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Miércoles, diciembre 12, 2018
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128) Si la despedida forma parte del proceso ¿Cómo describirías esta parte? 

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128) Estamos hablando de la despedida y de la finalización, pero si sigo tu pensamiento esto forma parte del proceso, ¿no? ¿Cómo describirías esta parte?

En efecto, las personas que han coparticipado de un proceso psicoterapéutico están imbuidos en un proceso complejo de valoración, revalorización y revisión de un puñado de lazos que definen nuestras interdependencias con los demás y con nosotros mismos. Esto significa que estrictamente nunca podría hablarse de finalización de un tratamiento si no aparece una revisión de tales procesos. En realidad, lo que presumiblemente ha ido sucediendo a lo largo de todo este tiempo es que cada integrante del grupo se ha dado la oportunidad de revisar, a partir de sus preocupaciones y de sus expectativas respecto lo que denomina su “salud mental”, no sólo una serie de ideas y pensamientos respecto de sí mismo y los demás, sino que, y sobre todo, ha repasado lo que constituyen sus relaciones de interdependencia que lo vinculan con los seres que le rodean y consigo mismo. Esto significa que cada persona ha ido revisando su concepto e imagen de sí mismo, las relaciones con los demás, en especial las mantenidas con las personas que han sido y son significativas en su vida, ha ido comprendiendo cuáles son sus deseos y cómo los puede alcanzar o cómo renuncia a ellos, cuál es su esquema interactivo y cómo este sistema se ha ido organizando en el seno de su grupo familiar, y finalmente, cómo consigue siendo uno mismo al tiempo que sigue siendo miembro del grupo familiar y social al que pertenece. Ahora bien, despedida no es lo mismo que finalización. Despedirse parece que habla más de lo contrario de pedirse, de encontrarse, y tiene un matiz particular. Distinto del que tiene la palabra finalizar, ¿no?

La experiencia grupal es particular para cada persona. Los objetivos que, de forma tácita, se propuso alcanzar, seguramente se han ido adaptando a las realidades de su vida, sus circunstancias, de sus posibilidades. Aquella primera idea de que iba a salir sanado se ha ido ajustando a la realidad. En algunos casos, condicionados como estamos por el tiempo de permanencia en un grupo, lo que de alguna forma aspirábamos a alcanzar era muy concreto y determinado. Este es el caso de quienes buscan una solución puntual, muy delimitada y que el hecho de más o menos haberla alcanzado les pone en situación de finalizar el tratamiento. Para otros, el estar en grupo supone darse cuenta de que lo que les pasa no es tan particular sino que son tan humanos como el resto de los mortales, que sufren como consecuencia de un montón de hechos que han ido condicionando su vida, sus elecciones y decisiones. Hechos que muchas veces no han podido ser elaborados, digeridos, integrados como inherentes a lo que llamamos vida. Hay quienes ven la vida como un continuo superar pruebas y más pruebas. Otros la perciben como un mal menor ante lo que no pueden hacer otra cosa que esperar a que llegue el día final. Otros… y podríamos hacer un largo listado de posiciones que, en definitiva, también se han dado en el grupo. La experiencia grupal, en último término, es fiel exponente de cómo vamos por la vida cada uno de nosotros.

 

La diferencia, en cualquier caso, es que al ser una matriz nueva, una matriz que no está previamente constituida por interdependencias patogénicas sino que parte de una premisa totalmente ajena al funcionamiento del resto de los grupos humanos, a través de ella, de esta matriz, uno ha podido ir revisando su forma de estar, de actuar, de vivir, de pensar y sentir. Y no sólo eso, sino que se ha dado la oportunidad de experimentar nuevas formas de funcionamiento, de interacción, de comunicación, de establecimiento de interdependencias con los demás con vinculaciones sanas, o al menos, menos patogénicas que las conocidas. Y eso se ha dado al mismo tiempo que seguía en contacto con el resto de sus grupos habituales. Lo que le ha ido permitiendo extender sus nuevas experiencias a la vida cotidiana. Frases como «no sólo me encuentro mejor sino, y lo más importante, todos los demás, incluida mi mujer, me dicen que estoy mejor, más relajado, menos exigente, más sensible» indican que se va acercando al momento de separarse, a través de esta exteriorización y actualización de lo que se vive en la vida cotidiana, como contrapartida a lo que sucede al inicio porque en el grupo se actualiza lo que vive fuera. Uno se suele marchar cuando hay ya cierta homeostasis entre las experiencias en el grupo y el resto de la vida personal.

Ayerra (2006) como en otros muchos de sus escritos, nos recuerda que de la indefensión del individuo surgen la mayoría de los problemas que tenemos, y que sólo cuando la condición de indefensión se encuentra contenida y acompañada es soportable e integrable (:35). Para ello se precisa un ambiente fiable que permita por un lado, que se den las condiciones de apertura que posibilitarán un intercambio creativo con el entorno, y por otro, facilitarán la integración, cuyo cimiento es el cariño y la solidaridad (ibídem: 35). Pues bien, estos aspectos son los que el grupo le ha ido proporcionando a cada uno de los pacientes. Y es precisamente por este hecho que el individuo puede acceder a soltar amarras y seguir su proceso personal por su cuenta e integrándose más y mejor en el mundo en el que está.

Cuando se percibe que se ha llegado a este equilibrio, se inicia un proceso en el que debe aparecer una revisión del trabajo realizado, una revisión de las vivencias, una reconciliación con aquellos aspectos con los que se estaba tan peleado y que ahora se han podido encajar de otra forma. Ese proceso de metabolización que, utilizando la terminología de Bion se correspondería a la conversión de aquellos elementos α en elementos β, lo que supone la integración de aquello que no pudo ser elaborado en algo que ya pertenece a uno. Esa elaboración supone también la integración de dos funciones básicas, la materna y la paterna. La primera representa la posibilidad de recuperar dentro de sí las capacidades de contención que la función materna aporta para poder integrar el dolor derivado de la adaptación a la vida, el esfuerzo para la adquisición de recursos adaptativos y la frustración derivada del desencuentro entre nuestras necesidades internas y la realidad (Ayerra, 2006:37). La segunda, la capacidad para sostener y posibilitar justamente esa capacidad contenedora materna. En efecto, esa función paterna es la que posibilita que se dé la anterior, aportando la seguridad, la estabilidad y la posibilidad de contacto con el mundo exterior y de la conexión simbólica con el mundo y la cultura.

Cuando se llega a este puerto, la persona se siente individuo y al mismo tiempo, miembro del grupo social en el que está inserto. Tiene una visión más global de su existencia, una óptica que le permite entender la unicidad entre sus vivencias más próximas e íntimas y las sociales, una unidad que va desde las manifestaciones somáticas, fisiológicas, psicológicas, familiares, sociales a las más universales. Es la conclusión de un proceso que, en su estado óptimo, no le elimina el sufrimiento ya que éste es inherente al vivir, sino que lo integra como parte del conjunto de elementos que constituyen la experiencia vital. Nacimiento y muerte se integran en una unidad.

En este sentido, la Función Verbalizante posibilita que los procesos afectivos vinculados con la renegociación de las vinculaciones establecidas entre los miembros del grupo sean trasladados también a las renegociaciones en los grupos a los que uno pertenece. Considerar la separación como parte necesaria del propio proceso de evolución conlleva aceptar la limitación o lo que es lo mismo, renunciar al pensamiento infantil de infinitud y de  omnipotencia.  Ello conlleva el repaso de lo realizado para tomar impulso para la nueva etapa. Ya que es justamente porque somos finitos y limitados que podemos ser creativos, y amar y vincularnos a los demás. Cualquier partido de tenis, cualquier ascensión a un monte, cualquier hecho de la vida cotidiana tiene sentido sólo y a partir de la consideración de la existencia de un momento final. La vida sin ello no tiene sentido.

 

 

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