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Jueves, noviembre 21, 2019
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2.- ¿Qué hago como psicólogo-psicoterapeuta? 

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Me resulta difícil contestarlo brevemente. No por no saberlo. Sino porque no es tan sencillo explicarlo. A pesar de los más de cuarenta años de profesión. Y porque todo el mundo tiene una idea de qué hacemos. Oco o a superar el miedo a volar.jemplo cuando se le ayuda a tener pautas de estudio a un chaval. O cuando alguien tiene que a. .

Lo fácil sería decir:

Ayudo a quienes piden ayuda a sentirse mejor consigo mismas, con su entorno y con lo que hacen con su vida.

Es muy genérico. Un poco aséptico. Además, todos haríamos lo mismo con quienes nos son próximos. Deseamos su felicidad. E incluso con las que no lo son tanto. No hay tanta maldad como para que alguien desee lo contrario.

Tampoco creo que mi objetivo sea «hacerles» felices. No. Sí me gusta verles bien. No me suena sincero vender la dicha de nadie. Primero porque ni se vende ni se compra. Segundo porque es algo muy subjetivo. Lo que a uno le hace sentirse bien, no le sirve a otro. Lo de la felicidad es como una sucesión de momentos cuyo cómputo te permite pensar y sentir que eres feliz. No creo que exista la felicidad en global y en abstracto. Sí podemos sentirnos satisfechos con lo que hacemos o hemos hecho. Así, a grandes trazos. Nacemos para vivir nuestra vida. Para facilitar la de quienes nos rodean. Y deseamos que ese balance sea positivo.

Sé que hay muchos psicólogos. Y muchas psicologías. Mucha gente que se presta a ayudar a otros. A que se sientan satisfechos consigo mismos. En unos casos, estimulándoles en el desarrollo de algún aspecto personal. En otros, proponiéndoles determinados cambios que le faciliten la vida. Pero «cada maestrillo tiene su librillo». Que por lo general se ajusta a su forma de ser y de ver la vida.

Para mí, lo más importante es facilitar el desarrollo de quien pide ayuda. Y de esto hice mi profesión. La forma de ganarme la vida. De sentirme útil. Darle también un sentido a mi propio existir. Otros ponen el acento en otro lugar: en el desarrollo de su profesión, en el pasarlo bien o en desarrollar proyectos o hacer dinero. Cada uno tiene un esbozo de lo que desearía. Es importante contribuir a que se alcance ese objetivo. Que es el suyo. No el que creo que debería tener. Solo el de quien tengo delante, en mi consulta. El que quiera tener; aunque a veces, puede no saber cuál es ese objetivo. Porque la vida de cada uno de nosotros está atravesada por cientos de circunstancias. No solo provenientes de uno mismo. También de los demás, de quienes nos rodean.

S., es una mujer de mediana edad, ronda los 45 años. Inteligente. Trabaja en la administración habiendo obtenido una plaza tras un pequeño concurso. No es que el trabajo sea una panacea, pero le permite llegar a fin de mes. Es guapa, atractiva. Ha tenido varias parejas en su vida. Con la primera se formalizó la relación y se casaron. Duraron no más de dos años como matrimonio. ¿Por qué? Por la gran dificultad de hacer un desarrollo propio separándose un poco de sus padres. Tuvo otras relaciones que podrían haberse consolidado. Más la situación familiar le impedía tomar una decisión que le podría alejar de ellos.

En principio las dificultades provenían del entramado familiar. Era consciente de ello. Aunque algo le impedía hacer los movimientos necesarios para desarrollar su propio proyecto familiar. A pesar, incluso, de vivir en su propio piso. De disponer de independencia económica. Haber cursado unos estudios superiores. Tener trabajo.

No fue fácil encontrar qué buscaba. Entre otras cosas porque se le había borrado tal pregunta. Como cuando uno se siente agobiado por las olas y ve lejos la orilla. Nada. Se desespera. Solo sabe que no debe ahogarse. Pero la preocupación no le deja pensar en que igual, nadando así, se cansa excesivamente. A veces, basta con que haya alguien cerca.

No sabría decir en estas mil palabras, cómo lo conseguimos. Pero hoy es una mujer casada. No va a tener hijos porque se da cuenta de su realidad. Tampoco piensa en adoptarlos. No juega a la moda actual. Pero ha encontrado la forma de hacer su vida y que sus padres no sufran. El diagnóstico que le habían adjudicado ha perdido su fuerza. Su significado. No significa que no fuera acertado. Era —como son todos— una etiqueta que sirve para describir una serie de características de una persona. Una clasificación. No un dictamen.

Sí es verdad que éste fue uno de los terrenos de discusión. De conversaciones importantes entre ella y yo. Hasta que comenzó a perder peso la etiqueta diagnóstica. Y se abrieron otras posibilidades. Otras formas de verse y de mostrarse.

La relación profesional que mantuvimos duró tiempo. Y fue intensa. Tres años de trabajo semanal. En ocasiones, con una frecuencia de dos o tres días a la semana. No fue lo habitual. Solo lo excepcional. Por las crisis. Es decir, por los cambios internos que se iban dando. La intensidad de esa relación también me zarandeó. En ocasiones me dificultó el dormir. Pero salimos a flote. Sobre todo ella. Pero fue ahí, en esa relación en donde se driblaron buena parte de sus dificultades. Sorteó temores y fantasmas. También tuve que encajar algún que otro gol. Este es el juego de las relaciones interpersonales.

Entonces, ¿qué hago como psicólogo? Trabajar con quien me pide ayuda a determinar las normas y reglas de nuestro juego. O de nuestro recorrido. Como quien planea una excursión en bici. Mejor en tándem. Porque en este trabajo estoy totalmente implicado.

Entiendo que éste es un punto crítico. Porque en muchas ocasiones nuestro papel se dibuja con una distancia entre quien pide ayuda y quien la da. Como viendo los toros desde la barrera. Lo que, sin querer, reproduce un modelo relacional que ha conducido al sufrimiento. Que en su expresión máxima se llama enajenación. Soledad absoluta. Aislamiento. Expresión extrema del sufrimiento humano.

Esto es lo que hago. O lo que he acabado haciendo.

Un saludo

Dr. Sunyer.

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