con ese objeto (Kernberg).

Siguiendo a Tassier, H (2011) habría dos momentos en la evolución de la psicología del Yo. Un primer período (1950-60) en el que Hartmann habría elaborado fundamentalmente su pensamiento, y tras otro de decaimiento aparecería un segundo período en el que cobran fuerza las aportaciones de Arlow  y Brenner.

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