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jueves, febrero 27, 2020
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3.- Facilitar el desarrollo de las personas 

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Hay frases o ideas que sorprenden. Una de ellas es «desarrollo personal». Dice mucho y al tiempo, nada. No son nuevas. Ya en los sesenta del siglo pasado se aludía a ello en los círculos psicológicos y psiquiátricos. Los nombres de Jung y Adler se suelen asociar a ello. Y muchos otros. Más aún. Si nos metemos en internet y ponemos eso, hay mucha información.
¿Qué opino? Evidentemente todos tenemos nuestros recursos. Pero no todos servimos para todo.

Atendí a una chica joven, de unos 23 años. Estudiante de una especialidad médica. Muy competente. Estudiosa, haciendo las prácticas que le asignaban. Todo. Pero vivía con su chico que la apoyaba intermitentemente. Ahora sí, ahora no. El era otro profesional pero de otra área totalmente diferente.
¿Se querían?
Ella creía que sí. Aunque cuando desmenuzaba qué era ese amor, lo que aparecía era más el cariño que otra cosa. O costumbre. Sobre todo porque ella no se sentía querida por él.
—¿Por qué estás con él?
—Porque llevamos muchos años.
—¿Pero vivís como pareja o como dos estudiantes en un mismo piso?
—Es que no tengo dinero para irme a otro por mi cuenta. Casi nunca organizamos cosas conjuntamente. El hace su vida y yo la mía. A veces hacemos algo juntos, y me lo paso bien.
—Ya. Pero me dices que él te encarga una serie de tareas aduciendo que «no haces nada». Cuando no es verdad.
— Sí. Se lo explico pero es como si para él no valiera nada. Ve que estudio, que preparo trabajos que me piden en la facultad, que hago prácticas en dos centros diferentes. Pero para él eso no es nada. Lo suyo es más importante que lo mío.
—Me da la sensación de que eres como un Ferrari en un atasco de tráfico. Así se estropea el motor. A ver si acabas estropeándote por permanecer ahí.

Todos tenemos un potencial. Que en ocasiones no lo vemos, o no lo valoramos. Nos empeñamos en realizar tareas para las que no tenemos habilidad. Proponiéndonos metas que no van acordes con nuestras propias capacidades. Es más, con frecuencia estos objetivos nos han sido inculcados por otros. No son deseos propios. Y desentrañar eso no siempre es fácil.
En el caso de esa chica, su desarrollo personal estaba atascado por el constante ninguneo de su pareja. Parece claro que algo había que cambiar. Pero tenía que ser ella la que lo viera. Si no, repetiría un modelo de conducta en la que su deseo quedaría, de nuevo, atascado.
Ante esta situación son muchas las preguntas que me hago —y me he hecho—. Desde una visión clásica de la psicología —que está también muy extendida en las conversaciones de todo el mundo— la idea es que uno tiene que ser capaz de desarrollar su propio potencial. Eso tiene algo de cierto. Supone conocerse lo suficiente como para ver que se tiene esas habilidades u otras. Y en caso de no ser consciente de ellas, que alguien nos las indique. E incluso que nos ayude a desarrollarlas.
Desde esta perspectiva el psicólogo podría ser como un entrenador personal. Como quien va al gimnasio o toma unas clases particulares para aprender algo que no sabe. Es una opción absolutamente lógica y hasta útil. Muchas veces precisamos del apoyo de un profesional para desarrollar una capacidad. Por ejemplo, si no sé hablar en público puede ser muy bueno que alguien me entrene en ello. O más complicado: si tengo miedo a salir de casa, un buen psicólogo puede ayudarme a superar ese miedo.
En otras muchas ocasiones no es tanto una dificultad personal. Porque no estamos solos, aislados del mundo y de la familia. Formamos parte de un entramado de relaciones. Y las dificultades no siempre provienen de uno sino de ese entramado. De actitudes y comportamientos de quienes nos rodean que no permiten ese desarrollo personal. Frenan el progreso no porque tengan esa intención negativa. La mayoría de las veces ni se les ocurre pensar que aquella actitud o aquel comentario frenan muchas posibilidades.
En este caso, lo que parece más adecuado no es tanto entrenar a alguien para que adquiera determinadas habilidades cuanto ayudarle a salir de la telaraña que le atrapa. Con frecuencia, es fácil cuando nos vamos dando cuenta de ello. Y no necesariamente supone romperla. Lo más normal es que modificando algunas de las formas de responder o de entender lo que se le dice, aparezcan cambios casi inevitables.
Ahí mi función como psicólogo se acerca mucho a la idea de terapeuta. Porque en la antigua Grecia, los terapeutas eran aquellas personas que ayudaban a otras a desarrollar alguna de las dificultades —fundamentalmente físicas— que tenían. Ese acompañamiento es muy importante. Como ese bastón —en ocasiones unas muletas o un andador— que ayudan a que la persona camine. Se desplace. Fortalezca su musculatura y pueda llegar a andar sola. Porque ni el bastón ni ningún otro de los artilugios caminan por sí mismos. Solo funcionan como apoyo y sostén.
En el fondo es como cuando comenzamos a andar. Porque no deja de ser un proceso. El niño va madurando su musculatura y equilibrio hasta conseguir ponerse de pie y mantenerse. Y luego, poco a poco, osa un paso, otro. Se cae. Vuelve a levantarse. En ocasiones le dan la mano con lo que puede desplazarse más. Hasta que llega un día que va por su cuenta.
Y nosotros, los adultos, de bólido tras él para que no se de un trastazo.
A mi me gusta hacerlo así. Afianzar la musculatura —mental— de quien viene para que vaya aprendiendo a dar sus pasos. Soltarse. Sabiendo que en este movimiento de autonomía, el resto de la red a la que pertenece reacciona. En ocasiones, a favor. En otras, a la contra. Y ahí hay trabajo.
Ese refuerzo —le llamamos refuerzo Yoico— es básico para cualquier proceso terapéutico. O psicoterapéutico.
Esta es mi forma de favorecer el desarrollo
Muchas gracias
Un saludo
Dr. Sunyer

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