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Sábado, noviembre 18, 2017
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36) ¿Qué aportó el pensamiento de Freud y que elementos destacarías? 

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Dr. José Miguel Sunyer Martín

36) ¿Qué aportó el pensamiento de Freud? ¿Qué elementos destacarías como relevantes o cuáles han sido relevantes para ti?

No corras, Lola, no corras. Entiendo tus ansias por saber, porque también han sido las mías. Hay siempre una voracidad, una especie de furor por saber, que no nos ayuda demasiado. Bion habló de un «odio al aprendizaje», porque requiere de un esfuerzo y conlleva retener esa cosa impulsiva que nos pone nerviosos; requiere, también, conectar con el vacío que supone tener conciencia de la realidad de un objeto desconocido y aprender a posicionarse respecto a él. Y cometería un grave error si por aquello de las prisas tratara de resumirte en dos líneas algo que en realidad se sigue cociendo; afortunadamente.

En las páginas siguientes, Lola, te vas a encontrar con algo para nada simple. Creo haberte dicho que el pensamiento psicoanalítico no es un monolito de conceptos bien armado y cimentado en el que no aparecen grietas ni desviaciones —curiosa palabra esa—, y que una vez adquiridas sus bases, ya está. No. El pensamiento psicoanalítico es, como todo pensamiento, un fluir constante de ideas, de formas de interpretar y de describir algo que no vemos: algo a lo que hemos llamado psique que se entiende como el aparato mental individual que hemos ido desarrollando los humanos y que nos ha ido sirviendo a lo largo de los tiempos para adaptarnos a la realidad en la que cada uno vive. Pero ese aparato no es algo mecánico, no es algo que puedas localizar en un lugar del cerebro. Sabemos de la actividad cerebral que aparece en muchas de las operaciones mentales que realizamos. Pero solo detectamos eso, la actividad mental. Pero ¿qué es y cómo se estructura? No digamos si al estudio de ese “aparato individual” comenzamos a considerar que en su estudio intervenimos los demás. ¿Podemos realmente describir ese aparato sin considerar nuestra interferencia en ese mismo estudio? Me parece muy difícil. Pues bien, esta y otras muchas dificultades y nuestra propia limitación en entenderlas e incluso en describirlas van a ir perfilando lo que vas a poder leer en las próximas líneas. Con un añadido: son mi interpretación que, como toda, está sujeta no solo a mis aprendizajes, sino a cómo los he digerido. Otros lo han hecho de otra forma.

Te vas a encontrar con una variedad de pensamientos que fluyen, que se combinan, contradicen y complementan, que ora unos parecen colocarse de forma preeminente sobre aquellos que lo fueron en otro momento ora son otros los que se superponen —siguiendo las modas, siguiendo los flujos sociales— a los anteriores… Porque la psique no es algo ajeno a la vida: ese fluir de pensamientos, de formas de interpretar la psique del otro —y la propia en consonancia con la suya— de maneras de describirla, etc., no pueden desvincularse de la realidad social y cultural en la que vivimos en el siglo XXI ni de la que se vivió a finales del XIX ni del XX. El ser humano es un animal en constante evolución: no somos como fueron nuestros padres ni como serán nuestros nietos ni biznietos. Hay un fluir de pensamientos, ideas, emociones, necesidades y prioridades, sentimientos… que dibujan un ser en constante modificación. Eso también lo vemos en la clínica.

Siempre me han gustado los caleidoscopios. Creo que pueden ser una acertadísima metáfora del ser humano: los mismos cristales, pero que al rotar cambian la configuración interna, generando imágenes fascinantes y cambiantes. Los humanos somos esas imágenes. Nuestra configuración individual y colectiva cambia día a día. Cambia lo social, cambia lo individual, cambia lo familiar… Cambian las formas de comunicación y de incomunicación. Por esto, en las páginas que no son sino mis respuestas a tus preguntas, no vas a ver —eso espero— una construcción monolítica, estática, paralizada.

Repasando las cosas que sé, no puedo dejar de ver las que no sé. Empezaré con Freud, pero iremos viendo como su pensamiento —bueno, partes del mismo, claro— ya no son totalmente recogidas por M. Klein. Luego, Ferenczi, el que iba a ser como el heredero del trono, de quien recojo una serie de aportaciones que abren enormemente la forma de entender al ser humano al insertarlo de lleno en lo que llamo interdependencias vinculantes: todos estamos hechos a partir de los demás, que, a su vez, son hechos por cada uno de nosotros. Tras estos dos, hablaremos de M. Klein, quizás la psicoanalista más influyente en el conjunto del pensamiento psicoanalítico.  A continuación, traeré algo de la hija «predilecta» de Freud, Anna Freud, que fiel a su pensamiento se dirige a otro aspecto menos elaborado por su padre, y que la confrontará con M. Klein. Pero luego, o mientras tanto, aparecen otros autores: Sullivan nos propone otra visión del ser humano muy diferente a lo que estamos habituados. Por su parte, Fairbairn, por ejemplo, romperá en cierta medida con Freud y nos propone otra forma de describir el «aparato psíquico» y plantea otra visión de lo relacional que se verá potenciada por Winnicott. Y acabaré con Kernberg, quien intenta acercar posiciones entre unos y otros. Me gustaría poder incluir a Lacan. Si tengo tiempo, lo haré porque hay cosas que me parecen muy ricas si trabajamos con personas en grupo, aunque me gustaría encontrar fuerzas para traer también a Jung y a Adler porque, desde sus planteamientos, hay muchas cosas que nos pueden enriquecer. 

La pregunta clave es ¿qué pasa en todo este conjunto de aportaciones? Me parece que habría como dos grupos: aquellos que se posicionan cerca de la conceptualización del ser humano como homo clausus y, en consecuencia, consideran importante describir lo que sucede dentro de esto que convenimos en llamar aparato psíquico, y aquellos otros que dejan de lado esta conceptualización y dirigen su atención a lo que sucede entre las personas que establecen una relación; lo que significa que la teoría pulsional y los presupuestos conceptuales que inciden en la autonomía de un aparato psíquico son dejados de lado para poner el acento en las relaciones que se establecen entre las personas.  

Y me dirás, ¿pero todos estos tienen influencia en la conceptualización grupoanalítica? Pues ahí está el problema. El grupoanálisis tampoco es un monolito de ideas. Es cierto que están —o debieran estarlo— las cuatro patas de las que te hablé. Pero en cada una hay diversas posiciones, claro. Y cada profesional se coloca con más énfasis en una postura o en otra a partir de la formación conceptual que tiene y de cómo la usa y cómo evoluciona. Y a poco que te pasees por la bibliografía de autores que se denominan grupoanalistas verás que unos tienen más de kleinianos que de annafreudianos, o más de Kernberg que de Fairbairn, más de Ferenczi que de Freud, más de Jung que de Adler. Un popurrí de aspectos que llevan a pensar que no hay una teoría de lo grupal. Y es verdad, no hay una, sino varias. Tantas como profesionales nos dedicamos a ello. Y ello converge con lo que te señalaba en el párrafo anterior: ¿ponemos el acento en las vicisitudes de un aparato psíquico interno, o lo ponemos en las relaciones que se establecen entre las personas? Y si nos situamos en este segundo mirador, ¿nos ceñimos a las relaciones entre dos personas o lo ampliamos a un gran número de personas –independientemente de si forman o no un grupo concreto–.?

Eso vuelve a colocar la pelota en tu propio tejado. A lo largo de tu vida profesional te tendrás que ir posicionando en base a lo que leas, a lo que te enseñe tu experiencia clínica, lo que te posibilite tu situación personal y profesional…, sabiendo que estos posicionamientos nunca son definitivos, ya que la vida, como todo, es algo en constante dinamismo. Eso es como la tortilla de patatas; hay unos ingredientes básicos: aceite, huevos y patata. A partir de ahí, la cantidad, la forma cómo los introduces en la sartén, los añadidos que le puedas colocar, harán de esta tortilla —que se llamará igual que otras— sea más suculenta o no.

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