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Sábado, noviembre 18, 2017
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22. ¿Podría contarnos un caso que le haya impactado mucho? 

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Muchos casos me impactan. Los de adolescentes cuyos padres no son conscientes de su valía, los de parejas que descubren el valor de su “media naranja” cuando lo daban todo por perdido, los de quienes se querían casar como fuera y con quien fuera y fueron capaces de darse tiempo para encontrar con quien querían realmente estar… quizás el más sobresaliente fue el de una mujer a la que llamaremos Clotilde.

Clotilde vivía con sus padres en una aldea de Galicia. A sus catorce años decidió dejar de hablar: no hablaba con los maestros ni con los compañeros de clase. Solo hablaba con sus dos hermanas y sus padres. Pero ya a los dieciséis solo hablaba con sus padres. Con nadie más. Su vida se limitaba a ir al campo, hacer las tareas que se le encomendaban y volver a casa. No tenía amigos, no se relacionaba con nadie. Hasta el extremo que fue visitada por un psiquiatra quien la diagnosticó de psicosis y le dio la medicación correspondiente; medicación que dejó de tomar cuando se acabó el frasco.

A sus veinte y pocos, unos tíos que vivían cerca del Hospital en el que trabajaba, se preocuparon por ella y se la trajeron para llevarla a un psicólogo. Comenzó las sesiones en las que el objetivo, creo, debía ser el conseguir que hablara. Acabó mal la cosa ya que ella, agobiada por la presión del psicólogo, le agredió y abandonó el tratamiento. Así que se quedó en casa de sus tíos con los que tampoco hablaba, claro: hacía lo que le pedían pero no decía ni mu.

A estas que los tíos se enteran de la existencia de un servicio de psiquiatría en el Hospital en el que trabajaba y ahí acudieron. La vio el Jefe de Servicio que, tras verla, me llamó y me dijo: ahí tienes a Clotilde. Es para el Hospital de Día.

Trabajamos todos durante un año, todos los días, cinco o seis horas diarias. Clotilde venía puntual y puntual se marchaba. Participaba de la mayoría de las actividades pero no decía ni mu. Ni a nosotros ni a sus compañeros. Ni mu. Pero yo sabía que nos entendía, y que nos entendía pero que muy bien. Tenía una relación con ella que me permitía saber que estaba más en contacto con la realidad que ningún otro de sus compañeros de Hospital de día.  Diez meses sin decir ni mu.

Hasta que decidimos invitar a sus padres para saber si realmente no hablaba, si hablaba solo con ellos o era simplemente una interpretación de sonidos que los padres hacían. Y los padres hicieron el enorme esfuerzo en venir. Y vinieron a la entrevista. Y por primera vez, no les habló. Sus padres se esforzaban en hablar con ella (pensamos que igual era un problema de idioma), y nada. Hierática, callada como un muro. Su madre lloraba y su padre andaba desesperado, el pobre. Y nosotros. Todo el equipo mudo. Y nos despedimos de ella y de ellos, diciéndole que si realmente quería mantener el tratamiento con nosotros, que bastaba que nos enviase un sobre con un sí o un no. Y le dimos el sobre con la dirección y el sello. Todo fácil.

Y pasó el verano. Estaba yo en la secretaría del servicio y junto a mí, la asistenta social: una mujer muy valiosa, entrada en años, y muy dispuesta a ayudar en todo. En esto que suena el teléfono. Mi compañera lo coge y dice lo habitual “Servicio de Psiquiatría, ¿dígame?”. Y colgaron. Nada más. Y tanto ella como yo pensamos lo habitual: que es alguien que ha llamado y que, cansado de esperar a que le pasaran con Psiquiatría, pues había colgado (no teníamos línea directa y cuando alguien llamaba pedía por el servicio con el que quería hablar y le pasaban). Al poco, vuelve a sonar y mi compañera toma el teléfono y… al otro lado del hilo suena una voz que dice: Soy Clotilde. Y colgó.

Como podéis imaginar el alborozo, el jaleo que se organizó en el servicio fue de palabras mayores: unos no se creían que la tal Clotilde pudiera ser nuestra Clotilde, otros que sí, otros… bueno, de todas las interpretaciones posibles. En fin, que a los pocos días se presenta Clotilde preguntando por la asistente social: hablaba correctamente, había encontrado trabajo, y venia no solo a agradecer el esfuerzo sino a preguntar por una serie de temas laborales que nos dejaron a todos más que desconcertados.

Este es el caso que más me impactó en toda mi vida profesional.

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