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Martes, noviembre 21, 2017
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35) ¿Qué líneas de pensamiento han ido organizando el trabajo? 

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35) ¿Qué líneas de pensamiento han ido organizando el trabajo?

Sí, en efecto, y te agradezco el recuerdo a las cuatro patas, porque nos hemos ido entreteniendo por el camino reflexionando sobre ideas que están ahí pero que se apartan un poco de la idea central. Hasta ahora hemos hablado del significante (conceptos como grupo, terapia, terapia de grupo, etc.), y de forma más extensa del significado (es decir, qué significan estas palabras) y de aspectos vinculados con él; ahora falta que nos apoyemos en el aspecto teórico, que es, básicamente, lo que entiendo por referente. Y será desde este punto desde el que comenzarán a aparecer serias divergencias de trabajo y comprensión de los hechos. Piensa una cosa, Lola: el referente sobre el que construimos la forma de trabajar es justamente el que nos facilitará el desarrollo de la función teorizante. Deberemos ir teorizando en todos y cada uno de los grupos con el fin de poder comprender lo que percibimos y vivimos en ellos. Y con esta forma de construir nuestra propia teoría desarrollamos esa función; la cual se basa en los referentes a partir de los que trabajamos.

Por lo que voy viendo, la comprensión teórica deriva fundamentalmente de cuatro fuentes o manantiales importantes del pensamiento psicológico en relación con la psicoterapia de grupo en general y a la grupoanalítica en particular. Por un lado, tenemos todo lo que podemos adscribir al psicoanálisis y la teoría psicoanalítica. Pero aquí posiblemente te decepcione un poco. Afortunadamente la teoría psicoanalítica no es un monolito rígido de pensamientos; es un flujo de ideas procedentes de las experiencias de muchos que van ayudándonos a entender algo de lo que sucede en las personas y entre ellas. Es un enorme esfuerzo para tratar de describir algo tan intangible como lo que llamamos psique, o psiquismo. Al tener esta característica, todos aquellos que tienen la capacidad de sintetizar, de encontrar una forma de describirla, nos aportan su forma de entenderla. En nuestra pequeñez no podemos hacer otra cosa que proponer algo que estructure, pero sin dejar de considerar que esta estructuración no es más que una forma de entendernos a nosotros mismos cuando nos queremos explicar qué es o que puede ser eso llamado psiquismo.

Freud fue el primero en proponernos una estructura –que será modificada, rebatida, etc., por muchos seguidores– que nos posibilita asir de alguna forma eso que llamamos psiquismo. Con su importantísima revolución en el campo del pensamiento psicológico –ya que es él y a partir de él cuando comenzamos a pensar en el sujeto como algo bastante más complejo que una mera conjunción de actos más o menos reflejos, y guiados o gobernados por fuerzas más o menos sobrenaturales– inicia un recorrido desde el que trata de unificar al hombre con el resto de la naturaleza, en particular con la animal. Y más allá de que los clásicos definían al hombre como un animal racional, esto es, parte animal con elementos de la razón, el punto de partida de la teoría psicoanalítica supone aceptar un elemento evolutivo y, por ende, el hombre no sería más que un eslabón más del desarrollo y evolución de la naturaleza. Y, a partir de él, toda una serie de aportaciones que se han ido y se siguen realizando desde el psicoanálisis tanto desde las disidencias conocidas y líneas de pensamiento que se apartan de la matriz central propuesta por él, así como otro grandísimo número de aportaciones entre las que mencionaría, por seguir a Mitchell (2004[i]) y sin pretender más que señalar algunos de los que he conocido con más impacto, las aportaciones de S. Ferenczi, M. Klein, H. S. Sullivan,  W. R. D. Fairbairn, D. Winnicott, E. Erikson, H. Kohut, y otros destacados psicoanalistas como O. Kernberg o J. Lacan.

Pero, por otro lado, no podemos olvidar las aportaciones de Lewin relativas a la importancia del espacio vital y del entorno. En efecto, el trabajo de Lewin cobra relevancia al considerar que la conducta del sujeto viene muy condicionada por las percepciones que él mismo realiza de lo que le pasa y de lo que sucede a su alrededor. En este marco, define lo que se llama «espacio vital» como aquel conjunto de elementos que constituyen sus circunstancias y que condicionan y determinan esas mismas percepciones. Y esto es importante porque nos dará pie a comenzar a pensar aquello que coloquialmente señalamos como «el hombre y sus circunstancias». Hasta aquel momento se consideraba que la conducta del sujeto derivaba de las características de su forma de ser. Pero, a partir de esta aportación, vemos que esa forma de ser no es tan propia, ya que viene condicionada por los elementos que constituyen el contexto en el que se encuentra. Y estos no se refieren solamente al entorno físico en el que está, sino, y fundamentalmente, al conjunto de fuerzas que determinan y condicionan las manifestaciones de esa forma de ser. Por esto, para Lewin, será fundamental el estudio de la atmósfera en la que una persona se desenvuelve, atmósfera que no es más que el conjunto de circunstancias que provienen de las relaciones con las que una persona vive y convive, y que emanando de ella y de las personas con las que está y se relaciona, condicionan su forma de ser.

Tampoco hay que dejar de seguir la huella que marca Goldstein. Este neurólogo centró sus esfuerzos en la comprensión del cerebro humano y llegó a la conclusión de que existe una unidad en todas las manifestaciones, no sólo de dicho órgano sino del sujeto, del individuo. Por esto insiste en la comprensión holística del ser humano. Es una idea cercana a la de la Gestalt, básicamente por el protagonismo que tiene el todo sobre las partes. Sin embargo, le añade un componente: todo forma una misma entidad, lo que nos permite entender la conducta humana de forma no parcializada sino global. Eso, por ejemplo, nos va a posibilitar pensar que, si un miembro de un grupo se levanta a por agua en un momento del mismo, ese hecho no sea visto sólo como una manifestación individual, sino que hay algo colectivo en esa conducta (lo que no significa que el grupo está sediento). O que, si en un momento dado, una persona en el grupo carraspea o se le mueven las tripas, podamos preguntarnos qué del grupo en el que se encuentra está siendo expresado y manifestado por ese ser individual. La fisiología y la psicología comienzan a caminar de la mano. Una y otra no son más que manifestaciones del mismo ser, globalmente entendido.

Junto a estos referentes no podemos olvidar a N. Elias, un sociólogo inglés contemporáneo de Foulkes y que ejerció una notable influencia en la perspectiva que éste propone, aunque sus aportaciones no son muy conocidas en nuestro ámbito. En realidad, creo que es más Foulkes quien ejerce influencia en Elias y no al revés; pero, en cualquier caso, las aportaciones de este sociólogo me han permitido comprender bastante mejor la obra de Foulkes. La importante aportación de Elias proviene del hecho de revalorizar las fuerzas de poder. El poder entendido como la materialización de las fuerzas que, como la gravedad, determinan y colocan a cada persona en relación con las demás, organizándose estructuras que configuran el grupo social de una forma y no de otra, y que supone la expresión de las tensiones que conducen a modificaciones de estas estructuras. Pero, y ahí es algo que pienso por mi cuenta, hay que considerar a M. Castells. Este autor nuestro no es muy conocido (por no decir nada) en los ámbitos grupoanalíticos. Pero a mi me parece fundamental ya que se ha dedicado a estudiar los fenómenos de la comunicación y el poder. Además, en sus trabajos incluye los aspectos neurológicos –cosa novedosa en un científico de lo social –y eso me parece determinante para incluirlo. Estos aspectos de la neurología provienen de Damasio y de los actuales descubridores de las conexiones entre las personas mediante las neuronas espejo.

Y, finalmente, y de estos no nos podemos olvidar nunca, nuestros pacientes, los compañeros de profesión y los alumnos. En realidad, son los que conforman la «cuarta pata». Esta parte de la aportación es más difícil de documentar, ya que, por lo general, los pacientes no escriben sobre su experiencia y menos sobre la experiencia de grupo. Y si alguien lo hizo lo desconozco. Ahora bien, la práctica real, es decir, aquella que no se escribe con la relativa tranquilidad que da el estar en tu despacho en compañía de tu ordenador, tus libros, tus revistas y, en mi caso, con mi perro (un maravilloso ejemplar de setter inglés), enseña mucho. De hecho, el conjunto de explicaciones que los profesionales con capacidad y habilidad de organizar sus experiencias nos ofrecen, dándoles el formato de aportaciones o de cuerpo teórico, de poco sirven si no es por la continua aportación de los pacientes, cuyos procesos de reflexión, que surgen desde cada experiencia vital, llenan los silos en los que se almacenan las claves que nosotros recuperamos para entender la psicología humana. Nuestra función es ir recogiendo este material y entenderlo de manera que pueda ir constituyendo un cuerpo más o menos coherente de elementos con los que otros van a poder seguir profundizando.

Como puedes ver por un lado, la conceptualización psicoanalítica –con todas las variaciones que existen– y, por otro, los complementos que provienen de la Teoría de Campo, las aportaciones de Goldstein y las, para mí muy importantes, ideas que provienen de la sociología de Elias se pueden ir complementando con otras más actuales.

Las tres orientaciones clásicas de la psicoterapia de grupo, de las que te hablaré más adelante, se organizan en torno al lugar que ocupa el profesional respecto al hecho grupal y al valor que se le da a cada una de esas áreas importantes del pensamiento psicológico y social. Es decir, si pensamos sólo en la psicoterapia de grupo de orientación psicodinámica (para incluir variantes) hay quienes sólo basan su trabajo en la teoría psicoanalítica. Y dentro de la misma, quienes serían más freudianos y quienes podrían ser mas kleinianos o los que se englobarían en el apartado de los independientes: aquellos que no se alinearon ni con Klein ni con A. Freud. Pero los hay quienes como en el caso concreto de T. Burrow y S.H. Foulkes, adoptaron otros puntos de vista articulándolos de alguna forma con los planteamientos freudianos (más A. Freud que Klein). También los hay que sin renegar de la teoría psicoanalítica se afilian más con las propuestas sistémicas. Y luego los que vamos tratando de articular –como mejor sabemos– las aportaciones de diversos ángulos acercándonos a la clínica real (o a la que hemos tenido cada uno).

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