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Domingo, agosto 20, 2017
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26) ¿Por qué deberíamos organizar grupos y no centrarnos en la intervención individual? 

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26) O sea que el grupo contiene elementos terapéuticos; pero también los tiene la relación individual. Siendo así, ¿por qué deberíamos organizar grupos y no centrarnos en la intervención individual?

Los profesionales de la salud, como creo que todo ser humano, estamos comprometidos con la sociedad que es la que, en último término, ha invertido en nosotros una serie de conocimientos y experiencias para que éstas reviertan en beneficio del grupo social. Estos conocimientos nos han permitido saber que el grupo representa un reforzador de las conductas de las personas, en tanto que los humanos, todos, buscamos la aceptación, el reconocimiento del otro. La utilización de este elemento reforzador denominado grupo terapéutico facilitaría de entrada que los aprendizajes que se den en el seno del mismo posean este carácter que incrementa el valor de lo aprendido. Pero podemos pensar que ese reconocimiento también lo podemos obtener de la relación individual, y esto es cierto. Sin embargo en la relación con el profesional se introducen aspectos que tienen que ver con la autoridad y si bien en algunas ocasiones, éste es un elemento de ayuda para el paciente, sabemos que cuando la intervención se realiza desde un “igual”, el efecto es mayor. Y ese igual sólo lo podemos encontrar en el seno de un grupo. Cuando ya en su seno añadimos la comprensión psíquica del conflicto, el efecto se potencia porque actuamos sobre el sujeto a través de la ampliación de los elementos patógenos y sanos que se deben a la situación grupal.

Los datos que provienen de la experiencia me permiten asegurar que el trabajar en grupo tiene grandes beneficios. Y si bien es cierto que en este tipo de trabajo estos beneficios tardan algo más en ser alcanzados (sabes por experiencia que una clase particular tiene beneficios a corto plazo), el arraigo de tales aprendizajes y la penetración de la experiencia se prolonga a lo largo del tiempo. De hecho, el clásico experimento de Lippitt y White del que  habla Lewin (1965), señala que la atmósfera que se desarrollaba en un grupo organizado de forma autoritaria era diferente del que lo era de forma democrática. Esa diferencia posibilitaba que en aquellos organizados de forma más democrática, la consecución de los objetivos fuese más lenta pero que se sostuviera más que en los otros grupos. De hecho, en este trabajo Lewin nos recuerda que “el ambiente social en el que un niño vive es tan importante para él como el aire que respira. El grupo al que un niño pertenece es el terreno en el que se sostiene. Su relación con su grupo y su estatus en él son los factores más importantes para su sentimiento de seguridad o inseguridad” (1965:71). Esto creo que es aplicable a todas las personas, no sólo a los niños. El adulto también precisa de estos elementos de seguridad para su desarrollo. Ya Sullivan señalaba la importancia del contexto social en cuyo seno uno enferma y precisamente por eso hay que utilizar el mismo contexto para alcanzar niveles más altos de salud.

El tratamiento individual puede tener muchas ventajas, por supuesto. Ante situaciones con un grado elevado de confusión, de agitación, de impulsividad, pérdida de los controles del Yo, está muy indicado el abordaje individual puesto que el profesional puede ir reconstruyendo, pacientemente, la estructura rota del paciente y posibilitarle, posteriormente, la inclusión en un grupo. Incluso este tratamiento individual puede ser concebido como un trabajo de grupo pequeño, en el que el profesional actúa de forma que la interacción que se da entre él y el paciente, vaya siendo la base sobre la que ir construyendo una mínima capacidad para poder incorporarse a otro grupo mayor. Pero el trabajo que se realiza en un grupo tiene, básicamente, una gran ventaja. Foulkes hablaba de que el grupo es como una sala de espejos, y esta idea creo que nos viene muy bien, Lola. Cuando una persona se encuentra ante otras, fácilmente percibe aspectos de sí mismo reflejados en las conductas y actuaciones de los demás. Esa multiplicidad de aspectos no puede darse en una situación de abordaje individual.

Uno de los autores que tengo más presentes es Grotjahn, M. (1979) quien señala que hay una objeción contra la terapia grupal que suena convincente. Podría sostenerse que la psicoterapia individual es una de las últimas isletas de libertad e individuación que restan en una época de mecanización y alienación, y que por consiguiente la terapia individual no debiera ser reemplazada por el grupo. No obstante, este argumento es falaz, porque el yo precisa de “el otro” para formarse y crecer en tal relación. El grupo, más que ninguna otra situación, proporciona oportunidad para la individuación (1979:19). En efecto, la posibilidad de poder ir construyéndose surge de la propia capacidad de estar en un grupo y participar en el proceso de diferenciación del otro que lleva implícito. Recuerda, Lola, que el grupo no es un objeto sino una constelación de personas. El estar con estas personas, el poder hablar e intercambiar experiencias, emociones, pensar sobre nuestros comportamientos, todo ello beneficia el proceso de diferenciación y, por lo tanto, el de individualización. De hecho sólo podemos acceder al yo cuando podemos hacerlo al tú.

Luego nos añade que la naturaleza dinámica o motivacional del proceso terapéutico es diferente en los grupos y en el tratamiento individual. Mientras que el individuo debe luchar principalmente para integrar su inconsciente en su consciente, los miembros del grupo deben aprender a establecer una red de comunicación. Esta es la principal diferencia entre la terapia individual y la grupal (1979:11-2); y posteriormente subraya el grupo, más que ninguna otra situación, proporciona la oportunidad para la individuación (…) en el grupo el miembro lo es de una familia. Franz Alexander comparó a la terapia con una experiencia emocional correctiva. Podría decirse que la psicoterapia grupal es una experiencia terapéutico-familiar correctiva. (1979:19) En efecto, la individualización no es algo que viene dado sino que es un grado que se alcanza a través de la experiencia de ser parte del grupo. Es desde la propia experiencia grupal que podemos mantener, de manera simultánea, un perfecto desarrollo de lo individual y de lo grupal. Deberemos hacer más hincapié en la noción de individualización porque creo junto con otros autores que los procesos psicopatológicos no son más que la expresión de las grandes dificultades en constituirse como seres autónomos del grupo de pertenencia, es decir, del proceso de individualización[1].

Por otro lado, en un trabajo en el que se comparan la terapia individual y grupal, Kauff, P.F., (1995) nos dice a pesar de que el enfoque técnico general y las metas del tratamiento psicoanalítico, tanto en grupo como en la díada, son básicamente iguales, existen algunas diferencias que deben considerarse. Éstas incluyen las fuentes de datos, el aspecto de la regresión y el uso del grupo como un contexto de tratamiento.(:9) Y centrándose en el primer aspecto subraya el hecho de que cuanto más pueda verse al paciente en acción, más puede comprenderse acerca del paciente y más puede entender éste acerca de sí mismo y alterar lo que puede alterase (:9) Y más adelante concreta: el grupo no sólo permite el propio informe del paciente acerca de la experiencia interna y externa, sus percepciones del terapeuta y sus reacciones ante él, sino que además proporciona más personas hacia las cuales puede responder y más sujetos que pueden reaccionar hacia el paciente. Los datos son activos no pasivos. Se extiende la arena para la transferencia de su eje tradicional vertical a uno horizontal que involucra diferentes objetos y aún, en ocasiones, al grupo en su totalidad (:10)  En efecto, el trabajo grupal, el trabajo que se realiza en un espacio como el de la Psicoterapia Grupal, se centra en el aquí y ahora de la experiencia. Lo que se cuenta, lo que sucede en el grupo y lo que sucede fuera de él, son aspectos que se trabajan en el mismo plano, en el aquí y ahora de la sesión y en el decurso del propio proceso psicoterapéutico. Y es a través de este propio proceso en el que se dan las circunstancias propicias para que emerjan los elementos regresivos de los que habla Kauff.

En el grupo, como ya he comentado antes, se da un proceso de regresión. Una consecuencia de ello es que el individuo pierde el control que supuestamente tenía sobre esas imágenes, provocando la activación de mecanismos de relación y defensa que se corresponden más con momentos anteriores del desarrollo. De esta forma es más frecuente que aparezcan mecanismos de comunicación y defensa contra la ansiedad de tipo primitivo, como la escisión, la identificación proyectiva, la negación, el bloqueo asociativo, por ejemplo, que emergen frente a las ansiedades básicas que se han despertado al estar en el grupo. Cuando los conductores, asumiendo el aspecto psicoterapéutico que nos corresponde, vamos acompañando a los pacientes para que se enfrenten a sus propias situaciones problemáticas y no estamos especialmente angustiados por paliar la ansiedad que se despierta en el grupo, permitiremos que emerjan en él más elementos regresivos. De hecho, Scheidlinger, S (1979) señala claramente que hay fenómenos regresivos inherentes a la psicología de grupo, además de los que forman parte de toda psicoterapia reconstructiva.(:253) Y ello es debido a que los pacientes se encuentran en una situación totalmente novedosa ante lo que no les sirven los mecanismos habituales de comportamiento, de reflexión, de pensamiento. En esa situación, los elementos afectivos cobran una mayor nitidez y cada miembro busca sistemas de resolver la situación que ya fueron experimentados en otros períodos de su vida, cuando los niveles de desconcierto eran similares. Esta situación también involucra al conductor aunque, por el hecho de haber transitado por estas experiencias durante su período formativo y de análisis personal, tienen un impacto menor. Estos procesos regresivos están ahí para ser utilizados en beneficio del propio desarrollo del paciente y del grupo. El grupo pequeño es el lugar idóneo para activar y reconocer los sentimientos que emergen y no substituirlos por pensamientos que nos lleven a una mayor racionalidad. Ahora bien, dependerá de la capacidad del propio conductor, de su habilidad para poder valorar el grado de ansiedad terapéuticamente tolerable la decisión de intervenir para que esos mismos niveles no alcancen cotas que puedan ser dañinas. Eso sólo depende de la profesionalidad y su capacidad de contención.

En relación con el propio contexto de tratamiento del que hablaba Kauff (1995), puedo decirte Lola, que en el grupo que vamos constituyendo las personas que han sido convocadas para desarrollar una psicoterapia grupoanalítica, uno de los aspectos más relevantes es el reconocimiento de las redes de interdependencia que establecemos entre nosotros y los afectos asociadas a ellas. Poder ir constatándolas, poder ir viendo cómo son de similares a las que desarrollamos a lo largo de nuestra vida en nuestros contextos familiares y laborales, nos permite tomar conciencia de nuestra forma de sentir, pensar, de afrontar y de tomar decisiones. Pero, más aún, podemos también caer en la cuenta de cómo las circunstancias exteriores al grupo, las que provienen del lugar en el que lo realizamos, las que derivan de los factores socio políticos, económicos, culturales, religiosos…, todas ellas también están presentes en nuestra forma de vivir. El darnos cuenta de ello, no sólo desde lo intelectual sino y fundamentalmente desde lo afectivo, desde lo emocional, siendo ésta una de las mejores aportaciones que tiene el grupo para nuestra salud. Ello significa ir tomando conciencia de la complejidad de la ecuación que tenemos que resolver continuamente, por ejemplo, conocer las ligazones que tenemos con personas significativas, darnos cuenta de lo que sentimos, de las lealtades con las que estamos vinculados (Boszormenyi-Nagy, I; Spark, G.M., 1983), los elementos que nos condicionan, los significados que todo ello supone… Por esto también hay que convocarlos, es decir, poderlos traer a colación, saber que todos ellos constituyen la complejidad del vivir. Cuando a través del proceso psicoterapéutico grupal vamos articulando las diversas facetas ante las que nos encontramos, tanto exteriores como internas del individuo, tanto del contexto en el que nos movemos como de las limitaciones personales de cada cual, estamos favoreciendo el proceso de integración de las divergencias ante las que nos encontramos. Este proceso de integración es el que nos permitirá ir reconstituyendo nuestra propia identidad.

Cambiando el tipo de perspectiva, te sugiero Lola, que acudamos a Adler, quien ya al separarse de Freud (fue el primero en hacerlo) consideró la importancia de la situación en la vivencia que tenía el individuo, y el poder como uno de los instrumentos con los que se actuaba (en esto parece coincidir con N. Elias). Pues bien, a través de Portuondo nos dice que el efecto del grupo sobre el individuo se manifiesta a través de la revaloración y cambio del sentimiento de minusvalía del paciente, logrando aumentar la confianza en sí mismo, lo que se va a traducir en una evidente mayor participación en sus relaciones sociales interpersonales. (Portuondo, J. L., 1972: 18). Dicho de otra forma, se aumenta la confianza en uno mismo a partir de las relaciones que se dan en la actividad terapéutica grupal, y por lo tanto un incremento de la autoestima personal. En efecto, cuando unas personas se reúnen en un “grupo de padres” para conocer y aprender, por ejemplo, más detalles sobre las características de “lo que le pasa a mi hijo”, ¿qué estamos proponiendo? Evidentemente hay un nivel de información que proviene del conductor del grupo en torno a eso que supone “lo que le pasa a mi hijo”. Pero todos sabemos que lo que digo en torno a “lo que le pasa a mi hijo es …” no es lo mismo que lo que oye el otro compañero de grupo. Cada uno escucha aquello que puede escuchar. Si el conductor del grupo organiza el trabajo de manera que podamos ir compartiendo las diferentes escuchas que se dan en torno a la información suministrada, el nivel de comprensión de “lo que le pasa a mi hijo” aumenta. Pero no sólo eso, sino que comienzan a desarrollarse toda una gama de fenómenos personales que afectan a la valoración que tengo de mi mismo: comienzo a verme menos raro de lo que me veía antes, comienzo a poder escuchar lo que otros opinan del mismo tema, me voy atreviendo a explicar aspectos de eso que llamo “lo que le pasa a mi hijo es…”, aspectos éstos, entre otros, que afectan a la imagen, a la idea, al concepto que tengo de mí y de mi hijo. A partir de ahí se incrementa el grado de diferenciación entre yo y mi hijo, posibilitándonos un incremento de los niveles de individualización de cada uno respecto al otro.

Por otro lado, debemos aceptar que no es posible andar tras el “oro puro” (Freud) que representaría la oferta de un análisis individual, profundo, a cada ciudadano; y aunque se pudiera, comienzo a dudar de si este planteamiento tan individualizado beneficiaría al conjunto de la sociedad y al propio individuo. Hay muchos niveles de sufrimiento, de dolor, de daño psíquico que podemos paliar con la oferta de distintos niveles de trabajo adecuados a cada uno de ellos. En este sentido, tanto desde la organización de grupos de Orientación Psicológica, como desde otro tipo de abordajes terapéuticos que introducen técnicas creativas (la música, la pintura, la dramatización), técnicas de relación subsidiaria (trabajos terapéuticos con animales), técnicas terapéuticas dirigidas a aprendizajes concretos (grupos de relajación, de preparación al parto, de amamantamiento materno, de Técnicas de estudio…), grupos Ocupacionales, grupos de tiempo libre…, etc.,  se abre la posibilidad para que amplios colectivos sean atendidos por profesionales de la salud que facilitan, como convocantes del grupo, el establecimiento de niveles de relación terapéutica.

Hay, con todo, otros aspectos. Valiente, D. (1987), hablando del porqué para los profesionales puede ser importante participar en un grupo, nos dice que para él la razón es triple: como tratamiento, como aprendizaje y como investigación (1987:9). Y si nos centramos en el segundo aspecto, nos recuerda que el grupo es un lugar que me ayuda a conocer quién soy yo ante el otro, quien soy yo ante los otros en las relaciones que mantienen entre ellos, y también qué y quién son los otros al ser observados por mí. La combinación de todas estas posibilidades hará surgir de nosotros una amplísima gama de sentimientos, de deseos y de formas de ser que en su mayor parte han permanecido ajenas a nosotros y que ahora tenemos la oportunidad de conocer, reconocer e integrar en una dimensión más rica y amplia del Yo mismo (1987:11). Y centrándonos en el tercero, el de la investigación, la práctica profesional me ha mostrado que cuando trabajamos en grupo, y especialmente cuando estos grupos tienen el común denominador de una patología determinada, lo que se nos muestra ante nuestros ojos es una representación ampliada de la misma. El efecto aumentador del espacio grupal posibilita al profesional un estudio pormenorizado de múltiples aspectos que no puede ver en un espacio individual o para lo que se precisaría mucho tiempo.

 

 

[1] Comprendo que habitualmente se emplea el término individuación para expresar el proceso por el que uno se constituye en individuo; pero siempre me ha parecido un anglicismo y por esto opto por individualización que me sigue pareciendo más propio de nuestro idioma.

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